SUEÑOS BÍBLICOS (I)

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Comienzo hoy, para todos vosotros, y GRATIS TOTAL, a publicar una colección de relatos breves que tengo escritos desde hace tiempo con temática bíblica. Espero que os gusten. Si queréis que los suba todos, poco a poco, por favor, dejad vuestro «megusta» y comentario. El primer relato de todos lleva por título «LA INVENCIÓN DE ADÁN».

Llegó la Luz y fue el comienzo.

Todo era principio…

La Luz no era el mundo, pues es antes que el mundo, pero le dio al mundo su ser. Lo invadió todo y todo lo que fue tuvo en ella su principio. La soledad caótica de la tierra se sumergió en el día. Pero también surgió el abismo, por la incomprensible libertad de la materia, cubierto para siempre de oscuridad. Era el no ser, la ausencia, las tinieblas.

Mientras, el Espíritu aleteaba sobre las aguas de la eternidad y del tiempo, que se mezclaban en un presente perfecto y duradero.

Pasaron los días, las mañanas. Las ondas se reunieron en un cúmulo amenazador y enamoradizo. De la bóveda del universo se colgaron los prados de caminos lucientes. Lo que da fruto se hizo visible, y lo que no se ve comenzó a inquietarse. Empezó a haber huellas sobre el barro y gritos en la altura. Y todo era visto por los Ojos que todo lo escrutan, y todo era escuchado por el Oído que todo lo percibe, primario, celoso.

De pronto, las bestias del campo estremecieron y cayeron al suelo, los árboles se derribaron, tronchados de cuajo sin que nadie los tocase, el horizonte retembló y crujió cual liviano tronco. Una poderosa llama, una tremenda hélice de pesadilla se derramó sobre lo creado, como chorro de rabia incontenida. Las puertas del cielo desaparecieron, un ruidoso reflejo de inmensidad se posó sobre el mundo, y dio paso a un silencio sostenido parecido a la calma furiosa en que la ira se domina a duras penas.

Unos fuegos que todo lo quemaban se abrieron y miraron todo, recapitulando el momento final antes de la creación más excelsa, deteniendo el tiempo en una ínfima porción de sobresalto. La súbita explosión de radiante fuerza que todo lo pudo en ese instante es inenarrable.

Luego, cuando se cerraron las alturas, un ser pálido y desnudo, recién venido, dormía profundamente acurrucado a la protectora sombra de una encina joven. Dicen que su cuerpo estaba hecho de arcilla, y que su corazón era clasto ciego. Pero era bueno. En aquella su primera mañana, aún era bueno. ¡Y en verdad lo era, porque aquellos Ojos lo miraban con dulzura!

Despertó el durmiente, al caerle encima las primeras gotas de lluvia de la primera aurora. En pocos minutos, sobrevino un diluvio atronador, y aquel ser buscó refugio bajo las frondosas ramas de unos árboles cercanos.

Observó, mientras llovía, acurrucado en su paritorio, cómo de la tierra subía un halo húmedo que iba levantando nubes de un olor intenso y entusiasta, cómo en los cielos el viento hacía girar aquellas masas grises de resplandores; cómo se debatían las aguas en su caída; cómo los arroyos peregrinos que nacían sobre la superficie bañaban los pies de los arbustos, de los árboles, llevando consigo piedras y hojas arrancadas. Observó, al fin, cómo a su alrededor todo adquiría los contornos de la noche a la par que la noche barría todo contorno.

Lo observó pero no entendió…

Más tarde, pasados el viento y la lluvia, el hombre abandonó su refugio y sus pies se encaminaron al lugar en que el sol se había enterrado. No paró de andar hasta largo rato después. Todo le era completamente extraño. Había visto seres de todo tipo pasar como el tiempo vigoroso y huidizo, y había escuchado muchas clases de ruidos y voces nuevos. Pero no lograba salir de su propia confusión: era un sentimiento que se levantaba sobre sí mismo y se turbaba de forma misteriosa ante la mínima impresión.

El sueño lo sorprendió de nuevo, porque la noche había avanzado mucho. Trató de resistirse, pero acabó cediendo. Al pie de una roca que parecía querer asomarse a la morada del sol, más allá del horizonte, terminó su paseo por el mundo recién creado. Y allí estaba al amanecer, que vino como ladrón. Los madrugadores rayos de luz penetraron bajo sus párpados cerrados y la claridad le trajo del remoto lugar del descanso. Sintiéndose secuestrado de la nada, saltó y se irguió en un solo movimiento, una vibración eléctrica, y aferró sus pies al suelo, como temiendo precipitarse al abismo.

Cuando se percató de que estaba allí, de pie y entero, alzó la vista hacia su derecha y vio un alto monte. Su elevada cumbre le llamaba con insistencia, haciendo que su voluntad deseara poner el pie sobre su tierra tan cercana al sol. Trató de alcanzar su cima, llevado de ese impulso irresistible. Aunque empleó muchas horas y un gran esfuerzo, una vez allí, pudo contemplar un paisaje ancho, frondoso y mojado, sobre el que se agitaban almas vestidas de viento y voces. A lo lejos, el verde se convertía en difuso azul oscuro, circundado de tierra encarnada que se bañaba en el azul lejano, mientras saludaban al verde vivo.

Por encima de él, se cernían figuras blancas como tela de ojos ciegos que se movían al compás de la brisa rozando su rostro. A intervalos, dejaban ver un cielo puro e intacto, y entonces la tierra tomaba una luminosidad amarilla, deslumbrante. Una voz ajena le llevó a pensar en la magnificencia de lo existente, y comprendió, sin intentarlo, que era para él, porque sólo él era consciente de que estaba allí, que respiraba, que el mundo se movía y que le dirigía un susurro de servicio y desafío…

Una nueva mirada, más atenta, le confirmó en su intuición de que era diferente a todo, pero no conseguía encontrar el porqué. De pronto recordó unas palabras que resonaban vagamente en su memoria, su cabeza y su pecho:

-“Existe, hombre, y da tu mano al mundo, bendición que yo derramo en tu cuerpo y tu alma”.

¡Qué extraña sensación de alivio y de miedo al mismo tiempo! Habíase dado cuenta de qué era lo que buscaba: buscaba aquellos Ojos radiantes que lo rodeaban nada más sentir el primer latido de su corazón; ¡aquellos Ojos eran la clave de todo! Los había visto durante un instante al despertar por vez primera y ahora los tenía continuamente ante su memoria, atrayéndole, centrando su atención, invitándole a encontrarlos, con una desazón no extinguida que le punzaba interiormente hasta quemarle el pecho.

Abrió los brazos y los extendió en dirección a la altura. Profirió un grito estentóreo, esperando una respuesta cualquiera desde la lejanía del horizonte.

Silencio.

De pronto, como un torrente que se desborda y produce a su paso un ensordecedor clamor y arrastra cuanto se encuentra su paso, así sean árboles, piedras o bestias, se sintió poseído por un peso que le hundía los hombros, y cayó al suelo de bruces, sin fuerza alguna durante unos pocos segundos. Mientras estaba sobre la tierra, espantado, chillando como un niño bajo el peso del miedo, percibió una brisa que se introducía por sus oídos y murmuraba:

– Yo te creé y eres mío. Te puse en el mundo para que me buscaras y aprendieras a conocerme. Yo soy tu fin: tú estás hecho para mí. Recuerda esto siempre, y acude a mí en todo momento, que yo te socorreré sin tardanza. ¡Porque mi nombre es Padre, y te he constituido como criatura de mi corazón, hijo de mi sabiduría!

