Comienzo de LA CANCIÓN ETERNA

OS TRAIGO, EN PRIMICIA TOTAL Y MUNDIAL, EL COMIENZO DE MI NOVELA MANUSCRITA «LA CANCIÓN ETERNA», QUE VERÁ LA LUZ EL AÑO QUE VIENE, SEGÚN ESPERO. SI OS GUSTA, DEJAD UN LIKE. Todos los derechos reservados. No permitida la copia o reproducción.

«PRÓLOGO

Las historias que nacen del fondo del corazón pueden ser felices o estar traspasadas de oscuridad. A menudo, acontecen las dos circunstancias al mismo tiempo, mezclándose en una proporción inconmensurable, que deja un regusto agridulce en el alma que no satisface sus deseos más profundos. Es la lógica de nuestra vida: las historias no terminan (nunca) con un “fueron felices para siempre”, precisamente porque ese “para siempre” no existe. Todas las historias terminan igual, aunque no lo digan. Siempre hay un final: la muerte. Ese es el verdadero “para siempre”, nada feliz (aunque puede ser heroico, loable o grandioso), salvo que creas en el más allá, del que dicen que sólo uno ha vuelto.

En muchos casos, cuando la historia nace del fondo del corazón y enfrenta el fin con valentía, no es sencillo apreciar dónde acaba la realidad y dónde empieza la fantasía. Pero esto no nos debe extrañar, ya que aun nuestra vida cotidiana está salpicada de desconcertantes chispas de magia. ¡Oh no, por supuesto; no cederemos a la tentación de hacer ese tipo de discursos que nos hacen creer lo cerca que está el mundo de parecerse a un gran sueño! Mas convendremos, sin necesidad de esforzarnos en convencer a los escépticos, que una parte de la vida está hecha de remiendos de visiones, y que muchas de éstas se cimientan en los substratos de la vida psicológica, a menudo inconscientes. Valiéndonos del regusto etéreo de esta tierra donde se agarran, como raíces de tallos invisibles, los sueños y las fantasías, haremos algo de lo que no estamos muy seguros: contar un sueño que fue o será, o acaso un recuerdo que nunca existió o que está por nacer… el sueño de Somnia y de Ároc.

Sé que las historias fantásticas han sido narradas de todas las formas posibles, y bajo todos los prismas imaginables. No pretendo recorrer caminos atestados, seguir las indicaciones de otros por senderos trillados. Ni esta novela es una alegoría de la vida, ni una fábula moralizante, ni el ejercicio fatuo de una imaginación desbocada. Esta es una historia escrita únicamente para mí; la novela que a mí me hubiera gustado leer. Esta historia es la culminación de un experimento literario; es hija de una compenetración entre Arte, Historia y Mística para dar a luz un concepto de narración que defino como “praeterhistoria ucrónica”. Se trata de una realidad futura paralela que parte de un hecho cierto del pasado o del presente cuyas circunstancias, sentido o resultado, simplemente, han cambiado. Y con ellos, el mundo que conocemos ha desaparecido, sustituido por otro diverso; o puede que simplemente lo que imaginamos habite en alguna región inaccesible de la realidad, como si estuviera más allá de un portal espacial, desde el que nos llegaran simplemente los atisbos de las grandes tormentas o los rumores de los grandes acontecimientos. Aquel hecho cierto no tiene por qué saberse; en realidad, es un punto cualquiera del devenir que puede o no ser importante; nunca necesariamente. Esta precisión es trascendente, como también lo es que la novela misma puede estar perfectamente contada en pasado, como suelen estarlo la inmensa mayoría de las novelas (siempre que ello no suponga merma de esa disfonía futura, puesto que el futuro también tiene sus pasados); pero también en otros tiempos verbales. Este proceso narrativo, obviamente, por novedoso y extraño, sólo puede suceder en un mundo literario interno y particular: el mío propio, producto de mi escucha de los rayos que me alcanzan desde ese otro lado que hemos establecido como posibilidad, y que yo he llamado con cariño Somnia. Un mundo, no obstante, propio pero no cerrado; íntimo pero no excluyente; comunicativo y comunicable; expansivo aunque celoso; privado pero no escondido. Un mundo que está buscando, lentamente, su lenguaje, su expresividad y su tono. Mientras los encuentra, te invito a compartir mi visión de la apasionante vida de Ároc, nuestro héroe, y de cuantos lo rodean (o rodearon o rodearán, ¿quién sabe?).

