Don Nadie el Deseado (V)

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Seguimos con la historia de Paco. Capítulo V de esta novela por entregas. Espero que os guste

Paisaje recóndito

<<La noche fue oscura.

Llovía incesantemente mientras las sombras cubrían el mundo. Las nubes impedían que los rayos lunares dieran ese aspecto espectral a las cosas. Nada era visible. La hechicera de la oscuridad extendía sus dominios implacables sobre el orbe entero, desde lo más excelso a lo más insignificante, y todo se le sometía, en un desfile de silencios y escalofríos en el que procesionaban bajo el velo negro los cuatro elementos y todas las terrestres potencias. Ni siquiera los fantasmas salían a la intemperie sin la capa de las tinieblas.

No había nada. El mundo parecía haberse esfumado. Sólo el sonido de las gotas que a millones caían sobre la tierra mojada y el mar. Únicamente el martilleo de la tormenta.

Paco había llegado a su habitación con la sensación de que la vida lo había nuevamente derrotado. Durante un tiempo, quizás unas horas, había albergado la esperanza (quizás ingenua) de que todo cambiaría; de que, a pesar de no haber planeado nada, sólo tenía que salir de su ciudad, de su ambiente, del contacto con las personas y los lugares donde había sido infeliz (infeliz por la persona a la que amaba y el trabajo que le importaba), para que todo cambiara. Y hasta había creído que el destino comenzaba a sonreírle. O al menos, a no machacarle.

Era una nueva mentira. Una inocentada más del gran y cruel bromista.

“Iluso”, pensó, cuando se cerró la puerta tras de sí y se sentó sobre la polvorienta colcha de su cama. Realmente, aquella colcha necesitaba algo más que una sacudida… Posiblemente no se había lavado en meses, quizás en años. Y desde luego la vieja había hecho la cama esa mañana sin preocuparse de su aspecto. Pero no importaba…

En realidad, nada importaba. Había errado de nuevo. Había fracasado. Era lo único que sabía hacer en su vida. Pero, ¿cómo actuar? ¿Dónde ir? ¿Qué otra cosa hacer? Al fin y al cabo, las personas nacen con un destino; y el suyo era equivocarse una vez, y otra, y otra; y ser rechazado, despreciado, olvidado, humillado una vez, y otra, y otra…

Es posible que se debiera a su poca valía. El futuro no sería mejor. Racionalmente, una vida así no merecía la pena. ¿Tendría el deber de quitarse la vida? Pero aún más, ¿sería capaz? Tenía la seguridad de que, lo deseara o no, fuera o no lo más justo, no podría…

Abatido, pero incapaz de cortar por lo sano, se metió en la cama sin cambiarse de ropa y lloró hasta quedar exhausto. No había nadie a quien pedir ayuda. Nadie a quien clamar. Ni dioses, ni padres, ni amigos… Sencillamente, nadie.

Despertó en medio de la oscuridad y su gélido arrullo. Tenía las manos ateridas; se le habían quedado fuera del abrigo cálido de las mantas, y le dolían cuando intentaba moverlas. Debían de haber pasado apenas tres o cuatro horas. No había ni rastro de la aurora, y seguía lloviendo. ¿Es que no iba a acabarse nunca aquella noche? Deseaba que rompiera el día, que corrieran las horas, que el mundo acelerase sus giros y pasasen las estaciones como cae el agua del torrente y la cascada… Pero los segundos se demoraban, y los latidos de su corazón, en cambio, se agitaban como bestias enjauladas.

Crispado, se levantó, recogió sus cosas, dejó sobre la mesilla todo el dinero en efectivo que tenía, que le pareció suficiente para pagar su estancia en aquella posada polvorienta, y, de nuevo sin saber ni prever cómo, ni hacia dónde, ni por qué, abandonó la protección y la luz amarilla del portal, y se adentró en el camino, bajo la borrasca.

El sendero se difuminaba ante sus ojos, se confundía con las sombras impenetrables. En tres ocasiones se dio cuenta de que estaba caminando campo a través, y trató de regresar sobre sus pasos hacia el lodazal en que se había convertido la pista. Le costó, pero terminó por reconocer el trazado y la grisácea y apagada claridad de su superficie.

¿Adónde iba? No lo sabía. No se lo planteaba. No se lo preguntaba. ¿Qué más le daba? Los pensamientos se mezclaban en su mente y formaban extrañas parejas de baile e imágenes que rivalizaban con sus sentidos, mintiéndole a menudo sobre lo que había a su alrededor. Era una partícula de noche más, en medio de la noche, vagando por las tinieblas…

Todas las lágrimas contenidas brotaron de sus ojos como el diluvio de las fuentes celestiales. Lloró a moco tendido, como sólo saben llorar las personas sencillas que se sienten hundidas; lloró a voz en grito, aunque ningún oído alcanzó a escucharlo, pues sus voces no podían rivalizar con el poder del viento y la tempestad. Al fin, cansado, exhausto, vencido, como una presa rendida, acosada por la manada que lo persigue, los ojos inyectados en sangre, perdida la esperanza, ofreciendo su garganta inmaculada al colmillo asesino que se aproxima, para hacer más rápida la culminación, se dejó caer en el barro, de rodillas, sollozando. Cerró los ojos, tratando de encerrarse en algún sitio en su interior donde no lloviera, donde no soplara el vendaval,  donde no hubiera sombras ni noche ni dolor ni desamor; en alguna fortaleza interior donde fuera únicamente él, libre y feliz. Se dejó arrastrar por la soledad, de sereno y proporcionado rostro, que le tendía la mano sonriente para conducirlo a ese lugar seguro y seco, cálido y acogedor; era como un sueño etílico, pausado y silencioso, una visión de un paraíso perdido, colmado de flores, colores y músicas que no oía pero que podía imaginar, tan armoniosas y alegres. Allí no había dolor. Allí no había mentira. Allí no había fracaso ni repulsa. El tiempo no tenía entidad, ni las estaciones, ni los elementos, ni las contradicciones, ni las limitaciones físicas, ni el peso ni la altura ni la profundidad; los hombres no dañaban, las sociedades no constreñían, las reglas sociales no estipulaban deberes ni derechos… Estar allí era lo mejor que le había pasado en mucho tiempo.

Sin embargo, extrañamente sentía nostalgia del otro mundo, del mundo…. real (“¿Cómo podía ser real y aun así soportarlo? ¿Por qué tenía que estar en él si no le gustaba?”).  Había algo en aquella quietud interior que lo llenaba de un espanto informe, como si unos ojos tenebrosos lo escudriñaran desde una atalaya invisible. De repente, quiso regresar, volver a su cuerpo, a sus sentidos, a la noche, a la intemperie inhóspita, a la humedad y al barro. Pero no podía… Se volvió y allí había sólo una puerta cerrada. Trató de abrirla pero no cedió. Con más fuerza quiso girar el pomo, mas con tanta energía lo intentó que éste saltó de su lugar y se quedó entre sus dedos, hasta que se dio cuenta y abrió la mano, y el artefacto sin vida cayó al suelo. Y entonces gritó aterrado, pero nadie lo oyó, nadie acudió a salvarlo.

La luz se apagó y la noche fue total. El silencio, absoluto.>>

Impluvia (I)

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Inauguramos sección de confesiones intimistas. Puede que sea la sección más aburrida de este blog, pero también será la más personal y, por ello, la más vulnerable. Si no te gusta, no digas nada. Si te gusta, tampoco. Me basta con que lo leas.

