El Señor de los Anillos

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Me he decidido a hablaros de este libro que ya forma parte de la cultura popular y que de alguna forma nos ha llegado a casi todos, y que va a estar aún más de moda en los próximos años, con el estreno de la serie de Amazon. ¿Por qué El Señor de los Anillos es tan importante? Ved mi vídeo. Dejad un buen like.

Fragmento de manuscrito LCE (II)

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Queridos amigos:

Mi novela de fantasía está creciendo mucho y se está haciendo, por decirlo de forma coloquial, mayor de edad. Bien sabéis algunos lo difícil y trabajoso que es escribir una buena novela, y la pasión y las horas que hay que dedicarle para que las palabras vayan encontrando su conexión y se conviertan poco a poco en un magno cuadro, en una creación visible y legible con vida propia, capaz de andar el camino de la eternidad con alas en los pies. Y entretanto, quedan miles de retazos descartados, de momentos inolvidables y de pequeñas anécdotas. Hoy me permito el lujo de traeros a este blog un nuevo adelanto en forma de fragmento, espero que os guste. Dejad un like, por favor.

«Hind se detuvo, exhausta, sobre una pequeña roca que reposaba a los pies de una ladera cubierta de arbustos. Había una extraña quietud en el lugar. Al principio Hind no fue consciente de ello, pero cuando su respiración se hubo acompasado y su ritmo cardíaco se hubo relajado, el silencio llegó hasta ella como una sacudida. No había pájaros, no soplaba el viento entre las rocas y no tenía la sensación de estar en medio de la naturaleza. Todo parecía muerto o detenido en el tiempo. La impresión de un temor incipiente llegó hasta sus sentidos. De pronto, concibió la intención de regresar, como si se hubiera metido en la cueva de un oso o se hubiera internado en el territorio de una tribu caníbal. Pero aquello era imposible, se decía, porque allí no había caníbales ni tampoco estaba en una cueva. Y si hubiera habido algún oso cerca, lo habría escuchado. En cambio, no llegaba hasta ella ni el murmullo de la brisa. Ni siquiera los ecos lejanos que suelen generarse a cielo abierto, como si fueran los tambores apagados de batallas enterradas en el tiempo y la historia. Nada de nada. Solo su respiración. Y eso era lo más terrorífico.

Se quedó quieta. Redujo sus movimientos al mínimo. Rebajó sus inspiraciones para que fueran casi imperceptibles para ella misma. Y observó con mucho detenimiento. Miró y remiró. Se fijó en cada forma, en cada planta, en cada pico, en cada roca, en cada grano de arena. Y de repente, al darse la vuelta con mucho cuidado, para no hacer ruido, se dio cuenta de que, en una hondonada cercana, apenas a unos centenares de metros, sobresalía un hilo de humo, apenas un jirón que se confundía con el azul blanquecino del cielo.

Sintió un alivio repentino. “Ayuda”, fue la palabra que primero le vino a la mente. Se puso de pie y comenzó a acercarse. Anduvo con ligereza, con el corazón de nuevo descansado y listo. Casi había llegado a la hondonada, cuando de pronto se sobresaltó. Le pareció ver una sombra furtiva que se movía entre los árboles. Apenas fue un momento, un instante, tan fugaz como un pensamiento. Pero comprendió que algo no estaba bien.

Alguien más se dio cuenta. De entre los arbustos, tras las rocas, tras los árboles, surgieron de pronto tres, cuatro, cinco, seis hombres con palos y cuchillos. Estaban sucios, vestían harapos y tenían los ojos codiciosos. Eran ladrones. Asaltantes. Hombres huidos de alguna cárcel, o quizás de alguna batalla. Traidores, desertores… “Estoy perdida”, pensó Hind.

Enseguida se vio rodeada. Un hombre más, al parecer, la había flanqueado antes de darse cuenta, y se había colocado a su espalda. Otros cuatro impedían que se escapara hacia los lados. Y de frente, en el sendero, uno que se dirigía hacia ella, a paso lento; con el rostro picado de viruela, los ojos saltones, el pelo entrecano, una gran cicatriz en la frente y los dientes más ausentes que presentes, con una sonrisa maliciosa y bobalicona. Sostenía una gran daga en la mano derecha y una red en la izquierda. Y llevaba una túnica corta de lino que evidentemente había robado a alguien incauto más rico que había tenido la mala fortuna de caer en aquella misma… trampa. “El humo es un cebo. Una trampa sencilla pero eficaz”, pensó Hind. “Y yo he caído, como una tonta. Nadie vendrá ahora en mi rescate. Ya no está ella para cuidarme”.

