Firmando ejemplares en Sant Jordi 2019

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El pasado día 23 de abril tuve el honor de pasar el día en Barcelona y en Badalona, con la Editorial Célebre, para firmar ejemplares de mi novela «NO EXISTEN LAS PRINCESAS», disfrutando de la gran fiesta de la literatura que es Sant Jordi. Este es el relato de la aventura de un extremeño/toledano en la gran ciudad…

Es difícil resumir en pocas líneas lo que el día 23 de abril supuso para mí, en términos personales y hasta afectivos. Imaginad que, cuando eráis unos niños, soñabais con un juguete que habíais visto en un escaparate y que pensabais que os haría muy felices. Pues bien… Ahora imaginad que ese juguete se hace realidad, pero no como juguete, sino como lo que representa, y que es todo vuestro. Por ejemplo, un coche deportivo: ya no es un vehículo de cinco centímetros de longitud, sino uno real, y que lo podéis conducir, mientras el viento os da en la cara y reís a carcajadas.

Así me sentí yo.

Con el viento en mi cara y riendo como un loco que no se lo creía, mientras el deportivo cruzaba la llanura interminable a velocidades de vértigo, pero sabiendo que nada me podía pasar, que seguía siendo, en el fondo, un juguete, un sueño…

Y eso que la aventura tuvo por momentos tintes cómicos, si no grotescos. Porque todo comenzó muy de madrugada, apenas a las 4:00 am. Esa fue la hora del toque de corneta. ¡Arriba y a prepararse! A las 6:45 salía el avión desde Madrid, puente aéreo que une las dos principales ciudades del país como un túnel del tiempo. ¡Yo tengo pánico al avión! Sí. ¿Qué le vamos a hacer? Os creíais que no tenía miedo a nada, pero no es cierto. Me aterroriza ese diabólico artefacto hecho de metal y plástico que surca los cielos como un fantasma de piedra y sombra, sostenido por una fuerza invisible, que es también su gran debilidad. ¿Cómo puede flotar algo que pesa tanto? ¿Y cómo siendo tan pesado y poderoso se desintegra en cuanto le fallan las fuerzas?

Por suerte, venía mi maravillosa mujer conmigo, y gracias a ella y a su maravillosa idea de tomarme dos valerianas antes de embarcar, y a la misericordia divina, el viaje fue tranquilo, no hubo que lamentar estallidos de pánico de este quejicoso pasajero, y nos plantamos en Barcelona a las 8 am, sin mayor novedad. Abandoné feliz el engendro metálico que viola las nubes y, con el mayor alivio y la ilusión intacta, un taxi (rápido pero caro) nos dejó apenas un rato más tarde en el centro de una ciudad cubierta por la lluvia, el frío, y envuelta en un hálito de invierno, expectación y somnoliento ajetreo.

Desayunamos en el Paseo de Gracia, mi primera parada como escritor y espectador de la gran fiesta del libro en la Ciudad Condal. Una cafetería angosta y con más estilo que atención, unos cuantos japoneses en la barra y una latinoamericana atendiendo. El ambiente de cualquier otro bar de España. Pero también había un cruasán que no estaba a la plancha, sino más bien planchado; un café que de templado tenía sólo la solicitud, no la ejecución; y una calefacción ausente y añorada en aquella mañana fría de san Jordi. Fuera llovía. Los libros se mojaban. Los operarios se afanaban para que los stands estuvieran montados cuanto antes. Los propietarios de los puestos de rosas seguramente daban gracias al cielo.

A esa temprana hora de la mañana, la lluvia y las nubes oscuras ahuyentaban a muchos de la calle, pero la afluencia iba creciendo, lentamente, conforme la temperatura se suavizaba y el mediodía se acercaba. Mi labor como firmante se trasladó de Paseo de Gracia a La Rambla, y de allí a Paseo de Gracia de nuevo. Entre puestos, me moví en Metro, abriendo caminos inexplorados, mientras mi preciosa acompañante visitaba lugares cercanos de la Barcelona turística, como Casa Batlló o La Pedrera, de las que dejo algunas fotos del exterior.

Aquí, el menda en el Metro…

Y no estoy asustando, aunque lo parezca. Si bien la fauna local invita a la prudencia, el escondite de los dineros y la protección de los propios flancos, porque es fácil apreciar que hay poca vigilancia, y al mismo tiempo mucha vigilancia. El que tenga oídos para entender, que oiga.

