Don Nadie el deseado (VII)

Seguimos con la historia de Paco. Capítulo VII de esta novela por entregas. Espero que os guste

Don Nadie el deseado (VII)

«Tomás llevaba unos días sintiéndose mal. A veces le dolían los brazos y las piernas más de lo normal. En otras ocasiones el estómago se le revolvía como una lavadora y no podía comer durante horas. Algunas noches no lograba conciliar el sueño hasta bien entrada la madrugada, y además solía despertar más pronto de lo que hubiera necesitado. E incluso había días en que la cabeza le palpitaba como si tuviera dentro un martillo hidráulico. Él sabía que los años se le acumulaban y la vejez iba imponiendo su lenta tiranía sobre sus células; no obstante, aquellos achaques eran tan repentinos y agudos que creyó que se trataba de una enfermedad diferente.

Acudió al doctor de cabecera. Habló con él largo, tendido y con confianza; y el doctor le examinó detenidamente.

– Si quieres podemos hacerte unas pruebas, Tomás –le comentó el médico-, pero tengo que decirte que no aprecio síntomas de ninguna infección, ni rastro de tumores, ni manchas, ni detalles que pudieran alertarme. Tienes la tensión bien y el azúcar en sus límites.

– ¿Entonces? –preguntó Tomás, contrariado.

El doctor lo miró a los ojos.

– ¿Tienes alguna preocupación? –le inquirió-. ¿Algo que te reconcoma, algo que te inquiete por dentro?

– Bueno… –balbució Tomás-. No sé…¿Tanto se me nota? Pero no creo que sea por eso, ¿no?

– No es que se te note, Tomás –replicó el doctor-, sino que a menudo las personas tenemos unos síntomas como los tuyos, no por una enfermedad del cuerpo, sino por una aflicción de la mente o del corazón. Hay personas que sufren anginas de pecho o infartos. Otras tienen problemas de alimentación. Y otras que tienen sarpullido… En fin, cada uno responde de una forma distinta.

– Puede –reconoció el viejo-. Desde hace unos días estoy preocupado por algo que me ocurrió, algo que no tiene que ver con nada físico, sino con una persona.

– ¿Quizás alguien de tu familia? –quiso saber el médico-. ¿Tu hija? ¿Alguna de tus nietas?

– No –contestó Tomás, misterioso-. Alguien se presentó en mi casa pidiéndome trabajo… Y la verdad es que yo necesito ayuda con mi barco.

El viejo hizo una pausa, esperando la aprobación del doctor.

– Continúa, por favor, Tomás –dijo su interlocutor.

– Está bien –siguió el viejo-. El caso es que, de pronto, me volví celoso. Era un hombre, ya me entiende. Un chico joven y alto. Él estaba allí, sentado en mi sillón, cuando yo llegué a mi casa. Y charlaba animadamente con mi nieta Victoria. Me confesó que venía de  muy lejos, que no tenía donde quedarse y estaba buscando un trabajo desesperadamente, porque había tenido algún problema personal allá de donde venía y estaba tratando de olvidarlo… En definitiva, un hombre hundido que buscaba una nueva vida. Entonces una parte de mí sintió miedo a que alguien viniera a mi casa a arrebatarme mi paz, mi sitio, y la atención de mis nietas y de mi hija. Y le despedí de forma brusca.

– Pero, ¿dijo algo malo? –le interrumpió el doctor-. ¿Se comportó mal o tenía algo extraño que te hiciera sospechar?

– ¡Que va! –exclamó Tomás, con un tono sincero-. Es cierto que decía que no sabía nada de pesca, pero yo podría haberle perdonado eso y enseñarle en poco tiempo, si hubiera querido. Mas no lo hice. Le dije que no y le rechacé.

– ¿Y se fue?

– Se fue por donde había venido –relató el viejo-. Al día siguiente, me sentí mal por mi comportamiento y me acerqué hasta el hostal de Marciana, no sé si lo conoce –el doctor hizo un gesto de afirmación-. Pero la dueña me dijo que el hombre se había ido durante la noche, en mitad del vendaval; que le había dejado unos billetes en la mesilla y que se había largado sin avisar. Quise preguntar, buscarlo, no sé… pero, ¿dónde o  a quién? No sabía nada de él, ni su nombre completo, ni tenía su teléfono. Así que conduje un rato por la carretera pero luego me volví a mi casa. Y desde entonces tengo un nudo en el estómago.

El doctor dejó que transcurrieran varios segundos, pensativo. Entonces emitió su diagnóstico.

