Firmando ejemplares en Sant Jordi 2019

El pasado día 23 de abril tuve el honor de pasar el día en Barcelona y en Badalona, con la Editorial Célebre, para firmar ejemplares de mi novela «NO EXISTEN LAS PRINCESAS», disfrutando de la gran fiesta de la literatura que es Sant Jordi. Este es el relato de la aventura de un extremeño/toledano en la gran ciudad…

Es difícil resumir en pocas líneas lo que el día 23 de abril supuso para mí, en términos personales y hasta afectivos. Imaginad que, cuando eráis unos niños, soñabais con un juguete que habíais visto en un escaparate y que pensabais que os haría muy felices. Pues bien… Ahora imaginad que ese juguete se hace realidad, pero no como juguete, sino como lo que representa, y que es todo vuestro. Por ejemplo, un coche deportivo: ya no es un vehículo de cinco centímetros de longitud, sino uno real, y que lo podéis conducir, mientras el viento os da en la cara y reís a carcajadas.

Así me sentí yo.

Con el viento en mi cara y riendo como un loco que no se lo creía, mientras el deportivo cruzaba la llanura interminable a velocidades de vértigo, pero sabiendo que nada me podía pasar, que seguía siendo, en el fondo, un juguete, un sueño…

Y eso que la aventura tuvo por momentos tintes cómicos, si no grotescos. Porque todo comenzó muy de madrugada, apenas a las 4:00 am. Esa fue la hora del toque de corneta. ¡Arriba y a prepararse! A las 6:45 salía el avión desde Madrid, puente aéreo que une las dos principales ciudades del país como un túnel del tiempo. ¡Yo tengo pánico al avión! Sí. ¿Qué le vamos a hacer? Os creíais que no tenía miedo a nada, pero no es cierto. Me aterroriza ese diabólico artefacto hecho de metal y plástico que surca los cielos como un fantasma de piedra y sombra, sostenido por una fuerza invisible, que es también su gran debilidad. ¿Cómo puede flotar algo que pesa tanto? ¿Y cómo siendo tan pesado y poderoso se desintegra en cuanto le fallan las fuerzas?

Por suerte, venía mi maravillosa mujer conmigo, y gracias a ella y a su maravillosa idea de tomarme dos valerianas antes de embarcar, y a la misericordia divina, el viaje fue tranquilo, no hubo que lamentar estallidos de pánico de este quejicoso pasajero, y nos plantamos en Barcelona a las 8 am, sin mayor novedad. Abandoné feliz el engendro metálico que viola las nubes y, con el mayor alivio y la ilusión intacta, un taxi (rápido pero caro) nos dejó apenas un rato más tarde en el centro de una ciudad cubierta por la lluvia, el frío, y envuelta en un hálito de invierno, expectación y somnoliento ajetreo.

Desayunamos en el Paseo de Gracia, mi primera parada como escritor y espectador de la gran fiesta del libro en la Ciudad Condal. Una cafetería angosta y con más estilo que atención, unos cuantos japoneses en la barra y una latinoamericana atendiendo. El ambiente de cualquier otro bar de España. Pero también había un cruasán que no estaba a la plancha, sino más bien planchado; un café que de templado tenía sólo la solicitud, no la ejecución; y una calefacción ausente y añorada en aquella mañana fría de san Jordi. Fuera llovía. Los libros se mojaban. Los operarios se afanaban para que los stands estuvieran montados cuanto antes. Los propietarios de los puestos de rosas seguramente daban gracias al cielo.

A esa temprana hora de la mañana, la lluvia y las nubes oscuras ahuyentaban a muchos de la calle, pero la afluencia iba creciendo, lentamente, conforme la temperatura se suavizaba y el mediodía se acercaba. Mi labor como firmante se trasladó de Paseo de Gracia a La Rambla, y de allí a Paseo de Gracia de nuevo. Entre puestos, me moví en Metro, abriendo caminos inexplorados, mientras mi preciosa acompañante visitaba lugares cercanos de la Barcelona turística, como Casa Batlló o La Pedrera, de las que dejo algunas fotos del exterior.

Aquí, el menda en el Metro…

Y no estoy asustando, aunque lo parezca. Si bien la fauna local invita a la prudencia, el escondite de los dineros y la protección de los propios flancos, porque es fácil apreciar que hay poca vigilancia, y al mismo tiempo mucha vigilancia. El que tenga oídos para entender, que oiga.

Dejo también lamentables instantáneas de La Rambla, donde mis compañeros de Célebre Editorial tenían ya dispuesta una carpa muy a propósito para firmar libros, saludar amigos desconocidos y sonreír mientras la mañana se coloreaba. Allí estuve con ellos viendo por fin a mi ya querido Jordi Matamoros, editor, y a compañeros que probablemente lo serán por muchos años como Raki, David León y Arístides, autores de poemas mejores que los míos y representantes egregios de sus estilos particulares. En el Facebook de Célebre Editorial los tenéis a todos ellos. Eran más o menos las once de la mañana. Seguía lloviendo a ratos. Y la ciudad se daba ya cuenta de que estaba repleta de libros y rosas.

Regresé enseguida a mi puesto en Paseo de Gracia, una de las vías principales de Barcelona, para prepararme para el grueso de los visitantes de la mañana, dispuesto a exprimir el goce de cada palabra dedicada a los lectores, a escuchar sus historias, a mirar a sus ojos. Junto a mí había incluso un cantante famoso, aunque yo no lo conocía, porque hizo sus insinuantes gorjeos y sus excelentes peripecias cuando yo apenas era un infante, como Tony Hadley, que tenía una cola creciente de admiradores esperando que apareciera a eso de las 13 horas. Y yo al lado, preguntándome cómo aquel señor vendía tantos y tantos ejemplares de un libro en el que aparecía su foto, con la pinta de dandy cincuentón; y yo, que traía una joya literaria, apenas vendía unos pocos… Pero María, editora y gobernanta de aquel lindo caos, me habló de este tipo y de su banda, Spandau Ballet; y eso calmó mi envidiosa indignación jajaja, y hasta acabó por caerme bien, porque, después de todo, compartíamos carpa que nos protegía de la lluvia. Y eso une, amigos. Eso familiariza.