Dejo también lamentables instantáneas de La Rambla, donde mis compañeros de Célebre Editorial tenían ya dispuesta una carpa muy a propósito para firmar libros, saludar amigos desconocidos y sonreír mientras la mañana se coloreaba. Allí estuve con ellos viendo por fin a mi ya querido Jordi Matamoros, editor, y a compañeros que probablemente lo serán por muchos años como Raki, David León y Arístides, autores de poemas mejores que los míos y representantes egregios de sus estilos particulares. En el Facebook de Célebre Editorial los tenéis a todos ellos. Eran más o menos las once de la mañana. Seguía lloviendo a ratos. Y la ciudad se daba ya cuenta de que estaba repleta de libros y rosas.

Regresé enseguida a mi puesto en Paseo de Gracia, una de las vías principales de Barcelona, para prepararme para el grueso de los visitantes de la mañana, dispuesto a exprimir el goce de cada palabra dedicada a los lectores, a escuchar sus historias, a mirar a sus ojos. Junto a mí había incluso un cantante famoso, aunque yo no lo conocía, porque hizo sus insinuantes gorjeos y sus excelentes peripecias cuando yo apenas era un infante, como Tony Hadley, que tenía una cola creciente de admiradores esperando que apareciera a eso de las 13 horas. Y yo al lado, preguntándome cómo aquel señor vendía tantos y tantos ejemplares de un libro en el que aparecía su foto, con la pinta de dandy cincuentón; y yo, que traía una joya literaria, apenas vendía unos pocos… Pero María, editora y gobernanta de aquel lindo caos, me habló de este tipo y de su banda, Spandau Ballet; y eso calmó mi envidiosa indignación jajaja, y hasta acabó por caerme bien, porque, después de todo, compartíamos carpa que nos protegía de la lluvia. Y eso une, amigos. Eso familiariza.

Aquí, mi stand y yo.

Como podéis imaginar, cada autor tiene su horario y su momento. Mi momento fue mágico. Como soñar con comida cuando tienes hambre, no sé si me entendéis. Cada rostro era especial. Cada visita una sorpresa. Cada uno de los que transcurría por aquel río inmenso de gente que pisoteaba las aceras, un amigo en potencia. Os aseguro que disfruté de cada segundo. Estoy seguro de que, al mirarme, solo veían a un tonto con una sonrisa estúpida jaja. Pero no me importaba. Aquella estupidez se contagiaba y ellos sonreían también, con el mismo semblante de misterio, locura y placer.

Cuando mi turno en Paseo de Gracia terminó, nos fuimos a comer y a ver un poco de Barcelona. Comimos en un bar restaurante cercano, donde nos pusieron un menú bastante decente por un precio razonable. Pasamos junto a puestos de partidos políticos (demasiados), librerías, editoriales, grupos y asociaciones, autores individuales… En algunos había colas interminables, de lectores apasionados y nerviosos por poder charlar un instante con sus autores más admirados. Os dejo foto, por ejemplo, de la autora Matilde Asensi en el stand de Casa del Libro.

Por supuesto, no podía faltar una breve visita a La Sagrada Familia, la mundialmente famosa Basílica ideada por Antonio Gaudí, ese genio de la arquitectura. El tiempo estaba mejorando. Incluso hacía calor. Había que buscar la sombra. Y los turistas pululaban por doquier, provocando que las colas para ver el monumento fueran interminables. Nos tuvimos que conformar que contemplar su imponente aspecto exterior, desgraciadamente todavía rodeado de obras y grúas. Es hermosa como ninguna otra que haya conocido. El impacto que causa en el visitante que la observa por vez primera sólo puede describirse como el brutal golpeo de un remolino invisible que te asalta en medio del páramo. ¡Oh si estuviera completa y terminada! ¡Qué soberbio testimonio para los siglos venideros de la fe de un hombre humilde, de su inagotable creatividad, de la generosidad de su entrega, de la valentía de su visión… mas también, desgraciadamente, de la ingratitud de las autoridades y del pueblo que permiten que se encuentre inacabada! Pero basta de palabras, quedaos con las imágenes.

Y de Barcelona, a Badalona. Nuevo trayecto en Metro para dar con la última parada del día, en el puesto de Célebre Editorial en Badalona, en la Plaza del Ayuntamiento. No creáis que allí la afluencia del público fue menor. La verdad es que me sorprendió la gran multitud que se reunió durante la tarde para visitar la Feria y comprar libros. Allí disfruté de unas horas de puro placer literario con mis compañeros y con todos los lectores y visitantes. Apenas se cabía por las calles. Todos se paraban ante las montañas de libros dispuestas para ser admiradas. Los ojos nos brillaban como a niños en Reyes. Reíamos por cualquier cosa y el mundo era joven y bello. Las historias que un día surgieron en nuestras mentes habían cobrado forma sólida, se habían transformado en objetos artesanales que, como tesoros traídos del lejano Oriente, se mostraban en este populoso mercado ante las miradas ansiosas de miles de compradores adictos a la belleza. Hombres y mujeres. Niños y adultos. Y nosotros, humildes escritores, ojipláticos y estupefactos ante el diluvio de preguntas, miradas y presencias. ¡Ojalá aquel día no se hubiera terminado nunca! Os dejo unas fotos del momento.

