Diatriba contra el argumento del origen del arte, o argumento de autoridad.

Este es el manifiesto de un artista que se sabe pequeño, pero que no por eso está más alejado de la verdad y la belleza que cualquier otro artista del mundo, pues aquéllas se manifiestan a quien quieren, donde quieren y cuando quieren, siendo el sujeto individual el único santuario en el que el asombro puede morar y manifestarse en formas nuevas o usadas, y no la masa, que otorga su reconocimiento solo a quienes son estúpidamente señalados por voces que sobresalen de ella durante un instante. De la misma forma, un ciego puede guiar a otros, al parecerle que allí donde hay un abismo existe una carretera sin obstáculos.

Los hombres viven empequeñecidos por su propia inclusión en la masa. La masa les protege, les guía, les alimenta incluso, pero también les obliga a empequeñecerse y a doblarse de tal forma que no pueda sobresalir de ella, que no puedan destacar en ella.

Los hombres siguen necesitando que alguien les guíe. Pero eso no significa que los guías sean más sabios que los demás. La capacidad de guiar es solo un atribución procedimental, aunque suene emperifollado. No guía a la masa el más sabio, sino aquel que ha sido elegido por la masa. ¿Por qué? Por cualquier cosa, pues la masa no piensa, sino que actúa por indicios y estímulos; de pronto uno se mueve hacia un lado, quizás porque creyó ver allí algo brillante, el resto se da cuenta y lo sigue sin saber muy bien por qué. Esto son los gurús: ovejas seguidas por otras ovejas. Ninguno es consciente realmente de lo que busca, sino que todos van a la deriva. Pero van.

Estas leyes se cumplen en todos los órdenes. Obviamente, de manera acendrada en la política, pero también en las artes. Hay artistas reconocidos que nadie reconocerá en treinta años. Y otros descnoocidos que serán alabados en doscientos. ¿Por qué? Cambio de modas, dirán algunos. Pero, si las modas importan, también importan los guías de la masa; así que yo digo: más bien, cambio de guías. Esta es la norma: los hombres siempre necesitan que los guíen.

Lo importante no es quién los guíe, sino hacia dónde van. Y aquí sucede lo verdaderamente lamentable: si los hombres ya te siguen, cualquier cosa que digas será tomada por canónica, por regla y norma para los demás. Y, tratándose de escritores, tus libros serán considerados modélicos; tu estilo, inmejorable; tus temas, paradigmáticos; tus enemigos, enemigos del espíritu humano; tus valores, buenos. Puede que otro autor esté en completo desacuerdo, pero la medida entre ellos no la marcará su razón objetiva, sino la comparación de su prestigio. Para la masa, que jamás estudiará el caso en profundidad, todo es simplemente una cuestión de nombre. Nominalismo social. Lo tienes o no lo tienes. Y para tenerlo hay que someterse, y mucho; aunque a un número escaso de autores se les permite obtenerlo a base de rebelión, frontal y agresiva, sea real o ficticia.

Puede que incluso otro autor menos conocido diga las mismas cosas o parecidas, incluso que las diga mejor. Pero eso da igual. Jamás se le dará la oportunidad de ser conocido, de alcanzar el estatus de guía, de elevarse hasta el Parnaso. Jamás, salvo que, una vez más, forme parte de la masa aborregada (con lo cual su arte desaparecerá, porque se asfixiará y se adocenará), lo mismo que forma parte el mismo que un día se apartó de la masa porque creyó ver algo brillante, y fue seguido por los demás sin saber adonde; o bien se yerga sobre la masa con la ayuda de los mismos que la conforman, apoyado sobre cimientos tan endebles como son las cabezas de sus dueños, que, con el fin de ser insultados y sin embargo perdonar mientras les haga gracia el insulto, consienten ser pisados por un escaso número de estúpidos que se creen valientes y superiores, pero que no saben que en el fondo son tan ciegos como los demás, e incluso en mayor porcentaje, porque se sienten grandiosos, siendo infinitamente pequeños. Para sostener a alguien que se pisa el cráneo debe pesar mucho menos que tú.

Así algunos autores afamados dicen tonterías que son tenidas por ingeniosas, y algunos autores desconocidos escriben maravillas que jamás llegarán a ser leídas, simplemente porque son desconocidos. Es un círculo vicioso. Si eres famoso, te leerán y te harás más famoso. Si no lo eres, no podrás serlo, porque nadie te leerá. La situación es parecida a buscar trabajo cuando eres muy joven: te exigen experiencia pero no te permiten trabajar sin experiencia, por lo que jamás tendrás experiencia que te sirva para postularte como trabajador. La pescadilla que se muerde la cola, como decía un profesor mío (de Historia).

Y todo por el dichoso y macabro nominalismo en el que vivimos inmersos. El origen personal del arte. El origen de las palabras o las ideas. Como en política: la gente vota al partido de toda la vida, aunque diga o haga cosas mal. Como en deporte: la gente sigue al equipo de toda la vida y se parte el pecho por él, aunque sea un desastre. Algunos lo llaman fe y fidelidad. Yo lo llamo estupidez. Lo llamo borreguismo. Lo llamo nominalismo artístico. ¿Que lo pintó Picasso? Entonces bueno. ¿Que lo pinto Fernández? ¿Ese quién es?

Pues así todo. Y así nos va.

Mis obras merecerían estar en todas las librerías del mundo. Pero ¿quién las leerá si están poseídos por el afán de tener los mismos libros, igual que tienen los mismos coches, los mismos trabajos, el mismo peinado o el mismo móvil? Nadie te dará la oportunidad de convertirte en su autor preferido. Nadie te dará ni siquiera la posibilidad de ser uno más. Simplemente porque no tienes nombre.

Pero nadie nace con nombre. ¿Entonces cómo se hace un nombre? Hay muchos que creen tener el secreto, pero en realidad no hay una ciencia que rija estas cosas. El éxito es el producto de la confusión de una oveja medio ciega. Cree ver algo que brilla, se aparta del rebaño un metro, y luego otras muchas van detrás porque creen que es el camino correcto, sin darse cuenta de que no va a ningún sitio. Y con esta ley, una de las pocas que se cumple en esta materia, se explican muchos bestsellers. Bueno, con ésta y con otra: la ley del más fuerte. Pero de ésta hablaré otro día.

Por ahora quedémonos con esto: no juzguemos el arte por quién lo hizo, sino por qué es, dice o cuenta. El arte como producto objetivo. El libro como naturaleza que se nos manifiesta, como reto y como mensaje. Todo lo que suene a prestigio del autor o a mercadeo publicista, debemos desecharlo con ironía y energía. Tan solo los clásicos merecen ser leídos, admirados y amados aun con independencia de su obra. Al resto, que nos juzguen por nuestras obras, no por nuestros nombres. Quizás así, algún día, alguno de nosotros llegue a ser un clásico para los hombres del futuro, gozando de la gloria (¡ahora sí!) de la inmortalidad del nombre.

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