Comentario: «La máquina del tiempo», de H. G. Wells.

Ya me terminé «La máquina del tiempo», de Wells. Aquí os traigo brevemente mi comentario personal. Como siempre digo, no busquéis una clase, sino un comentario de amigo. Que no tengo la razón es todo es evidente, no os esforcéis por demostrarlo. Solo leedlo y disfrutadlo.

Día 8 de junio de 2019, sábado por la tarde, 16:45 horas. Acabo de terminarme la lectura completa, incluyendo Epílogo, de este clásico de la ciencia-ficción que es «La máquina del tiempo», de H. G. Wells. Me ha costado más tiempo que sus 138 páginas, en edición barata del diario El País, del año 2004, parecen exigir. Fue un regalo de un amigo. Y yo tenía ganas de leerlo, porque es un clásico del género, y me habían hablado muy bien de él. Como siempre, soy un tipo raro: no es para tanto.

¡Vaaale! Tranquilos, no he dicho que sea malo, ¿ok? Tengo que ser sincero con vosotros, y deciros lo que pienso, aunque esté equivocado. No, no pienso que estemos ante un mal libro, ni mucho menos. Es un gran libro. Ya os lo adelanto: le pongo un 7 de nota, sobre 10. Es un buen libro. Un libro corto, es verdad, pero se trata de un buen ejemplo de por qué un libro no tiene que ser largo para ser bueno. Basta con que la historia lo sea. Es decir, lo que yo tantas veces he reclamado, hablando de mis propios libros. Porque los míos no son muy largos, pero tienen historias potentes. Eso es lo que vale. Sin embargo, estamos en una época de pura decadencia cultural, y eso se ve, entre otras muchas cosas, porque las obras literarias ya no son buenas, sino largas. Lo que la calidad no logra, se intenta obtener por la cantidad. Es un fenómeno parecido a las drogas: cuanto más puras son, menores son las cantidades que se necesitan para embriagar al usuario. Pero cuando no tienen esa pureza, esa riqueza interior, esa calidad del producto, es necesario aumentar la dosis; hacerla cada vez mayor, diría yo; hasta que al final ni una inmensa cantidad logra producir los efectos que la dosis más pura. Pues lo mismo en la literatura y en otros ámbitos del arte: hay que aumentar la cantidad de producto, hacer el libro más grande, las historias más intrincadas y complejas, las películas más extensas y espectaculares, las pinturas más insolentes, las canciones más estridentes, los discursos más ofensivos o reivindicativos, y en general el arte más grandioso, más voluminoso… menos artístico.

Lo anterior es, sin duda, la mejor razón que se puede dar de cualquier libro que aparentemente no cumple las condiciones que hoy los sabios ponen a las buenas novelas. Ellos te dirán que si tu novela no tiene al menos veinte protagonistas diferentes, varias subtramas sin importancia alguna, muchos artificios de los que los novelistas usan para mantener la atención del lector, uno o dos giros inesperados y un número de páginas no inferior a mil, sin duda eres un mal novelista. Pero no les hagas caso. ¿Sabes por qué? Porque todos conocen la historia de la máquina que viaja a través del tiempo. Sale en innumerables cuentos, libros, películas, series… Y ¿quién lo inventó? Fue Herbert George Wells (1866-1946), en una apasionante novela de apenas 135 páginas en la edición de bolsillo, que deben de ser unas 80 o 90 en una edición normal, quizás menos. En apenas un opúsculo, creó un mito contemporáneo que ha trascendido el tiempo al que su propio invento se refería. En cierta forma, Wells creó su propia máquina del tiempo, que es este librito. Él es realmente el Viajero del Tiempo.

La novela narra la aventura absolutamente original y desconcertante de un inventor que crea una Máquina del Tiempo, para viajar en el tiempo hacia edades desconocidas, por el simple anhelo de adquirir conocimiento. Atención, que vienen spoilers… El Viajero en el Tiempo, pues este es su nombre, reúne a unos cuantos amigos de la vieja sociedad inglesa, caracterizados algunos simplemente por su profesión, como arquetipos sociales (el doctor, el periodista, el director de periódico…), para contarles su viaje en el tiempo hacia el futuro, en concreto hasta el año 802.701, en el que se topó con una humanidad completamente transformada, y dividida en dos subespecies, tan diferentes entre sí como el día y la noche, la una presa y banco de alimentos de la otra, los Eloi y los Morlock. Una raza decadente y a punto de desaparecer, que vive en estructuras creadas en el pasado, sin otro interés que alimentarse, perdiendo cada día la humanidad, es decir, la racionalidad, transformándose cada día más en animales. El viajero se hace amigo de los Eloi, y descubre el oscuro secreto de los Morlock, que viven en el subsuelo, como depredadores nocturnos. Finalmente, regresa al tiempo presente, tras contemplar la evolución del mundo a lo largo de varios milenios, incluso millones de años. Ocho días fuera del presente, a pesar de que en este tiempo apenas habían transcurrido unas pocas horas. Y regresado al tiempo del que procedía, reposó, manifestó sus inquietudes a sus contertulios y finalmente, partió de nuevo para nunca más regresar.

