Por qué soy escritor y por qué debes serlo tú

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Buenos días, amigos. Este vídeo es muy personal. Tenía que hacerlo. Quizás muchos no lo entiendan. Pero otros sí lo harán. Lo harán porque han sentido algo parecido. En efecto, hay por ahí, en el amplio mundo, miles de personas para las cuales vivir no es suficiente y leer es solo la antesala de un opíparo banquete, que se da no para uno mismo, sino para los demás. Esa ansia de sacar de dentro una fuente que brota por todos los poros y ofrecerla al mundo es la razón por la que muchos se desesperan, sin saber qué hacer. Quizás su misión sea escribir… Como lo es la mía. Aquí te cuento por qué. Espero y deseo que te sientas identificado y te sirva de acicate para ponerte en marcha. Recuerda: solo tienes una vida para vivir.

Otra vez elecciones generales en España…

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Un nuevo vídeo. En esta ocasión, de política. Pero ojo, importante. Una pequeña reflexión para poner en valor este acontecimiento. España es una democracia y depende de nosotros que lo siga siendo. La participación responsable es trascendental, seamos de la tendencia política que seamos, salvo que defendamos posturas contrarias a la democracia. Para luchar contra éstas, precisamente, es importante ejercer nuestro verdadero poder: el voto. Y tanto como esto, es prioritario exigir a los partidos que sepan ser fieles a su programa electoral, sin dejar de ser dialogantes para llegar a grandes acuerdos. Todo con el único fin de la sociedad política en su conjunto: el bien común. Esto es lo que debe guiarnos.

El triunfo de la cultura-hamburguesa y de la polémica en las redes. Una queja

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Ya veis que últimamente no paro. Estoy en ebullición. Será el otoño. O será que llevo callado mucho tiempo… Por eso, hoy me voy a quejar de esta cultura-hamburguesa en la vivimos inmersos, tan frívola, en la que solo los más polémicos y peores triunfan. Hay miles de ejemplos, pero yo no voy a citar ninguno. Si vosotros conocéis alguno, dejad vuestro comentario. Hoy hay que ser un personaje polémico para que te hagan caso. A este nivel de estupidez hemos llegado. El burro rebuzna y los demás animales escuchan embelesados…

Joker, la crítica y la diferencia entre arte y moral

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Un nuevo vídeo en mi canal de Youtube (Escritor Jaime Arias). Ya veis que le he cogido el gusto a esto de hablar en el coche jeje. Espero que no tengamos que lamentarlo en ninguna ocasión. Me ha motivado a hacer este vídeo la tiranía de lo políticamente correcto, que nos está invadiendo de tal modo que ya las críticas cinematográficas se llenan de juicios morales, en lugar de elementos propios del cine como arte. Dejemos el juicio moral para la moral. Y la moral para los moralistas. Y extendamos la sana costumbre de separar conceptualmente «mal moral» de «mala obra de arte». En cuanto a los platónicos que haya en la sala, salgan antes de ver el vídeo por favor. Aquí os dejo enlace. Como siempre, dadle a like si os ha gustado el vídeo, suscribíos que me haréis mucho bien y compartid si creéis que el vídeo vale la pena.

Fragmento de «LCE»

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Para todos vosotros, queridos amigos que me seguís cada día en mi blog y en mi página de Facebook o en mis otros perfiles públicos, hoy tengo algo muy especial: UN FRAGMENTO de bastantes páginas DE MI NUEVO MANUSCRITO, que llevará por título «LCE» (son siglas, por supuesto). Quiero aclarar que este fragmento, aunque con alguna variación, ya lo hice público en el vídeo en directo que colgué en Facebook hace unos días. De modo que no descubro nada que no pueda descubrirse. También os aclaro que, por supuesto, el fragmento no hace ningún spoiler notable a la obra, de forma que, tranquilos, os seguirá sorprendiendo cuando lo adquiráis. Pero este fragmento tiene una particularidad destacada… Queda a vuestra astucia descubrirla. Espero vuestros comentarios. Sin más, vamos al lío…

<<Hasta aquí leyó Dik. La lectura era hermosa, pero acababa resultando algo empalagosa. Dio la vuelta al rollo buscando el título del texto. El Libro de las Canciones Prohibidas. Lo conocía: era un viejo texto espiritual que muchos leían en los castillos o en los templos.

