LCE – extracto

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Aquí os traigo un nuevo extracto de mi manuscrito LCE, que a día de hoy ya va por las 588 páginas. ¡No va a haber quien lo lea! Creo que estamos llegando casi a los 2/3 de la obra, eso espero, porque queda mucha tela por cortar y podría suceder que aparecieran nuevos personajes que aún no he descubierto. Para abrir boca, os dejo un nuevo extracto. Aquí, el traicionero Arn se encuentra con alguien que sabe con quién están tratando…

La Celestina – Teo Puebla

Sin esperar que los guardias regresaran, la hechicera se adentró en la tienda del rey, como quien estaba acostumbrada a hacerlo, incluso a deshora. El rey estaba sentado en el borde de su cama, somnoliento, restregándose los ojos, aturdido, pero cuando vio a la bruja se levantó como un resorte y reprimió una queja o una disculpa. Ésta le hizo un gesto cansado con la mano y buscó un taburete donde sentarse, esperando pacientemente a que el rey terminara de vestirse, pues estaba desnudo. Una chica dormía en la cama, cubierta de pieles de oso y león.

– Llévate a esa zorra de aquí -le ordenó la bruja a Soid, que obedeció con brusquedad. Tomó con facilidad el cuerpo de la chica, voluptuosa pero casi infantil, entre sus brazos nervudos y la cogió como si no pesara nada. Ella dijo algo entre dientes, luego se asustó y comenzó a protestar. El soldado le dio un cachete en el culo y le dijo:

– Ahora cambias de cama. Órdenes. No te resistas. Pero tranquila, que te trataremos bien. El rey lo miró con desprecio y en silencio. Estaba arredrado por la mirada de la bruja, clavada en él. Podía percibir su intensidad y su furia aunque no quisiera ver sus ojos. Era lo único cálido de toda ella. Desprendía frío. Noche, miedo y frío. Incluso dentro de su tienda parecía que era más de noche, que estaba más oscuro. Las lámparas que estaban de pie en medio de la tienda se habían apagado un poco, si eso fuera posible; parecía que alguien hubiera puesto una película de piel delante de ellas; una catarata de penumbra, un filtro de nubes. Era por esta razón que no encontraba su pantalón. ¿Dónde lo había dejado tirado? ¿Es que nadie se ocupaba de limpiar aquel desastre? De pronto recordó que esa noche había gozado de un intenso encuentro con aquella jovencita que Soid se acababa de llevar como un cervatillo asustado, la cual no le había permitido ni entrar en su cama, lo había desnudado en medio de la tienda y le había hecho el amor allí, en el suelo, sobre la tierra prensada, encima de las viejas esteras. Una leve sonrisa apareció en su rostro, que tardó en borrarse lo que tardó su mente en caer en la cuenta de que la que tenía ante sí no era aquella chica. Sentada, concentrada, enfadada… la Perdedora de almas. La Amiga de demonios. La detestaba.

– ¿Ya estás preparado, rey conquistador, o necesitas taparte tu estúpido rabo con algo más antes de hablar conmigo? -le espetó con crueldad-. ¿Crees que he venido de noche a verte para contemplar tu viejo cuerpo? ¡Vamos, sé un hombre y siéntate aquí, delante de mí, y mírame a los ojos! Porque lo que tengo que contarte es muy importante. He tenido una visión. Las sombras me han hablado.

Extracto de manuscrito

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Novela de fantasía épica. Una de sus (por ahora) 600 páginas. Para más, por favor, dadme mimos.

«El Padre del Viento le golpeó en la sien.

– Piensas demasiado, bastardo de rey –le reprochó.

Lheiron abrió la boca estupefacto. Su maestro se detuvo delante de él. El aprendiz parecía querer decir algo. Pero él mantuvo su dura mirada y cuando notó que el joven se refrenaba añadió:

– ¿Crees que no lo sabía? ¡Pero eso aquí no importa!

– ¿Lo sabías? ¿Quién más lo sabía? –gritó Lheiron desconcertado.

Su Maestro se dio vuelta y empezó a andar. Lheiron no se movió del sitio. Cuando el Maestro ya estaba a varios cientos de metros, arrancó con todas sus fuerzas, preso de una locura estúpida e infantil. Veía la figura de su Padre del Viento entre los matorrales, apartando las ramas molestas y tratando de abrirse camino. Sintió de nuevo un tremendo deseo de golpearlo, de tirarlo al suelo y sacarle toda la verdad. Sintió un odio atroz, gigantesco, porque se veía engañado, juguete de un destino que no había elegido. Corriendo con todas sus fuerzas, se lanzó de un salto sobre la espalda de su maestro.