Callada la voz, el hombre fue poco a poco levantándose. Aún sentía un gran temor, pero éste se iba convirtiendo gradualmente en serenidad profunda. Aquella punzada que le oprimía las costillas se parecía más ahora a un abrazo poderoso y cálido. Tenía la extraña impresión de que había contemplado, sin mirarlo, algo del incógnito sentido del mundo; y de que había saboreado, sin poseerlo, el dulce de la eternidad.

Un enorme fuego chispeante ardía en su espíritu. Apenas podía dejar de gritar y de bailar, de tirarse por el suelo como un perro feliz. Pero al fin se apresuró a buscar cómo guarecerse del llanto de los cielos. Durante un par de horas, mientras el sol asomaba sobre el escenario de la lejanía, buscó refugio. Lo encontró bajo una roca que flaqueaba en su verticalidad y que parecía querer abrazar una tierra muy amada.

Pensó el hombre que aquél era lugar apropiado para establecerlo en vivienda. En ningún sitio como en aquél se había sentido el hombre tan acompañado.

Al contemplar el día completo de su vida, no sintió dolor, sino una desbordante alegría. Porque en aquel preciso lugar, en aquel mismo sitio, había entendido Adán para siempre que no estaba solo…

Tenía padre.

Fue entonces cuando el hombre inventó la carcajada, y se echó a reír de pie sobre la roca, apasionado, inocente y libre.

Fue el único momento de verdadera felicidad de Adán…

Diatriba contra el argumento del origen del arte, o argumento de autoridad.

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Este es el manifiesto de un artista que se sabe pequeño, pero que no por eso está más alejado de la verdad y la belleza que cualquier otro artista del mundo, pues aquéllas se manifiestan a quien quieren, donde quieren y cuando quieren, siendo el sujeto individual el único santuario en el que el asombro puede morar y manifestarse en formas nuevas o usadas, y no la masa, que otorga su reconocimiento solo a quienes son estúpidamente señalados por voces que sobresalen de ella durante un instante. De la misma forma, un ciego puede guiar a otros, al parecerle que allí donde hay un abismo existe una carretera sin obstáculos.

Los hombres viven empequeñecidos por su propia inclusión en la masa. La masa les protege, les guía, les alimenta incluso, pero también les obliga a empequeñecerse y a doblarse de tal forma que no pueda sobresalir de ella, que no puedan destacar en ella.

Los hombres siguen necesitando que alguien les guíe. Pero eso no significa que los guías sean más sabios que los demás. La capacidad de guiar es solo un atribución procedimental, aunque suene emperifollado. No guía a la masa el más sabio, sino aquel que ha sido elegido por la masa. ¿Por qué? Por cualquier cosa, pues la masa no piensa, sino que actúa por indicios y estímulos; de pronto uno se mueve hacia un lado, quizás porque creyó ver allí algo brillante, el resto se da cuenta y lo sigue sin saber muy bien por qué. Esto son los gurús: ovejas seguidas por otras ovejas. Ninguno es consciente realmente de lo que busca, sino que todos van a la deriva. Pero van.

Estas leyes se cumplen en todos los órdenes. Obviamente, de manera acendrada en la política, pero también en las artes. Hay artistas reconocidos que nadie reconocerá en treinta años. Y otros descnoocidos que serán alabados en doscientos. ¿Por qué? Cambio de modas, dirán algunos. Pero, si las modas importan, también importan los guías de la masa; así que yo digo: más bien, cambio de guías. Esta es la norma: los hombres siempre necesitan que los guíen.

Lo importante no es quién los guíe, sino hacia dónde van. Y aquí sucede lo verdaderamente lamentable: si los hombres ya te siguen, cualquier cosa que digas será tomada por canónica, por regla y norma para los demás. Y, tratándose de escritores, tus libros serán considerados modélicos; tu estilo, inmejorable; tus temas, paradigmáticos; tus enemigos, enemigos del espíritu humano; tus valores, buenos. Puede que otro autor esté en completo desacuerdo, pero la medida entre ellos no la marcará su razón objetiva, sino la comparación de su prestigio. Para la masa, que jamás estudiará el caso en profundidad, todo es simplemente una cuestión de nombre. Nominalismo social. Lo tienes o no lo tienes. Y para tenerlo hay que someterse, y mucho; aunque a un número escaso de autores se les permite obtenerlo a base de rebelión, frontal y agresiva, sea real o ficticia.

Puede que incluso otro autor menos conocido diga las mismas cosas o parecidas, incluso que las diga mejor. Pero eso da igual. Jamás se le dará la oportunidad de ser conocido, de alcanzar el estatus de guía, de elevarse hasta el Parnaso. Jamás, salvo que, una vez más, forme parte de la masa aborregada (con lo cual su arte desaparecerá, porque se asfixiará y se adocenará), lo mismo que forma parte el mismo que un día se apartó de la masa porque creyó ver algo brillante, y fue seguido por los demás sin saber adonde; o bien se yerga sobre la masa con la ayuda de los mismos que la conforman, apoyado sobre cimientos tan endebles como son las cabezas de sus dueños, que, con el fin de ser insultados y sin embargo perdonar mientras les haga gracia el insulto, consienten ser pisados por un escaso número de estúpidos que se creen valientes y superiores, pero que no saben que en el fondo son tan ciegos como los demás, e incluso en mayor porcentaje, porque se sienten grandiosos, siendo infinitamente pequeños. Para sostener a alguien que se pisa el cráneo debe pesar mucho menos que tú.

Así algunos autores afamados dicen tonterías que son tenidas por ingeniosas, y algunos autores desconocidos escriben maravillas que jamás llegarán a ser leídas, simplemente porque son desconocidos. Es un círculo vicioso. Si eres famoso, te leerán y te harás más famoso. Si no lo eres, no podrás serlo, porque nadie te leerá. La situación es parecida a buscar trabajo cuando eres muy joven: te exigen experiencia pero no te permiten trabajar sin experiencia, por lo que jamás tendrás experiencia que te sirva para postularte como trabajador. La pescadilla que se muerde la cola, como decía un profesor mío (de Historia).

Y todo por el dichoso y macabro nominalismo en el que vivimos inmersos. El origen personal del arte. El origen de las palabras o las ideas. Como en política: la gente vota al partido de toda la vida, aunque diga o haga cosas mal. Como en deporte: la gente sigue al equipo de toda la vida y se parte el pecho por él, aunque sea un desastre. Algunos lo llaman fe y fidelidad. Yo lo llamo estupidez. Lo llamo borreguismo. Lo llamo nominalismo artístico. ¿Que lo pintó Picasso? Entonces bueno. ¿Que lo pinto Fernández? ¿Ese quién es?

Pues así todo. Y así nos va.

Mis obras merecerían estar en todas las librerías del mundo. Pero ¿quién las leerá si están poseídos por el afán de tener los mismos libros, igual que tienen los mismos coches, los mismos trabajos, el mismo peinado o el mismo móvil? Nadie te dará la oportunidad de convertirte en su autor preferido. Nadie te dará ni siquiera la posibilidad de ser uno más. Simplemente porque no tienes nombre.

Pero nadie nace con nombre. ¿Entonces cómo se hace un nombre? Hay muchos que creen tener el secreto, pero en realidad no hay una ciencia que rija estas cosas. El éxito es el producto de la confusión de una oveja medio ciega. Cree ver algo que brilla, se aparta del rebaño un metro, y luego otras muchas van detrás porque creen que es el camino correcto, sin darse cuenta de que no va a ningún sitio. Y con esta ley, una de las pocas que se cumple en esta materia, se explican muchos bestsellers. Bueno, con ésta y con otra: la ley del más fuerte. Pero de ésta hablaré otro día.

