El dios-pez, ÚLOF y EMRA (LCE – fragmento)

En mi obra fantástica también hay espacio para pequeños homenajes. ¿sabrías identificar a quién se refiere éste?

Dagon
Los derechos no son míos. Imagen extraída de la web: https://www.wattpad.com/story/73439232-dagon-lovecraft

«Era una preciosa mañana, tranquila y tibia, y la brisa se paseaba dulce y remolona entre los árboles, en las colinas bajas que ascendían casi imperceptiblemente durante kilómetros hacia los Montes Estod, primera cadena montañosa que los caminantes se encontraban cuando enfilaban hacia el norte desde Logi y su comarca. Esta ciudad, toda de madera y ladrillo sin cocer, habitada en su mayoría por campesinos que cosechaban las grandes praderas del centro de Somnia, y con un par de posadas junto al Camino del mar (que así lo llamaban, aunque no había costa allí, pero por las noches, en medio del silencio, se podía oír el murmullo lejano de las olas), en los que se solían alojar mercaderes de cereales, leche y quesos, miel, pieles y frutos secos que venían regularmente al mercado junto al pequeño templo de Maenah, había sido completamente arrasada por un cuerpo del ejército bárbaro que se había escindido buscando el botín fácil por su propia cuenta. Eran todavía más crueles, si ello fuera posible. Y no tenían líder, lo que los hacía todavía más peligrosos.

Aquello no le preocupaba a Úlof. Eran buenos chicos, que sabían matar y saquear. Hacían su trabajo, a su manera. Que se encargara Arn de ellos. Si se los topaba, no tenía más que mostrar los sellos que el rey kaxesh había estampado en un pedazo de madera que llevaba siempre a la cintura. Eran los más sagrados para los kaxeshi, y daban protección frente a cualquier agresión. Aquel entre los kaxeshi que intentara matarlo o que le hiciera algún tipo de daño se convertía en “Mac”, en “demonio”, en “maldito”; y era reo de muerte: todo kaxesh tenía obligación de dar muerte a un maldito si podía hacerlo, y debía usar para ello cualquier medio a su disposición, preferentemente aquél que pudiera infringir más dolor. El castigo era terrible. Lo había visto personalmente alguna vez. Al marcado lo pusieron en el centro de la aldea, lo ataron con los brazos y las piernas extendidas, y entonces le practicaron una incisión en la piel, a la altura del pecho, con mucho cuidado de no matarlo; y luego tiraron de la piel con cuidado de que no se desprendiera del todo, y cada hombre, mujer o niño de la aldea podía tirar una vez, hasta que el maldito quedó pelado como un plátano. Como no había muerto, entonces lo metieron en una tina de aceite hirviendo. Lo convirtieron en un pollo frito humano. Y con la piel se harían zapatos, para que la piel del maldito fuera pisada y humillada durante mucho tiempo por todos los de la aldea o la tribu. Era un rito espeluznante, aunque no tanto que él, Úlof Dosdientes, sintiera deseos de apartar la mirada; incluso le habían permitido dar un tirón de la piel de un maldito. Había sido algo tan… no sabría cómo definirlo. Había sido desagradable y adictivo a la vez. La piel de un hombre desgarrándose de su carne, y los aullidos del hombre, y la sangre brotando, y los músculos contrayéndose, y la vista del interior del cuerpo, tan expuesto, tan inútil después de todo.

– ¿Qué ha hecho este hombre para merecer este castigo? -había preguntado a los jefes de la aldea.

– Ha escupido en el caldero de las ofrendas destinadas a Dpahla y no ha entregado el diezmo de sus botines a la tribu. Está maldito y todo kaxesh debe odiarlo.

El tal Dpahla era un dios menor, un ídolo burdo y horrible, un hombre-pez de piedra negra como el azabache, una risa burlona y el rostro monstruoso, al que adoraban en aquella aldea kaxesh, lindante con el Mar del Este. A aquellas alturas, Úlof llevaba tanto tiempo en los bajíos pirateando con su flotilla de tres barcos, que aquel espectáculo le divertía, más que le incomodaba. Tampoco era hombre que se asustara ante las costumbres extrañas de otros pueblos. El caso es que había fondeado allí para intercambiar pieles y oro por alimento fresco, carne y verduras sobre todo. Y había sido allí donde comprendido lo que significaba para los bárbaros la marca del “Mac”, del maldito. Aquel ser era un demonio para ellos. Era un fantasma maligno, un enemigo del ser humano, una bestia que había tomado la forma humana y se dedicaba a dañar lo más sagrado para la tribu. No merecía vivir. No merecía compasión. Ni siquiera lo veían como a un semejante. En tal estado de cosas, la tortura no era tortura, ni la ejecución era asesinato: hasta los niños salían de sus hogares y dejaban sus juegos para ir a la plaza central a contemplar al reo morir entre gritos mientras se desangraba. Para ellos debía de ser un aviso de lo más contundente: quien niega a su tribu el décimo que le corresponde, no solo morirá, sino que lo hará de forma cruel y sin piedad; será humillado públicamente y no encontrará piedad ni siquiera en los dioses.