Entonces se le ocurrió una idea desesperada. Sacó de uno de los bolsillos de su túnica un amuleto que su maestra le había regalado; y de otro bolsillo, unos polvos de ceniza que usaban para ciertos rituales. Los alzó en alto y comenzó a hablar en el idioma secreto que su maestra le había enseñado, aunque tuvo buen cuidado de no pronunciar ninguno de los encantamientos que tantas veces le había escuchado a Iult. No pretendía invocar demonios que luego no pudiera controlar. Fue soplando sobre el polvo de ceniza, en dirección a cada uno de los asaltantes, poniendo énfasis en algunas palabras que sabía que sonaban especialmente impresionantes a oídos de los profanos. Fue extrayendo de su memoria extractos, de los más raros y antiguos que podía recordar, irguiéndose sobre las puntas de sus pies, sacando pecho y poniendo la pose más teatral que supo. Por unos instantes, se sintió como su antigua dueña.

Los salteadores retrocedieron».

JULIO CÉSAR (de W. Shakespeare)

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Mi ejemplar de Julio César

En Julio César, el divino dramaturgo inglés abordó la impresionante figura del dictador romano, creando imágenes que perdurarían durante siglos y dando a la dramática historia de su muerte tintes legendarios, definiendo desde entonces un verdadero y particular canon que determinó cómo acercarse a personajes de la Antigüedad como éste.

Todos recordamos, seguramente, aquella maravillosa película en blanco y negro protagonizada por Marlon Brando, dirigida por Mankiewicz, en 1953. Y todos recordamos el mítico monólogo del eterno actor de mirada intensa y rostro grecolatino, en su papel de Marco Aurelio (nunca un actor tan bien elegido para un personaje, quizás a la par con Charlton Heston como Ben-Hur), hablando a la plebe ante féretro de Julio César, su amigo, su general, su benefactor. Y cómo lograba encender al pueblo contra los que habían tramado la muerte del gran hombre, con una oratoria estudiada y al mismo tiempo coloquial.

Este monólogo cinematográfico está basado, por supuesto, en el correspondiente discurso literario que el inolvidable dramaturgo de las islas supo crear en torno a personajes que parecen debatirse entre el destino inexorable y la voluntad de cambiarlo y dominarlo, como si fuera posible para el hombre librarse de los hados y hacer caso omiso de las señales que anuncian el fatal desenlace.

Este Julio César es una de las principales obras de Shakespeare, si no tanto por su alcance entre el público, sí por la increíble fuerza de sus personajes y de sus escenas, totalmente icónicas, así como por algo que solo él sabía hacer tan bien como si hubiera inventado el teatro: podía hacer que los personajes se debatieran trágicamente entre la heroicidad y el absurdo, entre la grandeza y la miseria, sin arrebatarles ni un ápice de su dignidad, sin trampas, sin atajos, sin necesidad de inventarse giros imposibles e impredecibles, con la sola capacidad de su infinito arsenal de recursos lingüísticos y sus conocimientos vastísimos de la psicología humana y de la cultura clásica. Julio César, Marco Antonio, Bruto, Lépido, y un sinfín de personajes reales más pasan ante nuestros ojos, pugnando por la victoria final, en un drama que da lo que promete, y eso que promete el cielo. Pero no hay engaños en el teatro de Shakespeare. Todos sabemos lo que va a pasar antes de empezar la obra. Y, sin embargo, aun así, consigue sorprendernos, consigue envolvernos con la capa mágica de los disfraces literarios, que van sonando como una orquesta cuya música crece y crece, hasta desbordarse en una sinfonía de mil acordes conjuntos y armónicos, y un clímax literario y de emociones que se mantiene casi desde el principio, a través de las dudas y angustias de Bruto ante el plan de asesinar a Julio César, hasta el final, cuando cree verlo como un fantasma ante sí y asistimos finalmente a su derrota definitiva y a su muerte como un hombre valiente y orgulloso, que no supo ver en César al reformador y vio solo al tirano.