El discurrir de mi vida a lo largo de mis años ha sido una constante lucha entre lo que soy y lo que sueño ser. En esta lucha he sido muchas veces vencido por la angustia de no ser lo que quisiera, y por el dolor y la decepción de no ser los demás a mi gusto o conveniencia. Pero no es esto lo que verdaderamente constituye mi vida. Porque en esta lucha ha habido victorias: yo como hombre venzo sobre mí mismo, que soy mi peor enemigo pues no me acepto, en el momento en que soy capaz de reconocer la miseria y de ser tan fuerte y humilde ante Dios como para no dejarme vencer por la mentira del fracaso y ponerme tranquila y gustosamente en las manos de quien me creó y me cuida. Recuerdo ahora aquella oración de san Ignacio de Loyola que decía algo así como “tomad, Señor, y recibid lo que soy y lo que tengo… vos me lo disteis; a vos, Señor lo torno… todo es vuestro disponed… dadme vuestro amor y gracia porque ésta me basta”. Una gran paz y sosiego conmigo mismo permanece en mi interior ahora que medito en tales palabras llenas de sabiduría y de realismo. No puede haber, pienso, otro sentido a mi miseria que reconocer lo que me basta y apegarme a ello. Decía Theilard de Chardin, parafraseando la oración del Soldado de Cristo que me alumbra: “porque mi pobreza, el verdadero sentido de mi pobreza, amada y comunicada, es saber y es gustar qué es lo que me basta; dónde se encuentra el tesoro, el sol, la fuente para tanta inquietud y tanta impotencia… dónde pueda estar lo que aquiete mi corazón y mis sentidos, lo que me haga reposar, rendido de amor y palpitante de entrega; poder amarte y servirte en todo al reconocerte enteramente en todo”. Tengo la sensación profunda de que comparto con Theilard de Chardin tales pensamientos y de que mi vida, al igual que él manifiesta, se ajusta de manera sorprendente y maravillosa a tal sentido de sí misma. Dios, el Dios de Jesucristo, me ha hecho pobre y débil para que encuentre la fuente de la riqueza y fortaleza, que está en Él. No puedo pensar en todo esto sin, al mismo tiempo, sentir que he faltado a ello toda mi vida, como si hubiese sido invitado a una fiesta y hasta ahora no hubiese respondido acudiendo a ella. Reconozco la verdadera fuente en la que bebo, que es Dios. Si hoy estoy vivo y me acerco a Él a través de mi meditación es porque me sostiene en su amor y me mira con infinita ternura de Dios que es Padre. ¡Qué ingrato y tonto he sido! Me costará volver a estar en sus brazos, como si nada hubiese pasado, pero es lo que más deseo en esta vida: dejarme seducir por Él, no buscar más la felicidad en la basura del propio deseo. Y concluyo con palabras de Chardin: “Recibe toda mi libertad, que es al cabo lo que yo soy desde tu mirada perdonadora y tierna, mi propia historia de salvación trabada por Ti, promesa y cumplimiento entre tus manos”. Amén. Esto tiene que ver profundamente con el misterio de mi vocación a la belleza. Por eso soy escritor. Dios se servirá de la pobreza para hacer ricos a los hijos de su misericordia.

Flores mustias

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Ninguna historia tiene principio ni fin. Simplemente va el escritor y la encuadra, como el fotógrafo, que enfoca uno de tantos aspectos de la realidad y da su propia visión de algo que tiene muchas visiones. Pero ninguna historia tiene principio ni fin, ni tampoco una sola perspectiva. Su principio es, más bien, mi principio, y su fin es mi fin. Acaban y empiezan cuando uno quiere. O cuando uno se aburre de ellas, o se fija en otras, ¡quién sabe! El hombre es una criatura sorprendente, y más cuanto más se le trata.

Ninguna historia está aislada ni lo abarca todo. Simplemente va el escritor y la concreta, como el pintor, como el músico, que crean una obra de arte, aunque el arte en sí ni pueda ser creado ni pueda ser poseído. La obra particular se crea y se posee, pero la obra ni crea ni posee el arte. Su belleza no me es dada en absoluto, sino que yo debo ponerla de mi parte con mis emociones, mi receptividad mi insaciable anhelo. Así sucede también con las historias: o las vivo o se mueren. Así ocurre también con las personas: o las amo o no existen.

Ninguna historia está terminada del todo. Simplemente viene hacia nosotros, con un cargamento de mensajes, unos gratos y otros agrios; estos cristalinos, aquellos tenebrosos . Ninguna historia es perfecta, como el hombre tampoco lo es, siempre realizable y viniente. Ahí está la clave: yo soy, pero no soy aún; lo que seré no lo soy, pero ya lo voy siendo.

Esta historia, pues, ni tiene principio ni fin, ni está aislada ni lo abarca todo. Simplemente se ofrece en ilusionada mancebía del alma, para que, en medio del incontable discurrir de los años de este inabarcable universo, durante un ínfimo aunque real instante de la vida del mundo, la recibas en el tálamo de tu mente y con ella crees arte. El arte literario, no te quepa duda, es obra de dos: escritor y lector. Aquí va la historia:

– ¡No me gustan las lentejas, y menos si llevan carne! -se quejó Mari Carmen, la pequeña de la casa, una niña pelirroja y feucha, chiquita y melindrosa, algo quejica pero muy inquieta.

Lucía, su madre, que tenía poca paciencia, le gritó:

– ¡Pues te las comes o te castigo!

Mari Carmen se echó a llorar despacio, como un cabritillo que gime. Su madre se levantó de la mesa, recogió su plato vacío y se fue a la cocina. En ese momento llegó del trabajo su padre, Paco. Éste siempre era muy cariñoso con Mari Carmen. Ella era su «joyita», como siempre le decía. Cuando entró y la vio llorando, enseguida fue a consolarla.

– ¿Qué te pasa, cariño? ¿Por qué estás llorando?

– Mamá me ha puesto lentejas, ¡y a mí no me gustan las lentejas! -contestó la pequeña.

– Bueno, si te las ha puesto mamá, tendrás que comértelas, aunque no te gusten. Mamá siempre quiere lo mejor para ti, cariño.

– Yo no quiero lentejas, están muy malas.

– Pero cariño…

Intervino Lucía:

– ¡Ya estás otra vez! No la mimes tanto, que está muy mimada.

– Si no la mimo, le estoy diciendo que se coma las lentejas -respondió Paco.

– Déjala, anda. Que coma, y si no ya sabe, castigada -concluyó Lucía.

Francisco se encogió de hombros, acarició levemente el pelo a su niña y se fue. Mari Carmen seguía llorando como una palomilla, piando lastimosamente.

A los pocos minutos llegó Sara, la hermana mayor. Sara tenía 20 años, y ya no vivía en casa de sus padres. Se había marchado hacía algunos meses a la ciudad, para vivir con su novio. Es verdad que no les había ido muy bien últimamente, pero según Sara todo se iba arreglando. Eran peleas de enamorados, decía con inocencia. Pero su novio nunca les había gustado a sus padres, porque éstos pensaban que tenía algo de salvaje. Temían que llegara a pegarla, que se mostrara muy dominante y celoso.

Sara estudiaba Arquitectura en la Universidad, estaba en segundo año y le marchaba muy bien, mejor de lo esperado. Desde muy niña le había encantado pintar, y pintaba bellamente. Con el tiempo, el estudio de la cultura clásica le había fascinado, y en especial su arte. Su habitación de casa estaba decorada por un póster gigantesco del Partenón de Atenas y otro de las desaparecidas Torres Gemelas de Nueva York. Las demás chicas se reían de ella hacía unos años porque no le gustaba salir a bailar, ni sabía nada de cantantes, actores o actrices. Era muy sensible, y sufría mucho, pero se consolaba enseguida con sus libros y sus dibujos. Cuando se sentía demasiado triste, se perdía por el campo con su libreta, y dibujaba árboles y paisajes hasta que se le gastaba el lápiz. Pero cuando nació su hermano pequeño, Luis, prefería quedarse en casita, con mamá y con el hermanito, y cantar suavemente para que Luisito se durmiera o dejara de llorar. Y es que Sara, además, cantaba muy bien. Era una chica adorable.

