Don Nadie el deseado (IV)

Seguimos con la historia de Paco. Capítulo IV. Espero que os guste.

<<- ¡Espera, mamá! Se me ha pegado un trozo de barro en la bota –gritaba una joven que se había agachado en medio del lodoso carril, bajo la intensa lluvia, protegida tan sólo por un chubasquero color canela, mientras su gracioso pelo negro, liso y largo, se le calaba por completo.

– ¡Vamos, Helena! Date prisa, que tenemos que llegar a casa antes que tu abuelo. Esperará que le tengamos la cena preparada y el fuego a punto en un día tan incómodo.

La chica, que apenas rozaba los diecisiete años, esbelta y vertiginosa, tardó un instante en arrancarse el barro de la bota y saltar hacia delante en una ágil carrera. La madre, que la esperaba en una elevación próxima, la doblaba en edad, si bien no le iba a la zaga en gracia y atractivo. Los rasgos de la madre eran angulosos y denotaban fortaleza y constancia. Se veía que era mujer de pétreo carácter y de pocos amores, pero profundos. De ésos que no se ven, pero se adivinan. De ésos que se esconden, pero cuya presencia imanta el alma. En cambio, la hija (un metro setenta y pico de juventud) era de tez más morena, de ojos más vivos, de belleza más florecida y animal, y estaba indudablemente predispuesta para la pasión.

Razón frente a pasión. ¡No es chica guerra…!

Acercóse la joven a su madre, con una sonrisa en la cara, y bajo la lluvia caminaron resueltas hacia la casa lejana. La tormenta arreciaba, y la capa de agua que invadía el aire no permitía ver la escuálida luz que brillaba en el interior de la casona. Aun así, ellas sabían que estaba allí, brillando tenue. Dada la hora que era, la madre supuso que el abuelo ya había regresado de faenar. Cuando se hubieron acercado lo suficiente y entre la bruma se entrevió la temblorosa titilación que se filtraba por las rendidas de una persiana a medio subir, la hija tuvo un pensamiento más acertado:

-¡Mira, mi hermana ya ha llegado!

Y empezó a gritar mirando a su madre:

– ¡Victoria ya ha llegado! ¡Victoria ya está aquí!

Su madre convino con ella y se contagió de su alegría:

– ¡Sí, hija, sí! Eso debe de ser. ¡Venga, rápido!

Apretaron el paso, e incluso la pequeña comenzó a correr. Pero cuando se hallaban a pocos metros de la negra mansión, vislumbraron la oscura figura de un hombre que, jadeante, subía por las escaleras construidas a un costado de la casa, y que alcanzaban, retorciéndose, la orilla del mar, unos veinte metros más abajo. Era la segunda persona a quien Helena quería ver.

– ¡Eh, abuelo! ¡Abuelo! –comenzó a chillar-. ¡Abuelo! ¡Creo que ha venido “Pelo de Fuego”!

Tomás Mencía era un pescador veterano, y llevaba muy a pecho y honra ser el más antiguo de los pescadores de toda la costa norteña, al menos de los que quedaban por los contornos. Y eso que él no era muy anciano, no lo suficiente para tener que quedarse en casa a contemplar las tardes de lluvia detrás de los cristales ahumados. Pero los hombres del mar no suelen llegar a viejos: unos mueren algún triste día en esa inmensa y eterna lucha con el amado océano; otros, simplemente, pierden la cabeza y se los llevan lejos, donde nadie pueda verlos. O se van por su propio pie, lo que es aún peor y mayor locura.