Aquí, mi stand y yo.

Como podéis imaginar, cada autor tiene su horario y su momento. Mi momento fue mágico. Como soñar con comida cuando tienes hambre, no sé si me entendéis. Cada rostro era especial. Cada visita una sorpresa. Cada uno de los que transcurría por aquel río inmenso de gente que pisoteaba las aceras, un amigo en potencia. Os aseguro que disfruté de cada segundo. Estoy seguro de que, al mirarme, solo veían a un tonto con una sonrisa estúpida jaja. Pero no me importaba. Aquella estupidez se contagiaba y ellos sonreían también, con el mismo semblante de misterio, locura y placer.

Cuando mi turno en Paseo de Gracia terminó, nos fuimos a comer y a ver un poco de Barcelona. Comimos en un bar restaurante cercano, donde nos pusieron un menú bastante decente por un precio razonable. Pasamos junto a puestos de partidos políticos (demasiados), librerías, editoriales, grupos y asociaciones, autores individuales… En algunos había colas interminables, de lectores apasionados y nerviosos por poder charlar un instante con sus autores más admirados. Os dejo foto, por ejemplo, de la autora Matilde Asensi en el stand de Casa del Libro.

Por supuesto, no podía faltar una breve visita a La Sagrada Familia, la mundialmente famosa Basílica ideada por Antonio Gaudí, ese genio de la arquitectura. El tiempo estaba mejorando. Incluso hacía calor. Había que buscar la sombra. Y los turistas pululaban por doquier, provocando que las colas para ver el monumento fueran interminables. Nos tuvimos que conformar que contemplar su imponente aspecto exterior, desgraciadamente todavía rodeado de obras y grúas. Es hermosa como ninguna otra que haya conocido. El impacto que causa en el visitante que la observa por vez primera sólo puede describirse como el brutal golpeo de un remolino invisible que te asalta en medio del páramo. ¡Oh si estuviera completa y terminada! ¡Qué soberbio testimonio para los siglos venideros de la fe de un hombre humilde, de su inagotable creatividad, de la generosidad de su entrega, de la valentía de su visión… mas también, desgraciadamente, de la ingratitud de las autoridades y del pueblo que permiten que se encuentre inacabada! Pero basta de palabras, quedaos con las imágenes.

Y de Barcelona, a Badalona. Nuevo trayecto en Metro para dar con la última parada del día, en el puesto de Célebre Editorial en Badalona, en la Plaza del Ayuntamiento. No creáis que allí la afluencia del público fue menor. La verdad es que me sorprendió la gran multitud que se reunió durante la tarde para visitar la Feria y comprar libros. Allí disfruté de unas horas de puro placer literario con mis compañeros y con todos los lectores y visitantes. Apenas se cabía por las calles. Todos se paraban ante las montañas de libros dispuestas para ser admiradas. Los ojos nos brillaban como a niños en Reyes. Reíamos por cualquier cosa y el mundo era joven y bello. Las historias que un día surgieron en nuestras mentes habían cobrado forma sólida, se habían transformado en objetos artesanales que, como tesoros traídos del lejano Oriente, se mostraban en este populoso mercado ante las miradas ansiosas de miles de compradores adictos a la belleza. Hombres y mujeres. Niños y adultos. Y nosotros, humildes escritores, ojipláticos y estupefactos ante el diluvio de preguntas, miradas y presencias. ¡Ojalá aquel día no se hubiera terminado nunca! Os dejo unas fotos del momento.

Al fin, agotados, llegó el instante del adiós. Nuestro vuelo salía a las 21:30, y había que regresar al aeropuerto, de modo que mi mujer y yo tomamos de nuevo un taxi (más caro aún) y nos despedimos de Barcelona hasta otro año, o hasta otra vida. Cenamos una hamburguesa e hicimos algunas compras. Por supuesto, me tomé otras dos valerianas. Y tras un retraso de casi tres cuartos de hora para despegar, el avión se perdió en la noche de vuelta a Madrid.

Esta fue mi experiencia en Barcelona en Sant Jordi. Ni más ni menos. Feliz. Cansado. Aprendiz y viajero. Bendecido por una compañía impagable. Sereno. Agradecido. Fortalecido.

¿Lo dificil? Regresar. Siempre es lo peor. Siempre es lo que más cuesta cuando se vive un sueño, cuando se vive una aventura, cuando se recorre un camino mágico. Los héroes de las grandes historias no te lo cuentan, pero disfrutan tanto con la aventura misma como consiguiendo lo que van a buscar u obtener. Y cuando lo logran, créeme, se sienten felices, pero también tristes, porque la aventura acaba.

Esta es mi historia. Solo espero que la aventura no acabe aquí… Pero eso, amigos, es cosa vuestra. A vosotros os toca hacer que no termine. ¿Cómo podéis hacerlo? Comprando mis libros. Convertidme en vuestro escritor, como si me poseyerais, como si os perteneciera, como si os debiera la vida, puesto que exactamente así es: no se es escritor por escribir, sino por tener lectores. Unos y otros nos necesitamos.

Por eso, como colofón, os dejo el enlace donde podéis comprar mi novela «NO EXISTEN LAS PRINCESAS». Adquiridla. Os gustará. Aquí:
https://www.celebreeditorial.es/producto/no-existen-las-princesas/

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