Don Nadie el Deseado (V)

Seguimos con la historia de Paco. Capítulo V de esta novela por entregas. Espero que os guste

Paisaje recóndito

<<La noche fue oscura.

Llovía incesantemente mientras las sombras cubrían el mundo. Las nubes impedían que los rayos lunares dieran ese aspecto espectral a las cosas. Nada era visible. La hechicera de la oscuridad extendía sus dominios implacables sobre el orbe entero, desde lo más excelso a lo más insignificante, y todo se le sometía, en un desfile de silencios y escalofríos en el que procesionaban bajo el velo negro los cuatro elementos y todas las terrestres potencias. Ni siquiera los fantasmas salían a la intemperie sin la capa de las tinieblas.

No había nada. El mundo parecía haberse esfumado. Sólo el sonido de las gotas que a millones caían sobre la tierra mojada y el mar. Únicamente el martilleo de la tormenta.

Paco había llegado a su habitación con la sensación de que la vida lo había nuevamente derrotado. Durante un tiempo, quizás unas horas, había albergado la esperanza (quizás ingenua) de que todo cambiaría; de que, a pesar de no haber planeado nada, sólo tenía que salir de su ciudad, de su ambiente, del contacto con las personas y los lugares donde había sido infeliz (infeliz por la persona a la que amaba y el trabajo que le importaba), para que todo cambiara. Y hasta había creído que el destino comenzaba a sonreírle. O al menos, a no machacarle.

Era una nueva mentira. Una inocentada más del gran y cruel bromista.

“Iluso”, pensó, cuando se cerró la puerta tras de sí y se sentó sobre la polvorienta colcha de su cama. Realmente, aquella colcha necesitaba algo más que una sacudida… Posiblemente no se había lavado en meses, quizás en años. Y desde luego la vieja había hecho la cama esa mañana sin preocuparse de su aspecto. Pero no importaba…

En realidad, nada importaba. Había errado de nuevo. Había fracasado. Era lo único que sabía hacer en su vida. Pero, ¿cómo actuar? ¿Dónde ir? ¿Qué otra cosa hacer? Al fin y al cabo, las personas nacen con un destino; y el suyo era equivocarse una vez, y otra, y otra; y ser rechazado, despreciado, olvidado, humillado una vez, y otra, y otra…

Es posible que se debiera a su poca valía. El futuro no sería mejor. Racionalmente, una vida así no merecía la pena. ¿Tendría el deber de quitarse la vida? Pero aún más, ¿sería capaz? Tenía la seguridad de que, lo deseara o no, fuera o no lo más justo, no podría…

Abatido, pero incapaz de cortar por lo sano, se metió en la cama sin cambiarse de ropa y lloró hasta quedar exhausto. No había nadie a quien pedir ayuda. Nadie a quien clamar. Ni dioses, ni padres, ni amigos… Sencillamente, nadie.

Despertó en medio de la oscuridad y su gélido arrullo. Tenía las manos ateridas; se le habían quedado fuera del abrigo cálido de las mantas, y le dolían cuando intentaba moverlas. Debían de haber pasado apenas tres o cuatro horas. No había ni rastro de la aurora, y seguía lloviendo. ¿Es que no iba a acabarse nunca aquella noche? Deseaba que rompiera el día, que corrieran las horas, que el mundo acelerase sus giros y pasasen las estaciones como cae el agua del torrente y la cascada… Pero los segundos se demoraban, y los latidos de su corazón, en cambio, se agitaban como bestias enjauladas.

Crispado, se levantó, recogió sus cosas, dejó sobre la mesilla todo el dinero en efectivo que tenía, que le pareció suficiente para pagar su estancia en aquella posada polvorienta, y, de nuevo sin saber ni prever cómo, ni hacia dónde, ni por qué, abandonó la protección y la luz amarilla del portal, y se adentró en el camino, bajo la borrasca.

El sendero se difuminaba ante sus ojos, se confundía con las sombras impenetrables. En tres ocasiones se dio cuenta de que estaba caminando campo a través, y trató de regresar sobre sus pasos hacia el lodazal en que se había convertido la pista. Le costó, pero terminó por reconocer el trazado y la grisácea y apagada claridad de su superficie.

¿Adónde iba? No lo sabía. No se lo planteaba. No se lo preguntaba. ¿Qué más le daba? Los pensamientos se mezclaban en su mente y formaban extrañas parejas de baile e imágenes que rivalizaban con sus sentidos, mintiéndole a menudo sobre lo que había a su alrededor. Era una partícula de noche más, en medio de la noche, vagando por las tinieblas…

Todas las lágrimas contenidas brotaron de sus ojos como el diluvio de las fuentes celestiales. Lloró a moco tendido, como sólo saben llorar las personas sencillas que se sienten hundidas; lloró a voz en grito, aunque ningún oído alcanzó a escucharlo, pues sus voces no podían rivalizar con el poder del viento y la tempestad. Al fin, cansado, exhausto, vencido, como una presa rendida, acosada por la manada que lo persigue, los ojos inyectados en sangre, perdida la esperanza, ofreciendo su garganta inmaculada al colmillo asesino que se aproxima, para hacer más rápida la culminación, se dejó caer en el barro, de rodillas, sollozando. Cerró los ojos, tratando de encerrarse en algún sitio en su interior donde no lloviera, donde no soplara el vendaval,  donde no hubiera sombras ni noche ni dolor ni desamor; en alguna fortaleza interior donde fuera únicamente él, libre y feliz. Se dejó arrastrar por la soledad, de sereno y proporcionado rostro, que le tendía la mano sonriente para conducirlo a ese lugar seguro y seco, cálido y acogedor; era como un sueño etílico, pausado y silencioso, una visión de un paraíso perdido, colmado de flores, colores y músicas que no oía pero que podía imaginar, tan armoniosas y alegres. Allí no había dolor. Allí no había mentira. Allí no había fracaso ni repulsa. El tiempo no tenía entidad, ni las estaciones, ni los elementos, ni las contradicciones, ni las limitaciones físicas, ni el peso ni la altura ni la profundidad; los hombres no dañaban, las sociedades no constreñían, las reglas sociales no estipulaban deberes ni derechos… Estar allí era lo mejor que le había pasado en mucho tiempo.

Sin embargo, extrañamente sentía nostalgia del otro mundo, del mundo…. real (“¿Cómo podía ser real y aun así soportarlo? ¿Por qué tenía que estar en él si no le gustaba?”).  Había algo en aquella quietud interior que lo llenaba de un espanto informe, como si unos ojos tenebrosos lo escudriñaran desde una atalaya invisible. De repente, quiso regresar, volver a su cuerpo, a sus sentidos, a la noche, a la intemperie inhóspita, a la humedad y al barro. Pero no podía… Se volvió y allí había sólo una puerta cerrada. Trató de abrirla pero no cedió. Con más fuerza quiso girar el pomo, mas con tanta energía lo intentó que éste saltó de su lugar y se quedó entre sus dedos, hasta que se dio cuenta y abrió la mano, y el artefacto sin vida cayó al suelo. Y entonces gritó aterrado, pero nadie lo oyó, nadie acudió a salvarlo.

La luz se apagó y la noche fue total. El silencio, absoluto.>>

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