Mari Carmen era la menor. Luis era el mediano. Tenía 9 años. También era pelirrojo, aunque no se parecía a nadie de su familia. Era muy guapo. Jamás paraba quieto, tan rebelde y locuelo como había salido. Corría sin cesar, salvo cuando Sara se ponía a jugar con él o le cantaba alguna cancioncilla de ésas que se saben las abuelas. Sobresalía por sus picardías; cualquiera que se pusiera a su alcance estaba ante el peligro de sentarse en una chincheta o resbalarse con una cáscara de plátano, mas cuando se ponía cariñoso era el más amable, porque se le ponían los carrillos rosados y parecía de otro mundo, más humano, más bello. «¡Querubín, ven pacá! ¡Estáte quieto!», le gritaba constantemente su madre.

Mari Carmen tenía 4 añitos recién estrenados. Debilucha, mimosa y poco agraciada, nada le sentaba bien, nada le gustaba y nada la mantenía entretenida más de cinco minutos. «Piojito» la llamaba su hermana mayor; pero «chinche» prefería llamarla su madre, que era quien más (y mejor) tenía que sufrirla. «¡Bendita cruz!», se decía, cuando ya no aguantaba más sus lloriqueos o sus caprichos, «¡bendita cruz, qué haría yo sin ella!».  O qué harían sus hermanos, sobre todo Luisito, a quien estaba unida por un vínculo secreto y profundo y con quien se entendía como si fueran la misma persona. Siempre que le veía demasiado nervioso o acelerado, ella iba, le abrazaba muy muy fuerte, porque sabía que eso le hipnotizaba. Luisito la miraba muy dulcemente, y le parecía que ya nunca más iba a estar solo en la vida. La soledad ni siquiera existía como idea, como temor. Ella podía leer en sus ojos el pesado aburrimiento o la irascible taquicardia. ¡Aunque era tan pequeña ya hacía de hermana mayor con él!

Claro que Luisito no sabía muy bien lo que pensar, ni se le ocurrían estas cosas, pero las pensaba, por supuesto que las pensaba. Si no las hubiera pensado, yo no las hubiera sabido. Y si yo no las hubiera sabido, ¿cómo iba a escribirlas?

El papá, Francisco, Paco en la intimidad, era una desconcertante y atrayente mezcla entre Sara y Luis. Su mujer decía que se parecía más a Mari Carmen, que era más como ella, dulzón, detallista, «poquita cosa», incapaz de vivir un solo día sin que le besaran, le dijera que iba más guapo al trabajo que nadie, incluso más guapo que el futbolista ése del Real Madrid… ¿cómo se llamaba? ¡Bah, da igual!. El caso es que Lucía se equivocaba. Francisco era independiente, como Sara, y como ella también cultivado y curioso; pero asimismo inquieto y travieso. Era travieso porque era independiente, pero también porque no sabía estar solo, como Luis. Por eso tenía que llamar la atención. ¡Tan paradójico…! Todos los días venía con algún chiste o algún chismorreo nuevo. ¡Y cómo se reía él solo de sus cosas! Él fue quien le enseñó a Luis muchos de sus «trucos», como vaciar el tubo de pegamento y rellenarlo de zumo de tomate, para que cuando alguien fuera a pegar algo… Luego venía la bronca de mamá, y el permanecer toda la tarde en casa encerrado, sin poder salir a correr. Luisito lloraba y gritaba que papá también tenía que estar castigado, pero papá iba a consolarle y siempre le decía que los niños no tenían que hacer esas cosas.

– ¡Yo no quiero ser niño! – respondía entonces Luis, y seguía llorando, pero enseguida venía Mari Carmen y le abrazaba muy fuerte hasta que se calmaba. Entonces a veces mamá le dejaba jugar con su hermanita si prometía que no volvería a hacer las travesuras que le enseñaba papá.

– ¡Papá, a mí no me enseñas travesuras! -se solía quejar Sara cada vez que se enteraba de una nueva.

Y Paco contestaba:

– Cariño, tú misma eres una travesura. -Y sonreía maliciosamente, mientras su mujer le echaba una miraba amenazante, aunque no exenta de escondida picardía.

En un día grisáceo e incómodo del mes de febrero, Lucía se levantó muy temprano, como cada mañana, poco después del alba, mientras su marido aún dormía. Siempre se quedaba media hora más en la cama. Pero ella enseguida se ponía a trabajar. Preparaba los bocadillos para los chicos, bien cargados, su ropa, siempre planchada y limpia, y sus libros, que solos pesaban toneladas. Hacía los desayunos para que estuvieran a punto cuando se levantaran. Arreglaba el salón, que los niños solían dejar como un campo de batalla antes de caer rendidos en el sofá. Echaba a lavar la ropa, tendía, planchaba y limpiaba. Luego había que vestir a los niños, peinarles, ayudarles con el desayuno, y aguantar a Paco preguntando dónde estaban sus camisas de lino con rayas azules, o su cartera, o sus discos compactos sobre el proyecto en que estaba trabajando… Y todo, antes de salir corriendo a trabajar en la oficina. ¡Heroína ella de los tiempos modernos, que todo lo dejan a dos manos, sin dejarlas a su vez libres!

Paco la ayudaba en alguna cosa, pero no tenía aguante. Enseguida se hartaba de vestir a los niños, o de recoger la mesa, o de tender la ropa en el balcón. Por cierto, un balcón pequeño, aunque muy luminoso, que daba a la calle principal del pueblo, un pueblo minúsculo, repleto de gente y muy cercano a la ciudad, donde todos los de allí trabajaban. En aquel pueblo convivían hombres y mujeres de toda condición. Había diputados, empresarios y banqueros; había libreros, escritores y profesores; y había bomberos y policías y obreros. No faltaba nadie. Hasta había curas, por lo menos uno; vivía en una casita muy chiquitina, muy coqueta, que habían construido al lado de la capilla del pueblo. Todos los vecinos habían contribuido un poco para hacerle una casa al párroco. Pero el párroco se marchó, y luego vino otro, que también se fue, y luego otro, y así todos duraban muy poco; unos decían que era porque se aburrían allí, porque nunca pasaba nada interesante y pedían que les trasladaran; otros decían que el obispo usaba el pueblo como «banco de pruebas» para los curas jóvenes; yo digo que había un poco de todo, pero que, quiérase o no, son hombres sin raíces en este mundo: están sin ser, y son pero no están.

El caso es que aquel día de febrero Lucía se levantó a la hora de siempre. Miró por la ventana y vio las nubes cubriendo el cielo. Le pesaban las nubes en el ánimo. Se desperezó con un poco de agua fría, y despertó a Francisco.

– Venga, niño, que ya es bien de día.

– Ay, Lu, déjame un rato más -le respondió él.

– No me llames Lu, que te espabilo -dijo ella-, y arriba, que hay que llevar a los chicos al zoo. Acuérdate que hoy es sábado, que no trabajamos y que les prometimos a los pequeños que hoy iban a ver el zoo. Así que ya estás levantándote, que éstos se despiertan ya mismo y están danzando por la casa pidiendo que nos demos prisa.

          – ¡Va, generala! -dijo él, y la abrazó contra él bruscamente besándola.

– ¡Suéltame, que me haces daño!

– Vamos a ver animalitos, madraza.

Los chicos enseguida salieron de sus camas, con el recuerdo de la promesa de sus padres del día anterior. Estaban muy ilusionados.