– Lo que tú tienes, Tomás, es de carácter moral. No debes preocuparte por los dolores y las molestias físicas. Arregla tu cabeza y arreglarás tu cuerpo. Pero, desde luego, se nota que una persona honrada, porque es la primera vez que un paciente me confiesa tan abiertamente que siente malestar físico por un arrepentimiento. Te felicito y al mismo tiempo te insto a resolver esa situación interna, para que no afecte a tu salud. Si quieres un consejo, es éste: si no puedes encontrarlo, trata de olvidarlo lo antes posible; búscate algo que te entretenga fuera del trabajo, sal a la calle, habla con la gente, haz cosas que atraigan tu atención y la conduzcan hacia otras personas, otros intereses, otras preocupaciones. En definitiva: olvídate de tu error y asume que no puedes cambiarlo. Y tu cuerpo se regulará por sí mismo.

– Yo quiero cambiarlo, doctor –replicó el viejo-. Eso es lo que no me deja dormir. Agradezco su consejo, pero no es ése el Tomás que yo conozco, y no tengo ya edad para desprenderme de él y hacerme amigo de un Tomás nuevo… No. Es tarde para eso, lo mismo que lo es para asumir algún error. Voy a cambiarlo. Lo buscaré y lo encontraré, y le pediré disculpas y arreglaremos el asunto como adultos. Aunque le agradezco su atención, doctor. Al menos, ahora ya sé que el peor mal que padezco es que soy un tonto bondadoso, y no simplemente un viejo… –esto último lo dijo añadiendo una carcajada sincera, que le salió del alma, porque le embargaba una extraña emoción, una exaltación de la que no se creía capaz cinco minutos antes.

Su médico lo miraba extrañado. El anciano apocado, quejumbroso y confuso que había entrado en su consulta veinte minutos antes había desaparecido por arte de magia… Ahora, de pie, como si un fuego interior lo hubiera invadido y lo compiliese a elevarse hacia el cielo, parecía un hombre mucho más joven, en plenitud de su energía, con los ojos bañados en esperanza.

– ¿Estás seguro de lo que quieres, Tomás?

– ¿A qué se refiere, doctor? ¿No me estará llamando viejo?

El galeno sonrió levemente.

– Ser viejo no es una indignidad –respondió-. Aunque hubiera usado esa palabra, no sería para faltarte al respeto. Pero no es eso lo que quiero decir, sino que, para curar el mal que tú tienes, que es una cierta clase de depresión anímica producto de conflictos interiores, aunque seguramente transitoria y leve, lo mejor no es incidir en la misma conducta, sino modificar radicalmente las pautas de comportamiento, procurando, en lo posible, intervenir sobre nuestros sentidos para lograr una distracción adecuada de nuestros pensamientos.

– En cristiano –interpretó Tomás-, pasar del asunto y mirar para otro lado.

– Dicho de otro modo: olvidar y seguir viviendo –aclaró el médico.

– Para hombres como yo, querido doctor, olvidar es morir. No puedo seguir viviendo con un peso así sobre mi cabeza. Y menos cuando estoy tan cerca de tener que dar razón de mis actos.

Los dos hombres se midieron con los ojos. Medían sus fuerzas, cual caballeros desconocidos en medio de un deslustrado puente de madera. Ni un alma a cientos de kilómetros. O pasa uno o pasa otro, pero los dos a la vez no. Parecían estar retándose: “Eres tú o soy yo, caballero, y así te lo haré saber, como Dios me ayude en esta batalla por sus cuatro evangelios”, se decían silenciosamente, igual que se lanzaban la fórmula del reto en las antiguas justas en campo de empalizadas, con loriga con mallas, calzas de hierro, escudo y lanza… El viejo, empero, había vivido ya demasiado como para dejarse embarrancar por las palabras de otro que no fuera él mismo; llevaba la tozudez por librea de su edad. Tras un par de segundos en los que se decidió aquel duelo amistoso, el facultativo cedió, dejando a su oponente traspasar el puente sin daño ni oposición.

– Que así sea entonces –sentenció, y le dio la mano al viejo mientras lo observaba a través de la puerta, marchándose, con paso resuelto.

“Si así se cura, todo habrá sido para bien”, pensó, “porque lo que realmente le sucede a este hombre es que tiene un vacío en algún lugar del alma que necesita llenar. Quizás se siente solo, con una clase de soledad que sólo quien lo conozca bien podrá entender; porque vive rodeado de su hija y sus nietas, y no debería estar tan deprimido… Seguramente precisa de otros como él, de un amigo, un compañero. Sin embargo, es un anciano muy cabezota, y no le será fácil encontrar lo que busca”.

Esto se dijo, bajando la vista hacia sus papeles y recetas, cerrando el historial de Tomás, y preparándose para recibir a un nuevo paciente. Y al momento ya se había olvidado de aquel caballero ante el que había dejado expedito el paso.

***

 – Vamos, padre, pasa –dijo Juana, mientras sujetaba la ancha puerta de cristal. Tomás pasó junto a ella tratando de no estropear el ramo de flores que llevaba en la mano.