Por ahora quedémonos con esto: no juzguemos el arte por quién lo hizo, sino por qué es, dice o cuenta. El arte como producto objetivo. El libro como naturaleza que se nos manifiesta, como reto y como mensaje. Todo lo que suene a prestigio del autor o a mercadeo publicista, debemos desecharlo con ironía y energía. Tan solo los clásicos merecen ser leídos, admirados y amados aun con independencia de su obra. Al resto, que nos juzguen por nuestras obras, no por nuestros nombres. Quizás así, algún día, alguno de nosotros llegue a ser un clásico para los hombres del futuro, gozando de la gloria (¡ahora sí!) de la inmortalidad del nombre.

Proyectos futuros…

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Amigos míos, escritores y lectores…

Hay épocas en las que tu mente fluye como un río caudaloso y quisieras tener tiempo para tantas ideas como se te ocurren, a veces en los lugares y los momentos más inoportunos, ¿verdad? Esta es una de esas épocas, en la que defino mi estado mental y personal simplemente con el gerundio «escribiendo».

Solo os lanzo una idea, porque últimamente se está haciendo fuerte dentro de mí. Sé que es producto de mis particulares obsesiones, pero también la veo como una forma de hacer justicia a elementos de mi historia personal que, misteriosamente, tienen que ver mucho más conmigo de lo que la gente sabe.

Sabéis que ahora mismo me encuentro enfrascado (con grave peligro de mi psicología, y mi vida familiar, laboral y social) en la escritura de mi mayor proyecto novelístico hasta la fecha: la novela de fantasía épica «La Canción Eterna», que efectivamente parece querer hacerse eterna y no terminar nunca (sé muy bien que van a hacer bromas, mejor o peor intencionadas, con el título y la extensión de la novela, pero me da igual: lo importante es que hablen de uno). Pero ya estoy pensando también en qué vendrá después. Los que escribís sabéis de que hablo. La inquietud. La tenia literaria. La creatividad, que nunca duerme.

Y he pensado… bueno, no sé, pensado, deseado, temido, imaginado… en fin, he pensado en dedicarme por un tiempo a recopilar historias «reales» de misterio, terror, para-realidad, llamadlo como queráis. En el fondo, me encantaría dedicarle más tiempo a estos bordes invisibles de la realidad y de la locura, y convertirme en una especie de investigador del alma humana (si es que no lo soy ya). ¿Os gustaría leer algo así?

Si la respuesta es sí, tenéis la oportunidad de enviarme historias o noticias al respecto para que yo pueda hacer una labor de investigación y de escritura. Por favor, poneos en contacto conmigo si podéis darme noticia de hechos o historias que hayáis conocido o escuchado, y que pudieran tener interés en este sentido. He de reunir material para cuando me ponga a trabajar en ello.

Otra idea, estoy pensando en la posibilidad de iniciar una campaña de crowfunding para sufragar los gastos de escritura y preparación de mis posteriores trabajos. No hablo de los costes de publicación. Eso es cosa de la editorial. Yo hablo de los gastos de escribir: lo que cuesta dejarlo todo y dedicarse solo a escribir, a investigar, a viajar, a estudiar, para dar a luz nuevas obras que podáis leer el día de mañana en libros que valgan la pena y sean de calidad. ¿Qué te parece la idea? Si estarías dispuesto a colaborar con algo así desinteresadamente, y te gustaría formar parte de la familia literaria que promoviera y «arropara», por así decir, mi carrera como escritor, déjame tu comentario y dame ideas o sugerencias.

Gracias por llegar hasta aquí. Significa que te tomas en serio lo que hago, ni más ni menos como yo.

Fragmento de «La Canción Eterna»

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«De pronto se hizo el silencio. El auditorio improvisado lo escuchaba embelesado. No era la primera vez que Tpenux “Bocadeseda” cautivaba a unas cuantas orejas cuyas caras ni siquiera reconocía en las sombras de la noche. Sin embargo, un extraño duende flotaba en el aire.

– Cuentan que el dios de la muerte permitió que su joven esposa muriera de forma cruel. Él no lo sabía, pero aquel dios que todos veneramos y al mismo tiempo tememos se había fijado en él, era un joven y audaz guerrero, perteneciente a los hombres que vinieron, en la noche de los tiempos, desde el sur y el este, cuando ninguna voz resonaba en el mundo, y cuando no había hogueras ni canciones ni espadas ni cerveza.

– ¡Cerveza, buena idea! ¡Más cerveza! –gritó otro. Definitivamente, eran un público impaciente y rebelde. Pero él lo domaría.

– Engañado y hechizado, Ároc se convirtió en adorador de la muerte. Fue desposeído de la carne mortal y convertido en un fantasma. Un monstruo gigantesco con manos como copas de árboles y brazos como columnas de hierro. Una rabia incontenible se apoderó de su corazón, y tomó la resolución de acabar con el mundo entero, pues el mundo había conocido a su amada, y su amada había muerto, y el mundo seguía su avance, impasible, indiferente. Cualquiera de nosotros habría agarrado por el cuello al esclavo más cercano, lo habría golpeado hasta que le dolieran los músculos y luego lo habría traspasado con su espada, mientras la sangre le corría por la mano y le bañaba los miembros. Pero él no se conformó con eso; aliado de los poderes más dañinos, ocultos incluso a los magos y brujos del Gran Templo Secreto de Kark, donde dicen que las prostitutas sagradas copulan con animales y los hechiceros las alimentan de las vísceras de las víctimas humanas, aún humeantes, se revistió de una fuerza sobrehumana y de armas invencibles. Jamás hombre tuvo en su mano tanto poder. Y lo usó como debe usarse, como cada uno de vosotros, hombres de la piedra y de la guerra, lo usaría: lo acrecentó con la sangre de sus enemigos, se elevó sobre todos ellos y aplastó su cabeza, hasta que ya no tuvo a quién vencer. Y se erigió en soberano del mundo…

– Bonita historia para los niños, Bocadeseda –gritó una mujer que andaba por allí, curiosa-. Ese Ároc no es más que una mujerzuela que se tragó su propio rabo y escapó corriendo a esconderse para que se lo cortaran. ¿Qué puede un cobarde así contra los guerreros de la nieve y el poderoso viento del norte? Mándalos a dormir, y aclárate la garganta. ¡Ya basta de cuentos por hoy!

– ¡Calla esa boca llena de orina, zorra! –gritó Tpenux-. Deja hablar a los hombres y vuelve a tus labores, o te cortaré la lengua yo mismo, después de violarte con el mango de mi espada.

Ella le hizo un gesto obsceno y se apartó de allí, aunque enseguida regresó, picada por la curiosidad, para escuchar el resto del relato.

