Flores mustias

Ninguna historia tiene principio ni fin. Simplemente va el escritor y la encuadra, como el fotógrafo, que enfoca uno de tantos aspectos de la realidad y da su propia visión de algo que tiene muchas visiones. Pero ninguna historia tiene principio ni fin, ni tampoco una sola perspectiva. Su principio es, más bien, mi principio, y su fin es mi fin. Acaban y empiezan cuando uno quiere. O cuando uno se aburre de ellas, o se fija en otras, ¡quién sabe! El hombre es una criatura sorprendente, y más cuanto más se le trata.

Ninguna historia está aislada ni lo abarca todo. Simplemente va el escritor y la concreta, como el pintor, como el músico, que crean una obra de arte, aunque el arte en sí ni pueda ser creado ni pueda ser poseído. La obra particular se crea y se posee, pero la obra ni crea ni posee el arte. Su belleza no me es dada en absoluto, sino que yo debo ponerla de mi parte con mis emociones, mi receptividad mi insaciable anhelo. Así sucede también con las historias: o las vivo o se mueren. Así ocurre también con las personas: o las amo o no existen.

Ninguna historia está terminada del todo. Simplemente viene hacia nosotros, con un cargamento de mensajes, unos gratos y otros agrios; estos cristalinos, aquellos tenebrosos . Ninguna historia es perfecta, como el hombre tampoco lo es, siempre realizable y viniente. Ahí está la clave: yo soy, pero no soy aún; lo que seré no lo soy, pero ya lo voy siendo.

Esta historia, pues, ni tiene principio ni fin, ni está aislada ni lo abarca todo. Simplemente se ofrece en ilusionada mancebía del alma, para que, en medio del incontable discurrir de los años de este inabarcable universo, durante un ínfimo aunque real instante de la vida del mundo, la recibas en el tálamo de tu mente y con ella crees arte. El arte literario, no te quepa duda, es obra de dos: escritor y lector. Aquí va la historia:

– ¡No me gustan las lentejas, y menos si llevan carne! -se quejó Mari Carmen, la pequeña de la casa, una niña pelirroja y feucha, chiquita y melindrosa, algo quejica pero muy inquieta.

Lucía, su madre, que tenía poca paciencia, le gritó:

– ¡Pues te las comes o te castigo!

Mari Carmen se echó a llorar despacio, como un cabritillo que gime. Su madre se levantó de la mesa, recogió su plato vacío y se fue a la cocina. En ese momento llegó del trabajo su padre, Paco. Éste siempre era muy cariñoso con Mari Carmen. Ella era su «joyita», como siempre le decía. Cuando entró y la vio llorando, enseguida fue a consolarla.

– ¿Qué te pasa, cariño? ¿Por qué estás llorando?

– Mamá me ha puesto lentejas, ¡y a mí no me gustan las lentejas! -contestó la pequeña.

– Bueno, si te las ha puesto mamá, tendrás que comértelas, aunque no te gusten. Mamá siempre quiere lo mejor para ti, cariño.

– Yo no quiero lentejas, están muy malas.

– Pero cariño…

Intervino Lucía:

– ¡Ya estás otra vez! No la mimes tanto, que está muy mimada.

– Si no la mimo, le estoy diciendo que se coma las lentejas -respondió Paco.

– Déjala, anda. Que coma, y si no ya sabe, castigada -concluyó Lucía.

Francisco se encogió de hombros, acarició levemente el pelo a su niña y se fue. Mari Carmen seguía llorando como una palomilla, piando lastimosamente.

A los pocos minutos llegó Sara, la hermana mayor. Sara tenía 20 años, y ya no vivía en casa de sus padres. Se había marchado hacía algunos meses a la ciudad, para vivir con su novio. Es verdad que no les había ido muy bien últimamente, pero según Sara todo se iba arreglando. Eran peleas de enamorados, decía con inocencia. Pero su novio nunca les había gustado a sus padres, porque éstos pensaban que tenía algo de salvaje. Temían que llegara a pegarla, que se mostrara muy dominante y celoso.