Al fin, agotados, llegó el instante del adiós. Nuestro vuelo salía a las 21:30, y había que regresar al aeropuerto, de modo que mi mujer y yo tomamos de nuevo un taxi (más caro aún) y nos despedimos de Barcelona hasta otro año, o hasta otra vida. Cenamos una hamburguesa e hicimos algunas compras. Por supuesto, me tomé otras dos valerianas. Y tras un retraso de casi tres cuartos de hora para despegar, el avión se perdió en la noche de vuelta a Madrid.

Esta fue mi experiencia en Barcelona en Sant Jordi. Ni más ni menos. Feliz. Cansado. Aprendiz y viajero. Bendecido por una compañía impagable. Sereno. Agradecido. Fortalecido.

¿Lo dificil? Regresar. Siempre es lo peor. Siempre es lo que más cuesta cuando se vive un sueño, cuando se vive una aventura, cuando se recorre un camino mágico. Los héroes de las grandes historias no te lo cuentan, pero disfrutan tanto con la aventura misma como consiguiendo lo que van a buscar u obtener. Y cuando lo logran, créeme, se sienten felices, pero también tristes, porque la aventura acaba.

Esta es mi historia. Solo espero que la aventura no acabe aquí… Pero eso, amigos, es cosa vuestra. A vosotros os toca hacer que no termine. ¿Cómo podéis hacerlo? Comprando mis libros. Convertidme en vuestro escritor, como si me poseyerais, como si os perteneciera, como si os debiera la vida, puesto que exactamente así es: no se es escritor por escribir, sino por tener lectores. Unos y otros nos necesitamos.

Por eso, como colofón, os dejo el enlace donde podéis comprar mi novela «NO EXISTEN LAS PRINCESAS». Adquiridla. Os gustará. Aquí:
https://www.celebreeditorial.es/producto/no-existen-las-princesas/

Presentación de «No existen las princesas» y de «Demiurgus»

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Por fin os traigo un resumen de las presentaciones de mis dos últimas novelas, que se celebraron los días 12 y 13 de abril, en Toledo.

No existen las princesas

En un lugar con un encanto especial, una antigua iglesia mudéjar dedicada ahora a menesteres más mundanos, local convertido en sala de exposiciones y eventos culturales, regentado por la asociación Círculo de Arte de Toledo, tuve el honor de presentar al público mi última y más reciente novela: «No existen las princesas», editada por Célebre Editorial. Me acompañó y presentó en este momento tan especial una autora paisana de La Puebla de Montalbán, Montserrat Calderón, cuya presencia fue un rayo de amabilidad y serenidad.

Conmigo estuvieron también mi mujer y mis hijos, y muchas personas a las que admiro, agradezco y aprecio. A todos, desde aquí, un abrazo.

«No existen las princesas» es un canto a la locura, la tristeza, la pérdida, la lucha con el mundo, esa lucha eterna en que el hombre, como Jacob, se enzarza con un ser poderoso y desconocido en plena noche, sin saber si ha de vencer o rendirse, si matar o pedir la bendición de su rival, hasta que al final no queda más que un dolor insoportable, la cojera con la que se camina el resto de la vida, tras comprobar que no se la puede vencer, pero que el alma corajuda y terca tampoco se ha de rendir, ni aun ante las mismas puertas de la muerte.

Pero no encontraréis desesperación en ella… ni tampoco esperanza. Es una tragedia serena, una historia de amor desenfrenada que sabe que terminará en la muerte pero no frena sus desvaríos ni sojuzga sus pasiones; y que aun así afronta la catarata de la destrucción con los ojos abiertos. Porque se ama y entonces el hombre se vuelve débil; pero es ese mismo amor el que acaba haciéndole fuerte, después de haberlo perdido todo. Solo entonces, quizás atravesando las puertas del más allá, pero aun con el pie levantado, se comprende la grandeza de la historia humana y la terrible y a la vez leve importancia de ser un instante un héroe.