De camino al zoo, un loco que conducía un coche rojo deportivo intentó adelantarles en zona prohibida, en un cambio de rasante. De frente venía un férreo camión. Chocaron terriblemente uno y otro; éste fue despedido a un lado, aquél se balanceó sobre su flanco izquierdo, dobló ligeramente el morro y volcó con estruendo y violencia sobre la calzada, arrastrando a cuantos vehículos por ella marchaban. Uno de éstos resultó ser el concurrido coche de nuestra feliz familia. Y ahí acabó el viaje. Sólo Mari Carmen sobrevivió… Infierno de cuerpos atrapados en líquida sangre.

Quince años después…

Sobre la pálida cara se había volcado un pulido estrato de maquillaje, para que nadie viera sus tristes ojos ni sus pómulos abandonados de caricias, ni sus mohosos labios por ausencia de palabras, ni sus formas solitarias. Salió ella de casa, como cada mañana, y miró a todos lados, y vio a todos, y no vio a nadie. Se vio sólo a sí. Dio un primer paso, y muchos otros la llevaron, como cada mañana, lejos, muy lejos, tanto como podía, aunque menos de lo que deseaba. Entró lentamente, pesadamente, en su mazmorra de cristales refulgentes y mármoles de imitación, de humosos ruidos y excrecencias verbales. Caras descompuestas vio pasar en la lejanía. De lejos todos la miraban… ¿O era ella la que no había venido?

Alguien le habló:

– ¡Hola! Buenos días. ¿Cómo estás?

Ella no contestó. Apretó el paso, se volvió y salió de allí. Una voz gritó a su espalda:

– ¡Oye! ¿Qué te pasa? ¿Qué te he hecho para que te pongas así?

Ella no contestó. No oyó, sólo su espalda oyó.

Se sentó en un banco, después de mucho andar, dolorida, cansada, confusa. No sabía qué hacía allí, pero tenía que huir, tenía que salir de aquella desdichada cárcel donde los carceleros eran los demás, acaso también ella misma… Con dificultad y rabia lloró. Pero yo aquí callo, pues las lágrimas de los inocentes son el mejor bozal…

Yo no entiendo tampoco lo que le sucedía, lector. No te extrañes si no me entiendes. Pero tengo que contarte lo que le pasó aquel día, el último de su corta vida. La dejamos hace un segundo sentada. Sin embargo, no fue largo el tiempo que allí estuvo. Pronto se levantó sin pensarlo, como obligada por una urgencia ineludible. Rauda, corrió avenida abajo, mientras el tráfico seguía a lo suyo, que no es otra cosa que seguir, y seguir, y seguir, sin que importen ni la hora ni el día. No se debe pensar lo que se escribe. Perdóname, pues, si me expreso mal.

Mari Carmen corrió hasta sofocarse, y tan sofocada estaba que le costó respirar de nuevo con normalidad cuando se detuvo. Al lado de un banco se paró, y se sentó acalorada. Ya no tenía más ganas de huir, y se culpaba de estar haciendo algo malo. Se sentía abatida y humillada, apresada por una vida que no respondía a sus sueños, unos sueños de niña quizá, pero luminosos, dulces, sencillos. ¿Acaso la vida no era algo sencillo? ¿Por qué todos se la hacían tan difícil? Tal vez lo hicieran sin querer, tal vez todos trataran de ayudarla y ser amables con ella, pero ella no quería ayuda, sólo quería bondad; una bondad que irradiara a su alrededor, que partiera de cada alma y que fuera la cuerda que amarrara a todos y que hiciera un poco más fácil la «ascensión a la montaña» que para muchos era la vida. ¡Bah!… No valía la pena quejarse por los demás. Pero por ella misma… Le ardía el alma por ella misma.

Llovía suavemente. Mari Carmen no se movió. No sentía nada exterior. Los coches seguían pasando a toda marcha, las personas iban y venían por delante de ella sin inmutarse, si detenerse siquiera un instante, ni ella hacía caso alguno. Eran cerca de las tres de la tarde.

En soledad pensaba. Lloraba suavemente, aunque las lágrimas ya no le brotaban. Hacía frío y al mismo tiempo calor. Se sentía feliz por tantas cosas… y triste por muchas más. Las imágenes de su pasado y sus sentimientos eran veloces ráfagas de viento que levantaban las hojas de su endeble cordura.

Trató de levantarse un par de veces. Los músculos se le habían entumecido, y la humedad había entrado hasta sus huesos. Además, tenía que volver al trabajo. Quizá todavía podía evitar una buena bronca… No tuvo fuerzas.

Así que allí se quedó. Nadie había a su lado, pero ella pensaba en todos. Bueno, en realidad no pensaba. Sencillamente soñaba. Soñaba con su primer amor. Soñaba con sus primeros paseos al sol. Soñaba con sus primeros amigos. Soñaba con su primer baile en la penumbra… Y el presente le parecía un sueño.

Soñaba con todo lo que había perdido con el paso de los años. Había perdido a sus padres, el verdadero manantial de su fortaleza y su ilusión. Había perdido a sus amigos de juventud, los únicos que escuchaban sus penas y entendían sus ideales. Había perdido a su amor, que le inspiraba tanta serenidad y alegría. Había perdido todo lo que la gente normal considera como imprescindible para ser feliz: no era extraño que se sintiera muerta en vida.

Recordó su viejo pueblo… Aquellas calles repletas de baches y que le parecían interminables cuando era chica; aquellas casas descuadradas y pintadas de raros colores, que siempre le habían hecho reír; aquellos amaneceres tan frescos, pero deslumbrantes; aquella mezcolanza con la naturaleza, que se te metía en casa a menos que le cerraras bien las puertas, y aun con eso demoledora y hermosa, delicada y enemiga, dulcemente terrible; aquel silencio impenetrable de la noche y el sereno estallido de la mañana; el espantoso rugir de las nubes negras y el simpático silbido de la lluvia amiga…

Pero también recordó otros años, otros lugares… Aquellos ratitos de charla con las primeras amigas de adolescencia; aquellas miradas de la pubertad que tanta sangre atraían; aquellos susurros poéticos de los libros antiguos mirados con ojos nuevos y escrutadores; aquellas pequeñas faltas como faltar un día a clase por ir a ver entrenar al equipo de fútbol; aquellas comidas y aquellas cenas llenas de risas y complicidad con las compañeras; aquella sensación de pertenecer a un grupo protector…

Sus sueños no le ayudaron a levantarse del banco. Sus recuerdos no le dieron más fuerzas. Sus tristezas la hundieron aún más en el abismo de la nostalgia. Y, sin embargo, no sentía vacío; no sentía el sinsentido. La vida le seguía pareciendo valiosa; voluble y ciega quizá, pero al fin y al cabo bella, adorable y luminosa como una gema escondida en el fango. Había que retirar el fango con las manos, y mancharse, y llenarse hasta los ojos de suciedad, para encontrar aquel tesoro, más grande para ella cuanto más tardaba en tenerlo en sus manos. Había que beber la vida hasta el fondo, hasta los posos, aunque supiese amarga y diese náuseas. No había infierno en la tristeza; el infierno está más bien en la indiferencia. La tristeza ayuda a traer a la memoria la alegría que ya no se posee, y al menos en esto es buena. No se pierde lo que se recuerda. No se pierde el bien si al menos se guarda muy dentro. Y ahí lo iba a guardar, muy muy dentro, para que no se le fuera, para que no se le agotara. Y ahí iban a seguir ellos, para que no se le olvidaran… ¡Ojalá mañana volvieran a casa!

Pasaron las horas, llegó la noche.

