Don Nadie el Deseado (III)

Seguimos la historia de Paco. Capítulo III. Espero que os guste.

III

Durante la noche creyó escuchar ciertos ruidos extraños que se movían por el suelo, pero prefirió no saber a qué se debían. A la mañana siguiente,  después de meditarlo mientras desayunaba un vaso de leche caliente y un bollo frío, pues la mesa no estaba mejor surtida, Paco se arregló la camisa, se calzó las zapatillas de nuevo, se peinó el pelo corto y rebelde, negro como la noche, aunque con bastantes canas solitarias, y salió al camino. No había rastro de la vieja por ninguna parte. No pudo interrogarle sobre adónde tenía que dirigirse para ver al pescador. Se preguntó si bastaría con presentarse en su casa y decir que buscaba trabajo, y si al verle, tan distinto, tan inexperto, no le daría una patada en el culo y le mandaría por donde había venido. Pero no tenía más opción que intentarlo, ¿por qué no? Quizás, después de todo, hubiera un hueco para un aprendiz en su barco…  Al fin y al cabo, sería solo algo temporal. Y si no tenía nada para él, ya se buscaría otra cosa. ¿Qué más daba? Nadie lo esperaba de vuelta en ningún sitio.

Llevaba con él una pequeña mochila con su cartera y dos o tres cosas, porque se sentía más seguro con ellas encima. Dejó que sus pies decidieran por él. Había algo en la indicación de la vieja hostelera que le producía un morbo irrefrenable. El cielo estaba encapotado. Oía el mar a lo lejos; podía sentirlo en su piel. Echó a andar en dirección a la costa, esperando contemplar la orilla y la inmensidad del agua en cualquier momento. Mas el camino seguía y seguía, y no encontró a nadie. No es que la gente de allí temiera a las tormentas, ni al mal tiempo, ni al frío, pero debían de ser poco hospitalarias. Al menos esto fue lo que pensó Paco. O quizás es que simplemente, no viviera nadie por allí; o que no quedara de paso para ninguna parte. Era como estar al borde del abismo, al final de la carretera, en el más hondo de la cripta… eran lugares donde sólo vas si de verdad quieres ir o si te has perdido. Pero nadie pasa por ellos de camino a otra parte. No hay vecinos a los que saludar. No hay viajeros a los que conocer. No hay nada.

Dejó poco a poco la aldea a su izquierda, sin poderse explicar por qué abandonó el camino principal y tomó uno secundario, más pequeño, más salvaje. Pero éste parecía ir directamente hacia el ruido de las olas, y había una algo fascinante en él. Al cabo de una hora de caminata dubitativa, con la pequeña mochila a cuestas, la vio a lo lejos. La casa estaba donde Paco esperaba que estuviese: al borde del agua. Y era como esperaba que fuese: grande y fuerte, con muros blancos y ventanas pequeñas, como diseñada para resistir las galernas y la llegada de una ola gigantesca. Las paredes eran de ladrillo; en algunas partes la pintura se había resquebrajado y se veía rojo por debajo. Pero la base de las paredes era de piedra: sólido granito en bloques pequeños. El techo era de pizarra, muy inclinado. La edificación tenía dos plantas y se elevaba sobre unas rocas de varios metros de altura. El camino moría en la puerta principal, ante las escaleras de piedra. A sus espaldas, una playa abrupta y oscura, un sendero que bajaba hasta ella y un muelle antiguo, peñascoso, con olas llenas de espuma que se golpeaban continuamente contra la orilla.

Una media hora antes de vislumbrar el caserío, había comenzado a llover, cada vez más fuerte. Cuando alcanzó las gradas que conducían a la puerta principal de la vivienda, Paco estaba empapado y el viento le azotaba, haciendo que se sintiera aterido y estúpido. Mientras se acercaba, había tenido tiempo de pensar qué haría de allí en adelante. Se prometió a sí mismo no detenerse nunca más demasiado rato a planear su vida, aunque, bajo el intenso aguacero de la mañana, y ante la perspectiva de convertirse en pescador, una duda le vino a la cabeza:

– Yo no sé nada de pesca. ¿De verdad voy a ganarme la vida así?

Planteándose la cuestión estaba, cuando un nuevo pensamiento disipó sus dudas:

– ¡Qué más da! Pase lo que pase, no permaneceré mucho tiempo aquí. ¡A partir de hoy no me ataré a nada ni a nadie!

Sonrió, miró al frente y siguió caminando tan contento…

“Aquí debe de ser”, se dijo, repasando mentalmente las indicaciones que le había dado la vieja; y se encaramó acercó a toda prisa por la vereda que llevaba a la fachada.

Golpeó en la madera de la puerta buscando refugio bajo el alero. Al principio nada se oyó en el interior. Pero pronto unos pasos resonaron.

