Textos fallidos 2

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Regreso con esta serie de escritos que aún no han visto la luz, o que simplemente jamás la verán. No diría que el texto de hoy sea un texto abandonado, pero tendrá que esperar por un tiempo, pues estoy enfrascado en otras labores acuciantes. Mientras tanto, os ofrezco sus tres primeras páginas como testimonio de mi trabajo secreto y a veces dubitativo. Se trata de mi propia versión del mito de la Atlántida, vista desde los ojos de una muchacha vendida como esclava. Os lo traigo hasta con sus errores ortográficos, para que veáis que un escritor también se equivoca…

«

Tierras irredentas que se solazan al sol del mediodía y las fuentes secretas de la vida, que subyacen en las médulas que recorren, serpentinas, el casco hundido de su quebradizo armazón, ardientes al contacto con el fuego prohibido en que se sumergen y vuelven a surgir las pesadillas, en eterno sello contraerán matrimonio violento, bajo el sol y sobre el sol, con los rugientes muros del océano, primero asustadizo, luego conquistador, al compás de los truenos que nacen de las fraguas rocosas de Ximuat, que con su maza golpea los cimientos del mundo, alegre de tomarse la venganza.

¡Oh Ximuat, tú que braceas de rabia en lo profundoy el mundo se sacude de terror! ¡Oh dios diamantino que te sientas sobre un trono de magma! No olvides que un día fuimos tus esclavos y te servimos bien. Si te abandonamos, al menos no te olvidamos, y aún se te siguen ofreciendo víctimas en Mentunma, al ocaso de cada luna creciente. No permitas que nuestra historia caiga en el olvido. Que uno de nosotros al menos sea salvado (Profecía de Subinmo, Canto Final).

¿Quién recordará ahora a los hombres del pasado? Éstos llegan y se van como el viento de una tarde de otoño, efímera, mortecina. Ya nadie lee los textos antiguos. Los nombres se olvidan, caen en la oscuridad. Sin embargo, el pasado existió, y un día fue lo único importante, lo único real. Aunque nadie ya lo recuerde.

Hace mucho que las tierras cambiaron y la faz del mundo quedó trastornada. Los montes se hundieron, los mares se secaron y los bosques se convirtieron en desiertos. Del tiempo anterior a aquellas convulsiones, hay mucho que contar, mas lo que ha llegado hasta nosotros está distorsionado por los milenios y el caos. Tan sólo sombras, retales de lo que fue una gran historia, han llegado hasta nosotros, como relámpagos que a lo lejos anunciaran una tormenta o fósiles de gigantes que sólo creíamos posibles en los cuentos. Y, sin duda, de todos esos relatos que, como pequeñas semillas esparidas por el viento, han acabado en el jardín de nuestras bibliotecas, hay uno que ha de ser destacado como una flor pura y prístina de tiempos olvidados, un tesoro cuyo verdadero significado tan sólo el tiempo y la sabiduría de otros podrá desvelar, pero cuyas profunda tristeza e íntima belleza han conturbado los ánimos de seres de todos las épocas.

En un humilde pueblo marinero, lejos en el sur, vivía una joven. Todos la llamaban Sira. Su madre había muerto al dar a luz. Su padre se había vuelto a casar con una mujer más joven, pagando por ella el «precio de la tierra», según la costumbre de la época. Los hombres viudos con hijos que contraían nuevas nupcias debían entregar a su pareja un terrón de tierra sin trabajar y vender aquellas otras tierras sembradas u ocupadas que tuvieran en su patrimonio, símbolo de que la prole habida con su mujer muerta perdería la condición de legitima, convirtiéndose por esta entrega en simples «acogidos», al nivel de un mendigo que acudiera a su puerta y al que se dieran las sobras de la noche; y promesa de que sólo los hijos del nuevo matrimonio adquirirían los derechos de la legitimidad. De aquella unión, habían nacido otros cuatro hijos, dos niños y dos niñas. Sira creció con sus hermanastros, pero apartada de ellos. Su madrastra no era especialmente cruel; al contrario, se compadecía de la joven en su interior, aunque no se atrevía a manifestar hacia ella sus sentimientos. Depués de todo, la tradición debía cumplirse. «¿Qué dirán de mí mis parientes si acojo al fruto de otro vientre en mi casa como a mi propia hija? Me señalarán en las calles, me tildarán de pusilánime y endeble. Me acusarán de transgredir las costumbres de nuestros antepasados. Y mis hijos… mis hijos me despreciarán», pensaba la madrastra. De modo que, incapaz su padre de permanecer sin compañera y debiendo cumplirse la ley de los atlantes, Sira no fue expulsada, sino que se le permitió dormir cada noche en una caseta para perros que había junto a la casa, comer de las sobras de la mesa de sus hermanastros, vestirse con sus ropas viejas y raídas y permanecer junto a ellos como una extraña cuya verdadera familia estuviera muy lejos, en otro lugar, en otro país, en otro mundo.