El pasillo era largo, con un tono verde claro que lo recorría de parte a parte, y un buen número de puertas que se abrían a los lados. La gente iba y venía sin mostrar más interés que el necesario para no golpearse con otros; las caras eran meras máscaras inexpresivas la mayor parte de las ocasiones. Había un cierto aire ominoso en todo aquel edificio. Tomás no podía evitar rememorar hechos de años pasados, encerrados en alguna celda cavernosa de la memoria, recordados sólo a base de tanto tratar de olvidarlos.

Se sacudió estos pensamientos y siguió por el abarrotado corredor a Juana, que parecía conocer bien su destino. Trató de no mirar a su alrededor, de centrarse en ir hacia delante, fijándose sólo en las flores que portaba en la mano, o en la espalda de su querida hija, o en el suelo para no tropezar con algún objeto perdido.

– Está un poco más adelante –dijo Juana, alzando la voz por encima del ruido del lugar-. No tardaremos mucho.

– No te preocupes, hija –respondió Tomás-. Tú sigue que yo voy detrás de ti.

– Tenga cuidado, padre –le pidió Juana.

– Soy viejo, no un inútil –le espetó Tomás, con cierta amargura. No le gustaba dirigirse así a su hija, que sólo se preocupaba por él, pero últimamente notaba que todo el mundo, incluso los más allegados, lo veían como un decrépito ser que apenas pudiera valerse por sí mismo; y no era así, sino que él aún guardaba mucha energía en su interior; puede que sus músculos ya no reaccionaran tan deprisa, que sus sentidos se extraviaran alguna vez o que su cuerpo se agotaba con más facilidad, pero era fuerte, era resistente y se sentía aún vivo, mucho más joven por dentro de lo que aparentaba por fuera…

Estaba enojado, no tanto con su hija, que no había querido ofenderlo, sino consigo mismo y con la vida. Habían pasado los años y se había convertido en alguien a quien ya no conocía y a quien en cierta forma detestaba; un ser cansado, a punto de romperse, anfitrión de arrugas, que empezaba a dejar de apuntar al cielo para ganar un ángulo cada vez más recto. Su espalda era una traidora; sus manos, desleales; sus piernas, pusilánimes decepcionantes; hasta su memoria huía del campo de batalla, desobedeciendo sus órdenes. ¿Realmente aquello estaba sucediendo? Se preguntaba en qué momento había dejado de ser simplemente un individuo adulto para convertirse en un viejo, en carne de tumba y larva de muerte… Era terrorífico sentir nacer los dolores en las articulaciones, notar el cansancio en los miembros, jadear con esfuerzos cotidianos y descubrirse a uno mismo recordando, mirando más hacia atrás que hacia delante. No quería ser aquello en que se había convertido. Y sabía que era una estupidez, pero deseaba que hubiera algún medio, alguna forma, de cambiarlo y volver a ser joven, más joven…

Desvió la mirada del frente cuando se dio cuenta de que una lágrima de rabia se acumulaba en su párpado. No quería que su hija se diese la vuelta y lo sorprendiera.

Entonces vio algo. Fue sólo un instante, un segundo apenas, y todo estaba un poco borroso; acaso se había equivocado, quizás sólo fuera producto de su imaginación… pero el caso es que ahí estaba, y le había dejado confuso. Perdiendo la noción del espacio durante un momento, tropezó con otro hombre y ambos cayeron al suelo, aturdidos. Las flores se desparramaron y alguien las pisoteó sin darse cuenta. Un grito de susto, dos o tres rostros que se giraron, y pronto se formó un corrillo en torno a ellos. Juana, alarmada, se arrodilló junto a su padre. Tomó su mano y tanteó su frente, buscando alguna herida o hematoma.

– ¿Estás bien, papá? –le preguntó-. ¿Qué te ha pasado? ¿Dónde te has golpeado?

Pero Tomás se tocaba con una mano la frente, donde se había golpeado con el hombro del otro paseante, mientras con la otra señalaba torpemente hacia el lugar donde había creído ver lo que le había distraído.

– Allí, allí –acertó a comentar, mientras se quejaba del incipiente chichón.

– ¿Está bien? ¿Qué ha pasado? ¿Hay alguien herido? –preguntaban distintas voces alrededor de ellos.

– ¿Qué quieres decir? –inquirió Juana-. ¿Qué pasa allí? Déjame que te vea esa frente, a ver qué te has hecho. Quita la mano, por favor.

– No, no… –exclamó Tomás-. Déjame a mí, y mira allí, en aquella habitación. ¡Venga, levántate y vete a ver! Yo me valgo solo, no me pasa nada…

Alentada por la expresión emocionada e intensa de su padre, Juana se levantó y caminó lentamente hacia la zona a la creía que su padre se refería. Una puerta estaba entornada, dejando a la vista una cama con alguien reposando en ella, boca arriba. Se aproximó, casi con vergüenza, y empujó. Un grito ahogado de sorpresa se escapó de su garganta.»

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