Los premios literarios y el oficio de escritor

Reflexiones sin sentido a vuela pluma

Llega la temporada de premios literarios, los periódicos se van haciendo eco de los distintos galardones y los escritores se muerden las uñas por conocer quién se llevará el gato (y los cuartos) al agua (al zurrón). Pero a mí cada día me interesa menos.

Me interesa menos porque siempre ganan los mismos en esta España desculturizada, ciega e ideologizada. Ya sabemos que si eres de según qué cuerdas, te tocarán más o menos (o nunca). Y eso es una pena, porque se ha instalado cierta sensación de superioridad moral de una parte del espectro intelectual, por otra parte la menos brillante, que se asienta sobre millones de muertos. Pero los muertos no se quejan. Y los medios y el dinero callan. Al final, no importa si escribes bien o mal, sino desde qué lado escribes. Punto. Y es una pena también porque esto desmoraliza mucho a los que están empezando, y también a los que están terminando. Hoy, si quieres ser escritor, tienes que hacerte el camino tú solo, salvo que vayas de la mano de los poderes fácticos y políticos, que suelen ser todos del mismo color; o salvo que seas famosillo, y te escriban el libro. Eso es ser escritor hoy: que te lo escriban otros que nunca figurarán en la portada ni se llevarán un euro; o que escribas al dictado de lo políticamente correcto o de los poderes que te sustentan.

Es tremendo y descorazonador. Hace mucho que no participo en ningún certamen literario. Pero cuando lo hacía, y me tocaba asistir a una entrega de premios, me sorprendía que textos de muy poca valía salieran ganadores o finalistas. Porque una de las cosas más terribles de las entregas de premios es que te obliguen a escuchar la lectura del relato o del poema ganador, sentado incómodamente en tu silla o en tu butaca, tratando de poner buena cara y evitando no levantarte y decirles unas cuantas cosas a los del jurado. Por supuesto, después de vomitar. Es muy triste. Si no tienes un amor propio muy afirmado y bien cimentado, puedes llegar a la conclusión de que eres un pésimo escritor, y que no pasas de escribiente, viendo el nivel de quienes han sido elegidos para descollar de la masa. O puede que llegues a la conclusión, aun más triste, de que no debiste presentarte a un certamen que estaba, visto lo visto, a juzgar por el resultado, adjudicado y concedido de antemano. El típico amaño de toda la vida. Mafia literaria. Estómagos agradecidos. Amiguismo y desprecio del mérito.

Además, es todo falso. Todo mentira. Diría más: muy mentira. Fijaos si lo es, que he llegado a ver casos como estos dos que os relato:

En uno de ellos, tras la entrega de premios, se me acercó la presidenta del jurado y me dijo que mi relato era el que más le había impresionado y el que más miedo le había producido; que le había impresionado de modo muy intenso, hasta provocar esa sensación de que cada ruido es un visitante extraño, cada reflejo de la luz una aparición. Os podéis imaginar que no gané, que ni siquiera fue primer finalista. ¿Entonces? Entonces… todo mentira. O era mentira que mi relato era el mejor… o era mentira el premio y todo el aquelarre montado alrededor de él.

En otro caso, presentado yo con toda mi ilusión a un concurso donde se daba un premio general y otro al mejor autor local, cual era mi condición, se falló el certamen y se dejó desierto el premio al mejor autor local alegando que no se había presentado nadie. Cuando escribí a la organización, no obtuve respuesta. El premio en metálico no se repartió. ¿Qué se hizo de él? ¿Por qué se dejó desierto? ¿Por qué nadie me contestó? Así podíamos seguir, preguntando sin respuestas… Lo dicho: todo mentira.

Los grandes males de la literatura del siglo XXI son cuatro: la ideologización, el clientelismo, la vulgarización y el desprecio por los derechos de autor, que hace que el lector se haya convertido, en muchos casos, en un enemigo latente que destruye las carreras de los autores que dice admirar. Ante este panorama, uno sigue escribiendo simplemente por vocación y porque tiene dentro ese fuego prometeico que no le deja descansar en paz y le hace hervir la sangre. Pero no por gusto, sino más bien dolorido y con la pura decepción como madastra o concubina.

Nadie tiene culpa y al mismo tiempo todos tenemos culpa. Supongo que, al final, la luz prevalecerá, como en todas las épocas, aunque sea después de una guerra terrible de la que no vislumbramos el final todavía. O puede que ahora sea distinto y lo que quedaba de bello, de armonioso y de prístino sea barrido por los vientos huracanados de la política, la mentira, el enchufismo y unas nuevas tecnologías que han traído más posibilidades, pero también han permitido un sencillo acceso a la piratería, y a entretenimientos menos exigentes intelectualmente que la lectura, la cual está quedando arrinconada en polvorientos despachos o en pequeñas bibliotecas. Ni siquiera el metro garantiza hoy la lectura: hasta el sagrado hábito de leer en el metro se está perdiendo o está siendo manipulado para leer los panfletos flatulentos de la literatura en serie y facilona. La moda, ese monstruo que destruye la razón.

No quiero ser agorero, amigos escritores, que me estáis leyendo a vuestro pesar. Pero, a menos que tengáis carnet de partido o amiguéis con los modernos predicadores que viven de los medios, y por ende de los espectadores, no podéis hacer otra cosa que agachar la cabeza, seguir escribiendo en el silencio de vuestros escritorios, con la dignidad y el coraje por bandera y alimento, y confiar en que, algún día, dentro de mucho tiempo, la humanidad rectifique, recomponga el paso y corrija vicios, recobrando con ello el ardor por la sabiduría, la fina y compleja expresión de la belleza, y la excelente evasión que dan los libros bien escritos, bien contados y amados por quienes los produjeron, como lo que son: obras de arte, hijos del espíritu humano, semillas de eso misterioso que llevamos dentro y que algunos creemos que salta hasta la vida eterna, o esa otra forma de inmortalidad que es la fama entendida como excelencia y virtud en el hacer, en el pensar y en el sentir. Ojalá el futuro (creencia ciega) sea algún día mejor que el presente y nuestros vástagos de tinta o pixels encadenados sean rescatados del olvido.

Mientras tanto, aguantad, resistid, perseverad. Como decía Cela, en este país solo el que resiste vence. Sea pues.

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