Pero la espiritualidad no era lo suyo. Creía en los dioses y adoraba a Anup y a otros en las grandes fiestas, por supuesto. Así se lo habían enseñado y no lo ponía en duda. Mas era joven y estaba a la vez enamorado y desesperado y aburrido. Y un espíritu joven puesto en esta tesitura busca más el entretenimiento que la meditación. Por eso se movió de mesa y buscó otro rollo.

Extendió sus bordes y dejó la vela cerca. Comenzó a leer. ¡Aquello era otra cosa! Reconoció enseguida uno de los nombres. ¡Yilga! Se trataba del héroe mitológico que fundó la dinastía Sum, los reyes antiguos que fundaron Albia cuando la tierra estaba sumida en tinieblas, y levantaron las murallas blancas como la leche, que reflejaban la poca luz como un poderoso faro, para guiar a los perdidos hacia el orden y la civilización. Fueron ellos los que trajeron al mundo la escritura, la rueda y el cultivo de plantas que dan alimento a hombres y a animales. Dik se enfrascó con ardor en la lectura:

“Entonces Yilga vio las hordas de los guerreros-sombra que los dioses habían enviado sobre Inkumanú, su amigo, que rodeado de enemigos seguía luchando, hacha en mano, subido a una montaña de cadáveres, con el rostro, el cuello y los brazos manchados de sangre. Yilga azuzó a su caballo, pero aún estaba lejos y muchos enemigos se interponían entre su amigo y él. El resto del ejército había muerto, pues nadie podía oponerse a los guerreros-sombra, salvo Yilga e Inkumanú.

Aquellos guerreros-sombra eran las almas malditas de todos los guerreros caídos en batalla, que habían ido a parar al Heelmen, el lugar reservado para las almas sangrientas; ya no conservaban su propia voluntad, pero sí el aspecto que tenían cuando murieron. Yilga e Inkumanú mataron allí a muchos grandes guerreros que las historias aún recordaban, y a muchos otros que ya no eran nombrados. Pero reconocieron sus rostros. Y por eso ambos lloraban, pues para salvar la vida tenían que volver a matar a hombres grandes, a caballeros renombrados y famosos de probada maestría.

Inkumanú luchó como nadie había luchado hasta entonces. Luchó con un corazón de montaña y un brazo de tormenta, y en sus ojos había el fuego de un volcán, pero sus enemigos iban cercándolo, cada vez más solo, mientras sus compañeros caían a su alrededor, subido en la cima de una colina creada con los cuerpos de quienes caían bajo su hacha. Yilga, acorralado por todas partes, olvidaba el peligro que corría su vida para ir a socorrer a su amigo. Pero finalmente los guerreros-sombra cayeron sobre Inkumanú y ya no hubo más amigo para Yilga, y no hubo más canciones ni fiestas ni abrazos, pues su amigo había muerto bajo los filos sombríos de aquellas almas malditas que los dioses habían enviado contra él. Y todo por culpa de Yilga, ya que había sido él quien se había rebelado contra los dioses, quien había sacrificado el toro sagrado para satisfacer su propia mesa en lugar del ara divina; quien había retado a los dioses a enviar una plaga que pudiera acabar con la prosperidad de su ciudad. Inkumanú, el amigo fiel, había perecido y se había unido a los guerreros-sombra, como un condenado más.

Yilga vio que Inkumanú se lanzaba a carrera contra él, atropellando a sus recientes aliados. Sintió por primera vez el temor, pues conocía el terrible poder del brazo de Inkumanú. Pero lo que más temía era tener que matarlo él mismo de nuevo, para salvar la propia vida; pues amaba a Inkumanú sin límite. Huyó, pues, del campo de batalla, y puso largas leguas entre su amigo muerto y su propia espada.