El pescador entornó los ojos cargados de sal, reconoció a su nieta y la energía le tornó a los miembros. Abrió los brazos con gesto feliz para recibirla. Ella se lanzó contra él, y casi le hizo caer sobre el porche, resguardados de la lluvia por el gran alerón de madera. Mojado de arriba abajo, cansado, pero sorprendido y halagado, el viejo apretó a la niña entre sus brazos, mientras decía en alto pero para sí mismo:

– ¡Todos en casa, pues! Todos en casa…

Al poco, más despacio, más mojada, apareció la madre, que también fue hasta el abuelo, y lo besó en la mejilla con tierna delicadeza. Él la miró y, cambiando el semblante, le dijo muy serio:

– ¿Qué haces? ¿Te parece bonito venir a darme un beso?

Ella se extrañó e hizo ademán de separarse, pero él sonrió de nuevo, bromista, y acabó diciéndole:

– ¡Vamos! ¡Entra a ver a tu hija! ¡A mí ya me besarás después!

Ella obedeció comprendiendo la broma y casi emocionada. Se volvió antes de abrir la puerta para mirar a su padre, y le agradeció con la mirada su buen humor. Entonces todos, empujándose unos a otros, gritando y hablando sin parar, entraron en la casa esperando ver allí sentada a la chiquilla que hace unos meses se fue a estudiar y que volvía (¡ya era hora!), para pasar las vacaciones.

Pero vieron algo más…

Vieron a un hombre sentado en un sillón tomando un café ya casi frío. Vieron a un hombre despeinado y vestido como para ir a un concierto, pero no para protegerse de la humedad, la galerna y el frío salado nocturno. Vieron  a un hombre que hablaba con una mujer joven, que por poco sobrepasaba los veinte, pelirroja, teñida, menuda, elegante, de frente despejada y ojos claros, bonita, aunque no guapísima, extravertida, culta y locuaz. Reían, y su conversación parecía entretenida. Al escuchar la algarabía de los recién llegados volvieron la mirada. Pero al contemplar sus rostros sorprendidos sólo ella abrió la boca para hablar. Dejó la taza que sostenía en su mano izquierda sobre la mesita baja que la separaba del hombre, y exclamó, mientras se adelantaba a recibirlos:

– ¡Hola! ¡Ya era hora de que vinierais! ¿Dónde estabais?.

Los tres intentaron responder al mismo tiempo, cada uno con lo que se le ocurrió:

– ¡Hola, Victoria!

– ¡Hija! ¡¿Cómo que dónde estábamos?!

– ¿Dónde está mi pequeña?

Los abrazos y los besos siguieron a los saludos. Durante unos minutos se miraron y se fundieron una y otra vez en una sola cosa. Paco, que los observaba atentamente, confuso entre la vergüenza y la curiosidad, pensó que nunca había visto una familia tan unida como aquella; que se notaba el amor en el aire, que casi se lo podía ver volar alrededor de ellos como una ráfaga de hojas otoñales que el viento levantara y agitara entre los árboles.

– Te estábamos esperando en la estación –dijo Helena.- Pero nos dijeron que ya te habías venido en taxi. Es raro que no nos hayamos cruzado.

– Ja ja ja… ¡Sabía por dónde iríais! Así que dimos un rodeo. Además, supuestamente deberíais estar aún en casa cuando yo llegara. Quería daros una sorpresa. Pero, en lugar de eso, salisteis antes…

– ¡Hija mía, qué guapa vienes! –exclamó Juana, su madre.

– ¡Ya veo que, al menos en algo, he conseguido lo que quería! –replicó Victoria, con un gesto simpático y una sonrisa burlona. -¿Te gusta mi nuevo look?

– ¡Me encanta! Voy a tener que copiártelo, a ver si me quito años de encima ja ja ja…

Se besaron y se abrazaron de nuevo. Parecían sedientos que aliviaban su sed en un manantial hallado por fortuna en medio del desierto.

Al cabo, el viejo preguntó:

– Y veo que te has traído a un amigo de la ciudad…

Victoria tardó en comprender, pero cuando lo hizo no pudo reprimir la risa. Su abuelo no era un dechado de sutileza y buenas maneras, pero aquella vez había estado brillante, para lo que solía… Era curioso que él se hubiera fijado en la presencia de aquel chico y lo comentara en primer lugar, pensando que venía con Victoria, cuando en realidad el viejo era la razón de la llegada de aquel desconocido.