Sara estudiaba Arquitectura en la Universidad, estaba en segundo año y le marchaba muy bien, mejor de lo esperado. Desde muy niña le había encantado pintar, y pintaba bellamente. Con el tiempo, el estudio de la cultura clásica le había fascinado, y en especial su arte. Su habitación de casa estaba decorada por un póster gigantesco del Partenón de Atenas y otro de las desaparecidas Torres Gemelas de Nueva York. Las demás chicas se reían de ella hacía unos años porque no le gustaba salir a bailar, ni sabía nada de cantantes, actores o actrices. Era muy sensible, y sufría mucho, pero se consolaba enseguida con sus libros y sus dibujos. Cuando se sentía demasiado triste, se perdía por el campo con su libreta, y dibujaba árboles y paisajes hasta que se le gastaba el lápiz. Pero cuando nació su hermano pequeño, Luis, prefería quedarse en casita, con mamá y con el hermanito, y cantar suavemente para que Luisito se durmiera o dejara de llorar. Y es que Sara, además, cantaba muy bien. Era una chica adorable.

Mari Carmen era la menor. Luis era el mediano. Tenía 9 años. También era pelirrojo, aunque no se parecía a nadie de su familia. Era muy guapo. Jamás paraba quieto, tan rebelde y locuelo como había salido. Corría sin cesar, salvo cuando Sara se ponía a jugar con él o le cantaba alguna cancioncilla de ésas que se saben las abuelas. Sobresalía por sus picardías; cualquiera que se pusiera a su alcance estaba ante el peligro de sentarse en una chincheta o resbalarse con una cáscara de plátano, mas cuando se ponía cariñoso era el más amable, porque se le ponían los carrillos rosados y parecía de otro mundo, más humano, más bello. «¡Querubín, ven pacá! ¡Estáte quieto!», le gritaba constantemente su madre.

Mari Carmen tenía 4 añitos recién estrenados. Debilucha, mimosa y poco agraciada, nada le sentaba bien, nada le gustaba y nada la mantenía entretenida más de cinco minutos. «Piojito» la llamaba su hermana mayor; pero «chinche» prefería llamarla su madre, que era quien más (y mejor) tenía que sufrirla. «¡Bendita cruz!», se decía, cuando ya no aguantaba más sus lloriqueos o sus caprichos, «¡bendita cruz, qué haría yo sin ella!».  O qué harían sus hermanos, sobre todo Luisito, a quien estaba unida por un vínculo secreto y profundo y con quien se entendía como si fueran la misma persona. Siempre que le veía demasiado nervioso o acelerado, ella iba, le abrazaba muy muy fuerte, porque sabía que eso le hipnotizaba. Luisito la miraba muy dulcemente, y le parecía que ya nunca más iba a estar solo en la vida. La soledad ni siquiera existía como idea, como temor. Ella podía leer en sus ojos el pesado aburrimiento o la irascible taquicardia. ¡Aunque era tan pequeña ya hacía de hermana mayor con él!

Claro que Luisito no sabía muy bien lo que pensar, ni se le ocurrían estas cosas, pero las pensaba, por supuesto que las pensaba. Si no las hubiera pensado, yo no las hubiera sabido. Y si yo no las hubiera sabido, ¿cómo iba a escribirlas?

El papá, Francisco, Paco en la intimidad, era una desconcertante y atrayente mezcla entre Sara y Luis. Su mujer decía que se parecía más a Mari Carmen, que era más como ella, dulzón, detallista, «poquita cosa», incapaz de vivir un solo día sin que le besaran, le dijera que iba más guapo al trabajo que nadie, incluso más guapo que el futbolista ése del Real Madrid… ¿cómo se llamaba? ¡Bah, da igual!. El caso es que Lucía se equivocaba. Francisco era independiente, como Sara, y como ella también cultivado y curioso; pero asimismo inquieto y travieso. Era travieso porque era independiente, pero también porque no sabía estar solo, como Luis. Por eso tenía que llamar la atención. ¡Tan paradójico…! Todos los días venía con algún chiste o algún chismorreo nuevo. ¡Y cómo se reía él solo de sus cosas! Él fue quien le enseñó a Luis muchos de sus «trucos», como vaciar el tubo de pegamento y rellenarlo de zumo de tomate, para que cuando alguien fuera a pegar algo… Luego venía la bronca de mamá, y el permanecer toda la tarde en casa encerrado, sin poder salir a correr. Luisito lloraba y gritaba que papá también tenía que estar castigado, pero papá iba a consolarle y siempre le decía que los niños no tenían que hacer esas cosas.