Así acabó la batalla de los dioses. Yilga desterrado y desposeído de la soberanía de sus reinos, oculto en los desiertos, comiendo saltamontes, serpientes y escorpiones, durmiendo bajo las estrellas lejanas, tiritando de frío y de soledad. Su ciudad había sido devastada. Los palacios donde un día se solazó y en los que recibió a los reyes y señores de todo el mundo, destruidos y pasados a fuego. Las riquezas y piezas de oro que había acumulado a lo largo de los años, saqueadas. Sus criados y esclavos, muertos o secuestrados. Todos sus familiares, incluso sus hijos, asesinados o perdidos. Sus esposas, denigradas o enterradas. Yilga lloró su pérdida durante muchas lunas. Pero la pérdida que más lloró fue la del amigo fiel, por quien la ciudad de Eal se había unido a su guerra, que ahora vagaba quizás por el mundo buscándolo, como animal hambriento, intentado devorarlo.

Por años cuya cuenta nadie conoce, Yilga deambuló bajo las estrellas lejanas, y sobre desiertos cada vez más áridos. Las montañas de arenisca eran su morada. Las dunas, sus únicas compañeras. En manantiales escondidos profundamente en la tierra, que nadie más conoció, calmaba su sed. Y bajo rocas que amenazaban caerse con la brisa de la mañana tomaba la sombra, para aliviar el calor sofocante. Su nombre cayó en el olvido. Su recuerdo se perdió en la oscuridad. Solo algunos guardaban memoria de lo que fue, memoria de lo que hizo, de sus pecados y de su grandeza.

Incluso él mismo perdió los recuerdos.

Un día sintió los rigores de la senectud, y percibió con claridad cómo la vejez se filtraba poco a poco por los poros de su piel, como un humo invisible que se apoderara de sus pulmones y lo ahogara. Sus miembros, otrora poderosos como para matar un caballo con su puño y para escalar montañas con la facilidad con que otros se sientan a la hora de la cena, se quejaban ahora por el mínimo esfuerzo y habían permutado su vigor indomable a cambio de la molicie y el silencio. Entonces algo prendió dentro de él y sintió añoranza por el pasado y su grandeza; y tuvo de nuevo deseos de vivir. Rememoró las riquezas de su casa y los honores que todos los pueblos del mundo le tributaban. Recordó el olor del pelo y el color de los ojos de sus esposas. Vino a él la sensación de tener a sus hijos pequeños en sus fuertes brazos, recién nacidos a este valle de dolor. Y se incendió por última vez su corazón en ansias de vida y de amor, de felicidad, de hombría y de lucha; y clamó a los dioses por su crueldad y pidió que apartaran de él la condena de la desesperada, necesaria e inevitable senda hacia la consunción, el cansancio y la desaparición a causa de la ancianidad, mal que a todos nos espera y que a todos nos humilla. Solo el hombre, entre todos los seres, queda convertido en su vejez en una caricatura de lo que fue en su edad adulta, más lento, más bajo, más débil y finalmente, anhelando que llegue la muerte para poner fin a la imparable pérdida en medio de la vida.

Entre los dioses, Yilga aún tenía aliados. A muchos había ofendido, sin duda, pero no todos eran rencorosos. Y algunos todavía amaban la magnífica figura en que aquel hombre se había convertido. Fue así como sus oraciones y sus lágrimas llegaron a lo alto, a oídos de Maenah, diosa del consuelo y compañera de las viudas, los desdichados y los moribundos. Por eso se presentó ante su padre Anup, que reposaba en su trono sagrado, en el límite del mundo, y le dijo apenada pero llena de valor:

– Padre, escondes tu rostro y tapas tu oído ante los llantos y las lamentaciones de ese gran hombre que fue Yilga, hacedor de reinos, conquistador de largas tierras; y dejas que se consuma lentamente en la ancianidad y la soledad, para así aplacar tu justicia con su vejez, que se le hace cada vez más pesada. Pero ¿no tendrás piedad tú de ese pobre mortal?