Por la mañana, la encontraron en el mismo banco donde se tumbó a dormir. Un ligero rocío cubría sus ropas, su cara, sus manos, su pelo, sus ropas baratas, su cara lánguida, sus manos blancas, su pelo lacio.

Semejaba un susurro del invierno.

No se movió cuando le robaron el bolso. Ni se movió cuando alguien trató de despertarla tímidamente. Ni se movió cuando la recogió la ambulancia. El forense dijo que había muerto de congelación. Yo creo que murió de tristeza…

Dando mi pequeña opinión sobre Juego de Tronos… y tratando de aprender de los mejores

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Última temporada de Juego de Tronos y la cosa pinta jodida de narices para quienes amamos no sólo el aspecto, sino también la esencia

Procuro informarme bien antes de dar una opinión sobre algo. Soy hombre de pocas opiniones, pero las que tengo, meditadas (que no quiere decir sacrosantas). Y he leído, he visto y he escuchado a otros que demuestran más conocimientos que yo sobre series y televisión, en especial sobre Juego de Tronos. He leído los libros. He visto la serie. Y he meditado sobre mi forma de pensar y de trabajar.

Podría aconsejaros entrar en YouTube y ver vídeos de Jordi Maquiavelo, de EvilSmile, de Frikidoctor o de Jag Durán, que saben más que yo de todo esto. Pero ya los he visto yo por vosotros.

A cambio, os traigo mi propio vídeo. Mi opinión sobre el 5º capítulo de la última temporada, en dos vídeos. Mi resumen: malo.

A continuación, los enlaces…

LA INVENCIÓN DE ADÁN

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Relato de juventud

<<Llegó la Luz y fue el comienzo.

Todo era principio…

La Luz no era el mundo, pues es antes que el mundo, pero le dio al mundo su ser. Lo invadió todo y todo lo que fue tuvo en ella su principio. La soledad caótica de la tierra se sumergió en el día. Pero también surgió el abismo, por la incomprensible libertad de la materia, cubierto para siempre de oscuridad. Era el no ser, la ausencia, las tinieblas.

Mientras, el Espíritu aleteaba sobre las aguas de la eternidad y del tiempo, que se mezclaban en un presente perfecto y duradero.

Pasaron los días, las mañanas. Las ondas se reunieron en un cúmulo amenazador y enamoradizo. De la bóveda del universo se colgaron los prados de caminos lucientes. Lo que da fruto se hizo visible, y lo que no se ve comenzó a inquietarse. Empezó a haber huellas sobre el barro y gritos en la altura. Y todo era visto por los Ojos que todo lo escrutan, y todo era escuchado por el Oído que todo lo percibe, primario, celoso.

De pronto, las bestias del campo estremecieron y cayeron al suelo, los árboles se derribaron, tronchados de cuajo sin que nadie los tocase, el horizonte retembló y crujió cual liviano tronco. Una poderosa llama, una tremenda hélice de pesadilla se derramó sobre lo creado, como chorro de rabia incontenida. Las puertas del cielo desaparecieron, un ruidoso reflejo de inmensidad se posó sobre el mundo, y dio paso a un silencio sostenido parecido a la calma furiosa en que la ira se domina a duras penas.

Unos fuegos que todo lo quemaban se abrieron y miraron todo, recapitulando el momento final antes de la creación más excelsa, deteniendo el tiempo en una ínfima porción de sobresalto. La súbita explosión de radiante fuerza que todo lo pudo en ese instante es inenarrable.

Luego, cuando se cerraron las alturas, un ser pálido y desnudo, recién venido, dormía profundamente acurrucado a la protectora sombra de una encina joven. Dicen que su cuerpo estaba hecho de arcilla, y que su corazón era clasto ciego. Pero era bueno. En aquella su primera mañana, aún era bueno. ¡Y en verdad lo era, porque aquellos Ojos lo miraban con dulzura!

Despertó el durmiente, al caerle encima las primeras gotas de lluvia de la primera aurora. En pocos minutos, sobrevino un diluvio atronador, y aquel ser buscó refugio bajo las frondosas ramas de unos árboles cercanos.

Observó, mientras llovía, acurrucado en su paritorio, cómo de la tierra subía un halo húmedo que iba levantando nubes de un olor intenso y entusiasta, cómo en los cielos el viento hacía girar aquellas masas grises de resplandores; cómo se debatían las aguas en su caída; cómo los arroyos peregrinos que nacían sobre la superficie bañaban los pies de los arbustos, de los árboles, llevando consigo piedras y hojas arrancadas. Observó, al fin, cómo a su alrededor todo adquiría los contornos de la noche a la par que la noche barría todo contorno.

Lo observó pero no entendió…

Más tarde, pasados el viento y la lluvia, el hombre abandonó su refugio y sus pies se encaminaron al lugar en que el sol se había enterrado. No paró de andar hasta largo rato después. Todo le era completamente extraño. Había visto seres de todo tipo pasar como el tiempo vigoroso y huidizo, y había escuchado muchas clases de ruidos y voces nuevos. Pero no lograba salir de su propia confusión: era un sentimiento que se levantaba sobre sí mismo y se turbaba de forma misteriosa ante la mínima impresión.

El sueño lo sorprendió de nuevo, porque la noche había avanzado mucho. Trató de resistirse, pero acabó cediendo. Al pie de una roca que parecía querer asomarse a la morada del sol, más allá del horizonte, terminó su paseo por el mundo recién creado. Y allí estaba al amanecer, que vino como ladrón. Los madrugadores rayos de luz penetraron bajo sus párpados cerrados y la claridad le trajo del remoto lugar del descanso. Sintiéndose secuestrado de la nada, saltó y se irguió en un solo movimiento, una vibración eléctrica, y aferró sus pies al suelo, como temiendo precipitarse al abismo.

Cuando se percató de que estaba allí, de pie y entero, alzó la vista hacia su derecha y vio un alto monte. Su elevada cumbre le llamaba con insistencia, haciendo que su voluntad deseara poner el pie sobre su tierra tan cercana al sol. Trató de alcanzar su cima, llevado de ese impulso irresistible. Aunque empleó muchas horas y un gran esfuerzo, una vez allí, pudo contemplar un paisaje ancho, frondoso y mojado, sobre el que se agitaban almas vestidas de viento y voces. A lo lejos, el verde se convertía en difuso azul oscuro, circundado de tierra encarnada que se bañaba en el azul lejano, mientras saludaban al verde vivo.

Por encima de él, se cernían figuras blancas como tela de ojos ciegos que se movían al compás de la brisa rozando su rostro. A intervalos, dejaban ver un cielo puro e intacto, y entonces la tierra tomaba una luminosidad amarilla, deslumbrante. Una voz ajena le llevó a pensar en la magnificencia de lo existente, y comprendió, sin intentarlo, que era para él, porque sólo él era consciente de que estaba allí, que respiraba, que el mundo se movía y que le dirigía un susurro de servicio y desafío…

Una nueva mirada, más atenta, le confirmó en su intuición de que era diferente a todo, pero no conseguía encontrar el porqué. De pronto recordó unas palabras que resonaban vagamente en su memoria, su cabeza y su pecho:

-“Existe, hombre, y da tu mano al mundo, bendición que yo derramo en tu cuerpo y tu alma”.

¡Qué extraña sensación de alivio y de miedo al mismo tiempo! Habíase dado cuenta de qué era lo que buscaba: buscaba aquellos Ojos radiantes que lo rodeaban nada más sentir el primer latido de su corazón; ¡aquellos Ojos eran la clave de todo! Los había visto durante un instante al despertar por vez primera y ahora los tenía continuamente ante su memoria, atrayéndole, centrando su atención, invitándole a encontrarlos, con una desazón no extinguida que le punzaba interiormente hasta quemarle el pecho.