El final queda abierto. Ese Viajero a través del Tiempo es una figura mítica que ha pasado a formar parte de cultura popular, en la cual pululan cientos de historias sobre posibles viajeros en el tiempo a los que se ha visto o se ha fotografiado o de los que hay testimonios. Todos ellos son hijos de esta figura literaria, sin duda misteriosa y dibujaba con trazos lo suficientemente gruesos y difuminados como para poder ser cualquier persona que nos imaginemos, o responder a cualquier arquetipo que podamos imaginar.

Junto con la mera narración de las (cortas) aventuras del Viajero a través del Tiempo, el libro está cargado de ciertas reflexiones político-sociológicas, deudoras de la problemática que la revolución industrial produjo en Europa, hija en cierta forma de la dialéctica marxista y su visión de la lucha de clases, extrapolada a las leyes de la evolución natural y en especial de la humana. Sin duda, para alguno esto será un elemento positivo de la obra, pero para mí es lo peor de la novela; las reflexiones son forzadas, y a menudo contradictorias, como el propio personaje reconoce en algún momento; están traídas muy a destiempo y sin un apoyo probatorio suficiente, y ralentizan la narración, que desprovista de todo este envoltorio pseudofilosófico queda verdaderamente en mantillas, si no en bolas; y no es una visión tan atractiva como pudiera parecer. En realidad, queda muy poco después de raspar las capas de esta cebolla: queda apenas el esqueleto de una idea genial, desarrollada apresuradamente pero con una visión profética. He ahí la tremenda paradoja de esta novela: tenía un potencial infinito, como demuestra su influencia en la cultura popular, pero el autor la cerró muy deprisa. Incluso yo, que soy partidario de las historias cortas, veo con nitidez que hubiera sido grandiosa, probablemente una novela representativa de todo el siglo XX y de la civilizanción contemporánea, rompedora, autofagocitadora, optimista sin remedio, racionalista e irracional, y entregada a la ciencia como a un dios menor, ciego, enemigo e incontrolable.

Es una obra de ciencia-ficción. O al menos eso dicen. Para mí no lo es. Y no lo es por dos razones: apenas hay ciencia en la novela, salvo algunas reflexiones muy poco concretas que se ofrecen en la primera parte de la obra, sin duda la más árida (excusable, puesto que es la presentación del contexto fáctico de la narración); la máquina del tiempo se ofrece a nuestra visión como un objeto extraño, mágico, místico, cuyo funcionamiento científico no se nos explica en ningún y que se aprovecha de fuerzas y energías que tampoco comprendemos. Más bien pareciera el ensalmo de un hechicero moderno, que agita un bastón divino para producir un viento huracanado o invocar a fantasmas terroríficos. Pero la máquina, como invento artificial, racional, basado en leyes naturales, instrumento de las fuerzas científicas que mueven el universo, no aparece por ninguna parte. Es solo un montón de metal que gira en el espacio por arte de algún tipo de maleficio que no entendemos. Nada que no sea pura ficción, y muy poca ciencia.