– ¡Yo no quiero ser niño! – respondía entonces Luis, y seguía llorando, pero enseguida venía Mari Carmen y le abrazaba muy fuerte hasta que se calmaba. Entonces a veces mamá le dejaba jugar con su hermanita si prometía que no volvería a hacer las travesuras que le enseñaba papá.

– ¡Papá, a mí no me enseñas travesuras! -se solía quejar Sara cada vez que se enteraba de una nueva.

Y Paco contestaba:

– Cariño, tú misma eres una travesura. -Y sonreía maliciosamente, mientras su mujer le echaba una miraba amenazante, aunque no exenta de escondida picardía.

En un día grisáceo e incómodo del mes de febrero, Lucía se levantó muy temprano, como cada mañana, poco después del alba, mientras su marido aún dormía. Siempre se quedaba media hora más en la cama. Pero ella enseguida se ponía a trabajar. Preparaba los bocadillos para los chicos, bien cargados, su ropa, siempre planchada y limpia, y sus libros, que solos pesaban toneladas. Hacía los desayunos para que estuvieran a punto cuando se levantaran. Arreglaba el salón, que los niños solían dejar como un campo de batalla antes de caer rendidos en el sofá. Echaba a lavar la ropa, tendía, planchaba y limpiaba. Luego había que vestir a los niños, peinarles, ayudarles con el desayuno, y aguantar a Paco preguntando dónde estaban sus camisas de lino con rayas azules, o su cartera, o sus discos compactos sobre el proyecto en que estaba trabajando… Y todo, antes de salir corriendo a trabajar en la oficina. ¡Heroína ella de los tiempos modernos, que todo lo dejan a dos manos, sin dejarlas a su vez libres!

Paco la ayudaba en alguna cosa, pero no tenía aguante. Enseguida se hartaba de vestir a los niños, o de recoger la mesa, o de tender la ropa en el balcón. Por cierto, un balcón pequeño, aunque muy luminoso, que daba a la calle principal del pueblo, un pueblo minúsculo, repleto de gente y muy cercano a la ciudad, donde todos los de allí trabajaban. En aquel pueblo convivían hombres y mujeres de toda condición. Había diputados, empresarios y banqueros; había libreros, escritores y profesores; y había bomberos y policías y obreros. No faltaba nadie. Hasta había curas, por lo menos uno; vivía en una casita muy chiquitina, muy coqueta, que habían construido al lado de la capilla del pueblo. Todos los vecinos habían contribuido un poco para hacerle una casa al párroco. Pero el párroco se marchó, y luego vino otro, que también se fue, y luego otro, y así todos duraban muy poco; unos decían que era porque se aburrían allí, porque nunca pasaba nada interesante y pedían que les trasladaran; otros decían que el obispo usaba el pueblo como «banco de pruebas» para los curas jóvenes; yo digo que había un poco de todo, pero que, quiérase o no, son hombres sin raíces en este mundo: están sin ser, y son pero no están.

El caso es que aquel día de febrero Lucía se levantó a la hora de siempre. Miró por la ventana y vio las nubes cubriendo el cielo. Le pesaban las nubes en el ánimo. Se desperezó con un poco de agua fría, y despertó a Francisco.

– Venga, niño, que ya es bien de día.

– Ay, Lu, déjame un rato más -le respondió él.

– No me llames Lu, que te espabilo -dijo ella-, y arriba, que hay que llevar a los chicos al zoo. Acuérdate que hoy es sábado, que no trabajamos y que les prometimos a los pequeños que hoy iban a ver el zoo. Así que ya estás levantándote, que éstos se despiertan ya mismo y están danzando por la casa pidiendo que nos demos prisa.

          – ¡Va, generala! -dijo él, y la abrazó contra él bruscamente besándola.

– ¡Suéltame, que me haces daño!

– Vamos a ver animalitos, madraza.