Debía ganarse el pan con su trabajo, aunque comía poco, mucho menos de lo que ganaba con su esfuerzo. Su padre, pescador, había encontrado un hueco para ella en su barco. Cada madrugada, mientras la luna aún batía las olas con sus brazos invisibles, salía a faenar con él y con sus compañeros, como un hombre más, pero sin nombre. Largas eran las jornadas en que la sal agrietaba sus labios y el sol maceraba su cuerpo. Con sus pequeñas manos desenredaba las redes o salaba los peces. Sus dedas estaban repletos de heridas y cortes. Su cuerpo estaba sembrado de espasmos y moratones. Incluso en ocasiones la ordenaban que se echara al agua para cortar un sedal enganchado, y buceaba entre tiburones sedientos de la carne fácil de los peces atrapados o desorientados; bajaba rápidamente, con una agilidad asombrosa, y liberaba el sedal o el anzuelo del obstáculo que lo mantenía en el fondo; o simplemente lo cortaba, si no era posible liberarlo, antes de convertirse ella también en menú de depredadores. Llevaba en tales casos un pequeño cuchillo en la mano, con el que se defendía de los escualos que venía hacia ella, curiosos, incluso de las morenas que surgían de entre las rocas, a cinco o diez metros de profundidad, entre las profundidades cristalinas. Sus pequeños pulmones soportaban bajo la superficie más que los de cualquier curtido pescador, y sus músculos acostumbrados al ejercicio físico le daban el aspecto y la velocidad de una sirena o, más concretamente, de una serpiente marina escurridiza y astuta.

Otras veces, cuando no se podian salir al mar o cuando el barquito iba cargado de hombres más de la cuenta, la mandaban a los pueblos cercanos a vender pescado con un pesado fardo colgado al hombro y un par de sacos que arrastraba a duras penas mientras intentaba llegar a tiempo al mercado, antes de que los compradores se marcharan a su casa. Estas tareas eran, si cabe, más duras que la pesca, pues debía caminar muchos kilómetros, discutir con otros vendedores por los mejores puestos, negociar incansablemente con los compradores, para los cuales una compra sin regateo era poco menos que un vaso de vino vacío, vigilar para que los pilluelos o los maleantes no la arrebataran la mercancía o pellizcaran los peces y se los fueran comiendo poco a poco, y en fin regresar a casa a tiempo para entregarle las ganancias a su padre, engullir las pocas sobras que le hubieran dejado en su cuenco y dormir mientras la noche gobernara el cielo. Sola, asustada, cansada. Siempre había sido así.»

Todos los lunes de mayo

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Todos los lunes de mayo, ella iba a verlo.

Todos los lunes de mayo, él la esperaba, tras la noche pasada, calado por las leves lágrimas de la aurora efímera, anhelante, mudo.

Todos los lunes de mayo, se encontraban.

Aquel callado coloquio que se entablaba entre ambos, aquel tiempo discurrido entre ayes y miradas, aquel estruendo del alma que palpitaba a trotes entre las nubes del pensamiento… Los elementos eran tan sólo sombras que no importunaban los veloces pies de las palabras del espíritu.

Y allí se quedaba ella, la mañana entera, los siglos que pasaban enseguida, los minutos eternos que parecían no haber existido una vez gastados, y allí con él parlaba en jadeante y agudo reclamo de amores…

Él nunca dejó de aguardarla cada día. Y ella acudió sin falta durante un tiempo…

Pero se fue mayo. Y vinieron otras semanas, y otros meses, atados a la cansada cantinela de los días, ¡y he aquí que ella olvidó que él la esperaba…!

Mayo regresó, y con él todas las efímeras flores, todas las tardes rosadas, todas las brisas pobladas de mensajes, y todos los amores enterrados. Todos, salvo uno: ella no volvió adonde él estaba. Mas él hubiera ido hasta ella, arrumbando montañas, bebiendo océanos, estrechando galaxias, si hubiera podido. Desgraciadamente no pudo. ¡No podía! ¡No podría!