A lo que Anup, despertando de su siesta, respondió:

– Maenah, hija mía, despertar a un dios que duerme poco por una razón tan insignificante es demasiado atrevido. Aparta de mí esas peticiones y abandona tu propósito. Yilga es pasado. Está viejo y pronto morirá. Para eso lo hicimos mortal cuando lo concebimos. Es cierto: ascendió y se hizo el mayor de los hombres nacidos de mujer. Mas ha llegado su hora, pues la Necesidad es una diosa implacable. Si ella no gobernara todas las cosas, sería el caos de nuevo. Ha de prepararse para volver a mí.

– Padre, tú lo puedes todo -insistió Maenah, de rodillas ante el trono-, y estoy segura de que tendrás compasión de mi medio hermano. Hallarás en tu corazón amor para privarle de sus dolores y su destino aciago.

Intervino entonces el dios de muchos rostros, hijo de la noche, amante del caos, agente de la destrucción, que gustaba sentarse a los pies de Anup, contándole historias para divertirle. Siempre enemigo de los hombres, a quienes consideraba débiles y estúpidos, no perdía ocasión de procurar su ruina y hablar en su contra. Vástago de Anup con la noche eterna, es multiforme y astuto, y se disfraza de bien y de rectitud, a pesar de ser de corazón oscuro. Es conocido por los hombres y otras criaturas por muchos apelativos y nombres: Tulil, Peifón, Grunf… Pero en Sum se lo conocía como Amhesmu, nombre que conserva todavía entre quienes lo recuerdan.

– ¡Es hora de que ese pecador pague por sus pecados, Padre! -dijo el dios, riendo con malicia-. Todos los hombres son mortales, y nadie puede oponerse a esa ley. Lo que tras la muerte les espera, según el peso de sus corazones, nadie entre ellos puede saberlo. Pero perdurar eternamente no les es dado a ellos, ni tampoco a nosotros los dioses nos está permitido concederlo. Además, Padre, acuérdate de todas las almas inocentes que ese brazo belicoso envió, antes de su hora natural, al seno del abismo, donde penan en un eterno descanso sin alegría, por culpa de la ambición desmedida de este hombre que se creyó un dios. Ha de recibir su justo castigo. Mi hermana, creo, suplica por él porque una vez se enamoró de su bello rostro, y está turbado por eso su entendimiento divino.

Maenah no se dejó amedrentar por el violento discurso de su hermano.

– Grandes males deja tras de sí, en ocasiones, quien desea hacer grandes bienes y construir grandes obras. ¿No son acaso necesarios miles de trabajadores cuando un rey quiere construir un palacio cuya magnificencia, belleza o fortaleza serán la admiración de los tiempos venideros? ¿Se le culpará y se tendrá en su contra que algunos de esos trabajadores murieran en la construcción? ¿No tendrá acaso su legado un valor mayor que perdurará en la historia y hará grande su nombre, inspirando a otros hombres y llenando de estupor y deleite a generaciones enteras? ¿Acaso no vale eso los pequeños errores que pudiera haber cometido? Pues de la misma forma esta gran alma, en su conquista del mundo, pudo haber caído en pecados, mas no pesan éstos ni la undécima parte de lo que pesan sus logros, y la iridiscente figura que deja tras de sí y que habrá de alumbrar a la humanidad durante milenios. Porque él será grande para otros hombres, tú lo sabes, Padre. Y aún lo será más y ejercerá para ellos un ejemplo más vivificador, si conservas en tu interior amor para este insigne hijo y concedes que pueda escapar a la miseria y la humillación de la vejez y la desaparición por ancianidad.

