Don Nadie el deseado (VIII)

Seguimos con la historia de Paco. Capítulo VIII de esta novela por entregas. Espero que os guste.

Paco despertó bajo las sábanas, en medio del silencio. Su habitación estaba en penumbra. Las persianas habían sido bajadas hasta dejar sólo una pequeña franja de luz, por la que entraba el resplandor de la mañana. Todo estaba en calma. Su compañero de habitación seguía durmiendo. Las enfermeras aún  no habían venido para traerles las medicinas, y su gotero estaba casi vacío. La pierna comenzaba de dolerle de nuevo, como un pitido que fuera creciendo poco a poco. Pronto se haría insoportable, mas no quería llamar a la enfermera. No quería mostrar su debilidad; no quería que pensaran que no era capaz de aguantarlo, aunque le dieran ganas de gritar en algunos momentos.

Tenía ganas de ducharse. <<Estoy sucio>>, pensó. <<Aquí no me muevo; además está el aire acondicionado puesto, y aun así , sudo. Ojalá pudiera levantarme y marcharme tranquilamente. Mi pierna… Dice el médico que he tenido tres facturas, una en zigzag y las otras dos más limpias. Que he tenido suerte, después de todo. Ahora llevaré un tubo de metal y varios tornillos en mi pierna el resto de mi vida. Y me dolerá cuando haga frío o humedad; y siempre tendré el temor de volver a fracturarme. Todo por mi estupidez… ¿Quién me mandaría salir del hostal y andar perdido bajo la lluvia?>>

Trató de serenarse. Tenía ganas hasta de rezar. Pero ¿a quién rezaría? Su madre nunca le había enseñado nada sobre la religión, y su padre era un materialista descreído que no hacía más que discurrir sobre la lucha de clases, la maldad del capitalismo y la necesidad de cambiar todas las estructuras sociales, incluso de suprimir algunos poderes, aunque fuera con violencia, como la Iglesia o la banca… Para él, si había algún dios, era sólo un producto de la mente humana, el reflejo de los miedos y ansiedades de los hombres ante el dolor y la muerte.

Sin embargo, en aquel momento, se sentía solo, más solo que nunca. Y le hubiera venido muy bien tener un dios a quien rezar; alguien en quien confiar, alguien a quien y con quien contar, y derramar sobre él la pesada sensación de abatimiento que se cernía sobre su espíritu, su sentimiento de culpa, mezclado con rabia, y la nostalgia de días mejores, más suaves, teñidos de la rosácea luz de un amanecer en una tibia compañía.

Pero no había nadie. O sería mejor decir, nadie que no fuera más que una simple máscara más que pasaba a su lado en el interminable teatro del mundo, ejerciendo su estúpido papel. La enfermera le cambiaba el gotero y le vigilaba los vendajes. El celador le traía la comida o la cena en su chirriante carro. Los visitantes de sus acompañante entraban y salían, y comentaban infinidad de cosas que no tenían sentido para él, una y otra vez, día tras día. A veces alguien le preguntaba algo, pero él se mostraba siempre taciturno; ¿qué sentido tenía responder a sus preguntas, si realmente ninguno de ellos se interesaba de corazón por él? Sólo se trataba de formalismos, de huecas cortesías, sonrisas pintadas en rostros desconocidos.

Llevaba en aquel lugar aburrido varios días, cuando descubrió que alguien extraño rondaba por la puerta. Vestía de negro íntegramente. Era un hombre de unos cincuenta años, casi calvo, con unas gafas redondas pasadas de moda, y algo de papada. Cuando se percató de que estaba despierto, llamó con delicadeza a la puerta y sin esperar respuesta entró. Se dirigió a Paco y lo saludó con mucho interés, sin perder la cortesía. Pero su gesto, sus palabras, su mirada, no eran como las de los demás; enseguida atrajo el interés de Paco, quien notó que no estaba ante un hombre cualquiera. Se trataba de un sacerdote. La pequeña franja blanca que sobresalía por encima de su camina, tapándole el lugar donde su nuez debería estar, aunque enterrada en una ancha capa de grasa, le delataba. Era la primera vez que a Paco le hablaba un cura.

– ¿Cómo estás? –le preguntó-. Yo soy José Luis. ¿No tienes a nadie que te acompañe? ¿Ningún familiar, ningún amigo?

– Hola, soy Paco –respondió-. Estoy mejor, o eso parece. Me dijo el doctor que tuve mucha suerte… Me atropelló un coche, pero al parecer iba tan despacio que sólo me hizo una caricia, aunque fuera una caricia terrible. Y la verdad es que no tengo a nadie, ¿para qué le voy a engañar?

– Ya me he dado cuenta. He estado viniendo a verte desde antesdeayer, y he preguntado por ti. Soy el capellán del hospital. No sabía si venir a saludarte o no, pero pensé que quizás agradecerías algo de conversación.

– ¿Por qué? –dijo Paco.

– Porque yo soy el pastor de este rebaño –replicó José Luis-. Y mientras estés aquí eres de mi rebaño.