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Extracto del Libro de las Canciones Prohibidas:

“Anup nació de una noche sin luna ni estrellas. Los anhelos infinitos del caos, que deseaba tener un orden, le dieron vida. Por eso se dice que Anup es hijo del caos, que es el padre y la madre de todo, pero que no tiene nombre ni forma ni esencia. Su esencia es desaparecer al contacto con la divinidad.

Pero Anup surgió en medio de la nada antes de que todo existiese. Nadie sabe cuándo ni dónde, porque no había tiempo ni lugar. Solo había deseos infinitos de ser. Nadie que sintiera. Solo deseos de ser.

Anup es todopoderoso, pero para que otras cosas existan debe limitar su propio poder. Es tan todopoderoso que es capaz de negarse su propio poder omnímodo. Al retirarse de la materia, permite que la vida surja, que el caos se ordene, según su mente creadora. El acto de crear en él es consustancial al acto de retirarse de la materia, y viceversa. Pues al principio Anup lo llenaba todo. Ahora, en cambio, cada vez está más alejado de las cosas que existen, vivas y muertas, para permitir que existan. Anup es la vida, pero también es la muerte.

Era como si todo estuviera predestinado. La materia estaba ahí, en deseo, antes de ser creada. El caos era un pensamiento antes de ser pensado. El Destino existe. Se trata de un viejo pescador que saca del pantano de los futuros hechos cualesquiera peces que su vieja caña de pescar. Los peces están ciegos, y el viejo pescador apenas ve. Por eso a veces tira los peces de nuevo al mar en lugar de meterlos en el cesto que lleva en su barca.

Lo curioso del Destino es que a veces pesca los peces que quiere pescar con solo desearlo. El primer pez que pescó fue el caos. Luego vino Anup. Luego la materia. Luego se echó a dormir un rato, y cuando se despertó en su barca ya no sabía dónde estaba ni hacia dónde iba, pero siguió pescando. Por eso el Destino a veces parece estúpido y caprichoso.

El Destino es el Universo. No hay nada fuera de él. El caos es su hijo. Anup es su instrumento, aunque no lo sepa. Y los hombres son sus juguetes.”

Cuando los continentes hayan cambiado, y las tierras todas se hayan desplazado hasta habitar horizontes antes velados; cuando no haya recuerdos ni memoria de nuestra época, muchos años después de la Guerra del Fin del Mundo; siglos y siglos después de que regrese el Silencio tras el Invierno Que No Cesa, será escrito lo siguiente en el Libro de los Textos Memorables:

PRIMERA PARTE

I

Hace mucho tiempo, vivió un héroe.

De este héroe nadie conocía su origen, mas todos lo miraban con asombro y esperanza. Somnia, el país de los sueños y las visiones, el país de las historias por contar, lo veneraba. Era la luz que disipaba la oscuridad, la espada que vencía en la batalla, el trueno que retumbaba en las montañas…

***

– ¿A quién vienes a invocar, rey, y qué vienes a pedir? – preguntó el druida, ceremoniosamente, envuelto en una penumbra estudiada, con el báculo negro en su mano izquierda, soportando su frágil cuerpo, y con un largo hueso humano en la derecha, como un hacha divina.

El templo no era más que una caverna excavada en la roca, disimulada tras los arbustos, en un estrecho desfiladero, junto a un arroyo seco. El sol se había ocultado. Los lobos aullaban en las montañas. Los hombres miraban a su alrededor bajo una amenaza silente, después de haber penetrado hasta la parte más profunda de la cueva, caminando incluso en cuclillas, entreviendo a su alrededor las formas de seres ancestrales que los miraban con recelo; no se escondían tras las sombras, sino que eran las sombras mismas. Las antorchas parecían titilar aterrorizadas. Al fin, en el corazón de la montaña, a muchos metros bajo tierra, habían encontrado lo que les habían dicho: la caverna del terror y, en ella, el altar negro. Un druida, un brujo, los esperaba, en un sepulcral silencio. Tras el druida, una basta estatua de madera negra, en una hornacina. Adosada a la roca viva, un ara de piedra sin pulir, negra, más oscura incluso que la propia noche. La sangre de las víctimas aún embadurnaba el suelo y el altar, y le daba ese color tan intenso. Había restos de ellas, secos y carcomidos, por todos los rincones. Arn, al verlos, no pudo evitar sentir náuseas, mientras se preguntaba de qué se alimentaría aquel sacerdote.