– Amor hay en mí, Maenah -terció Anup-, pero no escucharé tu súplica. ¡No pongas esa cara ofendida! Cierto es que mucho bien podría su recuerdo hacer a la humanidad en el futuro; y mi poder no ha de violentar ese suceso. Cierto es que cometió grandes males, pero no menos cierto es que alcanzó inmensos logros. Tuvo orgullo y se levantó contra los dioses, pero reconozcámoslo: mientras los hombres sean hombres, se rebelarán; está en su naturaleza. Les dimos la libertad: ahora hemos de aceptar que la usen contra nosotros. Sin embargo, lo que pides no puede concederlo por mí mismo. No puede violarse la ley de los mortales por uno solo de ellos, ni siquiera por el más poderoso y famoso de los reyes caídos en desgracia. Todos los hombres mueren. Todos los hombres envejecen si no mueren antes por enfermedad o accidente o herida. Y la vejez los lleva a la tumba. Ni siquiera por ti puedo violar la ley de la mortalidad ni privar del sufrimiento a Yilga, pues el sufrimiento no es una prueba ni un regalo ni un castigo, sino un producto de la ley de la Necesidad, que mira con ojos ciegos a todos los mortales. Solo uno, de entre todos los nacidos de mujer, ha escapado al hado de los sometidos a la carne.

– ¿Quién fue, Padre, ése de quien hablas? Sorprendida me hallo de tu revelación.

– Tiempo ha ya que se le concedió el don de escapar al castigo del Diluvio, en una era que los hombres ya solo recuerdan como leyendas. Su nombre es Napist, y fue el hombre más piadoso y bondadoso que encontré sobre la faz de la tierra; el único adicto a mis mandatos, el único caro a mi corazón. Por él, salvé a la humanidad entera, y le concedí aquello que tú hoy me pides. Pero lo envié a vivir tan lejos y tan protegido que ningún otro ser humano, fuera de su propia familia, que lo acompaña, supiera de su existencia y pudiera conocer el secreto de la inmortalidad. Pues si ellos lo conocieran, amada mía, pronto todos escalarían las montañas de nuestra morada y vendrían a aposentarse bajo nuestras balaustradas y dinteles, esperando habitar estas moradas eternas.

– Oh Padre, bienaventurado aquel que sigue tus preceptos. Entonces sé que no tengo nada que hacer aquí y que mi súplica no ha sido atendida. Pero no me molestaré, sino que aprenderé más de aquel a quien llamas Napist, y procuraré asistir a los hombres mejor a partir de ahora, para que no abandonen tus caminos.

– Hija -le dijo Anup-, siempre fuiste inteligente y sabia. Toma mis palabras y actúa en el sentido en que creas conveniente. Pero no me acuses a mí de tus decisiones.

Anup calló y se recostó de nuevo en su trono, y se durmió con la misma rapidez con que se despertó. Amhesmu se convirtió de pronto en serpiente y desapareció tras las escaleras que subían al trono.

Maenah se alejó de Anup y atravesando el espacio infinito y las blancas y espesas nubes, se presentó ante Yilga en forma de joven hermosa y bella que conducía un rebaño de ovejas, todas ellas inmaculadas como la nieve y bien nutridas. Se presentó ante Yilga cuando éste descansaba en el oasis de Mbré, en medio del desierto, a la hora en que las cigarras cantan en las ramas de los árboles, cuando el mundo parece hervir y el aire es del color y el tacto de los sueños. Yilga la vio desde lejos y le hizo señas. Cuando se hubo acercado lo suficiente, Yilga le dijo:

– Si he hallado gracia ante ti, no pases de largo sin compartir el agua y la comida con este pobre anciano.

Ella se sentó a su lado y bebió agua de su odre de piel de buey; y comieron dátiles secos. Y durante un buen rato estuvieron sin decir nada, entre el silencio del desierto, el viento entre las dunas y las palmeras, y la cigarra cantarina.

– No quiero morir -musitó Yilga bajo la sombra-. Sé que todos los hombres han de traspasar esa puerta, más allá de la cual nadie ha vuelto, pero mi corazón se niega a abandonar estos lugares y esta carne. He rogado a los dioses día y noche, con lágrimas y ayunos. Creía que no sería escuchado. Ya noto los años pesar sobre mi esqueleto. He aprendido a lo largo de mi vida que, cuando un hombre nota ese peso, suele quedarle poco tiempo. ¿Cuánto me queda a mí? Y sobre todo, ¿cómo puedo escapar a este destino?