Abrió los brazos y los extendió en dirección a la altura. Profirió un grito estentóreo, esperando una respuesta cualquiera desde la lejanía del horizonte.

Silencio.

De pronto, como un torrente que se desborda y produce a su paso un ensordecedor clamor y arrastra cuanto se encuentra su paso, así sean árboles, piedras o bestias, se sintió poseído por un peso que le hundía los hombros, y cayó al suelo de bruces, sin fuerza alguna durante unos pocos segundos. Mientras estaba sobre la tierra, espantado, chillando como un niño bajo el peso del miedo, percibió una brisa que se introducía por sus oídos y murmuraba:

– Yo te creé y eres mío. Te puse en el mundo para que me buscaras y aprendieras a conocerme. Yo soy tu fin: tú estás hecho para mí. Recuerda esto siempre, y acude a mí en todo momento, que yo te socorreré sin tardanza. ¡Porque mi nombre es Padre, y te he constituido como criatura de mi corazón, hijo de mi sabiduría!

Callada la voz, el hombre fue poco a poco levantándose. Aún sentía un gran temor, pero éste se iba convirtiendo gradualmente en serenidad profunda. Aquella punzada que le oprimía las costillas se parecía más ahora a un abrazo poderoso y cálido. Tenía la extraña impresión de que había contemplado, sin mirarlo, algo del incógnito sentido del mundo; y de que había saboreado, sin poseerlo, el dulce de la eternidad.

Un enorme fuego chispeante ardía en su espíritu. Apenas podía dejar de gritar y de bailar, de tirarse por el suelo como un perro feliz. Pero al fin se apresuró a buscar cómo guarecerse del llanto de los cielos. Durante un par de horas, mientras el sol asomaba sobre el escenario de la lejanía, buscó refugio. Lo encontró bajo una roca que flaqueaba en su verticalidad y que parecía querer abrazar una tierra muy amada.

Pensó el hombre que aquél era lugar apropiado para establecerlo en vivienda. En ningún sitio como en aquél se había sentido el hombre tan acompañado.

Al contemplar el día completo de su vida, no sintió dolor, sino una desbordante alegría. Porque en aquel preciso lugar, en aquel mismo sitio, había entendido Adán para siempre que no estaba solo…

Tenía padre.

Fue entonces cuando el hombre inventó la carcajada, y se echó a reír de pie sobre la roca, apasionado, inocente y libre.

Fue el único momento de verdadera felicidad de Adán…>>

«No existen las princesas» – Extracto

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Os traigo los párrafos iniciales de mi última novela, «No existen las princesas». Recordad que el próximo sábado día 11 de mayo podremos vernos en el salón de actos de la Biblioteca de Castilla-La Mancha (Toledo), a las 11:00h, para hablar de esta obra. Espero que os guste.

«Es extraño escribir tu despedida sobre la barandilla de un puente.

¿Por dónde empiezo?

Empezaré por el final…

Tengo cincuenta años, y hoy termina todo. Voy a matarme. Me da miedo… Me da rabia… ¡Me da igual! Estoy a punto de hacerlo. Solo tengo que saltar y se acabará; ya no habrá marcha atrás. Como decía un viejo amigo: “Adiós, pollito”.

El viaducto salva un estrecho despeñadero cuyo fondo parece muy lejano, envuelto en la penumbra. Pero está ahí, haciendo resonar la triste corriente que salta y se precipita entre los riscos. Esperándome.

No debería ser tan fácil subirse al pasamanos. Cualquier niño podría hacerlo. Yo no soy una persona ágil, y, sin embargo, he saltado sin esfuerzo al otro lado. Mis pies pisan la estrecha cornisa. Lo he logrado a la primera. Aquí estoy, escribiendo en mi vieja libreta, aprovechando páginas limpias y huecos sin rellenar; en estos papeles que el viento podría llevarse sin esfuerzo y depositar lejos, en un río, en las grietas de la montaña, o bajo las hojas cayéndose de un árbol en este otoño. Unos papeles que nadie leería jamás, y que serían, como casi toda mi vida, tiempo perdido, esfuerzo baldío.

¿Por qué escribo entonces? Porque vivir y morir no es suficiente… Porque no puedo irme sin soltar lo que llevo dentro, sin quejarme de lo vivido, sin exclamar que no quiero, no puedo, no debo seguir intentando ser feliz en este valle de sombras. Unas sombras que me persiguen y que también me esperan al final de mi caída. Estos pobres garabatos son mis tristes hijos, mis únicos defensores. Os los dejo para que mi recuerdo no desaparezca.

¿Quién soy? Curiosa pregunta… Imagino que vosotros os la hacéis en este momento. Es decir, comenzáis a leer este libro y lo primero que os encontráis es un tipo de cinco décadas de edad a punto de suicidarse y diciendo que va a palmarla… ¿Y este tipo de dónde sale? ¿Por qué este discurso? En definitiva, ¿quién es este cobarde que ha decidido desertar de la vida?

¡Qué contradicciones! Hasta me da risa… Es sorprendente comprobar cómo en la Antigüedad, tiempos sin duda más duros y en los que la supervivencia era más cara y más valiosa, en que la valía de sus hombres se medía por el surco que dejaban en la historia y la grandeza de sus actos, el suicidio se consideraba en muchos casos un acto honorable; no una pusilánime escapada, sino una conducta de relevancia, valentía y hombría. Sin embargo, hoy habrá quienes me juzguen severamente y estimen que no tengo la férrea voluntad necesaria para enfrentarme a mis problemas, ni la tozudez de luchar con ellos hasta superarlos. Habrá quienes se lamenten en conferencias públicas pagadas por incautos débiles de mente, a los que es fácil convencer de que el pensamiento puede cambiar la realidad, con esos eslóganes tan simplistas, tan de parvulario, con los que les embaucan para convertirse en seguidores de refritos modernos y superficiales de doctrinas antiguas, con añadidos de la moderna ciencia del marketing. Cuando oigo a esos modernos predicadores sin dogma enseñar a las masas eso de «creer es crear», o «cambia tu pensamiento y cambiarás tu vida», no puedo menos que sonreír y recordar al viejo Hume, o al más viejo aún Heráclito, hablando de la imposibilidad de conocer la realidad, de la variabilidad de todo, de la barrera que existe entre los hechos, los sentidos y el pensamiento… y comprendo que no he nacido para teorías facilonas, y que me amparo en Bruto, en Casio, en Sócrates, y en otros muchos que, hastiados de la falsedad de lo vivido, comprometidos con su propia voluntad interna de unidad, convencidos de que la verdad está mucho más allá de nuestro pensamiento y que lo único que debemos hacer para alcanzarla en ser dignos de ella… y comprendo que el mundo en el que me ha tocado vivir es de todo, menos el más perfecto de los mundos, y que mi espíritu necesita volar más allá de mí mismo, demostrando con ello no solo que no me siento cómodo en mi realidad, sino que no sucumbiré a ella ni me dejaré atrapar. El suicidio para mí es un acto de rebeldía; un acto de dignidad.

Ya os oigo: «Menudo mojón me acabas de soltar, macho». O también: «Estás más zumbado que una abeja reina». Otro dirá: «Cuando un tonto coge una linde, la linde se acaba pero el tonto sigue». Pero yo os reto: ¡No tenéis huevos! Ninguno de vosotros lo haría. ¡Ninguno! Preferís enterrar la cabeza en el suelo, y escuchar las voces subterráneas que os dicen que todo va bien, que todo se puede arreglar… y seguir así, aunque por fuera os apaleen, os humillen, os destrocen. Vosotros sois los cobardes. Yo soy mejor que vosotros. No hay mayor grandeza que acabar con uno mismo cuando lo que desearías es acabar con todo. Es la generosidad absoluta».