Seguramente, para nosotros, hombres del siglo XXI, tan lejanos al espíritu que animó a los hombres de Roma, e incluso lejanos al espíritu de Shakespeare, sea más sencillo que queden en nuestra memoria las imágenes impactantes que la narración que las acompaña. Incluso es probable que ni siquiera recordermos quién urdió la trama de la muerte de César, pero todos recordaremos esa magnífica composición de todos los senadores arrojándose sobre el dictador en corrillo y asestándole golpes y chuchilladas en una orgía de sangre y odio acumulado durante años contra el joven patricio que había ido ganándose a la plebe y se había convertido en un general brillante, conquistador de la Galia, para finalmente dar el golpe de mano contra la República y arrancarle sus últimos suspiros de agonía, antes de que ella sola se muriera, poniendo el poder en manos de Marco Antonio primero y de Octavio Augusto después. Se trata de una imagen icónica, de una de ésas que han marcado la memoria de una civilización, y que han hecho más por la configuración de una cultura que todos los libros de la Gran Biblioteca de Alejandría, cuyos volúmenes ya nunca leeremos. Pero Plutarco primero y Shakespeare después nos contaron las miserias y grandezas de este momento histórico tan especial, vivido en el corazón del poder del mundo antiguo, en Roma, la ciudad de las siete colinas, justo en el instante en que se decidía si seguiría siendo el poder de unos pocos (pero poder repartido, al fin y al cabo), o el poder de uno solo, omnímodo, absoluto, irrestricto. Quizás con las intenciones de lograr el bien del pueblo al principio, pero al final contra el pueblo y sobre el pueblo, pisoteando sus derechos y configurando en él un anhelo de libertad y una decadencia moral y social cada vez crecientes, que culminaron, como no podía ser de otra forma, en la caída del Imperio y la desaparición de las luces de la Antigüedad, para dar paso a la oscura época de las invasiones bárbaras. Curiosamente, aquellos bárbaros que César había vencido y que jamás habían olvidado las afrentas causadas por Roma y por sus héroes, como César.

César sigue siendo una figura inspiradora. Más que Marco Antonio, triste perdedor de una guerra ganada de antemano con astucia militar, y fracasada por la cobardía o la traición (no sabemos) de una reina que ansió alcanzar la gloria eterna y de hecho la alcanzó, pero a su pesar y por cualidades que nunca estuvieron entre las más valiosas. Más que Bruto, el hombre republicano, el «romanus», el senador con cargo de conciencia ante las decisiones de uno que estaba por encima y a quien admiraba y censuraba a la vez, el luchador por la libertad que entregó al pueblo lo que le habían arrebatado pero no supo contarlo como Dios manda, el político de carrera, de vocación, responsable y comprometido, que hizo lo que tanto reprochaba y aceptó sobre sí la carga de la culpa por un acto tan execrable, esperando que los siglos le disculparan, pero que no supo convencer al populacho de que acababa de entregarle el poder que César, carismático y dadivoso, amén de ambicioso y sibilino, le había arrebatado con buenas palabras y el brillo de su gloria. Todos ellos vivieron a la sombra del gigante, y de él dependieron, y a él se refirieron, y de él se valieron para levantarse o para caer, o para las dos cosas. Pues eso fue César: el centro de aquel planeta en miniatura que resultó Roma y que se movió o se detuvo al son de sus pasos.

Todo ello supo plasmarlo con genial acierto Shakespeare, que desde la primera escena nos hace sentir esa fuerza gravitacional que César ejercía sobre todos los que habitaban la Ciudad Eterna. Incluso los dioses se ocupaban en sus asuntos. El destino de Roma era y dependía del destino de César.

Hay que leer a Shakespeare. Hay que leerlo con fruición, con ganas, con delectación y ensimismamiento. El mayor talento literario que han dado las islas británicas y seguramente uno de los mayores de la historia, que no es solo inglés, sino del mundo entero, merece un lugar de lujo en nuestra biblioteca. ¡Ah y los libros, en papel y originales! Nada de copias piratas. No se puede ser culto, no se puede alardear de conocer absolutamente nada, ni siquiera la lista de canales de la televisión de nuestro mando a distancia, si no hemos leído, al menos una vez en la vida, las principales obras de Shakespeare. Es una cuestión de educación. Es una cuestión de humanidad. Es una cuestión de coherencia.

