Duelo de guerreros

Hoy os traigo un largo extracto de mi manuscrito “La Canción Eterna”, que espero que podáis leer el año que viene completo y publicado. En él podréis asistir a la dura prueba a que se someterá a Lheiron, ante muchos ávidos ojos, en singular duelo contra su propio maestro, Hador, el Jefe de la Guardia de la Ciudadela. Por cierto, el manuscrito ya alcanza las 800 páginas, y no creo que esté terminado antes de superar las 1000. Si os gusta el fragmento, compartid, por favor, y dejad un “megusta” que vendrá muy bien, y me demostrará que lo habéis leído y os ha gustado. Y no dudéis en comentad lo que os inspire el texto. ¡Buena lectura!

“Salieron al ruedo, con los hombres apretándose o elevándose sobre los hombros de otros para verlos, y sintieron el furor y el griterío. Hacía siglos quizás que en aquellos patios y palacios no se vivía una escena parecida. Los dos mejores guerreros, frente a frente. El más veterano, el más rudo, el que los había enseñado a luchar a todos los demás, contra el joven más talentoso y aguerrido; el discípulo contra el maestro, el aspirante contra el soberbio campeón del rey.

Ambos se aprestaron y se miraron cara a cara como si jamás se hubieran visto. Hador con espada corta y escudo pequeño. Lheiron con espada y sin escudo; lo arrojó al suelo en cuanto quisieron colocárselo, diciendo “No necesito una tabla de madera podrida para tumbar a un anciano. No se trata de defenderse, sino de atacar”.

Por dentro, aunque no quería reconocerlo, estaba muerto de miedo…

Cuando sonó la señal, el griterío se elevó hasta el cielo rodeándolos y ahogándolos. Ya no escucharon ni siquiera sus propios pensamientos, ni sus voces ni el ruido de sus botas al pisar. Solo tenían los ojos para verse y guiarse, y aun estos bastante impedidos por los cascos que les cubrían la cabeza y les protegían la nariz.

Las espadas resonaron. Lheiron intentó sorprender a su maestro con un movimiento inesperado, pero no fue tal para Hador, que conocía a su aprendiz, aunque no tanto como para no temerlo, razón por la cual estaba más alerta que nunca. De hecho, bloqueó su primer golpe, pero no pudo evitar que la espada roma impactara en sus grebas de combate al segundo siguiente, pues Lheiron giró sobre sí mismo y buscó derribar a su oponente y acabar enseguida con el combate. Si Hador temía la rapidez del joven, éste sabía que su maestro buscaría el cuerpo a cuerpo y usar la fuerza bruta y los variados trucos que conocía para hacerle caer de bruces o de espaldas. Y así fue. Sin embargo, el golpe casi a ras de suelo de Lheiron apenas tuvo el efecto de una picadura de abeja en Hador, con los pies bien afianzados en el suelo; y a renglón seguido Lheiron tuvo que saltar hacia atrás para esquivar el zarpazo que Hador le lanzó sobre el rostro, tan decidido como su propio ataque.

El maestro dio un paso adelante, y luego otro, y otro más, hostigando a su rival, protegiéndose con el escudo, tratando de tenerlo siempre ocupado en defenderse, que era la mejor forma de trabar su furor atacante habitual y entorpecer su tremenda velocidad de piernas. Pero Hador sabía que no podría mantener demasiado tiempo a Lheiron a raya: éste era veinte años menor, y estaba en buena forma, así que antes o después Hador se cansaría y cometería una torpeza; Lheiron también lo sabía, y no le importaba esperar; se defendía académicamente, sin aspavientos, manteniendo la distancia. Hador necesitaba estar más cerca de Lheiron, necesitaba hacer valer su mayor peso y su mayor fuerza física, de manera de que arrancó hacia él, para cargar con su escudo sobre el joven y tratar de derribarlo. El novato no era tonto, pero no esperaba tanta osadía por parte de su maestro, por lo que no reaccionó del todo a tiempo y estuvo a punto de ser arrollado, pero logró zafarse en el último momento, lanzándose al suelo y dando una vuelta. De todas formas, le quedó un dolor en la espalda, al sentir un chasquido que no podía proceder más que un golpe lateral de la espada de Hador. Aun así, se sintió aliviado, porque había esquivado una veloz derrota por aplastamiento. Lheiron quiso entonces buscar de nuevo las piernas de Hador y trabarlas, pero estaba demasiado lejos. Cuando pudo acercarse a él sin ponerse al alcance de un golpe de su escudo, el veterano soldado ya estaba bien situado de nuevo y se recuperaba de su esfuerzo.

Comenzó enseguida el acoso de Lheiron. Éste no quería verse de nuevo atrapado por el tremendo peso de los músculos de su maestro, y decidió empujarlo con su espada poco a poco hacia el centro, donde podía bailar a su alrededor con más soltura, y buscar sus puntos débiles. Pues aunque su maestro se parapetaba tras su escudo y su espada, y devolvía con mano experta los golpes para mantener a raya al joven, éste confiaba en hacerle bajar la guardia antes o después. Es justo lo que Hador había intentado evitar. Y se resistía a ser llevado hasta el centro y a contraatacar, con lo que el suelo se convirtió en una lucha de estrategias y en una sucesión de tentativas sin otro objeto más que descubrir al contrario y asestar un impacto que asaltara su estabilidad.