Era su sino no tornar a contemplar su rostro.

Desde su tumba, añoraría los tristes y breves momentos en que ella iba a confesarle lo mucho que lo recordaba. Empero, él comprendió que su corazón había ya volado a otros recuerdos, a otras promesas, a praderas que hollaban otras plantas, a ríos que nadaban otras ninfas, a bosques que poblaban otros faunos. Comprendió y lloró.

Sabía, para su desgracia, que los muertos no viven en los vivos, y que los vivos no pueden vivir en los muertos.

Don Nadie el Deseado (II)

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Seguimos la historia de Paco. Capítulo II. Espero que os guste.

II

Como siempre… Paco ha hecho lo contrario de lo que se proponía, y ha acabado muy lejos de donde pretendía llegar. Haciendo honor a su pasado, ni siquiera se lo reprocha a sí mismo; procurando no caer en la cuenta de lo que hace, abandona el autobús, cargado con una maleta más vacía que llena, desordenada y hambrienta, vestido como casi nunca: con vaqueros, camiseta, y con unas zapatillas marca adidas, o naik, o ribuk, o nisu, que también las hay, enfundando unos pies poco acostumbrados a andar, que ya al poco rato de salir del autocar se están quejando. Hace frío, a pesar de ser verano. El viento huele a sal y trae el aliento húmedo del mar. Ha terminado en algún pueblo de la costa norte de España, absolutamente desconocido para él. Este servidor lo ha visto alguna vez, aunque no recuerda dónde; y no tiene ni idea de cómo se llama. Es pequeño y solitario. Parece que lo hubieran lanzado al mundo el día siguiente de la creación en un rincón que sobraba, después de ocupar todos los demás rincones. Es antiguo. Verde, pero rancio. Hay niebla. Llueve un poco, casi con vergüenza de estar lloviendo. ¡Menuda suerte para un hombre en camiseta!

Lo primero que sintió fue la brisa gélida en el rostro y la humedad en el pecho. Se estremeció, al verse solo, junto a la carretera, una vez que el autobús se hubo marchado, como un gusano gigantesco y parsimonioso. Por un instante, le inundó el deseo de regresar… Pero, “¿adónde?” se dijo. Al fin, cogió sus bártulos y arrancó a caminar.

La diminuta aldea, somnolienta, lo recibió con el mismo silencio, con la misma indiferencia con que lo despidió la gran ciudad. Con más, si cabe, porque casi nadie vive en ella, apenas unas pocas familias dedicadas a la pesca y un añejo hostal al que suelen ir a pasar las vacaciones cinco o seis nostálgicos turistas, surfistas con pocos cuartos y varios buscavidas con necesidad de retiro temporal. El hotelucho permanece cerrado casi todo el año, debido a que su dueña no tiene más ayuda que un perro moribundo que nunca se termina de morir, y que por eso mismo se pasa los días tirado en la alfombra del recibidor, y la anciana antes prefiere cultivar el huerto que atender clientes. Pero es verano, y hay que desempolvar los sillones y quitar las telarañas, como dicen por allí; las puertas se hallan entreabiertas, aunque sea bastante temprano, quién sabe por qué razón, y en él se hospedan unos cuantos jóvenes que han ido a disfrutar de unas jornadas de viento y olas, y que están casi todo el día y la noche entera fuera.

Paco lo vio a lo lejos, inconfundible con sus grandes luces que se apagaban y se encendían con desgana, diciendo “ost”, pues la primera letra estaba muda, y alguna de las demás le tenía envidia; y tras caminar bajo la fina lluvia por la pista cubierta de aun más fina grava, se introdujo en la quejumbrosa penumbra del local, dispuesto a pedir cobijo, siquiera por un día.

No sabe el dinero que le costará ni por cuánto tiempo se quedará, poco importa. Se ha acostumbrado a no pensar en nada. Su mente, hace unas horas febrilmente inquieta, es ahora un mar rendido, sometido, esclavo de una indolente resignación, convertida en hábito y ley. Sucede para su alma lo mismo que para algunas zonas del planeta cercanas al Ecuador: se pasa de un momento a otro de la tormenta a la ausencia total de brisa y corrientes; los barcos que marchaban presurosos, de pronto, se convierten en meras estatuas de sal flotando sobre el cristal.