Bocadeseda se aclaró la voz y continuó, visiblemente irritado:

– En realidad, ese cobarde es más parecido a cada uno de nosotros de lo que pensáis. Dejadme que os cuente. El caso es que ya no había nadie capaz de oponérsele. Gobernaba casi sobre todo hombre conocido, con brazo de hierro y mano de acero. A quienes se rebelaban contra él, los aplastaba con crueldad y golpes certeros y raudos. Nadie se atrevía a mirarle fijamente a los ojos. Pero se cuenta que en cierta ocasión, sus hombres capturaron a un capitán enemigo que resistía ferozmente en una isla, protegido por el mar y la tormenta. Lo llevaron a su presencia amarrado y hecho un guiñapo. Sin embargo, había valor en aquel soldado, y aunque lo arrojaron violentamente a los pies de Ároc, se alzó y gritó con voz tan potente que los muros del castillo retumbaron. Pero Ároc no se movió ni permitió que lo hicieran callar. Ambos hombres se miraban con un odio y una fuerza inconmensurables. Aquella batalla duró unos segundos que parecieron suspender el tiempo. Pero al fin el capitán cayó de rodillas, llorando como un niño. Y entonces le preguntó a Ároc:

»- ¿Por qué? ¿Qué te hemos hecho?

»Y Ároc respondió. Atended bien a lo que dijo:

»- ¿Por qué? Ahora lo sabrás, antes de morir, antes que te consuman el dolor y el fuego. ¿Por qué? Porque yo no nací para servir, sino para gobernar. No nací para ser oveja ni cabra, sino para ser lobo. Porque no vine a este mundo para morir, sino para triunfar y vivir eternamente. Porque antes me sacrificaré que adorar a dios alguno. Porque soy Ároc, dueño de la fuerza, la ira y la guerra, y a mí me pertenece la gloria, la fama, la riqueza y el poder. Porque, en definitiva, lo quiero todo, lo deseo todo, y he vendido mi alma para llegar a ser dueño de todo.

»¿Comprendéis ahora lo que he explicado? ¡Él es cómo nosotros, que somos un pueblo de reyes y señores! ¿Quién de vosotros no respondería de modo parecido? ¿Acaso no lo sentís en lo más profundo de vosotros, esa ansia de todo, de vivir para siempre, de vencer al mismísimo mundo, de dominar la vida y la muerte, de controlar los vientos o los rayos…? ¡Yo desde luego sí lo he sentido! Y os digo más…

En ese momento, sonó un cuerno. Uuooooooooooohhhhhhh! Una vez. Uuoooooooooooohhhhhhh! Dos veces. Algo pasaba. No era normal. Tpenux Bocadeseda se detuvo instintivamente. Todas las cabezas giraron en dirección al origen del estruendoso sonido, al que inmediatamente se unieron otros, semejantes a él. El campamento entero, la ciudad entera, sumida en humos, lenguas de fuego mortecino y el polvo de las calles sucias, se levantaron, expectantes.

Al fin se apagaron los cuernos. Las órdenes no llegaban. Transcurrieron unos minutos de nerviosismo y silencio. Cada cual se fue a su tienda, a su rincón, a su resguardo, y buscó sus armas, y se preparó para lo que hubiera de llegar.

Bocadeseda no.

Volvió a sentarse, y jugó con las piedras del suelo. Se quedó quieto el tiempo suficiente para serenar su respiración y escuchar con detenimiento todo lo que ocurría a su alrededor en aquel inmenso y antaño hermoso valle. “Pasa algo, pero se ha dado la alerta”, pensó. “Quizá el rey llama a sus capitanes, o quizá se ha encontrado a algún tesoro renombrado en Albia. Esperaré y sabré”.

No tuvo que esperar mucho. A los pocos minutos, una compañía pasó rápidamente ante sus ojos, a ritmo marcial, con antorchas enormes delante y detrás.

– ¡Muchachos! –les gritó Tpenux-. Muchachos, oídme. ¿Por qué suenan los cuernos en la noche?

La compañía refrenó un tanto su velocidad. Un hombre de la retaguardia le contestó de mala gana.

– ¡Entérate, explorador! Van a ejecutar a un señor de la ciudad.»

Próxima entrevista en radio-podcast

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Noticia: el próximo día 20 de diciembre, a las 20:00 horas, me van a hacer una entrevista en el radio-podcast «Letras Encadenadas», cuyo enlace os dejo a continuación, para que vayáis conociendo el trabajo de los autores del podcast. En esta entrevista hablaré sobre mi última novela publicada, «No existen las princesas», que aquí conocéis ya de sobra. Por supuesto, cuando la entrevista esté colgada en su web, os dejaré en mis redes sociales el enlace de la entrevista.

https://www.ivoox.com/podcast-letras-encadenadas_sq_f1250409_1.html

Comienzo de LA CANCIÓN ETERNA

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OS TRAIGO, EN PRIMICIA TOTAL Y MUNDIAL, EL COMIENZO DE MI NOVELA MANUSCRITA «LA CANCIÓN ETERNA», QUE VERÁ LA LUZ EL AÑO QUE VIENE, SEGÚN ESPERO. SI OS GUSTA, DEJAD UN LIKE. Todos los derechos reservados. No permitida la copia o reproducción.

«PRÓLOGO

Las historias que nacen del fondo del corazón pueden ser felices o estar traspasadas de oscuridad. A menudo, acontecen las dos circunstancias al mismo tiempo, mezclándose en una proporción inconmensurable, que deja un regusto agridulce en el alma que no satisface sus deseos más profundos. Es la lógica de nuestra vida: las historias no terminan (nunca) con un “fueron felices para siempre”, precisamente porque ese “para siempre” no existe. Todas las historias terminan igual, aunque no lo digan. Siempre hay un final: la muerte. Ese es el verdadero “para siempre”, nada feliz (aunque puede ser heroico, loable o grandioso), salvo que creas en el más allá, del que dicen que sólo uno ha vuelto.

En muchos casos, cuando la historia nace del fondo del corazón y enfrenta el fin con valentía, no es sencillo apreciar dónde acaba la realidad y dónde empieza la fantasía. Pero esto no nos debe extrañar, ya que aun nuestra vida cotidiana está salpicada de desconcertantes chispas de magia. ¡Oh no, por supuesto; no cederemos a la tentación de hacer ese tipo de discursos que nos hacen creer lo cerca que está el mundo de parecerse a un gran sueño! Mas convendremos, sin necesidad de esforzarnos en convencer a los escépticos, que una parte de la vida está hecha de remiendos de visiones, y que muchas de éstas se cimientan en los substratos de la vida psicológica, a menudo inconscientes. Valiéndonos del regusto etéreo de esta tierra donde se agarran, como raíces de tallos invisibles, los sueños y las fantasías, haremos algo de lo que no estamos muy seguros: contar un sueño que fue o será, o acaso un recuerdo que nunca existió o que está por nacer… el sueño de Somnia y de Ároc.