La diosa se apiadó entonces de él y comenzó a sollozar mientras le hablaba con ternura:

– En verdad has tenido una vida larga y extrema. Pero en todos tus años nadie te ha contado que tienes más que ver conmigo de lo que crees. Yo soy Maenah, diosa del dolor y del consuelo, de la desdicha y del descanso, y he unido mis oraciones a las tuyas para que el Padre de todos te conceda el don de la inmortalidad. Esta es la respuesta, Yilga. Yo soy la respuesta.

– ¿Entonces es cierto? -exclamó Yilga cayendo de rodillas ante ella, exhalando gemidos y llorando como si fuera un recién nacido-. ¿Entonces es verdad que hay un secreto para vivir para siempre y que, después de tanto sufrimiento, y de perder a todos los que amaba, los dioses se han apiadado de mi carne y de mi espíritu contrito, y van a concederme el deseo de mi corazón?

Ella le cogió las manos.

– Yilga, nuestro padre Anup no quiere violentar por sí mismo lo que el Destino ha querido para todo ser humano. Los hombres son mortales. Esta es la ley. Da igual su nombre, su origen, sus merecimientos o sus pérdidas. Todos los hombres han de morir. Así está escrito. Mas hubo uno que no murió; y por él, sus hijos y su esposa, y las esposas de sus hijos. Ese hombre aún vive, en algún lugar escondido y fuertemente guardado, por orden de mi padre. Se llama Napist. Él sabe cuál es el secreto de la inmortalidad. Sobrevivió al Diluvio que mi Padre ordenó. Desde entonces vive con su familia, y nadie conoce la cuenta de sus años. Búscalo, encuéntralo y aprende de él el secreto para no morir. Si lo logras, serás inmortal. Es todo lo que he podido sacar a mi Padre.

– Pero ¿dónde está ese Napist? ¿Cómo lo encontraré? Soy viejo ya, mis miembros se cansan con facilidad y son lentos. ¿De dónde sacaré las fuerzas para esa búsqueda? ¡Oh en realidad los dioses son crueles si así me dan lo que deseo sin otorgármelo!

– Los dioses dan con una mano y quitan con la otra, Yilga. A estas alturas deberías saberlo. Pero consuélate: al menos tu grandeza pasada ha arrancado un rayo de piedad del corazón de Anup. Con ningún otro hombre habría revelado quién posee el secreto de la inmortalidad.

– ¿Qué haré? ¿Por dónde empezaré?

La diosa lo miraba con ternura.

– Ciertamente he pensado en ello. Regresa a tu ciudad. Busca en la Gran Biblioteca. Allí quizás encuentres algún resto que contenga el viejo relato del Diluvio. Y quizás en ese resto halles la pista que buscas para empezar. Pero no será ésta la única ayuda que te preste. Toma este objeto -era duro, pequeño, frío, negro y sin embargo brillante, y se lo puso al cuello con una cadena que traía-. Se lo robé a mi Padre mientras dormía. Pero tranquilo, no creo que se enfade. Él nunca hace nada en vano. Este objeto que cuelga de tu cuello te dará energía y te protegerá frente a los maleficios y hechizos indeseables. Pero es mucho más que eso: es el Guardián de los Dioses, el Teoz. Cuando más lo necesites, vendrá en tu ayuda en una forma que nadie puede prever, pues es diferente para cada ser que lo empuña. Háblale, trátalo como a un amigo, para que te conozca y pueda asistirte en el momento del peligro, en un modo adecuado a tus circunstancias. Pero sobre todo no permitas que se te extravíe.

– El Teoz -musitó Yilga mientras lo acariciaba junto a su pecho-. El Guardián de Dioses. ¿Guardará a un mortal?

– Tú eres mucho más que un mortal, Yilga -le dijo Maenah-. Pase lo que pase, nadie borrará tu memoria jamás. En esto, quizás seas más privilegiado que los propios dioses.

