LA INVENCIÓN DE ADÁN

Relato de juventud

<<Llegó la Luz y fue el comienzo.

Todo era principio…

La Luz no era el mundo, pues es antes que el mundo, pero le dio al mundo su ser. Lo invadió todo y todo lo que fue tuvo en ella su principio. La soledad caótica de la tierra se sumergió en el día. Pero también surgió el abismo, por la incomprensible libertad de la materia, cubierto para siempre de oscuridad. Era el no ser, la ausencia, las tinieblas.

Mientras, el Espíritu aleteaba sobre las aguas de la eternidad y del tiempo, que se mezclaban en un presente perfecto y duradero.

Pasaron los días, las mañanas. Las ondas se reunieron en un cúmulo amenazador y enamoradizo. De la bóveda del universo se colgaron los prados de caminos lucientes. Lo que da fruto se hizo visible, y lo que no se ve comenzó a inquietarse. Empezó a haber huellas sobre el barro y gritos en la altura. Y todo era visto por los Ojos que todo lo escrutan, y todo era escuchado por el Oído que todo lo percibe, primario, celoso.

De pronto, las bestias del campo estremecieron y cayeron al suelo, los árboles se derribaron, tronchados de cuajo sin que nadie los tocase, el horizonte retembló y crujió cual liviano tronco. Una poderosa llama, una tremenda hélice de pesadilla se derramó sobre lo creado, como chorro de rabia incontenida. Las puertas del cielo desaparecieron, un ruidoso reflejo de inmensidad se posó sobre el mundo, y dio paso a un silencio sostenido parecido a la calma furiosa en que la ira se domina a duras penas.

Unos fuegos que todo lo quemaban se abrieron y miraron todo, recapitulando el momento final antes de la creación más excelsa, deteniendo el tiempo en una ínfima porción de sobresalto. La súbita explosión de radiante fuerza que todo lo pudo en ese instante es inenarrable.

Luego, cuando se cerraron las alturas, un ser pálido y desnudo, recién venido, dormía profundamente acurrucado a la protectora sombra de una encina joven. Dicen que su cuerpo estaba hecho de arcilla, y que su corazón era clasto ciego. Pero era bueno. En aquella su primera mañana, aún era bueno. ¡Y en verdad lo era, porque aquellos Ojos lo miraban con dulzura!

Despertó el durmiente, al caerle encima las primeras gotas de lluvia de la primera aurora. En pocos minutos, sobrevino un diluvio atronador, y aquel ser buscó refugio bajo las frondosas ramas de unos árboles cercanos.

Observó, mientras llovía, acurrucado en su paritorio, cómo de la tierra subía un halo húmedo que iba levantando nubes de un olor intenso y entusiasta, cómo en los cielos el viento hacía girar aquellas masas grises de resplandores; cómo se debatían las aguas en su caída; cómo los arroyos peregrinos que nacían sobre la superficie bañaban los pies de los arbustos, de los árboles, llevando consigo piedras y hojas arrancadas. Observó, al fin, cómo a su alrededor todo adquiría los contornos de la noche a la par que la noche barría todo contorno.

Lo observó pero no entendió…

Más tarde, pasados el viento y la lluvia, el hombre abandonó su refugio y sus pies se encaminaron al lugar en que el sol se había enterrado. No paró de andar hasta largo rato después. Todo le era completamente extraño. Había visto seres de todo tipo pasar como el tiempo vigoroso y huidizo, y había escuchado muchas clases de ruidos y voces nuevos. Pero no lograba salir de su propia confusión: era un sentimiento que se levantaba sobre sí mismo y se turbaba de forma misteriosa ante la mínima impresión.

El sueño lo sorprendió de nuevo, porque la noche había avanzado mucho. Trató de resistirse, pero acabó cediendo. Al pie de una roca que parecía querer asomarse a la morada del sol, más allá del horizonte, terminó su paseo por el mundo recién creado. Y allí estaba al amanecer, que vino como ladrón. Los madrugadores rayos de luz penetraron bajo sus párpados cerrados y la claridad le trajo del remoto lugar del descanso. Sintiéndose secuestrado de la nada, saltó y se irguió en un solo movimiento, una vibración eléctrica, y aferró sus pies al suelo, como temiendo precipitarse al abismo.