Los chicos enseguida salieron de sus camas, con el recuerdo de la promesa de sus padres del día anterior. Estaban muy ilusionados.

De camino al zoo, un loco que conducía un coche rojo deportivo intentó adelantarles en zona prohibida, en un cambio de rasante. De frente venía un férreo camión. Chocaron terriblemente uno y otro; éste fue despedido a un lado, aquél se balanceó sobre su flanco izquierdo, dobló ligeramente el morro y volcó con estruendo y violencia sobre la calzada, arrastrando a cuantos vehículos por ella marchaban. Uno de éstos resultó ser el concurrido coche de nuestra feliz familia. Y ahí acabó el viaje. Sólo Mari Carmen sobrevivió… Infierno de cuerpos atrapados en líquida sangre.

Quince años después…

Sobre la pálida cara se había volcado un pulido estrato de maquillaje, para que nadie viera sus tristes ojos ni sus pómulos abandonados de caricias, ni sus mohosos labios por ausencia de palabras, ni sus formas solitarias. Salió ella de casa, como cada mañana, y miró a todos lados, y vio a todos, y no vio a nadie. Se vio sólo a sí. Dio un primer paso, y muchos otros la llevaron, como cada mañana, lejos, muy lejos, tanto como podía, aunque menos de lo que deseaba. Entró lentamente, pesadamente, en su mazmorra de cristales refulgentes y mármoles de imitación, de humosos ruidos y excrecencias verbales. Caras descompuestas vio pasar en la lejanía. De lejos todos la miraban… ¿O era ella la que no había venido?

Alguien le habló:

– ¡Hola! Buenos días. ¿Cómo estás?

Ella no contestó. Apretó el paso, se volvió y salió de allí. Una voz gritó a su espalda:

– ¡Oye! ¿Qué te pasa? ¿Qué te he hecho para que te pongas así?

Ella no contestó. No oyó, sólo su espalda oyó.

Se sentó en un banco, después de mucho andar, dolorida, cansada, confusa. No sabía qué hacía allí, pero tenía que huir, tenía que salir de aquella desdichada cárcel donde los carceleros eran los demás, acaso también ella misma… Con dificultad y rabia lloró. Pero yo aquí callo, pues las lágrimas de los inocentes son el mejor bozal…

Yo no entiendo tampoco lo que le sucedía, lector. No te extrañes si no me entiendes. Pero tengo que contarte lo que le pasó aquel día, el último de su corta vida. La dejamos hace un segundo sentada. Sin embargo, no fue largo el tiempo que allí estuvo. Pronto se levantó sin pensarlo, como obligada por una urgencia ineludible. Rauda, corrió avenida abajo, mientras el tráfico seguía a lo suyo, que no es otra cosa que seguir, y seguir, y seguir, sin que importen ni la hora ni el día. No se debe pensar lo que se escribe. Perdóname, pues, si me expreso mal.

Mari Carmen corrió hasta sofocarse, y tan sofocada estaba que le costó respirar de nuevo con normalidad cuando se detuvo. Al lado de un banco se paró, y se sentó acalorada. Ya no tenía más ganas de huir, y se culpaba de estar haciendo algo malo. Se sentía abatida y humillada, apresada por una vida que no respondía a sus sueños, unos sueños de niña quizá, pero luminosos, dulces, sencillos. ¿Acaso la vida no era algo sencillo? ¿Por qué todos se la hacían tan difícil? Tal vez lo hicieran sin querer, tal vez todos trataran de ayudarla y ser amables con ella, pero ella no quería ayuda, sólo quería bondad; una bondad que irradiara a su alrededor, que partiera de cada alma y que fuera la cuerda que amarrara a todos y que hiciera un poco más fácil la «ascensión a la montaña» que para muchos era la vida. ¡Bah!… No valía la pena quejarse por los demás. Pero por ella misma… Le ardía el alma por ella misma.

Llovía suavemente. Mari Carmen no se movió. No sentía nada exterior. Los coches seguían pasando a toda marcha, las personas iban y venían por delante de ella sin inmutarse, si detenerse siquiera un instante, ni ella hacía caso alguno. Eran cerca de las tres de la tarde.

