Prueba de escritura (I)

Espero vuestros comentarios. Imaginad una novela que comenzara así…

Me vi por tierra a las primeras de cambio. Sin saber cómo ni por qué, salí despedido de mi montura, que siguió su carrera sin jinete, y tomé por silla el aire inasible, para cambiarla enseguida por el duro suelo de tierra prensada. Me golpeé violentamente la cabeza, y mi espalda aterrizó junto con ella. Perdí la respiración durante unos segundos. Un zumbido ensordeció mis oídos con el zarandeo de mi cráneo dentro del yelmo. Un aguijón se me clavó donde nacen las posaderas. Un hombro se me dislocó levemente, aunque pude recolocármelo a duras penas, al tiempo que me revolcaba por el suelo gimiendo, echando la mano sin darme cuenta a mi rabadilla, entre el tintineo de las placas de mi armadura. Por poco me clavo mi propia espada, me dijeron. En cuanto a mi escudo, nada valía ya; el golpe de la lanza lo había hecho añicos, y lo poco que quedaba de él había ido a parar a varios metros. Era sólo un inútil trozo de madera pintada.

Mi caballo había huido, dejándome allí tirado. Había escapado del campo de justas como el cobarde que siempre sospeché que era, ¡el muy villano! Me puse en pie tambaleándome, muerto de vergüenza por haber caído como un muñeco de trapo ante todos aquellos espectadores tan nobles y distinguidos, pero sobre todo ante aquella dama que había encandilado mi corazón y había sojuzgado mis ojos. No la conocía de nada, pero no había podido apartar mi vista de ella desde que, de lejos, la había contemplado la vez primera, alta, blanca, radiante, como una estrella que en el firmamento nocturno inundara con su pálida luz las colinas, brillando más que cualquier otra, en el cálido verano, incólume y eterna. Mis compañeros decían que no servía de nada que la mirase, que debía olvidarla, que estaba a un mundo de distancia de mí. Era la hija del señor de Lig. Se llamaba Miriam. Y el amor que había suscitado en mi corazón a primera vista era la mejor ofrenda a su hermoso nombre.

Deja un comentario