El acto de presentación me permitió explayarme sobre la literatura, sus implicaciones personales y la necesidad de acudir a las historias y a quienes las cuentan a buscar no sólo un momento de diversión, sino también algunas de las claves de interpretación de esto que llamamos vida y que, para nosotros los escritores, siempre tiene forma de misión.

Agradezco a los asistentes su atención y su cariño. Todo finalizó con un vino, ejemplares firmados y mucho cariño de los asistentes. Realmente espectacular. Arriba os he dejado algunas fotos.

demiurgus

El día 13 de abril, en la Librería Taiga de Toledo, amigos que llevan muchos años promocionando la cultura y los libros en la Ciudad Imperial, tuvo por fin lugar el acto de presentación de mi novela «Demiurgus», editada por Tandaia. No me acompañó nadie, desgraciadamente, pero ello no impidió que fuera un evento muy divertido para mí y creo que también para los asistentes, todos los cuales demostraron ser mejores personas que yo mismo y profesarme un cariño muy de alabar, porque allí estuvieron escuchando mi exposición durante lo que fueron minutos llenos de literatura.

Un montón de sufridores que me soportaron elevándome hacia los espacios siderales y los tiempos sin medida, mientras mi mente cavilaba en voz alta sobre esta obra de ciencia-ficción, amor, tiempo y sentido de la vida, donde BJ se enfrentará a la crisis de su vida y al universo entero, en una aventura que superará todas sus previsiones y, creo, las de los lectores. Una odisea espacio-temporal que se inicia en la Toledo de dentro de varios siglos, en un mundo más avanzado pero no demasiado diferente del nuestro, en el que las personas siguen estando solas y necesitadas de lo que único que da completa seguridad y tranquilidad a sus almas: amar y sentirse amadas sin resquicio alguno de duda. La absoluta pérdida de esa seguridad y el peso de su propias acciones llevará a BJ a convertirse en el mayor viajero de todos los tiempos. Y aviso: sorpresa en el Epílogo. Por supuesto, habrá saga Demiurgus en el futuro.

La Librería Taiga está perfectamente preparada para este tipo de eventos, es acogedora, reúne infinidad de estímulos en los que entretener la mirada y la mente mientras se espera que el autor hable de sus visiones, y siempre recibe con las manos abiertas a quienes a ellos se acercan con este fin. Y esto no es publicidad gratuita: jamás lo diría si no sintiera que ha sido una gran experiencia, y si no estuviera contento con su atención. Al contrario que con la editorial, que ha resultado ajena y lejana, en el peor sentido de la palabra. Pero así son las cosas… Lo tomé como una oportunidad y me sentí como en casa, con un público genial, con grandes amigos, que se merecen una buena foto, como la que publico.

Y de pronto, todo había pasado… El fin de semana más increíble para mí como escritor, rodeado de gente fantástica a la que le encanta leer, en lugares fascinantes, y en un ambiente en el que me sentí perfectamente escuchado y entendido. ¡Gracias a todos! Lo siguiente que hice, después de cada presentación, fue publicar dos vídeos de sensaciones frescas y calientes (curiosa paradoja), en mi canal de Youtube: Escritor y Abogado, cuyo enlace os dejo a continuación:
https://www.youtube.com/channel/UCde7iIwlUNj9Rcqo3ifG8Lw?view_as=subscriber

Por supuesto, no puedo terminar este post de otra forma que no sea invitando a todos a comprar mis novelas, porque al final somos un producto y necesitamos que nos consuman, así de claro. Vivimos para escribir, pero tampoco estaría mal escribir para vivir. Es un círculo de vida. De modo que, ¡venga!, rascaos vuestros bolsillos, que la cultura de verdad no cuesta nada y dura para siempre. Un buen libro se disfruta, se paladea, se goza, una y otra vez, para muchos años, y se conserva y se puede legar a las generaciones futuras. ¿Conocéis mejor inversión posible?

No existen las princesas:
https://www.celebreeditorial.es/producto/no-existen-las-princesas/

Demiurgus:
https://www.tandaia.com/product-page/demiurgus-jaime-arias

Time is here

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Bueno, pues llegó el día…

Hace algo más de un año, comencé a escribir «No existen las princesas» en absoluta soledad y sin saber si algún día se convertiría en una obra publicada.

Hoy es el día en que ese manuscrito que nació por la necesidad de contar una historia de dolor y tragedia se presentará públicamente, con todas sus galas, en un modesto evento en el Círculo de Arte de Toledo, a las 19:00h.

