Impluvia (II)

Reflexiones y confesiones de un joven filósofo

¡Qué libertad se encuentra en la muerte! El olvido que provoca en los hombres permite que se abra el abanico de la eternidad y se desplieguen las alas del corazón desconocido. En ella se embalsan definitivamente las corrientes del amor o de la guerra, y el fin de los anhelos terrenos se realiza entre las poderosas garras del más allá: entonces el alma se llena de realidades divinas y se deshace de sus vestidos de promesas, permaneciendo sólo su desnudo de inmortalidad.

Sin embargo, compadezco a quienes endiosan, idealizan o banalizan la muerte. ¡No, señores, la muerte es algo muy serio! ¡Y terrible! ¿Habéis visto a alguien morir en la plenitud de su juventud, así de pronto, de golpe, sin despedirse, sin verla venir? Uno se siente impactado y desvalido ante esa muerte… Hay algunas muertes que nos afectan sentimentalmente, pero las esperamos y hasta cierto punto estamos de acuerdo con ellas: por ejemplo, la muerte de un ser querido de muchos años. Incluso hay otras que nos parecen inevitables y que ni siquiera llegan a tocarnos la sensibilidad: por ejemplo, las muertes que se producen a causa de una guerra lejana; nos lamentamos por ello pero dormiremos bien, incluso los más “indignados”. Pero el espectáculo macabro y desolador de un accidente de moto puede conmovernos si nos detenemos a observar la sucesión de los hechos: los primeros minutos de desconcierto, la espera interminable a los servicios médicos, la curiosidad del viandante que se va transformando paulatinamente en miedo y en angustia; los movimientos rítmicos de las manos del médico, que oprimen una y otra vez el esternón del herido, tratando en vano de reanimarlo; y la manta blanca que finalmente acaba cubriendo su cuerpo deshabitado…

¡No os riais de la muerte ni sigáis vuestro camino! Vale la pena detenerse y pensar. La muerte es el gran filósofo.

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