La antipática anciana lo recibe en el portal, vestida de paño azul, con una falda larga y una chaqueta del mismo color. Tiene el pelo blanco, ralo; y la boca desdentada. Al verla, Paco ha tenido la sensación de estar viendo a una de esas malvadas brujas de los cuentos infantiles… Por eso ha retirado inconscientemente la mirada, temeroso de ser hechizado. Al hacerlo, se ha visto aun más estúpido.

La vieja camina encorvada, pero se mueve deprisa a todos lados. Sus ojos siguen inmisericordes al viajero, ya que no le gusta de dar la bienvenida a extraños. Prefiere que los visitantes sean conocidos, que sean siempre los mismos o vengan bien acompañados. “Pasa como con los maridos viejos: ya sabes de qué lado de la cama les gusta dormir”, es su lema respecto a sus huéspedes. Paco se muestra impaciente, lo que desagrada aún más a la portera, quien no lo despacha, pero apenas le dirige la palabra.

– Habitación número dos –le espetó la bruja mientras le tendía la llave con desagradable tono.

Paco le dio las gracias lo más amablemente que pudo y subió por unas escaleras gastadas de madera que amenazaban con dar con sus tristes huesos en el suelo. El piso superior apenas tenía luz. Casi a tientas buscó su habitación, y tras instalarse en ella (apenas una silla, un pequeño armario y una cama muy usada) se tendió boca arriba sin saber qué hacer. Se miró las manos: eran tan nuevas, tan suaves, con unos dedos tan delgados… “La verdad es que no sé muy bien qué pinto aquí”, pensó. “No soy de este lugar… aunque en realidad no soy de ningún otro lugar; no tengo amigos ni a nadie que me quiera de verdad. Y en aquella ciudad ya no podía seguir. Todo me recordaba a ella, a mi antiguo trabajo, a mis estúpidos compañeros, a mi dolor…”.

De pronto sonaron unos golpes quedos en la puerta. Se levantó nervioso y abrió la puerta. Pero allí estaba la vieja del paño azul, la de la chaqueta arrugada y la falda interminable, menuda y agitada, hosca e inquieta, como siempre. Con su cara de bruja y sus ojos inquisitoriales. Le preguntó a bocajarro:

– ¿A qué ha venido usted a nuestro pequeño pueblo? ¿No será un periodista? O peor aún: ¿no será un delincuente?

– No, señora –respondió Paco sorprendido-; ni lo uno ni lo otro. Sólo un hombre desesperado que busca soledad. Aunque, la verdad, no sé lo que he venido a hacer aquí. He cogido el autobús sin pensar a dónde me dirigía, y tras pasar varias horas dormido, me han echado fuera y me he visto en el camino, dirigiéndome hacia aquí sin conocer ni siquiera el nombre de este pueblo. Pero prefiero no saberlo. Y estoy convencido de que usted tampoco quiere saber nada de mí, así que no se preocupe, estaré aquí unos días y luego me iré.

La vieja se tomó un momento para reflexionar. Su rostro parecía suavizarse por momentos. Al fin, con más amabilidad, terminó espetando al joven:

– ¿Desesperado, dice? Seguramente le han roto el corazón, muchacho. Pero no se agobie: a mí me lo rompieron todos los días, y no sólo el corazón, sino también algún hueso; y sin embargo, aquí sigo, hablando con usted, mirando el sol y las estrellas cuando mi vieja espalda me lo permite, respirando. No deje de respirar… Siempre hay mañana, jovencito. Búsquese un trabajo. Eso le ayudará y pagará mis facturas. No le diré el nombre de este pueblo, pero le diré algo mejor: me parece que el viejo Tomás Mencía necesita a alguien que le ayude con la pesca… Pero ándese con cuidado, porque no le gustan los forasteros –aquí hizo una extraña pausa, mirándole detenidamente de arriba abajo-, y menos si son hombres jóvenes y… desesperados, como usted dice. ¡Ésos son los que menos le gustan! En cuanto a mí, me basta con que me pague y deje mi mobiliario como lo encontró. ¿Me ha oído? Ándese con cuidado. No se lo repetiré dos veces. ¡Ah, y por las noches no hay calefacción, así que tome esta manta y procure usarla bien!

Dicho esto, le entregó la gruesa manta que traía en sus menudos brazos, metió las manos en los bolsillos de su raída chaqueta, miró cansada el suelo, se dio vuelta marcialmente y dejó a Paco allí, de pie en el vano de la puerta abierta. Paco esperó ver cómo se elevaba por el aire con su escoba… Y cuando la vio sencillamente bajar a duras penas las escaleras, sujetándose en la barandilla torcida anclada a la pared, cerró decepcionado la puerta, y algo aliviado también.