¡Estoy nervioso! Quizás muchos no entendáis lo que pasa por mi cabeza en este momento, pero son muchas horas, muchos días, moldeando esta pequeña obrita para que tuviera su forma final, delicada y al mismo tiempo impactante.

Tras ella y delante de ella, años soñando con ser lo que debo ser, con lograr algo tan sencillo y a la vez tan complicado como ser el hombre que quiero ser y que tengo dentro: el escritor que grita por salir y que araña con todas sus fuerzas mi pecho, buscando una rendija por la que hacerse presente y escapar de esta cárcel en que se encuentra encerrado.

Ya no creí posible que a mis casi cuarenta años todo volviera a empezar de nuevo. Lo pedí muchas veces a Dios, y ya casi había desesperado… cuando sucedió.

Primero vino «Demiurgus», que presentaré mañana sábado. Y luego vino «No existen las princesas». Y el sueño comenzó a tomar forma…

Ahora os toca a vosotros. Yo ya he hecho mi parte. Os he dado mi alma en esta obra. Os he dado toda la poesía, la luz, la fuerza, la tristeza, la emoción, la sorpresa, la pureza y la maldad que mi imaginación es capaz de condensar en una pequeña cápsula del tiempo y del espacio, reducida a una historia breve pero que vale por muchas de miles de páginas.

¿Qué queréis hacer de mí? ¿Un escritor del montón o un gran escritor? No solo depende de mí, sino sobre todo de vosotros. Porque desde el momento en que una novela sale al mercado, ya no depende del escritor, ya no es suya, ya no está en su mano. Es un barco lanzado a toda velocidad contra lo desconocido. ¿Qué se encontrará: un mar caudaloso y calmo o un iceberg asesino? Eso lo decidís vosotros, los lectores.

Gracias a todos los que me habéis apoyado durante estos meses. Seguid así.

Viviré este gran día como lo que es: un hito en mi vida. ¡Brindemos!

Don Nadie el Deseado (III)

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Seguimos la historia de Paco. Capítulo III. Espero que os guste.

III

Durante la noche creyó escuchar ciertos ruidos extraños que se movían por el suelo, pero prefirió no saber a qué se debían. A la mañana siguiente,  después de meditarlo mientras desayunaba un vaso de leche caliente y un bollo frío, pues la mesa no estaba mejor surtida, Paco se arregló la camisa, se calzó las zapatillas de nuevo, se peinó el pelo corto y rebelde, negro como la noche, aunque con bastantes canas solitarias, y salió al camino. No había rastro de la vieja por ninguna parte. No pudo interrogarle sobre adónde tenía que dirigirse para ver al pescador. Se preguntó si bastaría con presentarse en su casa y decir que buscaba trabajo, y si al verle, tan distinto, tan inexperto, no le daría una patada en el culo y le mandaría por donde había venido. Pero no tenía más opción que intentarlo, ¿por qué no? Quizás, después de todo, hubiera un hueco para un aprendiz en su barco…  Al fin y al cabo, sería solo algo temporal. Y si no tenía nada para él, ya se buscaría otra cosa. ¿Qué más daba? Nadie lo esperaba de vuelta en ningún sitio.

Llevaba con él una pequeña mochila con su cartera y dos o tres cosas, porque se sentía más seguro con ellas encima. Dejó que sus pies decidieran por él. Había algo en la indicación de la vieja hostelera que le producía un morbo irrefrenable. El cielo estaba encapotado. Oía el mar a lo lejos; podía sentirlo en su piel. Echó a andar en dirección a la costa, esperando contemplar la orilla y la inmensidad del agua en cualquier momento. Mas el camino seguía y seguía, y no encontró a nadie. No es que la gente de allí temiera a las tormentas, ni al mal tiempo, ni al frío, pero debían de ser poco hospitalarias. Al menos esto fue lo que pensó Paco. O quizás es que simplemente, no viviera nadie por allí; o que no quedara de paso para ninguna parte. Era como estar al borde del abismo, al final de la carretera, en el más hondo de la cripta… eran lugares donde sólo vas si de verdad quieres ir o si te has perdido. Pero nadie pasa por ellos de camino a otra parte. No hay vecinos a los que saludar. No hay viajeros a los que conocer. No hay nada.

