«No existen las princesas» – Extracto

Os traigo los párrafos iniciales de mi última novela, «No existen las princesas». Recordad que el próximo sábado día 11 de mayo podremos vernos en el salón de actos de la Biblioteca de Castilla-La Mancha (Toledo), a las 11:00h, para hablar de esta obra. Espero que os guste.

«Es extraño escribir tu despedida sobre la barandilla de un puente.

¿Por dónde empiezo?

Empezaré por el final…

Tengo cincuenta años, y hoy termina todo. Voy a matarme. Me da miedo… Me da rabia… ¡Me da igual! Estoy a punto de hacerlo. Solo tengo que saltar y se acabará; ya no habrá marcha atrás. Como decía un viejo amigo: “Adiós, pollito”.

El viaducto salva un estrecho despeñadero cuyo fondo parece muy lejano, envuelto en la penumbra. Pero está ahí, haciendo resonar la triste corriente que salta y se precipita entre los riscos. Esperándome.

No debería ser tan fácil subirse al pasamanos. Cualquier niño podría hacerlo. Yo no soy una persona ágil, y, sin embargo, he saltado sin esfuerzo al otro lado. Mis pies pisan la estrecha cornisa. Lo he logrado a la primera. Aquí estoy, escribiendo en mi vieja libreta, aprovechando páginas limpias y huecos sin rellenar; en estos papeles que el viento podría llevarse sin esfuerzo y depositar lejos, en un río, en las grietas de la montaña, o bajo las hojas cayéndose de un árbol en este otoño. Unos papeles que nadie leería jamás, y que serían, como casi toda mi vida, tiempo perdido, esfuerzo baldío.

¿Por qué escribo entonces? Porque vivir y morir no es suficiente… Porque no puedo irme sin soltar lo que llevo dentro, sin quejarme de lo vivido, sin exclamar que no quiero, no puedo, no debo seguir intentando ser feliz en este valle de sombras. Unas sombras que me persiguen y que también me esperan al final de mi caída. Estos pobres garabatos son mis tristes hijos, mis únicos defensores. Os los dejo para que mi recuerdo no desaparezca.

¿Quién soy? Curiosa pregunta… Imagino que vosotros os la hacéis en este momento. Es decir, comenzáis a leer este libro y lo primero que os encontráis es un tipo de cinco décadas de edad a punto de suicidarse y diciendo que va a palmarla… ¿Y este tipo de dónde sale? ¿Por qué este discurso? En definitiva, ¿quién es este cobarde que ha decidido desertar de la vida?

¡Qué contradicciones! Hasta me da risa… Es sorprendente comprobar cómo en la Antigüedad, tiempos sin duda más duros y en los que la supervivencia era más cara y más valiosa, en que la valía de sus hombres se medía por el surco que dejaban en la historia y la grandeza de sus actos, el suicidio se consideraba en muchos casos un acto honorable; no una pusilánime escapada, sino una conducta de relevancia, valentía y hombría. Sin embargo, hoy habrá quienes me juzguen severamente y estimen que no tengo la férrea voluntad necesaria para enfrentarme a mis problemas, ni la tozudez de luchar con ellos hasta superarlos. Habrá quienes se lamenten en conferencias públicas pagadas por incautos débiles de mente, a los que es fácil convencer de que el pensamiento puede cambiar la realidad, con esos eslóganes tan simplistas, tan de parvulario, con los que les embaucan para convertirse en seguidores de refritos modernos y superficiales de doctrinas antiguas, con añadidos de la moderna ciencia del marketing. Cuando oigo a esos modernos predicadores sin dogma enseñar a las masas eso de «creer es crear», o «cambia tu pensamiento y cambiarás tu vida», no puedo menos que sonreír y recordar al viejo Hume, o al más viejo aún Heráclito, hablando de la imposibilidad de conocer la realidad, de la variabilidad de todo, de la barrera que existe entre los hechos, los sentidos y el pensamiento… y comprendo que no he nacido para teorías facilonas, y que me amparo en Bruto, en Casio, en Sócrates, y en otros muchos que, hastiados de la falsedad de lo vivido, comprometidos con su propia voluntad interna de unidad, convencidos de que la verdad está mucho más allá de nuestro pensamiento y que lo único que debemos hacer para alcanzarla en ser dignos de ella… y comprendo que el mundo en el que me ha tocado vivir es de todo, menos el más perfecto de los mundos, y que mi espíritu necesita volar más allá de mí mismo, demostrando con ello no solo que no me siento cómodo en mi realidad, sino que no sucumbiré a ella ni me dejaré atrapar. El suicidio para mí es un acto de rebeldía; un acto de dignidad.

Ya os oigo: «Menudo mojón me acabas de soltar, macho». O también: «Estás más zumbado que una abeja reina». Otro dirá: «Cuando un tonto coge una linde, la linde se acaba pero el tonto sigue». Pero yo os reto: ¡No tenéis huevos! Ninguno de vosotros lo haría. ¡Ninguno! Preferís enterrar la cabeza en el suelo, y escuchar las voces subterráneas que os dicen que todo va bien, que todo se puede arreglar… y seguir así, aunque por fuera os apaleen, os humillen, os destrocen. Vosotros sois los cobardes. Yo soy mejor que vosotros. No hay mayor grandeza que acabar con uno mismo cuando lo que desearías es acabar con todo. Es la generosidad absoluta».

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