Sé que las historias fantásticas han sido narradas de todas las formas posibles, y bajo todos los prismas imaginables. No pretendo recorrer caminos atestados, seguir las indicaciones de otros por senderos trillados. Ni esta novela es una alegoría de la vida, ni una fábula moralizante, ni el ejercicio fatuo de una imaginación desbocada. Esta es una historia escrita únicamente para mí; la novela que a mí me hubiera gustado leer. Esta historia es la culminación de un experimento literario; es hija de una compenetración entre Arte, Historia y Mística para dar a luz un concepto de narración que defino como “praeterhistoria ucrónica”. Se trata de una realidad futura paralela que parte de un hecho cierto del pasado o del presente cuyas circunstancias, sentido o resultado, simplemente, han cambiado. Y con ellos, el mundo que conocemos ha desaparecido, sustituido por otro diverso; o puede que simplemente lo que imaginamos habite en alguna región inaccesible de la realidad, como si estuviera más allá de un portal espacial, desde el que nos llegaran simplemente los atisbos de las grandes tormentas o los rumores de los grandes acontecimientos. Aquel hecho cierto no tiene por qué saberse; en realidad, es un punto cualquiera del devenir que puede o no ser importante; nunca necesariamente. Esta precisión es trascendente, como también lo es que la novela misma puede estar perfectamente contada en pasado, como suelen estarlo la inmensa mayoría de las novelas (siempre que ello no suponga merma de esa disfonía futura, puesto que el futuro también tiene sus pasados); pero también en otros tiempos verbales. Este proceso narrativo, obviamente, por novedoso y extraño, sólo puede suceder en un mundo literario interno y particular: el mío propio, producto de mi escucha de los rayos que me alcanzan desde ese otro lado que hemos establecido como posibilidad, y que yo he llamado con cariño Somnia. Un mundo, no obstante, propio pero no cerrado; íntimo pero no excluyente; comunicativo y comunicable; expansivo aunque celoso; privado pero no escondido. Un mundo que está buscando, lentamente, su lenguaje, su expresividad y su tono. Mientras los encuentra, te invito a compartir mi visión de la apasionante vida de Ároc, nuestro héroe, y de cuantos lo rodean (o rodearon o rodearán, ¿quién sabe?).

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Extracto del Libro de las Canciones Prohibidas:

“Anup nació de una noche sin luna ni estrellas. Los anhelos infinitos del caos, que deseaba tener un orden, le dieron vida. Por eso se dice que Anup es hijo del caos, que es el padre y la madre de todo, pero que no tiene nombre ni forma ni esencia. Su esencia es desaparecer al contacto con la divinidad.

Pero Anup surgió en medio de la nada antes de que todo existiese. Nadie sabe cuándo ni dónde, porque no había tiempo ni lugar. Solo había deseos infinitos de ser. Nadie que sintiera. Solo deseos de ser.

Anup es todopoderoso, pero para que otras cosas existan debe limitar su propio poder. Es tan todopoderoso que es capaz de negarse su propio poder omnímodo. Al retirarse de la materia, permite que la vida surja, que el caos se ordene, según su mente creadora. El acto de crear en él es consustancial al acto de retirarse de la materia, y viceversa. Pues al principio Anup lo llenaba todo. Ahora, en cambio, cada vez está más alejado de las cosas que existen, vivas y muertas, para permitir que existan. Anup es la vida, pero también es la muerte.

Era como si todo estuviera predestinado. La materia estaba ahí, en deseo, antes de ser creada. El caos era un pensamiento antes de ser pensado. El Destino existe. Se trata de un viejo pescador que saca del pantano de los futuros hechos cualesquiera peces que su vieja caña de pescar. Los peces están ciegos, y el viejo pescador apenas ve. Por eso a veces tira los peces de nuevo al mar en lugar de meterlos en el cesto que lleva en su barca.

Lo curioso del Destino es que a veces pesca los peces que quiere pescar con solo desearlo. El primer pez que pescó fue el caos. Luego vino Anup. Luego la materia. Luego se echó a dormir un rato, y cuando se despertó en su barca ya no sabía dónde estaba ni hacia dónde iba, pero siguió pescando. Por eso el Destino a veces parece estúpido y caprichoso.

El Destino es el Universo. No hay nada fuera de él. El caos es su hijo. Anup es su instrumento, aunque no lo sepa. Y los hombres son sus juguetes.”

Cuando los continentes hayan cambiado, y las tierras todas se hayan desplazado hasta habitar horizontes antes velados; cuando no haya recuerdos ni memoria de nuestra época, muchos años después de la Guerra del Fin del Mundo; siglos y siglos después de que regrese el Silencio tras el Invierno Que No Cesa, será escrito lo siguiente en el Libro de los Textos Memorables:

PRIMERA PARTE

I

Hace mucho tiempo, vivió un héroe.

De este héroe nadie conocía su origen, mas todos lo miraban con asombro y esperanza. Somnia, el país de los sueños y las visiones, el país de las historias por contar, lo veneraba. Era la luz que disipaba la oscuridad, la espada que vencía en la batalla, el trueno que retumbaba en las montañas…

***

– ¿A quién vienes a invocar, rey, y qué vienes a pedir? – preguntó el druida, ceremoniosamente, envuelto en una penumbra estudiada, con el báculo negro en su mano izquierda, soportando su frágil cuerpo, y con un largo hueso humano en la derecha, como un hacha divina.

El templo no era más que una caverna excavada en la roca, disimulada tras los arbustos, en un estrecho desfiladero, junto a un arroyo seco. El sol se había ocultado. Los lobos aullaban en las montañas. Los hombres miraban a su alrededor bajo una amenaza silente, después de haber penetrado hasta la parte más profunda de la cueva, caminando incluso en cuclillas, entreviendo a su alrededor las formas de seres ancestrales que los miraban con recelo; no se escondían tras las sombras, sino que eran las sombras mismas. Las antorchas parecían titilar aterrorizadas. Al fin, en el corazón de la montaña, a muchos metros bajo tierra, habían encontrado lo que les habían dicho: la caverna del terror y, en ella, el altar negro. Un druida, un brujo, los esperaba, en un sepulcral silencio. Tras el druida, una basta estatua de madera negra, en una hornacina. Adosada a la roca viva, un ara de piedra sin pulir, negra, más oscura incluso que la propia noche. La sangre de las víctimas aún embadurnaba el suelo y el altar, y le daba ese color tan intenso. Había restos de ellas, secos y carcomidos, por todos los rincones. Arn, al verlos, no pudo evitar sentir náuseas, mientras se preguntaba de qué se alimentaría aquel sacerdote.

Una nueva pregunta de éste le arrancó de sus cavilaciones.

– ¿A quién vienes a invocar, rey, y qué vienes a sacrificar?

Y añadió:

– Pues bien sabes que el dios que aquí escucha las plegarias es celoso y no regala dones, sino que exige algo tan valioso para el suplicante como lo que viene a buscar…

– Bien lo sé -respondió Arn, sudoroso, tratando de que su voz se oyera firme, y de no derrumbarse de asco y ansias. -Bien sé que, de todos los dioses que miran alguna vez a esta tierra, uno solo habita aquí; y que escoge de sus siervos los regalos que desea; que da con una mano y con otra pide; que todo lo puede pero todo lo reclama; y que, tratándose de poder y riquezas, no hay mejor mecenas que él, ni mejor compañero en la batalla.

– ¿Y eso vienes a pedir, rey, poder y riquezas? -inquirió el druida, no sin cierta ironía.

– Poder y riquezas pido -dijo Arn.

– ¿Mas cómo puede el Dios de la Oscuridad procurar a un rey más poder y más riquezas de las que ya disfruta? -preguntó el druida.

– Puede hacerlo propiciando mi victoria sobre un enemigo soberbio -contestó Arn-. Un enemigo que siglos ha nos venció y sojuzgó, y que nada en oro, piedras preciosas, campos fértiles, cálidos vientos, puertos abastecidos, casas hermosas, llanuras soleadas, caballos briosos, jóvenes robustos… Un enemigo que vive al sur de las Montañas de las Nieves del Verano, y al que no estoy dispuesto a seguir pagando el censo anual que nos impuso con injusticia. ¡Porque ha llegado el momento de que los que estamos a este lado mostremos nuestra fuerza y les devolvamos hasta el último de los golpes propinados!