Dejó poco a poco la aldea a su izquierda, sin poderse explicar por qué abandonó el camino principal y tomó uno secundario, más pequeño, más salvaje. Pero éste parecía ir directamente hacia el ruido de las olas, y había una algo fascinante en él. Al cabo de una hora de caminata dubitativa, con la pequeña mochila a cuestas, la vio a lo lejos. La casa estaba donde Paco esperaba que estuviese: al borde del agua. Y era como esperaba que fuese: grande y fuerte, con muros blancos y ventanas pequeñas, como diseñada para resistir las galernas y la llegada de una ola gigantesca. Las paredes eran de ladrillo; en algunas partes la pintura se había resquebrajado y se veía rojo por debajo. Pero la base de las paredes era de piedra: sólido granito en bloques pequeños. El techo era de pizarra, muy inclinado. La edificación tenía dos plantas y se elevaba sobre unas rocas de varios metros de altura. El camino moría en la puerta principal, ante las escaleras de piedra. A sus espaldas, una playa abrupta y oscura, un sendero que bajaba hasta ella y un muelle antiguo, peñascoso, con olas llenas de espuma que se golpeaban continuamente contra la orilla.

Una media hora antes de vislumbrar el caserío, había comenzado a llover, cada vez más fuerte. Cuando alcanzó las gradas que conducían a la puerta principal de la vivienda, Paco estaba empapado y el viento le azotaba, haciendo que se sintiera aterido y estúpido. Mientras se acercaba, había tenido tiempo de pensar qué haría de allí en adelante. Se prometió a sí mismo no detenerse nunca más demasiado rato a planear su vida, aunque, bajo el intenso aguacero de la mañana, y ante la perspectiva de convertirse en pescador, una duda le vino a la cabeza:

– Yo no sé nada de pesca. ¿De verdad voy a ganarme la vida así?

Planteándose la cuestión estaba, cuando un nuevo pensamiento disipó sus dudas:

– ¡Qué más da! Pase lo que pase, no permaneceré mucho tiempo aquí. ¡A partir de hoy no me ataré a nada ni a nadie!

Sonrió, miró al frente y siguió caminando tan contento…

“Aquí debe de ser”, se dijo, repasando mentalmente las indicaciones que le había dado la vieja; y se encaramó acercó a toda prisa por la vereda que llevaba a la fachada.

Golpeó en la madera de la puerta buscando refugio bajo el alero. Al principio nada se oyó en el interior. Pero pronto unos pasos resonaron.

– No parecen pasos de hombre –pensó Paco-. Será su esposa, o quizá me habré equivocado…

La puerta se abrió lo suficiente para que el morador pudiera ver al visitante. La luz era escasa, pero permitía al menos vislumbrar la figura. Entonces, una voz femenina de agradable timbre preguntó:

– ¡Hola! ¿Qué quiere?

Paco dudó un instante, apenas un segundo, pero lo bastante para que la voz en cuestión volviera a hablar:

– Si vienes preguntando por mi abuelo, no está ahora. Ha salido.

Paco reaccionó entonces:

– Sí, verás, perdona. ¡Hola! Anoche me alojé en el hostal que está cerca de la carretera, y la dueña me comentó que el señor Tomás busca alguien que le ayude en el trabajo. Y como yo necesito trabajar, he venido a preguntar. Oh… eh… la señora me dijo que encontraría la casa del señor Tomás muy cerca de la playa. Espero no haberme confundido…

– Pasa –dijo la mujer-, que llueve mucho.

Paco agradeció con la cabeza la invitación, y tras sacudirse las botas con un par de fuertes pisotones en la entrada, atravesó aquella puerta. El ambiente era cálido. La decoración, simple y rústica. Paco agradeció íntimamente encontrar un lugar donde resguardarse de la inminente tormenta; y hasta le pareció advertir una cierta simpatía en el recibimiento de la joven. Era una chica que no pasaría de la veintena, de piel blanca, pelirroja, con gafas, de mirada intensa y labios rojos, risueña y habladora. Se contoneaba casi imperceptiblemente al moverse, como una hoja mecida por el viento de la mañana.

– Pase, por favor – repitió.

– Gracias – replicó Paco-. No quisiera molestar, pero la vieja del hostal me dijo que viniera a preguntar aquí.

– Seguramente ha hecho usted bien, aunque no sé si mi abuelo necesita o no un empleado, porque yo acabo de llegar de la ciudad, ¿sabe? Estoy estudiando allí, y he venido antes para darles una sorpresa, aunque veo que la sorpresa me la he llevado yo.

– ¿Cómo dice? –preguntó Paco.

