JULIO CÉSAR (de W. Shakespeare)

Mi ejemplar de Julio César

En Julio César, el divino dramaturgo inglés abordó la impresionante figura del dictador romano, creando imágenes que perdurarían durante siglos y dando a la dramática historia de su muerte tintes legendarios, definiendo desde entonces un verdadero y particular canon que determinó cómo acercarse a personajes de la Antigüedad como éste.

Todos recordamos, seguramente, aquella maravillosa película en blanco y negro protagonizada por Marlon Brando, dirigida por Mankiewicz, en 1953. Y todos recordamos el mítico monólogo del eterno actor de mirada intensa y rostro grecolatino, en su papel de Marco Aurelio (nunca un actor tan bien elegido para un personaje, quizás a la par con Charlton Heston como Ben-Hur), hablando a la plebe ante féretro de Julio César, su amigo, su general, su benefactor. Y cómo lograba encender al pueblo contra los que habían tramado la muerte del gran hombre, con una oratoria estudiada y al mismo tiempo coloquial.

Este monólogo cinematográfico está basado, por supuesto, en el correspondiente discurso literario que el inolvidable dramaturgo de las islas supo crear en torno a personajes que parecen debatirse entre el destino inexorable y la voluntad de cambiarlo y dominarlo, como si fuera posible para el hombre librarse de los hados y hacer caso omiso de las señales que anuncian el fatal desenlace.

Este Julio César es una de las principales obras de Shakespeare, si no tanto por su alcance entre el público, sí por la increíble fuerza de sus personajes y de sus escenas, totalmente icónicas, así como por algo que solo él sabía hacer tan bien como si hubiera inventado el teatro: podía hacer que los personajes se debatieran trágicamente entre la heroicidad y el absurdo, entre la grandeza y la miseria, sin arrebatarles ni un ápice de su dignidad, sin trampas, sin atajos, sin necesidad de inventarse giros imposibles e impredecibles, con la sola capacidad de su infinito arsenal de recursos lingüísticos y sus conocimientos vastísimos de la psicología humana y de la cultura clásica. Julio César, Marco Antonio, Bruto, Lépido, y un sinfín de personajes reales más pasan ante nuestros ojos, pugnando por la victoria final, en un drama que da lo que promete, y eso que promete el cielo. Pero no hay engaños en el teatro de Shakespeare. Todos sabemos lo que va a pasar antes de empezar la obra. Y, sin embargo, aun así, consigue sorprendernos, consigue envolvernos con la capa mágica de los disfraces literarios, que van sonando como una orquesta cuya música crece y crece, hasta desbordarse en una sinfonía de mil acordes conjuntos y armónicos, y un clímax literario y de emociones que se mantiene casi desde el principio, a través de las dudas y angustias de Bruto ante el plan de asesinar a Julio César, hasta el final, cuando cree verlo como un fantasma ante sí y asistimos finalmente a su derrota definitiva y a su muerte como un hombre valiente y orgulloso, que no supo ver en César al reformador y vio solo al tirano.

Seguramente, para nosotros, hombres del siglo XXI, tan lejanos al espíritu que animó a los hombres de Roma, e incluso lejanos al espíritu de Shakespeare, sea más sencillo que queden en nuestra memoria las imágenes impactantes que la narración que las acompaña. Incluso es probable que ni siquiera recordermos quién urdió la trama de la muerte de César, pero todos recordaremos esa magnífica composición de todos los senadores arrojándose sobre el dictador en corrillo y asestándole golpes y chuchilladas en una orgía de sangre y odio acumulado durante años contra el joven patricio que había ido ganándose a la plebe y se había convertido en un general brillante, conquistador de la Galia, para finalmente dar el golpe de mano contra la República y arrancarle sus últimos suspiros de agonía, antes de que ella sola se muriera, poniendo el poder en manos de Marco Antonio primero y de Octavio Augusto después. Se trata de una imagen icónica, de una de ésas que han marcado la memoria de una civilización, y que han hecho más por la configuración de una cultura que todos los libros de la Gran Biblioteca de Alejandría, cuyos volúmenes ya nunca leeremos. Pero Plutarco primero y Shakespeare después nos contaron las miserias y grandezas de este momento histórico tan especial, vivido en el corazón del poder del mundo antiguo, en Roma, la ciudad de las siete colinas, justo en el instante en que se decidía si seguiría siendo el poder de unos pocos (pero poder repartido, al fin y al cabo), o el poder de uno solo, omnímodo, absoluto, irrestricto. Quizás con las intenciones de lograr el bien del pueblo al principio, pero al final contra el pueblo y sobre el pueblo, pisoteando sus derechos y configurando en él un anhelo de libertad y una decadencia moral y social cada vez crecientes, que culminaron, como no podía ser de otra forma, en la caída del Imperio y la desaparición de las luces de la Antigüedad, para dar paso a la oscura época de las invasiones bárbaras. Curiosamente, aquellos bárbaros que César había vencido y que jamás habían olvidado las afrentas causadas por Roma y por sus héroes, como César.

César sigue siendo una figura inspiradora. Más que Marco Antonio, triste perdedor de una guerra ganada de antemano con astucia militar, y fracasada por la cobardía o la traición (no sabemos) de una reina que ansió alcanzar la gloria eterna y de hecho la alcanzó, pero a su pesar y por cualidades que nunca estuvieron entre las más valiosas. Más que Bruto, el hombre republicano, el “romanus”, el senador con cargo de conciencia ante las decisiones de uno que estaba por encima y a quien admiraba y censuraba a la vez, el luchador por la libertad que entregó al pueblo lo que le habían arrebatado pero no supo contarlo como Dios manda, el político de carrera, de vocación, responsable y comprometido, que hizo lo que tanto reprochaba y aceptó sobre sí la carga de la culpa por un acto tan execrable, esperando que los siglos le disculparan, pero que no supo convencer al populacho de que acababa de entregarle el poder que César, carismático y dadivoso, amén de ambicioso y sibilino, le había arrebatado con buenas palabras y el brillo de su gloria. Todos ellos vivieron a la sombra del gigante, y de él dependieron, y a él se refirieron, y de él se valieron para levantarse o para caer, o para las dos cosas. Pues eso fue César: el centro de aquel planeta en miniatura que resultó Roma y que se movió o se detuvo al son de sus pasos.

Todo ello supo plasmarlo con genial acierto Shakespeare, que desde la primera escena nos hace sentir esa fuerza gravitacional que César ejercía sobre todos los que habitaban la Ciudad Eterna. Incluso los dioses se ocupaban en sus asuntos. El destino de Roma era y dependía del destino de César.

Hay que leer a Shakespeare. Hay que leerlo con fruición, con ganas, con delectación y ensimismamiento. El mayor talento literario que han dado las islas británicas y seguramente uno de los mayores de la historia, que no es solo inglés, sino del mundo entero, merece un lugar de lujo en nuestra biblioteca. ¡Ah y los libros, en papel y originales! Nada de copias piratas. No se puede ser culto, no se puede alardear de conocer absolutamente nada, ni siquiera la lista de canales de la televisión de nuestro mando a distancia, si no hemos leído, al menos una vez en la vida, las principales obras de Shakespeare. Es una cuestión de educación. Es una cuestión de humanidad. Es una cuestión de coherencia.

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