Iba el druida a replicar cuando una sombra repentina apareció tras él, como si hubiera estado todo el tiempo pegada a la pared del fondo; volátil, fantasmal, absorbía la escasa luz de las antorchas y hacía que todo pareciera más terrorífico, insano e irreal. Una capucha ocultaba el rostro de la figura humana que se irguió de pronto ante Arn, torpemente rendido sobre su rodilla derecha, que comenzaba a dolerle intensamente. Un terror abisal se apoderó de la voluntad de los presentes, pero no lo suficientemente fuerte como para ahuyentarlos. Como estatuas de tiempos olvidados, se quedaron donde estaban, en silencio, observando.

 El sacerdote se inclinó. Había llegado su señor. No era normal que aquello sucediera, pero quizás en esta ocasión estuviera perfectamente justificado. Hasta ese momento él no lo había previsto, y quizás por ello fuera castigado; sin embargo, había venido, y era conveniente apartarse de su camino. Al fin y al cabo, él sólo era su servidor, uno de sus muchos sacerdotes, que atendían diariamente las solicitudes de cuantos llegaban hasta aquel lugar de oscuridad a reclamar algún don o beneficio. Era común que pagaran con dinero o trabajo, pero no pocos traían a sus animales, a sus esclavos e incluso a deudos o prisioneros. Pues era bien sabido que el dios que allí moraba no daba sin pedir algo a cambio. Algo del mismo valor para quien oraba que aquello que solicitaba. Podía parecer un trato exigente, cruel, tratándose de un dios. Pero aquello lo pensaban quienes tenían una visión bondadosa de los dioses. No… los dioses no eran bondadosos, ni gustaban de ayudar a los hombres. Los dioses eran egoístas, vanidosos, iracundos, envidiosos, caprichosos… Así que, entre todos los dioses que conocía, sólo aquella figura oscura era justa: tanto quieres, tanto pagas. Y siempre mantenía su palabra. Si pedías la salud, o curar de una enfermedad, debías dar el precio adecuado; quizás una bolsa de oro, quizás una parte de tu cuerpo, quizás la vida de un hijo… Pero jamás había venido un rey. No había precedentes de tal cosa. ¿Qué podría ofrecer un rey por conquistar el mundo?

La figura se acercó a Arn. Plantado ante él, su risa fue subiendo poco a poco en volumen, mientras Arn, desconcertado, muerto de miedo, hubiera querido tener energías para rezar al resto de los dioses para que lo protegieran de aquel monstruoso engendro al que había invocado. Por fin, la figura habló con una voz de pozo y de cueva, de tumba y de lápida, de volcán y terremoto:

– ¿Y qué me darás a cambio de Somnia (pues es Somnia lo que deseas en tu corazón)?

Arn sabía lo que tenía que decir. No lo había consultado con nadie, ni siquiera con su esposa. Pero lo había meditado largamente y tenía una respuesta preparada. Algo que su interlocutor quizás podría aceptar.

– Ofrezco a Ároc. Ofrezco Albia. Ofrezco a Roderik.  Lo que he de conquistar, todo lo pondré en tus manos.

Se hizo el silencio. Las antorchas se apagaron con un viento helado venido de algún lugar recóndito de la tierra a través de grietas inapreciables. La caverna quedó en una oscuridad completa, salvo por un tenue resplandor blanco que rodeaba a la maléfica figura. Entonces la risa del dios se oyó de nuevo, pavorosa. Y en medio de los estertores de las carcajadas, replicó:

– Me gusta tu petición. Que se haga lo que dices. Pero he de ponerte una primera condición: me dejarás ir contigo a la guerra.

Arn dudó, estupefacto.  Sin embargo, se oyó a sí mismo decir:

– ¡Oh Dios de la Noche y de la Muerte, sírvete de mi cuerpo, mi mente y mis palabras para extender tu señorío! Tan sólo permíteme que arrase Albia hasta sus cimientos y mate con mis propias manos al rey Roderik.

– Sin embargo… tendrás que reconocer que pides mucho para tan poca ofrenda. Pues no me engañarás: prometes algo que no tienes y que yo mismo he de concederte. Pero no te alarmes. Aún puedes lograr mi favor: añade a tu súplica la vida de tu hijita de seis meses y la de tu mujer. Y yo a cambio te daré lo que pides y acaso la inmortalidad, si puedo poner la cabeza de Ároc en una pica.

Horrorizado ante lo que había escuchado, Arn estuvo a punto de levantarse y correr. Pero sabía que no podría. Sabía que no había llegado tan lejos para renunciar a su venganza. Sabía que, si ahora se negaba, el dios sabría tomarse su ofrenda por su cuenta. En aquel lugar, en aquel momento, estaba a su merced. No podía escapar. Había puesto su cabeza ante el hacha del verdugo y nada ni nadie podría salvarle del peligro. Tenía que ceder. Su esposa, la quería pero… podía buscarse a otra. Mas su hija… Su hijita… El alma se le vino a los pies. Su hijita preciosa y rosada, la alegría de sus muchos años… Estuvo a punto de vomitar. Una lágrima cayó en silencio de su ojo derecho y recorrió su mejilla, quemándole como un rayo que penetrara su piel en castigo a sus pecados. Pero la lágrima se evaporó.

El monstruo puso una mano enguantada en el hombro del rey, que permanecía arrodillado, abrumado por el miedo, las dudas y el odio. El peso de un océano pareció venírsele encima. Sueños de gloria, riquezas y sangre surgieron en su mente. La venganza cumplida. El enemigo vencido, aplastado, destruido por completo. ¡Poder absoluto…!

Arn cedió ante las visiones.

El dios no necesitó que Arn hablara. Lo supo. Con un gesto de su cabeza indicó al sacerdote que avisara a sus acólitos. En la oscuridad más impenetrable, el sacerdote lo vio y salió a paso vivo de la cámara.

– Tengo hambre -musitó el dios.

Entonces, cuando Arn levantó los ojos, estaba solo. Y sus hombres estaban muertos. Su sangre le bañaba las rodillas, manchándole los pantalones.»

Los premios literarios y el oficio de escritor

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Reflexiones sin sentido a vuela pluma

Llega la temporada de premios literarios, los periódicos se van haciendo eco de los distintos galardones y los escritores se muerden las uñas por conocer quién se llevará el gato (y los cuartos) al agua (al zurrón). Pero a mí cada día me interesa menos.

Me interesa menos porque siempre ganan los mismos en esta España desculturizada, ciega e ideologizada. Ya sabemos que si eres de según qué cuerdas, te tocarán más o menos (o nunca). Y eso es una pena, porque se ha instalado cierta sensación de superioridad moral de una parte del espectro intelectual, por otra parte la menos brillante, que se asienta sobre millones de muertos. Pero los muertos no se quejan. Y los medios y el dinero callan. Al final, no importa si escribes bien o mal, sino desde qué lado escribes. Punto. Y es una pena también porque esto desmoraliza mucho a los que están empezando, y también a los que están terminando. Hoy, si quieres ser escritor, tienes que hacerte el camino tú solo, salvo que vayas de la mano de los poderes fácticos y políticos, que suelen ser todos del mismo color; o salvo que seas famosillo, y te escriban el libro. Eso es ser escritor hoy: que te lo escriban otros que nunca figurarán en la portada ni se llevarán un euro; o que escribas al dictado de lo políticamente correcto o de los poderes que te sustentan.