Una nueva pregunta de éste le arrancó de sus cavilaciones.

– ¿A quién vienes a invocar, rey, y qué vienes a sacrificar?

Y añadió:

– Pues bien sabes que el dios que aquí escucha las plegarias es celoso y no regala dones, sino que exige algo tan valioso para el suplicante como lo que viene a buscar…

– Bien lo sé -respondió Arn, sudoroso, tratando de que su voz se oyera firme, y de no derrumbarse de asco y ansias. -Bien sé que, de todos los dioses que miran alguna vez a esta tierra, uno solo habita aquí; y que escoge de sus siervos los regalos que desea; que da con una mano y con otra pide; que todo lo puede pero todo lo reclama; y que, tratándose de poder y riquezas, no hay mejor mecenas que él, ni mejor compañero en la batalla.

– ¿Y eso vienes a pedir, rey, poder y riquezas? -inquirió el druida, no sin cierta ironía.

– Poder y riquezas pido -dijo Arn.

– ¿Mas cómo puede el Dios de la Oscuridad procurar a un rey más poder y más riquezas de las que ya disfruta? -preguntó el druida.

– Puede hacerlo propiciando mi victoria sobre un enemigo soberbio -contestó Arn-. Un enemigo que siglos ha nos venció y sojuzgó, y que nada en oro, piedras preciosas, campos fértiles, cálidos vientos, puertos abastecidos, casas hermosas, llanuras soleadas, caballos briosos, jóvenes robustos… Un enemigo que vive al sur de las Montañas de las Nieves del Verano, y al que no estoy dispuesto a seguir pagando el censo anual que nos impuso con injusticia. ¡Porque ha llegado el momento de que los que estamos a este lado mostremos nuestra fuerza y les devolvamos hasta el último de los golpes propinados!

Iba el druida a replicar cuando una sombra repentina apareció tras él, como si hubiera estado todo el tiempo pegada a la pared del fondo; volátil, fantasmal, absorbía la escasa luz de las antorchas y hacía que todo pareciera más terrorífico, insano e irreal. Una capucha ocultaba el rostro de la figura humana que se irguió de pronto ante Arn, torpemente rendido sobre su rodilla derecha, que comenzaba a dolerle intensamente. Un terror abisal se apoderó de la voluntad de los presentes, pero no lo suficientemente fuerte como para ahuyentarlos. Como estatuas de tiempos olvidados, se quedaron donde estaban, en silencio, observando.

 El sacerdote se inclinó. Había llegado su señor. No era normal que aquello sucediera, pero quizás en esta ocasión estuviera perfectamente justificado. Hasta ese momento él no lo había previsto, y quizás por ello fuera castigado; sin embargo, había venido, y era conveniente apartarse de su camino. Al fin y al cabo, él sólo era su servidor, uno de sus muchos sacerdotes, que atendían diariamente las solicitudes de cuantos llegaban hasta aquel lugar de oscuridad a reclamar algún don o beneficio. Era común que pagaran con dinero o trabajo, pero no pocos traían a sus animales, a sus esclavos e incluso a deudos o prisioneros. Pues era bien sabido que el dios que allí moraba no daba sin pedir algo a cambio. Algo del mismo valor para quien oraba que aquello que solicitaba. Podía parecer un trato exigente, cruel, tratándose de un dios. Pero aquello lo pensaban quienes tenían una visión bondadosa de los dioses. No… los dioses no eran bondadosos, ni gustaban de ayudar a los hombres. Los dioses eran egoístas, vanidosos, iracundos, envidiosos, caprichosos… Así que, entre todos los dioses que conocía, sólo aquella figura oscura era justa: tanto quieres, tanto pagas. Y siempre mantenía su palabra. Si pedías la salud, o curar de una enfermedad, debías dar el precio adecuado; quizás una bolsa de oro, quizás una parte de tu cuerpo, quizás la vida de un hijo… Pero jamás había venido un rey. No había precedentes de tal cosa. ¿Qué podría ofrecer un rey por conquistar el mundo?