El dios-pez, ÚLOF y EMRA (LCE – fragmento)

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En mi obra fantástica también hay espacio para pequeños homenajes. ¿sabrías identificar a quién se refiere éste?

«Era una preciosa mañana, tranquila y tibia, y la brisa se paseaba dulce y remolona entre los árboles, en las colinas bajas que ascendían casi imperceptiblemente durante kilómetros hacia los Montes Estod, primera cadena montañosa que los caminantes se encontraban cuando enfilaban hacia el norte desde Logi y su comarca. Esta ciudad, toda de madera y ladrillo sin cocer, habitada en su mayoría por campesinos que cosechaban las grandes praderas del centro de Somnia, y con un par de posadas junto al Camino del mar (que así lo llamaban, aunque no había costa allí, pero por las noches, en medio del silencio, se podía oír el murmullo lejano de las olas), en los que se solían alojar mercaderes de cereales, leche y quesos, miel, pieles y frutos secos que venían regularmente al mercado junto al pequeño templo de Maenah, había sido completamente arrasada por un cuerpo del ejército bárbaro que se había escindido buscando el botín fácil por su propia cuenta. Eran todavía más crueles, si ello fuera posible. Y no tenían líder, lo que los hacía todavía más peligrosos.

Aquello no le preocupaba a Úlof. Eran buenos chicos, que sabían matar y saquear. Hacían su trabajo, a su manera. Que se encargara Arn de ellos. Si se los topaba, no tenía más que mostrar los sellos que el rey kaxesh había estampado en un pedazo de madera que llevaba siempre a la cintura. Eran los más sagrados para los kaxeshi, y daban protección frente a cualquier agresión. Aquel entre los kaxeshi que intentara matarlo o que le hiciera algún tipo de daño se convertía en “Mac”, en “demonio”, en “maldito”; y era reo de muerte: todo kaxesh tenía obligación de dar muerte a un maldito si podía hacerlo, y debía usar para ello cualquier medio a su disposición, preferentemente aquél que pudiera infringir más dolor. El castigo era terrible. Lo había visto personalmente alguna vez. Al marcado lo pusieron en el centro de la aldea, lo ataron con los brazos y las piernas extendidas, y entonces le practicaron una incisión en la piel, a la altura del pecho, con mucho cuidado de no matarlo; y luego tiraron de la piel con cuidado de que no se desprendiera del todo, y cada hombre, mujer o niño de la aldea podía tirar una vez, hasta que el maldito quedó pelado como un plátano. Como no había muerto, entonces lo metieron en una tina de aceite hirviendo. Lo convirtieron en un pollo frito humano. Y con la piel se harían zapatos, para que la piel del maldito fuera pisada y humillada durante mucho tiempo por todos los de la aldea o la tribu. Era un rito espeluznante, aunque no tanto que él, Úlof Dosdientes, sintiera deseos de apartar la mirada; incluso le habían permitido dar un tirón de la piel de un maldito. Había sido algo tan… no sabría cómo definirlo. Había sido desagradable y adictivo a la vez. La piel de un hombre desgarrándose de su carne, y los aullidos del hombre, y la sangre brotando, y los músculos contrayéndose, y la vista del interior del cuerpo, tan expuesto, tan inútil después de todo.

– ¿Qué ha hecho este hombre para merecer este castigo? -había preguntado a los jefes de la aldea.

– Ha escupido en el caldero de las ofrendas destinadas a Dpahla y no ha entregado el diezmo de sus botines a la tribu. Está maldito y todo kaxesh debe odiarlo.

El tal Dpahla era un dios menor, un ídolo burdo y horrible, un hombre-pez de piedra negra como el azabache, una risa burlona y el rostro monstruoso, al que adoraban en aquella aldea kaxesh, lindante con el Mar del Este. A aquellas alturas, Úlof llevaba tanto tiempo en los bajíos pirateando con su flotilla de tres barcos, que aquel espectáculo le divertía, más que le incomodaba. Tampoco era hombre que se asustara ante las costumbres extrañas de otros pueblos. El caso es que había fondeado allí para intercambiar pieles y oro por alimento fresco, carne y verduras sobre todo. Y había sido allí donde comprendido lo que significaba para los bárbaros la marca del “Mac”, del maldito. Aquel ser era un demonio para ellos. Era un fantasma maligno, un enemigo del ser humano, una bestia que había tomado la forma humana y se dedicaba a dañar lo más sagrado para la tribu. No merecía vivir. No merecía compasión. Ni siquiera lo veían como a un semejante. En tal estado de cosas, la tortura no era tortura, ni la ejecución era asesinato: hasta los niños salían de sus hogares y dejaban sus juegos para ir a la plaza central a contemplar al reo morir entre gritos mientras se desangraba. Para ellos debía de ser un aviso de lo más contundente: quien niega a su tribu el décimo que le corresponde, no solo morirá, sino que lo hará de forma cruel y sin piedad; será humillado públicamente y no encontrará piedad ni siquiera en los dioses.