Es tremendo y descorazonador. Hace mucho que no participo en ningún certamen literario. Pero cuando lo hacía, y me tocaba asistir a una entrega de premios, me sorprendía que textos de muy poca valía salieran ganadores o finalistas. Porque una de las cosas más terribles de las entregas de premios es que te obliguen a escuchar la lectura del relato o del poema ganador, sentado incómodamente en tu silla o en tu butaca, tratando de poner buena cara y evitando no levantarte y decirles unas cuantas cosas a los del jurado. Por supuesto, después de vomitar. Es muy triste. Si no tienes un amor propio muy afirmado y bien cimentado, puedes llegar a la conclusión de que eres un pésimo escritor, y que no pasas de escribiente, viendo el nivel de quienes han sido elegidos para descollar de la masa. O puede que llegues a la conclusión, aun más triste, de que no debiste presentarte a un certamen que estaba, visto lo visto, a juzgar por el resultado, adjudicado y concedido de antemano. El típico amaño de toda la vida. Mafia literaria. Estómagos agradecidos. Amiguismo y desprecio del mérito.

Además, es todo falso. Todo mentira. Diría más: muy mentira. Fijaos si lo es, que he llegado a ver casos como estos dos que os relato:

En uno de ellos, tras la entrega de premios, se me acercó la presidenta del jurado y me dijo que mi relato era el que más le había impresionado y el que más miedo le había producido; que le había impresionado de modo muy intenso, hasta provocar esa sensación de que cada ruido es un visitante extraño, cada reflejo de la luz una aparición. Os podéis imaginar que no gané, que ni siquiera fue primer finalista. ¿Entonces? Entonces… todo mentira. O era mentira que mi relato era el mejor… o era mentira el premio y todo el aquelarre montado alrededor de él.

En otro caso, presentado yo con toda mi ilusión a un concurso donde se daba un premio general y otro al mejor autor local, cual era mi condición, se falló el certamen y se dejó desierto el premio al mejor autor local alegando que no se había presentado nadie. Cuando escribí a la organización, no obtuve respuesta. El premio en metálico no se repartió. ¿Qué se hizo de él? ¿Por qué se dejó desierto? ¿Por qué nadie me contestó? Así podíamos seguir, preguntando sin respuestas… Lo dicho: todo mentira.

Los grandes males de la literatura del siglo XXI son cuatro: la ideologización, el clientelismo, la vulgarización y el desprecio por los derechos de autor, que hace que el lector se haya convertido, en muchos casos, en un enemigo latente que destruye las carreras de los autores que dice admirar. Ante este panorama, uno sigue escribiendo simplemente por vocación y porque tiene dentro ese fuego prometeico que no le deja descansar en paz y le hace hervir la sangre. Pero no por gusto, sino más bien dolorido y con la pura decepción como madastra o concubina.

Nadie tiene culpa y al mismo tiempo todos tenemos culpa. Supongo que, al final, la luz prevalecerá, como en todas las épocas, aunque sea después de una guerra terrible de la que no vislumbramos el final todavía. O puede que ahora sea distinto y lo que quedaba de bello, de armonioso y de prístino sea barrido por los vientos huracanados de la política, la mentira, el enchufismo y unas nuevas tecnologías que han traído más posibilidades, pero también han permitido un sencillo acceso a la piratería, y a entretenimientos menos exigentes intelectualmente que la lectura, la cual está quedando arrinconada en polvorientos despachos o en pequeñas bibliotecas. Ni siquiera el metro garantiza hoy la lectura: hasta el sagrado hábito de leer en el metro se está perdiendo o está siendo manipulado para leer los panfletos flatulentos de la literatura en serie y facilona. La moda, ese monstruo que destruye la razón.

No quiero ser agorero, amigos escritores, que me estáis leyendo a vuestro pesar. Pero, a menos que tengáis carnet de partido o amiguéis con los modernos predicadores que viven de los medios, y por ende de los espectadores, no podéis hacer otra cosa que agachar la cabeza, seguir escribiendo en el silencio de vuestros escritorios, con la dignidad y el coraje por bandera y alimento, y confiar en que, algún día, dentro de mucho tiempo, la humanidad rectifique, recomponga el paso y corrija vicios, recobrando con ello el ardor por la sabiduría, la fina y compleja expresión de la belleza, y la excelente evasión que dan los libros bien escritos, bien contados y amados por quienes los produjeron, como lo que son: obras de arte, hijos del espíritu humano, semillas de eso misterioso que llevamos dentro y que algunos creemos que salta hasta la vida eterna, o esa otra forma de inmortalidad que es la fama entendida como excelencia y virtud en el hacer, en el pensar y en el sentir. Ojalá el futuro (creencia ciega) sea algún día mejor que el presente y nuestros vástagos de tinta o pixels encadenados sean rescatados del olvido.

Mientras tanto, aguantad, resistid, perseverad. Como decía Cela, en este país solo el que resiste vence. Sea pues.

Duelo de guerreros

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Hoy os traigo un largo extracto de mi manuscrito «La Canción Eterna», que espero que podáis leer el año que viene completo y publicado. En él podréis asistir a la dura prueba a que se someterá a Lheiron, ante muchos ávidos ojos, en singular duelo contra su propio maestro, Hador, el Jefe de la Guardia de la Ciudadela. Por cierto, el manuscrito ya alcanza las 800 páginas, y no creo que esté terminado antes de superar las 1000. Si os gusta el fragmento, compartid, por favor, y dejad un «megusta» que vendrá muy bien, y me demostrará que lo habéis leído y os ha gustado. Y no dudéis en comentad lo que os inspire el texto. ¡Buena lectura!

«Salieron al ruedo, con los hombres apretándose o elevándose sobre los hombros de otros para verlos, y sintieron el furor y el griterío. Hacía siglos quizás que en aquellos patios y palacios no se vivía una escena parecida. Los dos mejores guerreros, frente a frente. El más veterano, el más rudo, el que los había enseñado a luchar a todos los demás, contra el joven más talentoso y aguerrido; el discípulo contra el maestro, el aspirante contra el soberbio campeón del rey.

Ambos se aprestaron y se miraron cara a cara como si jamás se hubieran visto. Hador con espada corta y escudo pequeño. Lheiron con espada y sin escudo; lo arrojó al suelo en cuanto quisieron colocárselo, diciendo “No necesito una tabla de madera podrida para tumbar a un anciano. No se trata de defenderse, sino de atacar”.

Por dentro, aunque no quería reconocerlo, estaba muerto de miedo…

Cuando sonó la señal, el griterío se elevó hasta el cielo rodeándolos y ahogándolos. Ya no escucharon ni siquiera sus propios pensamientos, ni sus voces ni el ruido de sus botas al pisar. Solo tenían los ojos para verse y guiarse, y aun estos bastante impedidos por los cascos que les cubrían la cabeza y les protegían la nariz.

Las espadas resonaron. Lheiron intentó sorprender a su maestro con un movimiento inesperado, pero no fue tal para Hador, que conocía a su aprendiz, aunque no tanto como para no temerlo, razón por la cual estaba más alerta que nunca. De hecho, bloqueó su primer golpe, pero no pudo evitar que la espada roma impactara en sus grebas de combate al segundo siguiente, pues Lheiron giró sobre sí mismo y buscó derribar a su oponente y acabar enseguida con el combate. Si Hador temía la rapidez del joven, éste sabía que su maestro buscaría el cuerpo a cuerpo y usar la fuerza bruta y los variados trucos que conocía para hacerle caer de bruces o de espaldas. Y así fue. Sin embargo, el golpe casi a ras de suelo de Lheiron apenas tuvo el efecto de una picadura de abeja en Hador, con los pies bien afianzados en el suelo; y a renglón seguido Lheiron tuvo que saltar hacia atrás para esquivar el zarpazo que Hador le lanzó sobre el rostro, tan decidido como su propio ataque.