– ¡Ja, ja! No, abuelo, no es un amigo. ¿O sí? –esto último lo dijo mirando al joven, que no supo cómo reaccionar-. En realidad, es alguien que venía a verte a ti, ha llamado, y estábamos charlando tan animados cuando habéis entrado.

– Preséntanoslo, pues –añadió Helena, curiosa.

– Hermana, mamá, abuelo, éste es Paco. Viene de muy lejos, aunque no me ha dicho de dónde ni por qué… y busca trabajo. ¡Y es muy… adecuado!

A decir verdad, ella misma se arrepintió enseguida de haber añadido la última frase; no quería parecer “demasiado interesada” en un extraño. De todos modos, su presentación no podía ser más breve y sin embargo más expresiva. Victoria se preguntó si no habría dicho algo estúpido o no se habría pasado de la raya…

Antes de que el abuelo lograra pronunciar palabra, intervino Helena:

– ¡Qué bien! ¿No necesitabas a alguien que te ayudase, abuelo? ¡Pues ya lo tienes aquí! –su sonrisa era encantadora…

Paco se percató de la mirada de Helena, y de su tono. Leyó aquellos reflejos, aquellos mensajes, aunque los leyó mal. Pero el abuelo también. Y eso era lo que tanto había temido, creo, y lo que tanto le preocupaba: que alguien viniese a perturbar la paz de su familia y la mente de sus nietas. Victoria, la mayor, ya tenía otras ideas y vivía en otros ambientes. Además, era de corazón firme, y no se dejaría embaucar a la ligera por ningún caballerete de torcidas intenciones. Pero Helena, ¡pobre Helena!, sólo era una niña que nada sabía de la vida y de sus mentiras y dolores. Era aún tan inocente como un bebé y sin embargo su corazón soñaba ya con amores y canciones y las grandes cosas que se despiertan en el interior de un alma adolescente. Aún tenía que madurar, que aprender que la vida encubre peligros crueles y reserva a los humanos dolores más terroríficos, cuanto mayores son las ensoñaciones y proyectos que se nos hacía poder lograr… Y él, un viejo pescador, deseaba por encima de todo tenerla a su lado estos últimos años, como una estrella matutina que alegra el mundo tras la noche cerrada. Así son los sueños de un anciano: lo han vivido todo, pero se aferran a la vida como si no hubieran probado aún sus aciagos días ni hubieran degustado sus oscuras paradojas. Es precisamente en esta época cuando más afecto demandan, y he aquí acaso la explicación de que ningún abuelo deje de adorar a sus nietos. Lo más marchito se junta con lo recién estrenado para conjugarse en una relación que da vida a ambos: a éste, protección y consejo; a aquél, compañía, afecto y vida. Vidas que corren en sentidos opuestos, unas hacia la consumación, otras hacia la conquista, se encuentran y enriquecen mutuamente con un afecto profundo durante un infinitésimo segundo en la marcha del universo. Y en este instante fugaz e irrepetible, toda la mudanza de los astros y el correr de los siglos se detiene en corazones encadenados por un lazo irrompible, inmóvil y definitivo.

En medio de este torrente de pensamientos y sensaciones a las que no sabría otorgar verbo sensible que corría por el río subterráneo de su espíritu, Tomás dudaba más de lo habitual. Se detuvo varios segundo mirando al extraño. Juana enseguida se percató de ello, y con ese saber estar tan virtuoso de las mujeres de España, trató de romper el silencio y reconducir la tensión. Pero el abuelo tomó, de pronto, una decisión. Una decisión necesaria, pero peligrosa; y eso era lo que más temía: que no podía prescindir de ayuda.