La gente los jaleaba como a héroes. Se oían muchos “¡Vencedor Hador!”, pero eran muchos más los “¡Vamos, Lheiron! ¡Lheiron ganará!”. El viejo guerrero, por un momento, se sintió ofendido cuando las voces llegaron a sus oídos castigados por el repiqueteo del yelmo y las armaduras. Pensó que llevaba demasiados años ganándose el respeto, como para que un niñato de pueblo viniera ahora a humillarlo ante sus hombres. Y a pesar de que sabía que ese niñato de pueblo acabaría por vencerlo si se descubría demasiado, y que trataría de aprovechar la diferencia de edad, por la velocidad de sus movimientos o por su mayor resistencia natural, aun así, afirmó de nuevo los pies en el suelo, sujetó con fuerza su espada y su escudo y se dijo a sí mismo: “Ningún hombre me ha vencido mientras he tenido mis armas en la mano. ¡Que venga éste a intentarlo!”

Y lo intentó. ¡Vaya si lo intentó! El joven mostró su impaciencia. Era algo previsible también para el viejo guerrero, aunque se sorprendió ante la violencia del asalto. Comenzó entonces una sucesión de estocadas, de cortes, de golpes, engaños y amagos que todos cuantos la presenciaron recordaron el resto de sus días, y que ha pasado a la leyenda popular como “la batalla de las chispas”, porque las armas comenzaron a chocar entre ellas a una velocidad que hacía que los espectadores no vieran otra cosa más que los destellos que brotaban de ella con cada beso y cada caricia que se daban. Jamás nadie vio a dos guerreros batirse con tal destreza y tal ardor, despreciando toda prudencia, olvidando toda defensa, entregándose con una energía sin parangón a la victoria, y usando para ello todas las técnicas que el entrenamiento les había enseñado. Hador golpeó con el escudo a Lheiron y casi le rompe la nariz. Lheiron tocó con su espada las manos enguantadas de Hador, sus brazos y en una ocasión su costado. Uno y otro se propinaron infinidad de estocadas que les habrían llevado a la muerte si no fuera por las armaduras y la punta roma de sus armas. Y mientras se acosaban mutuamente, en una danza que no podrá ser entendida en sus justos términos por nadie que no la observara, la fascinación de los asistentes se elevaba hasta el cielo como el humo de un incendio. La ciudad entera se paralizó, si no para ver, al menos sí para escuchar el canto de las espadas entre el clamor de los hombres que se desgañitaban y aullaban, asombrados, ensimismados por aquella ciclópea pugna. No obstante, ambos siguieron combatiendo sin descanso, sacando en cada estocada lo mejor de su repertorio, manteniendo las distancias para lidiar según las reglas de la más alta esgrima, inventándose nuevos movimientos que parecían sacados del vuelo de las aves o a imitación de las motas de polvo que viajan con el viento, o enfangándose en un cuerpo a cuerpo sucio, sudoroso y silencioso. Pues ambos contendientes competían como llevados por un fuego que los poseía, o subidos al lomo de un relámpago, pero en completo silencio. No hubo ni una palabra. No hubo discursos ni amenazas. Nada de eso que imaginan los bardos y que sale de sus plumas y que cantan en las plazas, acompañados de sus liras de cuatro cuerdas, mientras los pilluelos y las mozas se reúnen a su alrededor para soñar con sus canciones y ver cómo guiña el ojo a las más hermosas. Tampoco se daban los luchadores respiro alguno; y si uno de ellos trataba de descansar, el otro lo acuciaba y le perseguía para que no pudiera recuperarse, hasta que la tortilla se daba la vuelta. Y a punto estuvo de darse del todo la vuelta en una dirección, sobre todo cuando el aprendiz le arrancó el escudo de las manos al maestro, no con la espada, sino agarrándolo él mismo y dejando a Hador con una cara de terror que motivó las pullas de sus detractores. Pero el veterano se recuperó y en lugar de guarecerse en su espada, hostigó a Lheiron con tal saña que lo golpeó varias veces, en el yelmo,en el brazo, en un hombro, hasta que se cansó y cedió en su empuje; entonces Lheiron contraatacó con una energía que no parecía tener y el veterano reculó, y acabó con la espalda contra los espectadores, hasta que pudo zafarse del acoso de su rival con un empujón; y regresaron de nuevo a la posición de partida. Ambos estaban sudando a mares, sangraban por algún punto de su cuerpo, estaban llenos de moratones, y se encontraban al límite de su resistencia. Pero ninguno cedía, y ninguno lograba que el otro cediera. Pues se conocían tan sobradamente, fruto de muchas horas de entrenamiento, que las fuerzas fueron igualándose hasta que ambos, de pronto, se detuvieron uno frente a otro y se miraron con extrañeza. El público se asombró. Por un instante…

El tiempo se detuvo.

Los ojos se clavaron en ellos sin pestañear, enrojeciéndose.

Las gargantas tomaron aliento.

Los oídos trataron de captar el más leve sonido.

Las mentes calibraron el momento.

Las manos detuvieron su lenguaje.

Los cuerpos imitaron las posturas.

Hasta los cacos decidieron dejar por un momento su sagrada profesión.”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s