El maestro dio un paso adelante, y luego otro, y otro más, hostigando a su rival, protegiéndose con el escudo, tratando de tenerlo siempre ocupado en defenderse, que era la mejor forma de trabar su furor atacante habitual y entorpecer su tremenda velocidad de piernas. Pero Hador sabía que no podría mantener demasiado tiempo a Lheiron a raya: éste era veinte años menor, y estaba en buena forma, así que antes o después Hador se cansaría y cometería una torpeza; Lheiron también lo sabía, y no le importaba esperar; se defendía académicamente, sin aspavientos, manteniendo la distancia. Hador necesitaba estar más cerca de Lheiron, necesitaba hacer valer su mayor peso y su mayor fuerza física, de manera de que arrancó hacia él, para cargar con su escudo sobre el joven y tratar de derribarlo. El novato no era tonto, pero no esperaba tanta osadía por parte de su maestro, por lo que no reaccionó del todo a tiempo y estuvo a punto de ser arrollado, pero logró zafarse en el último momento, lanzándose al suelo y dando una vuelta. De todas formas, le quedó un dolor en la espalda, al sentir un chasquido que no podía proceder más que un golpe lateral de la espada de Hador. Aun así, se sintió aliviado, porque había esquivado una veloz derrota por aplastamiento. Lheiron quiso entonces buscar de nuevo las piernas de Hador y trabarlas, pero estaba demasiado lejos. Cuando pudo acercarse a él sin ponerse al alcance de un golpe de su escudo, el veterano soldado ya estaba bien situado de nuevo y se recuperaba de su esfuerzo.

Comenzó enseguida el acoso de Lheiron. Éste no quería verse de nuevo atrapado por el tremendo peso de los músculos de su maestro, y decidió empujarlo con su espada poco a poco hacia el centro, donde podía bailar a su alrededor con más soltura, y buscar sus puntos débiles. Pues aunque su maestro se parapetaba tras su escudo y su espada, y devolvía con mano experta los golpes para mantener a raya al joven, éste confiaba en hacerle bajar la guardia antes o después. Es justo lo que Hador había intentado evitar. Y se resistía a ser llevado hasta el centro y a contraatacar, con lo que el suelo se convirtió en una lucha de estrategias y en una sucesión de tentativas sin otro objeto más que descubrir al contrario y asestar un impacto que asaltara su estabilidad.

La gente los jaleaba como a héroes. Se oían muchos “¡Vencedor Hador!”, pero eran muchos más los “¡Vamos, Lheiron! ¡Lheiron ganará!”. El viejo guerrero, por un momento, se sintió ofendido cuando las voces llegaron a sus oídos castigados por el repiqueteo del yelmo y las armaduras. Pensó que llevaba demasiados años ganándose el respeto, como para que un niñato de pueblo viniera ahora a humillarlo ante sus hombres. Y a pesar de que sabía que ese niñato de pueblo acabaría por vencerlo si se descubría demasiado, y que trataría de aprovechar la diferencia de edad, por la velocidad de sus movimientos o por su mayor resistencia natural, aun así, afirmó de nuevo los pies en el suelo, sujetó con fuerza su espada y su escudo y se dijo a sí mismo: “Ningún hombre me ha vencido mientras he tenido mis armas en la mano. ¡Que venga éste a intentarlo!”

Y lo intentó. ¡Vaya si lo intentó! El joven mostró su impaciencia. Era algo previsible también para el viejo guerrero, aunque se sorprendió ante la violencia del asalto. Comenzó entonces una sucesión de estocadas, de cortes, de golpes, engaños y amagos que todos cuantos la presenciaron recordaron el resto de sus días, y que ha pasado a la leyenda popular como “la batalla de las chispas”, porque las armas comenzaron a chocar entre ellas a una velocidad que hacía que los espectadores no vieran otra cosa más que los destellos que brotaban de ella con cada beso y cada caricia que se daban. Jamás nadie vio a dos guerreros batirse con tal destreza y tal ardor, despreciando toda prudencia, olvidando toda defensa, entregándose con una energía sin parangón a la victoria, y usando para ello todas las técnicas que el entrenamiento les había enseñado. Hador golpeó con el escudo a Lheiron y casi le rompe la nariz. Lheiron tocó con su espada las manos enguantadas de Hador, sus brazos y en una ocasión su costado. Uno y otro se propinaron infinidad de estocadas que les habrían llevado a la muerte si no fuera por las armaduras y la punta roma de sus armas. Y mientras se acosaban mutuamente, en una danza que no podrá ser entendida en sus justos términos por nadie que no la observara, la fascinación de los asistentes se elevaba hasta el cielo como el humo de un incendio. La ciudad entera se paralizó, si no para ver, al menos sí para escuchar el canto de las espadas entre el clamor de los hombres que se desgañitaban y aullaban, asombrados, ensimismados por aquella ciclópea pugna. No obstante, ambos siguieron combatiendo sin descanso, sacando en cada estocada lo mejor de su repertorio, manteniendo las distancias para lidiar según las reglas de la más alta esgrima, inventándose nuevos movimientos que parecían sacados del vuelo de las aves o a imitación de las motas de polvo que viajan con el viento, o enfangándose en un cuerpo a cuerpo sucio, sudoroso y silencioso. Pues ambos contendientes competían como llevados por un fuego que los poseía, o subidos al lomo de un relámpago, pero en completo silencio. No hubo ni una palabra. No hubo discursos ni amenazas. Nada de eso que imaginan los bardos y que sale de sus plumas y que cantan en las plazas, acompañados de sus liras de cuatro cuerdas, mientras los pilluelos y las mozas se reúnen a su alrededor para soñar con sus canciones y ver cómo guiña el ojo a las más hermosas. Tampoco se daban los luchadores respiro alguno; y si uno de ellos trataba de descansar, el otro lo acuciaba y le perseguía para que no pudiera recuperarse, hasta que la tortilla se daba la vuelta. Y a punto estuvo de darse del todo la vuelta en una dirección, sobre todo cuando el aprendiz le arrancó el escudo de las manos al maestro, no con la espada, sino agarrándolo él mismo y dejando a Hador con una cara de terror que motivó las pullas de sus detractores. Pero el veterano se recuperó y en lugar de guarecerse en su espada, hostigó a Lheiron con tal saña que lo golpeó varias veces, en el yelmo,en el brazo, en un hombro, hasta que se cansó y cedió en su empuje; entonces Lheiron contraatacó con una energía que no parecía tener y el veterano reculó, y acabó con la espalda contra los espectadores, hasta que pudo zafarse del acoso de su rival con un empujón; y regresaron de nuevo a la posición de partida. Ambos estaban sudando a mares, sangraban por algún punto de su cuerpo, estaban llenos de moratones, y se encontraban al límite de su resistencia. Pero ninguno cedía, y ninguno lograba que el otro cediera. Pues se conocían tan sobradamente, fruto de muchas horas de entrenamiento, que las fuerzas fueron igualándose hasta que ambos, de pronto, se detuvieron uno frente a otro y se miraron con extrañeza. El público se asombró. Por un instante…

El tiempo se detuvo.

Los ojos se clavaron en ellos sin pestañear, enrojeciéndose.

Las gargantas tomaron aliento.

Los oídos trataron de captar el más leve sonido.

Las mentes calibraron el momento.

Las manos detuvieron su lenguaje.

Los cuerpos imitaron las posturas.

Hasta los cacos decidieron dejar por un momento su sagrada profesión.»