– ¿Ahora soy una oveja? –preguntó Paco con algo de sorna, aunque se arrepintió enseguida de haber hecho aquella pregunta. Era la primera persona que se dirigía a él con interés real desde que estaba allí postrado, y quizás ahora lograra alejarlo por su estupidez…

Pero no el sacerdote no se movió ni se sintió incómodo.

– Todos somos ovejas –contestó con dulzura-. ¿Es que acaso prefieres ser lobo? Estoy seguro de que no. Sin embargo, el Señor me pidió que apacentara su rebaño, aunque yo también forme parte de él. Y eso es lo que trato de hacer. Mi forma de servir al rebaño al que pertenezco es conocer a todos uno a uno, incluso a los que no creen en Dios o no son católicos. Pero si quieres que me vaya, lo respetaré.

– No –dijo Paco-. Quédese. Necesito hablar con alguien que no sea un mero espectador.

– ¿Qué te hace pensar que los demás son sólo espectadores?

– ¿Qué…? Pues que vienen, van, entran, salen, pero a ninguno le importo lo más mínimo. A ninguno.

– ¿De verdad te sientes tan solo como aparentas? –inquirió José Luis.

– Mi vida es soledad –sentenció Paco.

– ¿Por qué no hay nadie a tu lado?

– Porque… la verdad es que no lo sé muy bien… Mis padres murieron hace unos años. No tengo hermanos. Tenía una novia pero me engañó y me dejó por otro. Los amigos que creía tener me abandonaron, pasaron de mí como de comer mierda… Incluso me echaron de mi trabajo por las mismas fechas. Yo soy del centro, ¿sabe? Lo dejé todo y me largué, buscando una salida. Me vine aquí y cuando creí que había encontrado un nuevo trabajo, me dieron con la puerta en las narices. Luego me desesperé, perdí la orientación en medio de una tormenta, me caí de rodillas al suelo y cuando me quise dar cuenta tenía encima unas luces que no sirvieron de mucho, porque el conductor no se detuvo hasta que no sintió el golpe. De lo que pasó después no tengo conciencia ni noticia.

– Tu historia es triste –admitió el capellán-. No pareces un mal hombre. Pero la soledad puede ser demoledora.

– Le advierto que no creo en Dios, amigo –confesó Paco-, y que no me han hablado muy bien de los curas.

– ¡Jajajaja! –rió José Luis-. A mí tampoco me han hablado muy bien de ellos. Así que olvidémonos de ellos y hasta de las creencias de cada uno, o de su ausencia. Hoy seré simplemente un amigo pasajero, si me lo permites. Dime, ¿quién eres en realidad? ¿Lo has pensado alguna vez?

– No soy nadie –se apresuró a decir Paco-. Quizás por eso me han abandonado todos. No soy nadie ni tengo nada. No soy guapo, ni alto, ni fuerte, ni listo, ni rico, ni locuaz, ni tenaz, ni tengo don de gentes, ni soy bueno especialmente en nada… Supongo que soy tan insignificante, tan mediocre, que las pocas personas que había a mi alrededor se cansaron de mí y me dejaron en paz, como se hace con una mosca o con una abeja que se encuentra uno por el campo.

– Es curioso… –contestó el sacerdote-. He asistido a cientos de enfermos a lo largo de los años, pero nunca nadie había mostrado esa cruda transparencia en la concepción de sí mismo. En realidad, amigo, todos somos así, exactamente como has hablado de ti. Todos somos nadie.

– No es un gran consuelo –replicó Paco, sonriendo-. Si quiere ser mi amigo tendrá que esmerarse un poco más. En lugar de animarme me está dejando caer jajaja…

– ¿Por qué no dejarte caer por tu propio peso? –preguntó misteriosamente José Luis-. Si quisiera mentirte y pintarte un mundo de color de rosa, podría hacerte la vida más llevadera un día o dos, pero a la larga te volverías a estrellar, y entonces me acusarías de haberte mentido; y tendrías toda la razón. No, Paco, en realidad, la vida es un valle de lágrimas para todos. Nacemos solos, llorando; vivimos solos, aguantándonos las lágrimas para que no nos vean llorar, porque importa más la apariencia que la verdad; y morimos solos, para que otros nos lloren con lágrimas de cartón durante un tiempo breve, tras el cual seremos olvidados. Por eso no he venido aquí, como no voy a ninguna otra habitación, para que recites conmigo unas oraciones en las que no crees o escuches un sermón piadoso al que ni siquiera prestarás atención. He venido para hacerte compañía, si quieres tenerla; he venido para ser tu amigo, si me dejas; he venido para hablar contigo, si lo necesitas, de lo que tú quieras, no necesariamente de fe ni de Dios: de deportes, de la familia, del tiempo o de política… Quiero que sepas que, aunque te creas insignificante, como dices, al menos una persona en este hospital se dedica a prestar a los demás un poco de su tiempo, con la esperanza de que nunca se sientan solas del todo.

