Fragmento de manuscrito LCE (II)

Queridos amigos:

Mi novela de fantasía está creciendo mucho y se está haciendo, por decirlo de forma coloquial, mayor de edad. Bien sabéis algunos lo difícil y trabajoso que es escribir una buena novela, y la pasión y las horas que hay que dedicarle para que las palabras vayan encontrando su conexión y se conviertan poco a poco en un magno cuadro, en una creación visible y legible con vida propia, capaz de andar el camino de la eternidad con alas en los pies. Y entretanto, quedan miles de retazos descartados, de momentos inolvidables y de pequeñas anécdotas. Hoy me permito el lujo de traeros a este blog un nuevo adelanto en forma de fragmento, espero que os guste. Dejad un like, por favor.

«Hind se detuvo, exhausta, sobre una pequeña roca que reposaba a los pies de una ladera cubierta de arbustos. Había una extraña quietud en el lugar. Al principio Hind no fue consciente de ello, pero cuando su respiración se hubo acompasado y su ritmo cardíaco se hubo relajado, el silencio llegó hasta ella como una sacudida. No había pájaros, no soplaba el viento entre las rocas y no tenía la sensación de estar en medio de la naturaleza. Todo parecía muerto o detenido en el tiempo. La impresión de un temor incipiente llegó hasta sus sentidos. De pronto, concibió la intención de regresar, como si se hubiera metido en la cueva de un oso o se hubiera internado en el territorio de una tribu caníbal. Pero aquello era imposible, se decía, porque allí no había caníbales ni tampoco estaba en una cueva. Y si hubiera habido algún oso cerca, lo habría escuchado. En cambio, no llegaba hasta ella ni el murmullo de la brisa. Ni siquiera los ecos lejanos que suelen generarse a cielo abierto, como si fueran los tambores apagados de batallas enterradas en el tiempo y la historia. Nada de nada. Solo su respiración. Y eso era lo más terrorífico.

Se quedó quieta. Redujo sus movimientos al mínimo. Rebajó sus inspiraciones para que fueran casi imperceptibles para ella misma. Y observó con mucho detenimiento. Miró y remiró. Se fijó en cada forma, en cada planta, en cada pico, en cada roca, en cada grano de arena. Y de repente, al darse la vuelta con mucho cuidado, para no hacer ruido, se dio cuenta de que, en una hondonada cercana, apenas a unos centenares de metros, sobresalía un hilo de humo, apenas un jirón que se confundía con el azul blanquecino del cielo.

Sintió un alivio repentino. “Ayuda”, fue la palabra que primero le vino a la mente. Se puso de pie y comenzó a acercarse. Anduvo con ligereza, con el corazón de nuevo descansado y listo. Casi había llegado a la hondonada, cuando de pronto se sobresaltó. Le pareció ver una sombra furtiva que se movía entre los árboles. Apenas fue un momento, un instante, tan fugaz como un pensamiento. Pero comprendió que algo no estaba bien.

Alguien más se dio cuenta. De entre los arbustos, tras las rocas, tras los árboles, surgieron de pronto tres, cuatro, cinco, seis hombres con palos y cuchillos. Estaban sucios, vestían harapos y tenían los ojos codiciosos. Eran ladrones. Asaltantes. Hombres huidos de alguna cárcel, o quizás de alguna batalla. Traidores, desertores… “Estoy perdida”, pensó Hind.

Enseguida se vio rodeada. Un hombre más, al parecer, la había flanqueado antes de darse cuenta, y se había colocado a su espalda. Otros cuatro impedían que se escapara hacia los lados. Y de frente, en el sendero, uno que se dirigía hacia ella, a paso lento; con el rostro picado de viruela, los ojos saltones, el pelo entrecano, una gran cicatriz en la frente y los dientes más ausentes que presentes, con una sonrisa maliciosa y bobalicona. Sostenía una gran daga en la mano derecha y una red en la izquierda. Y llevaba una túnica corta de lino que evidentemente había robado a alguien incauto más rico que había tenido la mala fortuna de caer en aquella misma… trampa. “El humo es un cebo. Una trampa sencilla pero eficaz”, pensó Hind. “Y yo he caído, como una tonta. Nadie vendrá ahora en mi rescate. Ya no está ella para cuidarme”.

Entonces se le ocurrió una idea desesperada. Sacó de uno de los bolsillos de su túnica un amuleto que su maestra le había regalado; y de otro bolsillo, unos polvos de ceniza que usaban para ciertos rituales. Los alzó en alto y comenzó a hablar en el idioma secreto que su maestra le había enseñado, aunque tuvo buen cuidado de no pronunciar ninguno de los encantamientos que tantas veces le había escuchado a Iult. No pretendía invocar demonios que luego no pudiera controlar. Fue soplando sobre el polvo de ceniza, en dirección a cada uno de los asaltantes, poniendo énfasis en algunas palabras que sabía que sonaban especialmente impresionantes a oídos de los profanos. Fue extrayendo de su memoria extractos, de los más raros y antiguos que podía recordar, irguiéndose sobre las puntas de sus pies, sacando pecho y poniendo la pose más teatral que supo. Por unos instantes, se sintió como su antigua dueña.

Los salteadores retrocedieron».

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