Úlof se había sentido extrañamente satisfecho al enterarse de aquella práctica. Y había resuelto desde entonces aplicarla en sus barcos. Por suerte, sus marineros habían visto lo mismo que él. Y cuando les anunció que se iba a instaurar una nueva forma de imponer castigos, todos ellos comprendieron de qué se trataba y que no sería muy agradable pasar por aquel trance. Por suerte para ellos, ninguno la sufrió en sus carnes.

Había un detalle más que Úlof recordaba de aquel día en la aldea: cuando murió el hombre, o cuando les pareció que había llegado el momento, porque a decir verdad el pobre llevaba muerto varias horas, vaciaron la gran tina, tomaron el cadáver, le arrancaron los trozos de piel que le quedaban todavía sobre el cuerpo, para dedicarla a remiendos del calzado, y luego dejaron que los perros se comieran los despojos, pero obligaron a toda la comunidad a mirar cómo lo hacían. Los canes acudían hambrientos y felices al festín, no solo los de la aldea, sino también de los alrededores, mientras los aldeanos hacían un corrillo en torno a ellos y observaban el macabro banquete. Cierto que todo sucedió a una velocidad increíble, pues la carne estaba renegrida y parecía sarmientos quemados; y los perros eran demasiado avariciosos para permitir que quedara ni una sola fibra sin engullir de aquel fastuoso agasajo. Allí se aprovechaba todo. Cuando los perros terminaron, dos hombres quemaron los huesos, y con la ceniza resultante y con otros ungüentos que Úlof no conocía se pintaron los guerreros del clan, que comenzaron a danzar alrededor del fuego hasta bien entrada la noche. Ellos mismos parecían espíritus malignos, con sus colores grises y el rojo de las llamas.

– La ceniza ahuyenta a los espíritus -le dijo el chamán de la aldea-. La ceniza de demonio ahuyenta a los demás demonios, que creen que el cuerpo de nuestros guerreros, y la aldea entera con ellos, está ya habitado por otro demonio más fuerte que ellos. Y nos dejan en paz. Así no habrá más Mac. Nadie volverá a ser poseído.

Porque ellos creían que, a pesar de que no era más que simple avaricia, el error que aquel hombre había cometido y que le había costado la vida era debido a la influencia de un demonio que lo había poseído. Un demonio que convertía a aquel hombre también en demonio, y que solo lo liberaba cuando el hombre moría y, además, desaparecía por completo. De él no podían quedar ni los huesos.

– Bonita forma de acabar con un problema: aceite hirviendo, piel para los zapatos, perros hambrientos y una buena hoguera sobre la que bailar mientras de bebe hasta quedar rendido -se dijo Úlof Dosdientes, Úlof el Explorador, Úlof el que había recorrido el mundo de cabo a rabo-. Me pregunto si, tras este espectáculo, habrá alguno más que tenga ganas de guardarse la parte del clan.

Entonces se caló el gorro que solía llevar cuando iba a entrar en combate y pegó el pecho y la cara a la tierra para ocultarse del todo a las miradas de los hombres que, cien metros más abajo, por un camino polvoriento y seguidos de montañas de tantas cosas que parecía increíble que los caballos no murieran en el intento y los carromatos acabaran deshechos, se movían lentamente, como una serpiente que se acabara de tragar un elefante. Sobre los carromatos iban algunas mujeres. Y delante de todos, un monje. Un hombre con una túnica que antes era blanca, el pelo largo, hasta los hombros, en la mano derecha las riendas de un asno y en la izquierda un cayado de olivo, nudoso, torcido, pero muy peligroso para los asaltantes, llegado el caso.

Ese era el hombre al que Úlof buscaba.»