Pero éste, con un movimiento felino, increíblemente rápido, lo esquivó. Lheiron dio con sus huesos en el suelo. Su Padre del Viento se arrojó sobre él y le puso el antebrazo sobre el cuello, sujetándole con el otro brazo y con sus piernas en una llave implacable, con todo su peso sobre el cuerpo de Lheiron.

Acercando su rostro hasta tocar su mejilla, le dijo despacio con voz acerada:

– Olvida a tu padre. Olvida a tu madre. Olvídalo todo. Concéntrate en ti y en la piedra, en el hierro, en la rama, en la bestia que acecha escondida. Esta es tu primera lección: ¿quién eres y cómo se te conocerá? Yo te lo diré, pues es mi potestad: eres tronco, brasa y humo; pues ardes, quemas y asfixias. Pero no tendrás otro nombre que éste: Hiel. Serás amargo siempre, incluso para ti mismo. Para eso naciste, métetelo bien en la cabeza: no para reír ni hacer reír, no para gozar ni hacer gozar, sino para sufrir y dañar, para sangrar y herir, para morir y matar. Este es tu destino. Acéptalo.

Lheiron lo escuchaba como a un dios; o quizás sea más correcto decir como a un demonio venido del inframundo para transmitirle un oscuro y fatal destino. El corazón se le empapaba de sus palabras; oía frases que le recordaban un pasado que nunca ocurrió. Era como despertar de un largo sueño de inactividad. Su pecho respiraba con más ansia, aunque el pesado brazo de su Padre del Viento le aplastara el cuello. Su mente se abría a otra realidad. Miraba a los ojos a su maestro, y veía un fuego en él que nunca había imaginado en ningún otro hombre. Ahora lo entendía. Ahora comprendía lo que estaban haciendo con él. Al darle un nuevo nombre, lo habían apartado de su pasado y le habían convertido en un hombre nuevo. Al darle un nuevo nombre, le habían dado un nuevo padre: aquel hombre, por encima de cualquier otro, era su verdadero padre. Y le había otorgado un nuevo nombre para darle con él una misión.

No es fácil de explicar. Quizás no tenga sentido. Pero lo entendió todo de una vez, como en una revelación. Entendió que no tenía sentido buscar a su hermano perdido. Entendió que había sido concebido con un propósito. Entendió que lo habían sabido todo desde hace años, que lo habían vigilado a una distancia prudente; que lo habían observado para comprobar qué tipo de hombre era. Por eso, llegado el momento, lo habían enviado allí. Un bastardo real no era un buen integrante para un batallón de guerra. No era una buena noticia para la compañía que guardaba el castillo. Un bastardo de rey es un hombre peligroso, como es peligrosa una onza de levadura en medio de una tonelada de harina, si no se quiere hacer pan normal. Había que alejarlo de allí. Había que darle una misión a la altura de su rabia. Aquella era su misión. Ahora lo comprendía, de una vez, de un relámpago interior Siempre lo había sido, aunque sólo en este preciso instante se le hubiera revelado.

Su maestro se retiró. De pronto Lheiron, movido por un espíritu desconocido hasta entonces, se puso de rodillas, sacó su espada y la clavó en su suelo, a los pies de su maestro, en señal de vasallaje. Y dijo con solemnidad:

– Sí, Padre del Viento. Hoy tú me has dado un nuevo ser: a partir de ahora mi nombre es Hiel. Y como tal viviré y moriré.

– Bien –asintió su instructor. Tomó su daga y se acercó a Lheiron. Con un movimiento rápido le hizo una pequeña señal en la cara, casi imperceptible, pero que comenzó a sangrar inmediatamente. -Esta es la marca de los Abandonados. Ya eres uno de nosotros. Ahora aprenderás a morir como uno de nosotros. Pero no hoy: queda mucho por hacer. Adelante.

Continuaron, pues, su marcha. Se perdieron en el bosque a la mortecina luz del atardecer, en medio del más completo silencio. Ya se oían los tambores a lo lejos, como en un espejismo, como traídos a lomos de una tormenta que sólo se anuncia y aún no ha descargado su furia negra.»