Úlof se había sentido extrañamente satisfecho al enterarse de aquella práctica. Y había resuelto desde entonces aplicarla en sus barcos. Por suerte, sus marineros habían visto lo mismo que él. Y cuando les anunció que se iba a instaurar una nueva forma de imponer castigos, todos ellos comprendieron de qué se trataba y que no sería muy agradable pasar por aquel trance. Por suerte para ellos, ninguno la sufrió en sus carnes.

Había un detalle más que Úlof recordaba de aquel día en la aldea: cuando murió el hombre, o cuando les pareció que había llegado el momento, porque a decir verdad el pobre llevaba muerto varias horas, vaciaron la gran tina, tomaron el cadáver, le arrancaron los trozos de piel que le quedaban todavía sobre el cuerpo, para dedicarla a remiendos del calzado, y luego dejaron que los perros se comieran los despojos, pero obligaron a toda la comunidad a mirar cómo lo hacían. Los canes acudían hambrientos y felices al festín, no solo los de la aldea, sino también de los alrededores, mientras los aldeanos hacían un corrillo en torno a ellos y observaban el macabro banquete. Cierto que todo sucedió a una velocidad increíble, pues la carne estaba renegrida y parecía sarmientos quemados; y los perros eran demasiado avariciosos para permitir que quedara ni una sola fibra sin engullir de aquel fastuoso agasajo. Allí se aprovechaba todo. Cuando los perros terminaron, dos hombres quemaron los huesos, y con la ceniza resultante y con otros ungüentos que Úlof no conocía se pintaron los guerreros del clan, que comenzaron a danzar alrededor del fuego hasta bien entrada la noche. Ellos mismos parecían espíritus malignos, con sus colores grises y el rojo de las llamas.

– La ceniza ahuyenta a los espíritus -le dijo el chamán de la aldea-. La ceniza de demonio ahuyenta a los demás demonios, que creen que el cuerpo de nuestros guerreros, y la aldea entera con ellos, está ya habitado por otro demonio más fuerte que ellos. Y nos dejan en paz. Así no habrá más Mac. Nadie volverá a ser poseído.

Porque ellos creían que, a pesar de que no era más que simple avaricia, el error que aquel hombre había cometido y que le había costado la vida era debido a la influencia de un demonio que lo había poseído. Un demonio que convertía a aquel hombre también en demonio, y que solo lo liberaba cuando el hombre moría y, además, desaparecía por completo. De él no podían quedar ni los huesos.

– Bonita forma de acabar con un problema: aceite hirviendo, piel para los zapatos, perros hambrientos y una buena hoguera sobre la que bailar mientras de bebe hasta quedar rendido -se dijo Úlof Dosdientes, Úlof el Explorador, Úlof el que había recorrido el mundo de cabo a rabo-. Me pregunto si, tras este espectáculo, habrá alguno más que tenga ganas de guardarse la parte del clan.

Entonces se caló el gorro que solía llevar cuando iba a entrar en combate y pegó el pecho y la cara a la tierra para ocultarse del todo a las miradas de los hombres que, cien metros más abajo, por un camino polvoriento y seguidos de montañas de tantas cosas que parecía increíble que los caballos no murieran en el intento y los carromatos acabaran deshechos, se movían lentamente, como una serpiente que se acabara de tragar un elefante. Sobre los carromatos iban algunas mujeres. Y delante de todos, un monje. Un hombre con una túnica que antes era blanca, el pelo largo, hasta los hombros, en la mano derecha las riendas de un asno y en la izquierda un cayado de olivo, nudoso, torcido, pero muy peligroso para los asaltantes, llegado el caso.

Ese era el hombre al que Úlof buscaba.»

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