Dicho esto, la joven desapareció, y con ella el rebaño de inmaculadas ovejas que pastaban junto al oasis. Yilga miró en su zurrón y lo halló lleno de provisiones para el camino. De modo que se levantó, aunque era lo más riguroso de la tarde, y se puso en camino, con la ayuda de su cayado. Se dirigió a la antaño poderosa ciudad de …

En ese momento, sonó la campana que llamaba a la comida. Dik salió de sus ensoñaciones. Sus tripas emitieron los rugidos de rigor. Se desperezó y se dejó llevar lentamente por sus pies hacia el comedor. Comió a toda prisa, por las ganas inmensas que tenía de seguir leyendo la historia del famoso Yilga. Muchas veces había escuchado el relato de sus aventuras, pero ahora que tenía ante él la narración completa, veía que era mucho más oscura, más íntima y más dramática de lo que había imaginado. Antes se le figuraba como un héroe grandilocuente e invencible que se proponía, como último reto de su vida de héroe, alcanzar lo que ningún otro había logrado, y conquistar de esta forma la inmortalidad. Yilga, empero, era mucho más que eso. Era un hombre sumido en la desesperación, un rey caído y desposeído de su poder, un guerrero vencido que huía para salvar su vida, y que había dejado atrás solo un mundo plagado de cadáveres, ruina y abandono. Aun así, no había perdido un último reducto de esperanza. Y de las cenizas de su vida, cuando todo parecía perdido, había resurgido como un fulgurante relámpago de valentía, honor y grandeza.

De alguna forma, Albia era Yilga. Lo supo de repente. Como se saben las cosas importantes en la vida. Sin intermediarios y sin necesidad de largas explicaciones.

“Yilga partió y recorrió el desierto interminable en largas jornadas de sol a sol, incluso de noche, deteniéndose solo a dormir lo suficiente, muchas veces a la absoluta intemperie. De las penalidades y desventuras de Yilga en su camino por el desierto, que está mucho más poblado de lo que parece, no se hablará aquí, pero mucho se dice en el Cantar de los días perdidos bajo el sol, que el propio Yilga dictó a su escriba Ieogoe años después, ya bajo la sombra y la paz de su sicomoro preferido, mientras bañaba sus pies en el estanque de peces donde solía solazarse cada tarde.

Al fin Yilga logró abandonar el sofocante abrazo de las dunas y se internó en tierras plagadas de bestias sedientas, de hierbas altas, de árboles solitarios pero imponentes y de noches de ruidos que hielan la sangre. Allí fue donde se enfrentó al león de Uffa, el terrorífico animal que gobernaba la sabana con su colmillo afilado y sus enormes zarpas, colmadas de sangre; y le clavó una vara de fresno en el centro del corazón, mientras peleaban como dos monstruos salidos del abismo. El león se rindió y antes de expirar le dijo a Yilga:

– ¡Te saludo, rey! Los dioses te aman. Con la vista en el abismo te digo: Inkumanú te ruega que no te olvides de él.

Entonces el león expiró y Yilga tomó su piel, negra y dorada, y se la puso como atuendo de guerra, y la visión de su figura salvaje atemorizaba a cuantos lo veían de lejos, pues reconocían la melena oscura del león de Uffa, agigantada con la enorme de estatura de Yilga.”

Alguien entró de improviso en la biblioteca y Dik se sobresaltó. El libro se le cayó de las manos. La vela estuvo a punto de perder el equilibrio. Un cabello largo y bien peinado, y una figura esbelta y grácil atravesaron el filo de luz que entraba por la puerta y se situaron en la penumbra. Pero Dik la había reconocido al instante.

– Siento haberte molestado -dijo la princesa.

Tenía una voz preciosa. Pura. Animada. Cadenciosa. Sonaba como si el mundo se alegrase al escucharla. Se parecía a la música del universo en el primer amanecer, si hubiera habido alguien para escucharla. Como una lluvia fría en medio del verano. Como una primavera inesperada. Como una plácida y lánguida tarde de otoño. >>


Reflexiones sobre la terrible realidad del suicidio

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Os dejo a continuación mi vídeo sobre este asunto un tema muy complicado y desgraciado, como es el del suicidio, que se ha convertido en una verdadera alarma social a la que los medios apenas dedican tiempo y espacio, que creo que os puede resultar interesante, en mi canal de YouTube. Dejad vuestro megusta, por favor, para que el vídeo llegue a toda la gente posible.