– Está bien, que se quede –dijo-. Tengo trabajo para ti, muchacho, si es lo que quieres. Pero el mar es duro. Puede que demasiado duro para ti, si no me equivoco. ¿Tienes experiencia en esto?

– No, pero no se preocupe. Aprenderé, se lo prometo –contestó Paco.

– Eso lo veremos. Pero antes o después tenía que contratar a alguien para que me ayudase. Yo ya esto muy gastado, ¿sabes? Y no quiero que ese engreído de Palacios me ofrezca su brazo, para después ir a contarlo corriendo al bar. Ni quiero ver a ese golfo de Garci en mi barco: estoy seguro de que pronto me faltaría hasta el timón. Así que prefiero que me ayude alguien de fuera, aunque sea un desconocido… Mi nombre es Tomás. Sin embargo, lo tengo que pensar seriamente. Meter a alguien sin experiencia me puede hacer perder mucho dinero y mucho tiempo, además del riesgo de accidentes de que te mates en la mar, jovencito. La mar no tiene piedad de nadie, ¿sabes?

– Yo no conozco nada de esto, esa es la verdad… –reconoció Paco, confuso, aunque extrañamente valiente-. Pero he venido de muy lejos, dejándolo todo atrás. No tengo a nadie que me espere a la vuelta. No tengo a nadie que rece por mí o me recuerde en algún lugar, que me llame o me escriba. Me engañaron, me traicionaron y me dejaron solo. Cuando quise mirar a mi alrededor no había nadie… Así que me fui. Tomé el primer autobús que pude y terminé aquí, en algún sitio que no conozco y en medio de gente que no conozco, y a la que no tengo derecho a pedir que me acepten. No pido ningún privilegio: sólo una oportunidad. Puedo hacerlo tan bien como cualquiera, con una diferencia: no necesito mirar atrás. Puede que la mar no tenga piedad de nadie, como usted dice, pero es que yo no la pido ni la busco. Sólo quiero ganarme la vida y desaparecer por un tiempo. No sé si me entiende…

El anciano pescador lo miró fijamente, y durante unos segundo pareció que estuviera horadando su cráneo para entrar en su mente y descifrarla. El silencio desanimó a Paco, que antes de que el viejo contestara se levantó y se despidió educadamente.

Salió a la noche tormentosa con la sensación de estar al borde de un abismo, y se adentró en la oscuridad, destino al hostal destartalado donde se hospedaba. Las tres mujeres lo observaron desde la ventana, mientras su sombra se confundía con las tinieblas, y la lluvia lo cubría finalmente con su telón oscuro.

El viejo, aún pensativo, buscó la soledad de su alcoba. Aquella noche sólo bajó un rato al salón para cenar y charlar con sus nietas, pero no permitió que nadie le hablara de aquel muchacho perdido. De madrugada, metido entre las pesadas mantas de su cama, tuvo sueños de ruidos y espumas de mar, de maromas y redes de pescar, de vientos poderosos y playas solitarias… y al final, una mano, un apretón firme y cálido, una espalda sobre la que reposa un brazo, un amigo… ¡hacía tantos años que no tenía uno! Se despertó sobresaltado. Aún era de noche. Aquella sensación de necesidad y vacío le perduró en el ánimo durante varias horas, mientras se preparaba un café caliente, hirviendo, que encajó entre sus envejecidos dedos. Podía oír el canturreo del océano desde su ventana empañada, que lo miraba como el ojo impertérrito de un monstruo nacido de la tierra, siempre atento, siempre alerta.

– Hace muchos años yo era como él –se dijo en voz alta-. He cometido muchos errores.

No supo cuánto tiempo estuvo allí, mirando al infinito a través del cristal. De pronto notó que el café se le había enfriado, y que la rosada aurora teñía de blanco las olas moribundas. Oyó algún ruido en la casa, lejano, apagado, como si procediera del otro lado del mundo. Entonces se desperezó, se abrigó y salió de la casa. Hacía muchos años que no se sentía tan vivo. >>

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