Impluvia (I)

Inauguramos sección de confesiones intimistas. Puede que sea la sección más aburrida de este blog, pero también será la más personal y, por ello, la más vulnerable. Si no te gusta, no digas nada. Si te gusta, tampoco. Me basta con que lo leas.

El discurrir de mi vida a lo largo de mis años ha sido una constante lucha entre lo que soy y lo que sueño ser. En esta lucha he sido muchas veces vencido por la angustia de no ser lo que quisiera, y por el dolor y la decepción de no ser los demás a mi gusto o conveniencia. Pero no es esto lo que verdaderamente constituye mi vida. Porque en esta lucha ha habido victorias: yo como hombre venzo sobre mí mismo, que soy mi peor enemigo pues no me acepto, en el momento en que soy capaz de reconocer la miseria y de ser tan fuerte y humilde ante Dios como para no dejarme vencer por la mentira del fracaso y ponerme tranquila y gustosamente en las manos de quien me creó y me cuida. Recuerdo ahora aquella oración de san Ignacio de Loyola que decía algo así como “tomad, Señor, y recibid lo que soy y lo que tengo… vos me lo disteis; a vos, Señor lo torno… todo es vuestro disponed… dadme vuestro amor y gracia porque ésta me basta”. Una gran paz y sosiego conmigo mismo permanece en mi interior ahora que medito en tales palabras llenas de sabiduría y de realismo. No puede haber, pienso, otro sentido a mi miseria que reconocer lo que me basta y apegarme a ello. Decía Theilard de Chardin, parafraseando la oración del Soldado de Cristo que me alumbra: “porque mi pobreza, el verdadero sentido de mi pobreza, amada y comunicada, es saber y es gustar qué es lo que me basta; dónde se encuentra el tesoro, el sol, la fuente para tanta inquietud y tanta impotencia… dónde pueda estar lo que aquiete mi corazón y mis sentidos, lo que me haga reposar, rendido de amor y palpitante de entrega; poder amarte y servirte en todo al reconocerte enteramente en todo”. Tengo la sensación profunda de que comparto con Theilard de Chardin tales pensamientos y de que mi vida, al igual que él manifiesta, se ajusta de manera sorprendente y maravillosa a tal sentido de sí misma. Dios, el Dios de Jesucristo, me ha hecho pobre y débil para que encuentre la fuente de la riqueza y fortaleza, que está en Él. No puedo pensar en todo esto sin, al mismo tiempo, sentir que he faltado a ello toda mi vida, como si hubiese sido invitado a una fiesta y hasta ahora no hubiese respondido acudiendo a ella. Reconozco la verdadera fuente en la que bebo, que es Dios. Si hoy estoy vivo y me acerco a Él a través de mi meditación es porque me sostiene en su amor y me mira con infinita ternura de Dios que es Padre. ¡Qué ingrato y tonto he sido! Me costará volver a estar en sus brazos, como si nada hubiese pasado, pero es lo que más deseo en esta vida: dejarme seducir por Él, no buscar más la felicidad en la basura del propio deseo. Y concluyo con palabras de Chardin: “Recibe toda mi libertad, que es al cabo lo que yo soy desde tu mirada perdonadora y tierna, mi propia historia de salvación trabada por Ti, promesa y cumplimiento entre tus manos”. Amén. Esto tiene que ver profundamente con el misterio de mi vocación a la belleza. Por eso soy escritor. Dios se servirá de la pobreza para hacer ricos a los hijos de su misericordia.

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