Fragmento de «La Canción Eterna»

«De pronto se hizo el silencio. El auditorio improvisado lo escuchaba embelesado. No era la primera vez que Tpenux “Bocadeseda” cautivaba a unas cuantas orejas cuyas caras ni siquiera reconocía en las sombras de la noche. Sin embargo, un extraño duende flotaba en el aire.

– Cuentan que el dios de la muerte permitió que su joven esposa muriera de forma cruel. Él no lo sabía, pero aquel dios que todos veneramos y al mismo tiempo tememos se había fijado en él, era un joven y audaz guerrero, perteneciente a los hombres que vinieron, en la noche de los tiempos, desde el sur y el este, cuando ninguna voz resonaba en el mundo, y cuando no había hogueras ni canciones ni espadas ni cerveza.

– ¡Cerveza, buena idea! ¡Más cerveza! –gritó otro. Definitivamente, eran un público impaciente y rebelde. Pero él lo domaría.

– Engañado y hechizado, Ároc se convirtió en adorador de la muerte. Fue desposeído de la carne mortal y convertido en un fantasma. Un monstruo gigantesco con manos como copas de árboles y brazos como columnas de hierro. Una rabia incontenible se apoderó de su corazón, y tomó la resolución de acabar con el mundo entero, pues el mundo había conocido a su amada, y su amada había muerto, y el mundo seguía su avance, impasible, indiferente. Cualquiera de nosotros habría agarrado por el cuello al esclavo más cercano, lo habría golpeado hasta que le dolieran los músculos y luego lo habría traspasado con su espada, mientras la sangre le corría por la mano y le bañaba los miembros. Pero él no se conformó con eso; aliado de los poderes más dañinos, ocultos incluso a los magos y brujos del Gran Templo Secreto de Kark, donde dicen que las prostitutas sagradas copulan con animales y los hechiceros las alimentan de las vísceras de las víctimas humanas, aún humeantes, se revistió de una fuerza sobrehumana y de armas invencibles. Jamás hombre tuvo en su mano tanto poder. Y lo usó como debe usarse, como cada uno de vosotros, hombres de la piedra y de la guerra, lo usaría: lo acrecentó con la sangre de sus enemigos, se elevó sobre todos ellos y aplastó su cabeza, hasta que ya no tuvo a quién vencer. Y se erigió en soberano del mundo…

– Bonita historia para los niños, Bocadeseda –gritó una mujer que andaba por allí, curiosa-. Ese Ároc no es más que una mujerzuela que se tragó su propio rabo y escapó corriendo a esconderse para que se lo cortaran. ¿Qué puede un cobarde así contra los guerreros de la nieve y el poderoso viento del norte? Mándalos a dormir, y aclárate la garganta. ¡Ya basta de cuentos por hoy!

– ¡Calla esa boca llena de orina, zorra! –gritó Tpenux-. Deja hablar a los hombres y vuelve a tus labores, o te cortaré la lengua yo mismo, después de violarte con el mango de mi espada.

Ella le hizo un gesto obsceno y se apartó de allí, aunque enseguida regresó, picada por la curiosidad, para escuchar el resto del relato.

Bocadeseda se aclaró la voz y continuó, visiblemente irritado:

– En realidad, ese cobarde es más parecido a cada uno de nosotros de lo que pensáis. Dejadme que os cuente. El caso es que ya no había nadie capaz de oponérsele. Gobernaba casi sobre todo hombre conocido, con brazo de hierro y mano de acero. A quienes se rebelaban contra él, los aplastaba con crueldad y golpes certeros y raudos. Nadie se atrevía a mirarle fijamente a los ojos. Pero se cuenta que en cierta ocasión, sus hombres capturaron a un capitán enemigo que resistía ferozmente en una isla, protegido por el mar y la tormenta. Lo llevaron a su presencia amarrado y hecho un guiñapo. Sin embargo, había valor en aquel soldado, y aunque lo arrojaron violentamente a los pies de Ároc, se alzó y gritó con voz tan potente que los muros del castillo retumbaron. Pero Ároc no se movió ni permitió que lo hicieran callar. Ambos hombres se miraban con un odio y una fuerza inconmensurables. Aquella batalla duró unos segundos que parecieron suspender el tiempo. Pero al fin el capitán cayó de rodillas, llorando como un niño. Y entonces le preguntó a Ároc:

»- ¿Por qué? ¿Qué te hemos hecho?

»Y Ároc respondió. Atended bien a lo que dijo:

»- ¿Por qué? Ahora lo sabrás, antes de morir, antes que te consuman el dolor y el fuego. ¿Por qué? Porque yo no nací para servir, sino para gobernar. No nací para ser oveja ni cabra, sino para ser lobo. Porque no vine a este mundo para morir, sino para triunfar y vivir eternamente. Porque antes me sacrificaré que adorar a dios alguno. Porque soy Ároc, dueño de la fuerza, la ira y la guerra, y a mí me pertenece la gloria, la fama, la riqueza y el poder. Porque, en definitiva, lo quiero todo, lo deseo todo, y he vendido mi alma para llegar a ser dueño de todo.

»¿Comprendéis ahora lo que he explicado? ¡Él es cómo nosotros, que somos un pueblo de reyes y señores! ¿Quién de vosotros no respondería de modo parecido? ¿Acaso no lo sentís en lo más profundo de vosotros, esa ansia de todo, de vivir para siempre, de vencer al mismísimo mundo, de dominar la vida y la muerte, de controlar los vientos o los rayos…? ¡Yo desde luego sí lo he sentido! Y os digo más…

En ese momento, sonó un cuerno. Uuooooooooooohhhhhhh! Una vez. Uuoooooooooooohhhhhhh! Dos veces. Algo pasaba. No era normal. Tpenux Bocadeseda se detuvo instintivamente. Todas las cabezas giraron en dirección al origen del estruendoso sonido, al que inmediatamente se unieron otros, semejantes a él. El campamento entero, la ciudad entera, sumida en humos, lenguas de fuego mortecino y el polvo de las calles sucias, se levantaron, expectantes.

Al fin se apagaron los cuernos. Las órdenes no llegaban. Transcurrieron unos minutos de nerviosismo y silencio. Cada cual se fue a su tienda, a su rincón, a su resguardo, y buscó sus armas, y se preparó para lo que hubiera de llegar.

Bocadeseda no.

Volvió a sentarse, y jugó con las piedras del suelo. Se quedó quieto el tiempo suficiente para serenar su respiración y escuchar con detenimiento todo lo que ocurría a su alrededor en aquel inmenso y antaño hermoso valle. “Pasa algo, pero se ha dado la alerta”, pensó. “Quizá el rey llama a sus capitanes, o quizá se ha encontrado a algún tesoro renombrado en Albia. Esperaré y sabré”.

No tuvo que esperar mucho. A los pocos minutos, una compañía pasó rápidamente ante sus ojos, a ritmo marcial, con antorchas enormes delante y detrás.

– ¡Muchachos! –les gritó Tpenux-. Muchachos, oídme. ¿Por qué suenan los cuernos en la noche?

La compañía refrenó un tanto su velocidad. Un hombre de la retaguardia le contestó de mala gana.

– ¡Entérate, explorador! Van a ejecutar a un señor de la ciudad.»

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