– Bonitas palabras, padre –replicó Paco-, y te agradezco tu tiempo. Pero, ¿en qué cambiará eso mi situación? Entiéndeme bien: cuando salgas por esa puerta seguiré siendo un don nadie. En realidad, debería cambiarme el nombre, y llamarme a partir de ahora así: Nadie. Sin apellidos, sin historia, sin pasado, y también sin futuro. Nadie. Como dices, vine solo al mundo, he vivido solo y seguramente pronto lo abandonaré solo.

– ¿No estarás pensando en suicidarte? –se alarmó el sacerdote.

Paco rió con amargura.

– No se preocupe –contestó-. No tengo ninguna intención de dejar de sufrir mi estado. Esa muerte es demasiado cobarde, y al mismo tiempo demasiado valerosa. Y yo, como en todo, me quedo en la zona de penumbra, en el mediocre medio: no soy ni valiente ni cobarde; sólo soy un hombre que necesita algo, pero no sabe lo que es…

– Quizás sólo sea un amigo. Quizás únicamente te haga falta un poco de amor.

– Quizás, padre –susurró Paco, pensativo-. Pero no lo encontraré aquí tumbado, eso seguro –le miró compasivo, sintiendo no responder con alegría y agradecimiento a su visita-. Sin embargo, es agradable que alguien converse contigo de vez en cuando, y sepas de ti algo más que el número de habitación –concluyó, tratando de devolver el gesto amable.

– Yo ni siquiera me sé tu número de habitación –bromeó el sacerdote-. Pero volveré siempre que pueda, te lo aseguro. Y espero que pienses que no eres tan intrascendente como crees, Paco.

– Llámeme Nadie, padre –le rebatió-. Entre usted y yo, dejémonos de paños calientes y medias verdades. Ya lo ve: no hay nadie a mi alrededor, ni lo habrá. Prefiero que me tome usted el todo por la parte: soy Nadie, pues nadie soy para los demás. Y, ahora, si no le importa, quisiera descansar un poco. Hablar tanto me ha agotado…

– Por supuesto –se disculpó el sacerdote-. Te dejo. Pero me permitirás que te vuelva a visitar, ¿verdad?

– Claro que sí.

– En tal caso, hasta la vista, Nadie –dijo José Luis, sonriendo misteriosamente.

<<No debería tomárselo a broma>>, pensó Paco cuando se hubo marchado. <<Él cree que simplemente exagero o que es algo transitorio. Pero me siento más solo que nunca en mi vida. Más fracasado, más abandonado y humillado… Quizás lo único acertado que he hecho y dicho en mucho tiempo es llamarme a mí mismo Nadie. Eso es lo que soy, aunque este cura pretenda hacerme ver otra cosa: un mota de polvo diminuta perdida en la inmensidad de un espacio donde sólo hay mi alrededor silencio, vastedad y frío. ¿Cómo he llegado hasta aquí? ¿En qué momento perdí el rumbo? ¿Me estaré volviendo loco, o estaré cayendo en alguna especie de proceso autodestructivo?>>

Cerró los ojos. Trató de hundirse en la nada, de apartar cualquier pensamiento consciente. Ojalá hubiera podido vaciar su mente y dejarla en suspenso… así no recordaría nada, ni sentiría nada, ni desearía nada: sería realmente Nadie. O acaso encontraría una unión con algún ente místico o una red de energía profunda o algo así. En todo caso, su cuerpo pasaría a un segundo plano, su historia se fundiría con el universo y su mente descansaría de la pesada carga de la consciencia de su pequeñez y sus limitaciones… De pronto, concibió un anhelo profundo de elevarse, de agrandarse, de transformarse en algo distinto, espiritual, poderoso; el arrebato de ascender a una categoría del ser superior, de fundirse con la eternidad, de ahogarse en la energía total, de unirse con el todo… de serlo todo. Era como tener una sed inmensa, sentado frente al mar, y ansiar por un instante beberse el océano que la bañara los pies desnudos.

Una extraña sensación de levitar en el vacío se extendió lentamente por sus miembros. Era como un alivio, como un suspiro que saliera desde lo hondo de su pecho y relajara sus músculos, aminorando su peso, su fuerza, su tensión. Un chorro de paz invadió sus venas, irrumpió en su ser, izándolo cual farolillo resplandeciente en medio de la noche calmada. Estaba en algún lugar ignoto, sin cartografiar; un territorio de otro mundo, sin saber si bajaba o subía, si iba hacia adelante o hacia atrás, pero siempre volando, suspendido, sin peso.

Tuvo miedo, a pesar de que se sentía bien. Algo dentro de su mente se había acostumbrado a desconfiar de las sensaciones agradables. <<Es una trampa, una ilusión, una mentira…>>, decía una voz chirriante. Entonces abrió los ojos. Su habitación seguía allí, su cama estaba en el mismo sitio, sus heridas eran reales… Pero en la puerta había alguien a quien conocía, y su rostro, que le era conocido, mostraba la turbada emoción del reencuentro inesperado.

– ¿Paco? –preguntó.

– Era Paco –se oyó contestar-, pero ahora soy Nadie.

El rostro no hizo caso de aquella respuesta, y lentamente entró y le cogió la mano, llorando. Detrás de él, había una mujer tan hermosa como nunca había soñado.

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