– No parecen pasos de hombre –pensó Paco-. Será su esposa, o quizá me habré equivocado…

La puerta se abrió lo suficiente para que el morador pudiera ver al visitante. La luz era escasa, pero permitía al menos vislumbrar la figura. Entonces, una voz femenina de agradable timbre preguntó:

– ¡Hola! ¿Qué quiere?

Paco dudó un instante, apenas un segundo, pero lo bastante para que la voz en cuestión volviera a hablar:

– Si vienes preguntando por mi abuelo, no está ahora. Ha salido.

Paco reaccionó entonces:

– Sí, verás, perdona. ¡Hola! Anoche me alojé en el hostal que está cerca de la carretera, y la dueña me comentó que el señor Tomás busca alguien que le ayude en el trabajo. Y como yo necesito trabajar, he venido a preguntar. Oh… eh… la señora me dijo que encontraría la casa del señor Tomás muy cerca de la playa. Espero no haberme confundido…

– Pasa –dijo la mujer-, que llueve mucho.

Paco agradeció con la cabeza la invitación, y tras sacudirse las botas con un par de fuertes pisotones en la entrada, atravesó aquella puerta. El ambiente era cálido. La decoración, simple y rústica. Paco agradeció íntimamente encontrar un lugar donde resguardarse de la inminente tormenta; y hasta le pareció advertir una cierta simpatía en el recibimiento de la joven. Era una chica que no pasaría de la veintena, de piel blanca, pelirroja, con gafas, de mirada intensa y labios rojos, risueña y habladora. Se contoneaba casi imperceptiblemente al moverse, como una hoja mecida por el viento de la mañana.

– Pase, por favor – repitió.

– Gracias – replicó Paco-. No quisiera molestar, pero la vieja del hostal me dijo que viniera a preguntar aquí.

– Seguramente ha hecho usted bien, aunque no sé si mi abuelo necesita o no un empleado, porque yo acabo de llegar de la ciudad, ¿sabe? Estoy estudiando allí, y he venido antes para darles una sorpresa, aunque veo que la sorpresa me la he llevado yo.

– ¿Cómo dice? –preguntó Paco.

– ¡Tuteémonos, por favor! –respondió la chica-. ¿Le parece? Sí, eso es… Verás: mi abuelo y mi madre, y quizás también mi hermana, tenían ido a la estación a recogerme, pero yo les engañé, por decirlo de alguna forma. Pensaba llegar antes de que tomaran el coche, así que les informé de que llegaba en un autobús que en realidad paraba una hora más tarde. Mas se ve que han salido temprano y cuando he llegado en el taxi no había nadie. ¡Menos mal que tengo llaves de casa! Así que ahora tendremos que esperar que retornen de la estación, porque ya me han llamado, preocupados, para saber dónde estaba; y he tenido que reconocer que ya estoy aquí, y el enredo que había planeado sólo para sorprenderles y evitarles el viaje… En fin, me ha salido mal el plan. Pero no importa, no quiero aburrirte con mis historias. Al menos he tenido ocasión de conocer a alguien jejeje…

– ¡No me aburres, tranquila! –dijo Paco mientras la miraba, extasiado. Estaba contento de tener a alguien con quien hablar, y entusiasmado de que una chica tan bonita lo tratase con tanta naturalidad.

Ella le había recibido con un beso amistoso, como si se conocieran de toda la vida, y le había tomado del brazo para que se sentara en el sillón más cómodo. Luego, mientras hablaban, había puesto la cafetera, y ya el café recién hecho inundaba de olor penetrante cada rincón del amplio salón de estar. Era como estar en el camarote del capitán de una hermosa nao antigua, pensó, tratando de ponerse en ambiente marino. Luego se dio cuenta de que el símil era bastante estúpido, pero al menos le había servido para comprender que estaba de verdad en otro mundo que no conocía, entre gentes que eran y vivían diferentes.

La joven, menuda y grácil, le sirvió un café amargo y profundo, de aroma sosegado, mas de jovial regusto, caliente hasta el extremo, en una taza de basta cerámica. Por unos momentos, se sintió embriagado por aquella mezcla de caducidad y juventud, de dulzor y amargor, de silencio y música, que desprendían todo el cuadro de elementos que lo rodeaban: la taza, el café, los sillones mullidos, el salón con sus cuadros y adornos marineros, la madera que recubría las paredes, el terrazo gastado del suelo, y la chica pelirroja de piel lechosa que tenía delante, mirándolo y hablándole de cosas que no estaba escuchando, pero que le sonaban a luz, a juegos y a risas, a magia y a poemas hace mucho olvidados…

Sin notarlo, él también comenzó a reír y a relatar las anécdotas más insignificantes que se le ocurrían, mientras ella corroboraba cada una de ellas con sinceras carcajadas. El reloj corría y la tarde avanzaba. Y el café se iba enfriando en sus manos.

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