La figura se acercó a Arn. Plantado ante él, su risa fue subiendo poco a poco en volumen, mientras Arn, desconcertado, muerto de miedo, hubiera querido tener energías para rezar al resto de los dioses para que lo protegieran de aquel monstruoso engendro al que había invocado. Por fin, la figura habló con una voz de pozo y de cueva, de tumba y de lápida, de volcán y terremoto:

– ¿Y qué me darás a cambio de Somnia (pues es Somnia lo que deseas en tu corazón)?

Arn sabía lo que tenía que decir. No lo había consultado con nadie, ni siquiera con su esposa. Pero lo había meditado largamente y tenía una respuesta preparada. Algo que su interlocutor quizás podría aceptar.

– Ofrezco a Ároc. Ofrezco Albia. Ofrezco a Roderik.  Lo que he de conquistar, todo lo pondré en tus manos.

Se hizo el silencio. Las antorchas se apagaron con un viento helado venido de algún lugar recóndito de la tierra a través de grietas inapreciables. La caverna quedó en una oscuridad completa, salvo por un tenue resplandor blanco que rodeaba a la maléfica figura. Entonces la risa del dios se oyó de nuevo, pavorosa. Y en medio de los estertores de las carcajadas, replicó:

– Me gusta tu petición. Que se haga lo que dices. Pero he de ponerte una primera condición: me dejarás ir contigo a la guerra.

Arn dudó, estupefacto.  Sin embargo, se oyó a sí mismo decir:

– ¡Oh Dios de la Noche y de la Muerte, sírvete de mi cuerpo, mi mente y mis palabras para extender tu señorío! Tan sólo permíteme que arrase Albia hasta sus cimientos y mate con mis propias manos al rey Roderik.

– Sin embargo… tendrás que reconocer que pides mucho para tan poca ofrenda. Pues no me engañarás: prometes algo que no tienes y que yo mismo he de concederte. Pero no te alarmes. Aún puedes lograr mi favor: añade a tu súplica la vida de tu hijita de seis meses y la de tu mujer. Y yo a cambio te daré lo que pides y acaso la inmortalidad, si puedo poner la cabeza de Ároc en una pica.

Horrorizado ante lo que había escuchado, Arn estuvo a punto de levantarse y correr. Pero sabía que no podría. Sabía que no había llegado tan lejos para renunciar a su venganza. Sabía que, si ahora se negaba, el dios sabría tomarse su ofrenda por su cuenta. En aquel lugar, en aquel momento, estaba a su merced. No podía escapar. Había puesto su cabeza ante el hacha del verdugo y nada ni nadie podría salvarle del peligro. Tenía que ceder. Su esposa, la quería pero… podía buscarse a otra. Mas su hija… Su hijita… El alma se le vino a los pies. Su hijita preciosa y rosada, la alegría de sus muchos años… Estuvo a punto de vomitar. Una lágrima cayó en silencio de su ojo derecho y recorrió su mejilla, quemándole como un rayo que penetrara su piel en castigo a sus pecados. Pero la lágrima se evaporó.

El monstruo puso una mano enguantada en el hombro del rey, que permanecía arrodillado, abrumado por el miedo, las dudas y el odio. El peso de un océano pareció venírsele encima. Sueños de gloria, riquezas y sangre surgieron en su mente. La venganza cumplida. El enemigo vencido, aplastado, destruido por completo. ¡Poder absoluto…!

Arn cedió ante las visiones.

El dios no necesitó que Arn hablara. Lo supo. Con un gesto de su cabeza indicó al sacerdote que avisara a sus acólitos. En la oscuridad más impenetrable, el sacerdote lo vio y salió a paso vivo de la cámara.

– Tengo hambre -musitó el dios.

Entonces, cuando Arn levantó los ojos, estaba solo. Y sus hombres estaban muertos. Su sangre le bañaba las rodillas, manchándole los pantalones.»

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