En soledad pensaba. Lloraba suavemente, aunque las lágrimas ya no le brotaban. Hacía frío y al mismo tiempo calor. Se sentía feliz por tantas cosas… y triste por muchas más. Las imágenes de su pasado y sus sentimientos eran veloces ráfagas de viento que levantaban las hojas de su endeble cordura.

Trató de levantarse un par de veces. Los músculos se le habían entumecido, y la humedad había entrado hasta sus huesos. Además, tenía que volver al trabajo. Quizá todavía podía evitar una buena bronca… No tuvo fuerzas.

Así que allí se quedó. Nadie había a su lado, pero ella pensaba en todos. Bueno, en realidad no pensaba. Sencillamente soñaba. Soñaba con su primer amor. Soñaba con sus primeros paseos al sol. Soñaba con sus primeros amigos. Soñaba con su primer baile en la penumbra… Y el presente le parecía un sueño.

Soñaba con todo lo que había perdido con el paso de los años. Había perdido a sus padres, el verdadero manantial de su fortaleza y su ilusión. Había perdido a sus amigos de juventud, los únicos que escuchaban sus penas y entendían sus ideales. Había perdido a su amor, que le inspiraba tanta serenidad y alegría. Había perdido todo lo que la gente normal considera como imprescindible para ser feliz: no era extraño que se sintiera muerta en vida.

Recordó su viejo pueblo… Aquellas calles repletas de baches y que le parecían interminables cuando era chica; aquellas casas descuadradas y pintadas de raros colores, que siempre le habían hecho reír; aquellos amaneceres tan frescos, pero deslumbrantes; aquella mezcolanza con la naturaleza, que se te metía en casa a menos que le cerraras bien las puertas, y aun con eso demoledora y hermosa, delicada y enemiga, dulcemente terrible; aquel silencio impenetrable de la noche y el sereno estallido de la mañana; el espantoso rugir de las nubes negras y el simpático silbido de la lluvia amiga…

Pero también recordó otros años, otros lugares… Aquellos ratitos de charla con las primeras amigas de adolescencia; aquellas miradas de la pubertad que tanta sangre atraían; aquellos susurros poéticos de los libros antiguos mirados con ojos nuevos y escrutadores; aquellas pequeñas faltas como faltar un día a clase por ir a ver entrenar al equipo de fútbol; aquellas comidas y aquellas cenas llenas de risas y complicidad con las compañeras; aquella sensación de pertenecer a un grupo protector…

Sus sueños no le ayudaron a levantarse del banco. Sus recuerdos no le dieron más fuerzas. Sus tristezas la hundieron aún más en el abismo de la nostalgia. Y, sin embargo, no sentía vacío; no sentía el sinsentido. La vida le seguía pareciendo valiosa; voluble y ciega quizá, pero al fin y al cabo bella, adorable y luminosa como una gema escondida en el fango. Había que retirar el fango con las manos, y mancharse, y llenarse hasta los ojos de suciedad, para encontrar aquel tesoro, más grande para ella cuanto más tardaba en tenerlo en sus manos. Había que beber la vida hasta el fondo, hasta los posos, aunque supiese amarga y diese náuseas. No había infierno en la tristeza; el infierno está más bien en la indiferencia. La tristeza ayuda a traer a la memoria la alegría que ya no se posee, y al menos en esto es buena. No se pierde lo que se recuerda. No se pierde el bien si al menos se guarda muy dentro. Y ahí lo iba a guardar, muy muy dentro, para que no se le fuera, para que no se le agotara. Y ahí iban a seguir ellos, para que no se le olvidaran… ¡Ojalá mañana volvieran a casa!

Pasaron las horas, llegó la noche.

Por la mañana, la encontraron en el mismo banco donde se tumbó a dormir. Un ligero rocío cubría sus ropas, su cara, sus manos, su pelo, sus ropas baratas, su cara lánguida, sus manos blancas, su pelo lacio.

Semejaba un susurro del invierno.

No se movió cuando le robaron el bolso. Ni se movió cuando alguien trató de despertarla tímidamente. Ni se movió cuando la recogió la ambulancia. El forense dijo que había muerto de congelación. Yo creo que murió de tristeza…

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