Metamorfosis

¿Crees que una obra escrita hace casi dos mil años puede enseñarte hoy algo? ¿No? Entonces deja de leer. ¿Sí? Entonces deja de leer. ¿No tienes una respuesta, dudas, no sabes qué pensar? Entonces sigue. Te diré algo.

Anoche estuve en Mérida (Badajoz, España), en el Teatro Romano, que aún pervive desde que fue construido, muchos muchos siglos atrás, con motivo del Ciclo de Teatro Clásico. ¿Y qué fui a ver?

Fui a ver una adaptación del poema de Ovidio, poeta romano: Metamorfosis. Fui con ciertas dudas, lo reconozco. No porque me la mitología y la poesía no me atraigan, que sí lo hacen, sino precisamente por eso: porque dudaba que la visión del autor y los actores sobre esa misma poesía clásica, sobre esa cultura que yo personalmente tanto admiro y de la que tanto he bebido en mi formación, fuera respetuosa y coincidente que la que yo, prejuiciosamente, portaba y enarbolaba como un distintivo y como un escudo.

El elenco de actores era genial, reflejo de lo mejor de la casta actoral española, encabezados por una veterana Concha Velasco, que parece no pasar nunca de moda. El resto englobaba a algunos jóvenes de presencia y actuación imponentes.

Quienquiera que haya asistido a una representación en el viejo teatro romano de Mérida sabe lo que quiero decir al afirmar que recorrer sus vomitorios y trasponer sus invisibles puertas resulta tan fascinante e irreal como regresar miles de años atrás en el tiempo. Las extrañas sensaciones de un sueño vivido con los ojos abiertos… Prometo traeros fotos en un post posterior. Mientras estaba viendo, mejor dicho disfrutando, la representación, me imaginaba a mí mismo en el interior de unas nubes que aparecen en las películas y los dibujos animados, como el personaje de una historia lejana y de entornos difusos, que se abren ante el espectador para hacer visible el misterio de los sueños humanos.

Y comenzó la obra… Ahorraré calificativos. Más de dos horas de función que se pasaron como un respiro, como un soplo. Más de dos horas que finalizaron con un aplauso mantenido de cinco minutos. Lágrimas en los ojos, sonrisas en los labios. Y entretanto, una función que se había tenido que interrumpir al menos cinco veces porque el público se arrancaba en aplausos espontáneos ante la desbordante maestría de algunos de los pasajes.

Midas, Mirra, Veturno, Alcione, Faetón, Mercurio, Venus, Júpiter, Eco, Narciso, Orfeo, Ceres, Hambre, Sueño, Filemón… muchísimos personajes mitológicos pasaron ante nuestros ojos. Y todos los entendimos, todos los sentimos como nuestros, todos los apreciamos como contemporáneos y perfectamente reconocibles. A pesar de algunas concesiones a la ideología de lo políticamente correcto, que achaco más al elenco o a la dirección que a la autoría del texto, la obra se elevó como un águila majestuosa, como un ave divina que recorriera el cielo con la elegancia y la fuerza de los dioses que salen a contemplar el mundo que han creado, y brillara como el sol que Apolo conducía cada día desde el valle de las sombras y por el que Faetón se perdió.

Narciso me hizo emocionarme, Orfeo me hizo llorar, Veturno me hizo reír, Faetón me arrancó carcajadas, Júpiter me impresionó por su sabiduría, Mirra me escandalizó, Eco me hizo apiadarme, Eros y Psique revolvieron mi alma, y todo lo que se mostró a nuestros ojos demostró una cosa: EL ALMA HUMANA ES UNA, PASE EL TIEMPO QUE PASE. Y SUS ANHELOS, DESEOS, ASPIRACIONES, MIEDOS, DERROTAS, CONTRADICCIONES, VICIOS Y PULSIONES SON LAS MISMAS, Y SOLO UNA DE ELLAS NOS HACE LEVANTARNOS COMO EL SOL Y PERMANECER COMO LAS ESTRELLAS, MÁS ALLÁ DE TODA OSCURIDAD: EL AMOR.

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