Don Nadie el deseado (IV)

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Seguimos con la historia de Paco. Capítulo IV. Espero que os guste.

<<- ¡Espera, mamá! Se me ha pegado un trozo de barro en la bota –gritaba una joven que se había agachado en medio del lodoso carril, bajo la intensa lluvia, protegida tan sólo por un chubasquero color canela, mientras su gracioso pelo negro, liso y largo, se le calaba por completo.

– ¡Vamos, Helena! Date prisa, que tenemos que llegar a casa antes que tu abuelo. Esperará que le tengamos la cena preparada y el fuego a punto en un día tan incómodo.

La chica, que apenas rozaba los diecisiete años, esbelta y vertiginosa, tardó un instante en arrancarse el barro de la bota y saltar hacia delante en una ágil carrera. La madre, que la esperaba en una elevación próxima, la doblaba en edad, si bien no le iba a la zaga en gracia y atractivo. Los rasgos de la madre eran angulosos y denotaban fortaleza y constancia. Se veía que era mujer de pétreo carácter y de pocos amores, pero profundos. De ésos que no se ven, pero se adivinan. De ésos que se esconden, pero cuya presencia imanta el alma. En cambio, la hija (un metro setenta y pico de juventud) era de tez más morena, de ojos más vivos, de belleza más florecida y animal, y estaba indudablemente predispuesta para la pasión.

Razón frente a pasión. ¡No es chica guerra…!

Acercóse la joven a su madre, con una sonrisa en la cara, y bajo la lluvia caminaron resueltas hacia la casa lejana. La tormenta arreciaba, y la capa de agua que invadía el aire no permitía ver la escuálida luz que brillaba en el interior de la casona. Aun así, ellas sabían que estaba allí, brillando tenue. Dada la hora que era, la madre supuso que el abuelo ya había regresado de faenar. Cuando se hubieron acercado lo suficiente y entre la bruma se entrevió la temblorosa titilación que se filtraba por las rendidas de una persiana a medio subir, la hija tuvo un pensamiento más acertado:

-¡Mira, mi hermana ya ha llegado!

Y empezó a gritar mirando a su madre:

– ¡Victoria ya ha llegado! ¡Victoria ya está aquí!

Su madre convino con ella y se contagió de su alegría:

– ¡Sí, hija, sí! Eso debe de ser. ¡Venga, rápido!

Apretaron el paso, e incluso la pequeña comenzó a correr. Pero cuando se hallaban a pocos metros de la negra mansión, vislumbraron la oscura figura de un hombre que, jadeante, subía por las escaleras construidas a un costado de la casa, y que alcanzaban, retorciéndose, la orilla del mar, unos veinte metros más abajo. Era la segunda persona a quien Helena quería ver.

– ¡Eh, abuelo! ¡Abuelo! –comenzó a chillar-. ¡Abuelo! ¡Creo que ha venido “Pelo de Fuego”!

Tomás Mencía era un pescador veterano, y llevaba muy a pecho y honra ser el más antiguo de los pescadores de toda la costa norteña, al menos de los que quedaban por los contornos. Y eso que él no era muy anciano, no lo suficiente para tener que quedarse en casa a contemplar las tardes de lluvia detrás de los cristales ahumados. Pero los hombres del mar no suelen llegar a viejos: unos mueren algún triste día en esa inmensa y eterna lucha con el amado océano; otros, simplemente, pierden la cabeza y se los llevan lejos, donde nadie pueda verlos. O se van por su propio pie, lo que es aún peor y mayor locura.

El pescador entornó los ojos cargados de sal, reconoció a su nieta y la energía le tornó a los miembros. Abrió los brazos con gesto feliz para recibirla. Ella se lanzó contra él, y casi le hizo caer sobre el porche, resguardados de la lluvia por el gran alerón de madera. Mojado de arriba abajo, cansado, pero sorprendido y halagado, el viejo apretó a la niña entre sus brazos, mientras decía en alto pero para sí mismo:

– ¡Todos en casa, pues! Todos en casa…

Al poco, más despacio, más mojada, apareció la madre, que también fue hasta el abuelo, y lo besó en la mejilla con tierna delicadeza. Él la miró y, cambiando el semblante, le dijo muy serio:

– ¿Qué haces? ¿Te parece bonito venir a darme un beso?

Ella se extrañó e hizo ademán de separarse, pero él sonrió de nuevo, bromista, y acabó diciéndole:

– ¡Vamos! ¡Entra a ver a tu hija! ¡A mí ya me besarás después!

Ella obedeció comprendiendo la broma y casi emocionada. Se volvió antes de abrir la puerta para mirar a su padre, y le agradeció con la mirada su buen humor. Entonces todos, empujándose unos a otros, gritando y hablando sin parar, entraron en la casa esperando ver allí sentada a la chiquilla que hace unos meses se fue a estudiar y que volvía (¡ya era hora!), para pasar las vacaciones.

Pero vieron algo más…

Vieron a un hombre sentado en un sillón tomando un café ya casi frío. Vieron a un hombre despeinado y vestido como para ir a un concierto, pero no para protegerse de la humedad, la galerna y el frío salado nocturno. Vieron  a un hombre que hablaba con una mujer joven, que por poco sobrepasaba los veinte, pelirroja, teñida, menuda, elegante, de frente despejada y ojos claros, bonita, aunque no guapísima, extravertida, culta y locuaz. Reían, y su conversación parecía entretenida. Al escuchar la algarabía de los recién llegados volvieron la mirada. Pero al contemplar sus rostros sorprendidos sólo ella abrió la boca para hablar. Dejó la taza que sostenía en su mano izquierda sobre la mesita baja que la separaba del hombre, y exclamó, mientras se adelantaba a recibirlos:

– ¡Hola! ¡Ya era hora de que vinierais! ¿Dónde estabais?.

Los tres intentaron responder al mismo tiempo, cada uno con lo que se le ocurrió:

– ¡Hola, Victoria!

– ¡Hija! ¡¿Cómo que dónde estábamos?!

– ¿Dónde está mi pequeña?

Los abrazos y los besos siguieron a los saludos. Durante unos minutos se miraron y se fundieron una y otra vez en una sola cosa. Paco, que los observaba atentamente, confuso entre la vergüenza y la curiosidad, pensó que nunca había visto una familia tan unida como aquella; que se notaba el amor en el aire, que casi se lo podía ver volar alrededor de ellos como una ráfaga de hojas otoñales que el viento levantara y agitara entre los árboles.

– Te estábamos esperando en la estación –dijo Helena.- Pero nos dijeron que ya te habías venido en taxi. Es raro que no nos hayamos cruzado.

– Ja ja ja… ¡Sabía por dónde iríais! Así que dimos un rodeo. Además, supuestamente deberíais estar aún en casa cuando yo llegara. Quería daros una sorpresa. Pero, en lugar de eso, salisteis antes…

– ¡Hija mía, qué guapa vienes! –exclamó Juana, su madre.

– ¡Ya veo que, al menos en algo, he conseguido lo que quería! –replicó Victoria, con un gesto simpático y una sonrisa burlona. -¿Te gusta mi nuevo look?

– ¡Me encanta! Voy a tener que copiártelo, a ver si me quito años de encima ja ja ja…

Se besaron y se abrazaron de nuevo. Parecían sedientos que aliviaban su sed en un manantial hallado por fortuna en medio del desierto.

Al cabo, el viejo preguntó:

– Y veo que te has traído a un amigo de la ciudad…

Victoria tardó en comprender, pero cuando lo hizo no pudo reprimir la risa. Su abuelo no era un dechado de sutileza y buenas maneras, pero aquella vez había estado brillante, para lo que solía… Era curioso que él se hubiera fijado en la presencia de aquel chico y lo comentara en primer lugar, pensando que venía con Victoria, cuando en realidad el viejo era la razón de la llegada de aquel desconocido.