– ¡Tuteémonos, por favor! –respondió la chica-. ¿Le parece? Sí, eso es… Verás: mi abuelo y mi madre, y quizás también mi hermana, tenían ido a la estación a recogerme, pero yo les engañé, por decirlo de alguna forma. Pensaba llegar antes de que tomaran el coche, así que les informé de que llegaba en un autobús que en realidad paraba una hora más tarde. Mas se ve que han salido temprano y cuando he llegado en el taxi no había nadie. ¡Menos mal que tengo llaves de casa! Así que ahora tendremos que esperar que retornen de la estación, porque ya me han llamado, preocupados, para saber dónde estaba; y he tenido que reconocer que ya estoy aquí, y el enredo que había planeado sólo para sorprenderles y evitarles el viaje… En fin, me ha salido mal el plan. Pero no importa, no quiero aburrirte con mis historias. Al menos he tenido ocasión de conocer a alguien jejeje…

– ¡No me aburres, tranquila! –dijo Paco mientras la miraba, extasiado. Estaba contento de tener a alguien con quien hablar, y entusiasmado de que una chica tan bonita lo tratase con tanta naturalidad.

Ella le había recibido con un beso amistoso, como si se conocieran de toda la vida, y le había tomado del brazo para que se sentara en el sillón más cómodo. Luego, mientras hablaban, había puesto la cafetera, y ya el café recién hecho inundaba de olor penetrante cada rincón del amplio salón de estar. Era como estar en el camarote del capitán de una hermosa nao antigua, pensó, tratando de ponerse en ambiente marino. Luego se dio cuenta de que el símil era bastante estúpido, pero al menos le había servido para comprender que estaba de verdad en otro mundo que no conocía, entre gentes que eran y vivían diferentes.

La joven, menuda y grácil, le sirvió un café amargo y profundo, de aroma sosegado, mas de jovial regusto, caliente hasta el extremo, en una taza de basta cerámica. Por unos momentos, se sintió embriagado por aquella mezcla de caducidad y juventud, de dulzor y amargor, de silencio y música, que desprendían todo el cuadro de elementos que lo rodeaban: la taza, el café, los sillones mullidos, el salón con sus cuadros y adornos marineros, la madera que recubría las paredes, el terrazo gastado del suelo, y la chica pelirroja de piel lechosa que tenía delante, mirándolo y hablándole de cosas que no estaba escuchando, pero que le sonaban a luz, a juegos y a risas, a magia y a poemas hace mucho olvidados…

Sin notarlo, él también comenzó a reír y a relatar las anécdotas más insignificantes que se le ocurrían, mientras ella corroboraba cada una de ellas con sinceras carcajadas. El reloj corría y la tarde avanzaba. Y el café se iba enfriando en sus manos.

Consejos para ser escritor (bueno)

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Muchos quieren hoy ser escritores. Han leído a su autor favorito y se despierta en ellos el deseo de la imitación. O quizás sueñan despiertos con contar cosas que nadie más ha contado. O han vivido extrañas o dolorosas historias que les gustaría dejar reflejadas por escrito para que no se pierdan. Pero, ¿cómo y por dónde empezar?

Para quienes me pidan credenciales, les diré que no tengo ninguna que conceda una universidad o un premio. Tampoco ninguna que concedan miles de libros vendidos o esa especie de autoridad quebradiza y fantasmal que concede el vulgo.

Pero soy escritor. He pasado mi vida, desde que tengo uso de la memoria consciente, escribiendo. Y he pasado por muchas etapas en mi camino hacia la unión, hacia el casamiento completo con la Literatura, que desgraciadamente todavía no se ha consumado, pues nos hallamos en la fase de la promesa nupcial. El matrimonio ya tiene fecha, o casi, pero no se ha celebrado.

Sin embargo, soy escritor; y para llegar hasta aquí he sufrido, he soñado, he llorado, y he rogado. ¿Cómo he llegado? Esto es lo que quiero contaros. Lo haré en forma de varios consejos en cuya redacción no me extenderé mucho. Si alguno de vosotros desea más detalles, que me escriba un mensaje o vea mi vídeo en mi canal de YouTube Escritor y Abogado dedicado a ello.