La segunda razón va unida a la anterior: la novela es pura fantasía. Expliquemos aquí previamente a la conclusión, como premisa, qué entendemos por fantasía y qué por realidad. Ambas se necesitan mutuamente para existir. La realidad se define, en contraposición a la fantasía, como aquello que tiene o puede tener entidad material (no solo física, sino también psicológica), cumpliendo en todo o en parte los parámetros naturales para la existencia de las cosas o las ideas que se refieren a las cosas, como formulaciones de leyes naturales, conceptos y definiciones, o leyes humanas. La fantasía comprende el resto de cuantas cosas son imaginables o concebibles por el ser humano, y solo está en la imaginación de éste. Sus límites no son diáfanos, porque la mente del ser humano no es un barco dividido en compartimentos estancos, sino que funciona, más bien, como una centrifugadora donde se mezclan infinidad de elementos e interactúan entre sí con diferentes resultados según las composiciones y proporciones de la mente de cada hombre. Pues bien, la fantasía incluye las narraciones que, aun partiendo de una referencia a la realidad social, y sin más apoyatura científica que la meras leyes naturales que, por decirlo así, forman el sustrato de nuestra conciencia (como que las cosas caen o que un cuerpo no puede estar a la vez en varios lugares), y que desde luego no suelen estar presentes en la palestra de las historias como protagonistas de las mismas, acaban elevándose hasta la proyección del alma del autor en la pantalla de las páginas del libro, mostrando, como en diapositivas más o menos animadas, su propia visión del futuro o del pasado. Algunas de estas obras de fantasía se denominan de «ciencia-ficción» porque tienen un alto componente de reflexión científica y pretenden crear una fantasía coherente con lo que sabemos científicamente de la naturaleza; es por ello que suelen estar inundadas de explicaciones científicas y raros inventos que, mostrados en toda su lógica racional, acaba por construir una visión imaginaria que podría perfectamente ocurrir en la realidad, sin necesidad de éxtasis proféticos ni enajenaciones visionarias. La fuerza de la ciencia-ficción es precisamente que, a pesar de ser ficción, es sobre todo ciencia. Pero no es el caso de esta obra. Esta obra es sobre todo ficción. Es cierto que hay ciencia, pero casi residual; es una mera excusa del escritor para exponer un sueño sobre el futuro y sus precipitadas conclusiones sobre la lucha de clases, la industrialización, el progreso de la raza humana y su relación con la naturaleza. Conclusiones que el futuro se ha encargado de destruir, por otra parte, pues en nuestra época, más de 120 años después d ela publicación de «La máquina del tiempo»(que salió en 1895), la raza humano solo no se ha enterrado en el subsuelo para cobijar a la clase trabajadora, sino que las supuestas diferencias entre clases se han reducido cada vez más, el comunismo ha colapsado y se ha derrumbado estrepitosamente y el capitalismo ha evolucionado hacia formas cada vez más avanzadas y sociales. Por eso, las reflexiones sociológicas de la novela le restan actualidad; han hecho que envejezca mal. La obra, en cierta manera, es una reliquia del pasado, aunque una reliquia hermosa.

Técnicamente, la novela está compuesta por una introducción, 15 capítulos y un epílogo. Son capítulos muy cortos. Comienza siendo narrada por una persona que no se identifica, en primera persona, y que no es el Viajero a través del Tiempo. Y pronto el punto de vista cambia y escuchamos las propias palabras del Viajero. Finalmente, regresa el primer narrador para decirnos cómo perdió de vista al Viajero para siempre. Es una estructura de un cierto clasicismo, pero que no deja de tener una variante interesante, como es el cambio del punto de vista, que no se ve forzado ni rompe el ritmo narrativo, porque forma parte del propio relato. Sin embargo, el estilo está desprovisto de toda floritura; a veces resulta distante, serio, árido y frío, aunque no exento de cierta elegancia y etiqueta. Esto quizás sea producto de la época victoriana en que fue escrito, y del estilo reinante en la época. Y será una de las cosas que más choque al lector moderno, acostumbrado a otros alimentos más sabrosos, aunque menos sanos, lo mismo que la comida rápida de hoy en día, tan adictiva, provoca obesos allá por donde se vende. Pero cuando el lector se deja llevar por la historia, olvida la diferencia de lenguaje y todo fluye con naturalidad. No deja de haber poesía en un final abierto y con cierta nostalgia. Me gustó ese final, aunque no perdurará en mí como uno de los más memorables.

Pero tengo que destacar algo que me encanta de esta obra: se destila por todas partes la importancia de las elecciones personales y sociales para el futuro personal y de la Humanidad. Es algo que me fascina. Está presente en el subtexto de toda la obra: cómo incluso las acciones más aparentemente más inocuas e insignificantes no solo reflejan lo que somos, sino que nos conducen hacia un final, que puede que no adivinemos, pero que está siempre en el peligro de caer por la boca del pozo. Estar alerta y vivir la propia vida con responsabilidad y con absoluta vigilancia, mirando no solo al bien particular, sino también al común, parece imprescindible para que logremos un progreso continuo y bienes mayores. Y en eso estoy completamente de acuerdo con Wells.

Y hasta aquí mi comentario. Espero traeros otros libros pronto. Leed «La máquina del tiempo» y disfrutadla. Y que el tiempo os trate con benevolencia.

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