– ¡Ja, ja! No, abuelo, no es un amigo. ¿O sí? –esto último lo dijo mirando al joven, que no supo cómo reaccionar-. En realidad, es alguien que venía a verte a ti, ha llamado, y estábamos charlando tan animados cuando habéis entrado.

– Preséntanoslo, pues –añadió Helena, curiosa.

– Hermana, mamá, abuelo, éste es Paco. Viene de muy lejos, aunque no me ha dicho de dónde ni por qué… y busca trabajo. ¡Y es muy… adecuado!

A decir verdad, ella misma se arrepintió enseguida de haber añadido la última frase; no quería parecer “demasiado interesada” en un extraño. De todos modos, su presentación no podía ser más breve y sin embargo más expresiva. Victoria se preguntó si no habría dicho algo estúpido o no se habría pasado de la raya…

Antes de que el abuelo lograra pronunciar palabra, intervino Helena:

– ¡Qué bien! ¿No necesitabas a alguien que te ayudase, abuelo? ¡Pues ya lo tienes aquí! –su sonrisa era encantadora…

Paco se percató de la mirada de Helena, y de su tono. Leyó aquellos reflejos, aquellos mensajes, aunque los leyó mal. Pero el abuelo también. Y eso era lo que tanto había temido, creo, y lo que tanto le preocupaba: que alguien viniese a perturbar la paz de su familia y la mente de sus nietas. Victoria, la mayor, ya tenía otras ideas y vivía en otros ambientes. Además, era de corazón firme, y no se dejaría embaucar a la ligera por ningún caballerete de torcidas intenciones. Pero Helena, ¡pobre Helena!, sólo era una niña que nada sabía de la vida y de sus mentiras y dolores. Era aún tan inocente como un bebé y sin embargo su corazón soñaba ya con amores y canciones y las grandes cosas que se despiertan en el interior de un alma adolescente. Aún tenía que madurar, que aprender que la vida encubre peligros crueles y reserva a los humanos dolores más terroríficos, cuanto mayores son las ensoñaciones y proyectos que se nos hacía poder lograr… Y él, un viejo pescador, deseaba por encima de todo tenerla a su lado estos últimos años, como una estrella matutina que alegra el mundo tras la noche cerrada. Así son los sueños de un anciano: lo han vivido todo, pero se aferran a la vida como si no hubieran probado aún sus aciagos días ni hubieran degustado sus oscuras paradojas. Es precisamente en esta época cuando más afecto demandan, y he aquí acaso la explicación de que ningún abuelo deje de adorar a sus nietos. Lo más marchito se junta con lo recién estrenado para conjugarse en una relación que da vida a ambos: a éste, protección y consejo; a aquél, compañía, afecto y vida. Vidas que corren en sentidos opuestos, unas hacia la consumación, otras hacia la conquista, se encuentran y enriquecen mutuamente con un afecto profundo durante un infinitésimo segundo en la marcha del universo. Y en este instante fugaz e irrepetible, toda la mudanza de los astros y el correr de los siglos se detiene en corazones encadenados por un lazo irrompible, inmóvil y definitivo.

En medio de este torrente de pensamientos y sensaciones a las que no sabría otorgar verbo sensible que corría por el río subterráneo de su espíritu, Tomás dudaba más de lo habitual. Se detuvo varios segundo mirando al extraño. Juana enseguida se percató de ello, y con ese saber estar tan virtuoso de las mujeres de España, trató de romper el silencio y reconducir la tensión. Pero el abuelo tomó, de pronto, una decisión. Una decisión necesaria, pero peligrosa; y eso era lo que más temía: que no podía prescindir de ayuda.

– Está bien, que se quede –dijo-. Tengo trabajo para ti, muchacho, si es lo que quieres. Pero el mar es duro. Puede que demasiado duro para ti, si no me equivoco. ¿Tienes experiencia en esto?

– No, pero no se preocupe. Aprenderé, se lo prometo –contestó Paco.

– Eso lo veremos. Pero antes o después tenía que contratar a alguien para que me ayudase. Yo ya esto muy gastado, ¿sabes? Y no quiero que ese engreído de Palacios me ofrezca su brazo, para después ir a contarlo corriendo al bar. Ni quiero ver a ese golfo de Garci en mi barco: estoy seguro de que pronto me faltaría hasta el timón. Así que prefiero que me ayude alguien de fuera, aunque sea un desconocido… Mi nombre es Tomás. Sin embargo, lo tengo que pensar seriamente. Meter a alguien sin experiencia me puede hacer perder mucho dinero y mucho tiempo, además del riesgo de accidentes de que te mates en la mar, jovencito. La mar no tiene piedad de nadie, ¿sabes?

– Yo no conozco nada de esto, esa es la verdad… –reconoció Paco, confuso, aunque extrañamente valiente-. Pero he venido de muy lejos, dejándolo todo atrás. No tengo a nadie que me espere a la vuelta. No tengo a nadie que rece por mí o me recuerde en algún lugar, que me llame o me escriba. Me engañaron, me traicionaron y me dejaron solo. Cuando quise mirar a mi alrededor no había nadie… Así que me fui. Tomé el primer autobús que pude y terminé aquí, en algún sitio que no conozco y en medio de gente que no conozco, y a la que no tengo derecho a pedir que me acepten. No pido ningún privilegio: sólo una oportunidad. Puedo hacerlo tan bien como cualquiera, con una diferencia: no necesito mirar atrás. Puede que la mar no tenga piedad de nadie, como usted dice, pero es que yo no la pido ni la busco. Sólo quiero ganarme la vida y desaparecer por un tiempo. No sé si me entiende…

El anciano pescador lo miró fijamente, y durante unos segundo pareció que estuviera horadando su cráneo para entrar en su mente y descifrarla. El silencio desanimó a Paco, que antes de que el viejo contestara se levantó y se despidió educadamente.

Salió a la noche tormentosa con la sensación de estar al borde de un abismo, y se adentró en la oscuridad, destino al hostal destartalado donde se hospedaba. Las tres mujeres lo observaron desde la ventana, mientras su sombra se confundía con las tinieblas, y la lluvia lo cubría finalmente con su telón oscuro.

El viejo, aún pensativo, buscó la soledad de su alcoba. Aquella noche sólo bajó un rato al salón para cenar y charlar con sus nietas, pero no permitió que nadie le hablara de aquel muchacho perdido. De madrugada, metido entre las pesadas mantas de su cama, tuvo sueños de ruidos y espumas de mar, de maromas y redes de pescar, de vientos poderosos y playas solitarias… y al final, una mano, un apretón firme y cálido, una espalda sobre la que reposa un brazo, un amigo… ¡hacía tantos años que no tenía uno! Se despertó sobresaltado. Aún era de noche. Aquella sensación de necesidad y vacío le perduró en el ánimo durante varias horas, mientras se preparaba un café caliente, hirviendo, que encajó entre sus envejecidos dedos. Podía oír el canturreo del océano desde su ventana empañada, que lo miraba como el ojo impertérrito de un monstruo nacido de la tierra, siempre atento, siempre alerta.

– Hace muchos años yo era como él –se dijo en voz alta-. He cometido muchos errores.

No supo cuánto tiempo estuvo allí, mirando al infinito a través del cristal. De pronto notó que el café se le había enfriado, y que la rosada aurora teñía de blanco las olas moribundas. Oyó algún ruido en la casa, lejano, apagado, como si procediera del otro lado del mundo. Entonces se desperezó, se abrigó y salió de la casa. Hacía muchos años que no se sentía tan vivo. >>