  1. Para ser escritor, lee mucho y bueno. Hazlo sin prisa, disfrutando cada página, cada libro, sintiendo el ardor de la lectura, y sin prejuicios. Olvídate de las modas y de los best sellers. Empieza por los clásicos, de ayer o de hoy. Llénate, empápate de literatura por dentro y por fuera, y de conocimientos. Toca géneros variados. Desarrolla tu sentido de la belleza con las mejores obras de arte de la historia. Lee también libros sobre libros o sobre autores. Conoce su tiempo, sus vidas, sus inquietudes. Recuerda: para dar, primero tienes que tener.
  2. Descubre esa pasión dentro de ti. Ese fuego. Esa vocación. Esa fuerza que te mueve a escribir cada día. Si tú no tienes esa pasión, no podrás transmitirla. Los lectores notarán que falta ese fuego. Una obra de arte sin pasión no existe. Porque la literatura es ante todo sentimiento.
  3. Déjate llevar por la imaginación. Deja que vuele. Deja que explore todo lo que se esconde dentro de ti. Hasta las más profundas cosas que no quieres que salgan. Explora todas las opciones imprevistas en tus historias. Deja que la imaginación tome el mando.
  4. No trates de imitar a otros. Sé tú mismo. No hay nada peor que imitar a otros autores. Ten tu propio estilo. Ten tu propia vida. Busca tus propias temáticas. Crea tu propio mundo. Huye de caminos trillados. Haz tu propio camino. Sigue tus propias intuiciones. Y como digo siempre, si no hay camino, sé tú el camino.
  5. Búscate un mentor o un maestro, y agárrate a sus consejos. Déjate guiar por alguien que haya recorrido el camino antes que tú. Alguien que sienta esa misma pasión que tú. Que te anime, que se enderece, que vea en ti la semilla del escritor y con quien te entiendas bien. Porque para entenderse bien no hace falta decir muchas cosas; a veces basta una expresión o una mirada. Leer entre líneas las mismas frases: eso define a quienes se entienden bien.
  6. Ponte a prueba en competición con otros. Para ello tienes infinidad de instrumentos: concursos, certámenes, recitales, premios… Te ayudarán a saber dónde estás y si verdaderamente tienes talento.
  7. Ten paciencia. El arte no surge en un día. Sé constante. No te dejes amilanar por las dificultades. Cree en ti. No te rindas fácilmente.
  8. Crea tu obra. Escribe. No pienses en el más allá de esto. Sólo escribe. Crea un buen producto. Y lo demás vendrá solo

Extracto de «No existen las princesas»

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La presentación pública de mi cuarta novela, «No existen las princesas», se producirá el próximo día 12 de abril, a las 19:00 horas, en el Círculo de Arte de Toledo. Mientras tanto, os traigo un breve extracto como entrante literario.

«Nos sentamos, comimos con
agrado y charlamos hasta que la boca se
nos quedó seca. Ella estaba de muy buen
humor. Yo creí advertir en aquel estado
de ánimo una inclinación hacia mí. Me
sentí hermoso, cautivador. Amenazaba
con desmayarme cada vez que ella reía,
que eran muchas, y en cada ocasión en
que ella rozaba mi mano o tocaba mi
brazo, mientras nos contábamos chascarrillos
y repasábamos nuestra vida entre
carcajadas y anécdotas sin importancia.
Fue la velada más hermosa que jamás
había tenido con mujer alguna. Tampoco
es que mi experiencia en estas lides
fuera muy amplia, pues hasta entonces
no solo continuaba soltero, sino que estaba
condenado a seguir en el mismo
estado, al menos mientras no se cayera
un ángel del cielo, se golpeara en la cabeza,
perdiera la memoria y a la primera
persona que viera al despertar fuera yo.
Y eso era exactamente lo que yo pensaba
que me había pasado con Diana…
Sin embargo, toda la magia se
esfumó cuando ella, sin previo aviso, me
comentó:
—Podemos volver al tema de mi
proyecto, si te parece bien. ¿Cómo lo ves?
Me dijiste que te habían surgido algunas
dudas…
Fue en ese instante cuando, estremecido
de un martillazo en la nuca,
regresé de pronto a la tierra de los vivos
y me encontré sentado a una mesa, en
un restaurante, con una desconocida
que vestía como una cualquiera, y cuyos
zapatos rojos podían resultar una
genialidad pero también un insulto al
buen gusto. Procuré contener el golpe
y guardar las apariencias, a pesar de la
marejada que se había levantado en mi
interior. Me recordé mentalmente que
aquello no era una cita romántica y que,
en el fondo, yo había usado un pretexto
poco sincero para volver a verla; en realidad,
ella solo estaba respondiendo a
mi invitación y repitiendo mis palabras.
Pero no funcionó… pedí permiso para levantarme
e ir al aseo, y allí me entretuve
mirándome al espejo y refrescándome
la cara. Estaba rojo como un pimiento.
Me había excitado, seguramente, a causa
del vino y la conversación. Luego me
invadió la confusión. Mi vista había corrido
tras una quimera, una ensoñación,
una mera proyección de mis deseos
ocultos. Estaba en realidad solo; y mi
corazón ansiaba encontrar otro corazón
al que rozar con sus latidos. Ese era mi
problema… Si no era ella, se entregaría a
cualquier otro espejismo.»