Cuando se percató de que estaba allí, de pie y entero, alzó la vista hacia su derecha y vio un alto monte. Su elevada cumbre le llamaba con insistencia, haciendo que su voluntad deseara poner el pie sobre su tierra tan cercana al sol. Trató de alcanzar su cima, llevado de ese impulso irresistible. Aunque empleó muchas horas y un gran esfuerzo, una vez allí, pudo contemplar un paisaje ancho, frondoso y mojado, sobre el que se agitaban almas vestidas de viento y voces. A lo lejos, el verde se convertía en difuso azul oscuro, circundado de tierra encarnada que se bañaba en el azul lejano, mientras saludaban al verde vivo.

Por encima de él, se cernían figuras blancas como tela de ojos ciegos que se movían al compás de la brisa rozando su rostro. A intervalos, dejaban ver un cielo puro e intacto, y entonces la tierra tomaba una luminosidad amarilla, deslumbrante. Una voz ajena le llevó a pensar en la magnificencia de lo existente, y comprendió, sin intentarlo, que era para él, porque sólo él era consciente de que estaba allí, que respiraba, que el mundo se movía y que le dirigía un susurro de servicio y desafío…

Una nueva mirada, más atenta, le confirmó en su intuición de que era diferente a todo, pero no conseguía encontrar el porqué. De pronto recordó unas palabras que resonaban vagamente en su memoria, su cabeza y su pecho:

-“Existe, hombre, y da tu mano al mundo, bendición que yo derramo en tu cuerpo y tu alma”.

¡Qué extraña sensación de alivio y de miedo al mismo tiempo! Habíase dado cuenta de qué era lo que buscaba: buscaba aquellos Ojos radiantes que lo rodeaban nada más sentir el primer latido de su corazón; ¡aquellos Ojos eran la clave de todo! Los había visto durante un instante al despertar por vez primera y ahora los tenía continuamente ante su memoria, atrayéndole, centrando su atención, invitándole a encontrarlos, con una desazón no extinguida que le punzaba interiormente hasta quemarle el pecho.

Abrió los brazos y los extendió en dirección a la altura. Profirió un grito estentóreo, esperando una respuesta cualquiera desde la lejanía del horizonte.

Silencio.

De pronto, como un torrente que se desborda y produce a su paso un ensordecedor clamor y arrastra cuanto se encuentra su paso, así sean árboles, piedras o bestias, se sintió poseído por un peso que le hundía los hombros, y cayó al suelo de bruces, sin fuerza alguna durante unos pocos segundos. Mientras estaba sobre la tierra, espantado, chillando como un niño bajo el peso del miedo, percibió una brisa que se introducía por sus oídos y murmuraba:

– Yo te creé y eres mío. Te puse en el mundo para que me buscaras y aprendieras a conocerme. Yo soy tu fin: tú estás hecho para mí. Recuerda esto siempre, y acude a mí en todo momento, que yo te socorreré sin tardanza. ¡Porque mi nombre es Padre, y te he constituido como criatura de mi corazón, hijo de mi sabiduría!

Callada la voz, el hombre fue poco a poco levantándose. Aún sentía un gran temor, pero éste se iba convirtiendo gradualmente en serenidad profunda. Aquella punzada que le oprimía las costillas se parecía más ahora a un abrazo poderoso y cálido. Tenía la extraña impresión de que había contemplado, sin mirarlo, algo del incógnito sentido del mundo; y de que había saboreado, sin poseerlo, el dulce de la eternidad.

Un enorme fuego chispeante ardía en su espíritu. Apenas podía dejar de gritar y de bailar, de tirarse por el suelo como un perro feliz. Pero al fin se apresuró a buscar cómo guarecerse del llanto de los cielos. Durante un par de horas, mientras el sol asomaba sobre el escenario de la lejanía, buscó refugio. Lo encontró bajo una roca que flaqueaba en su verticalidad y que parecía querer abrazar una tierra muy amada.

Pensó el hombre que aquél era lugar apropiado para establecerlo en vivienda. En ningún sitio como en aquél se había sentido el hombre tan acompañado.

Al contemplar el día completo de su vida, no sintió dolor, sino una desbordante alegría. Porque en aquel preciso lugar, en aquel mismo sitio, había entendido Adán para siempre que no estaba solo…

Tenía padre.

Fue entonces cuando el hombre inventó la carcajada, y se echó a reír de pie sobre la roca, apasionado, inocente y libre.

Fue el único momento de verdadera felicidad de Adán…>>

Deja un comentario