¡Cuántas cosas pasan en nuestras vidas de las que no somos conscientes y cuántas cosas pasarán que no podemos prever! Impávido, mirando estúpidamente la descolorida madera de su puerta, el alma desengañada, la mente vacía para no pensar y no sufrir, Paco comenzó a vislumbrar a lo lejos (quizás aún muy pequeña) una luz, un puntito de esperanza aún débil y puede que irreal… pero un puntito al fin y al cabo, algo hacia lo que caminar sin rendirse todavía.

Depositó la cálida manta sobre la cama, borrando con delicadeza sus arrugas con la palma de su mano, y se sentó en la desvencijada silla, cara a la ventana, pensando en ella, y no queriendo pensar, al mismo tiempo. Se concentró en ella para olvidarla, y trató de ver a través de ella, y más allá, y en torno a sí, aunque no pudiera ver nada… Pero sabía o intuía que debía seguir respirando, que había vida y universo fuera de los estrechos límites de su pena; y que sólo dejándose llevar por el río de la fe y de la existencia llegaría a nuevos territorios inexplorados para él. “Sin mapas”, se dijo. “Sin mapas ni guías… así es la vida. Tengo miedo. Pero continuaré. No cederé. No me rendiré. No aún…”.

No supo cuánto tiempo había permanecido absorto en sus cavilaciones. Cuando despertó de este estado, el sol ya bajaba hacia el horizonte. Se aprestó deprisa y dio un breve paseo por los alrededores, bebiendo la brisa del mar, tan extraña para él, sin alejarse mucho, por temor a que se hiciera de noche y no saber regresar. Finalmente, cuando estuvo de nuevo en el hostal, la vieja le preparó un plato de caldo y unos torreznos bien fritos, y cenó como hace mucho que no había cenado. Cuando se tumbó en su cama, no tardó en dormirse, sintiendo cómo su respiración se convertía en vaho nada más salir de su boca, y oliendo el frío húmedo que inundaba lentamente la estancia.

El (casi) oficio de escritor

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Tú que lees estas líneas… para ti, ¿qué es ser escritor? Hoy te habla uno que escribe.

¿Es así la vida de un escritor? ¿Qué pensáis?

Hoy comienzo una serie de reflexiones, de número indeterminado, sobre mi experiencia como escritor, si bien he de advertir desde el comienzo que escribir no es para mí, todavía, un oficio, en el más positivo sentido de la palabra, sino que me encuentro más bien en trance de lograr que esta vocación se transforme en una dedicación plena. Hecha esta advertencia, entremos en materia.

Desde muy pequeño sentí la llamada de la escritura. Mis primeros recuerdos incluyen un cuaderno de rayas e historias de extraterrestres llegados en platillos volantes para aterrorizar a la raza humana. No sé por qué pero siempre los imaginaba con el aspecto de Predator, la mítica película de Arnold Schwarzenegger, con esas rastas y esa boca con extrañas garras, como una araña, con esos ojos pequeños pero de mirada amenazante, aguerridos, armados hasta los dientes, rápidos, invisibles… Está claro que me afectó el filme del musculado austríaco, pero no creáis que tuve pesadillas, sino que la visión de aquella historia me inspiró y despertó en mí el ansia por estremecer la inquietud y la sensibilidad de los demás, igual que había estremecido la mía. Curiosamente, desde entonces, siendo tan pequeño, no he vuelto a ver jamás aquella película entera. Nunca, os lo podéis creer. Creo que ni siquiera está entre mis favoritas. Pero fue como el aldabonazo que despertó en mí la Llamada, como la inyección que me inoculó el Veneno… Porque todo esto es la Literatura: una Llamada, un Veneno, así con mayúsculas. Es, ante todo y sobre todo, una Vocación, un Descubrimiento, una Semilla que está plantada en el alma, no sé desde cuándo ni por quién, y que en cierto momento se abre y germina. Aquella película fue el movimiento sísmico, la gota de agua, el rayo de sol, que hizo abrirse la Semilla en mi corazón. Y comencé a escribir…

Al principio solo fueron historias fraccionarias, perdidas en los más profundos sueños de la mente de un niño. Pero con el tiempo se desarrollaron y crecieron, y se transformaron en temáticas y motivos que se repetían una y otra vez, bajo formas cambiantes; en líneas narrativas que surgían de decenas de orígenes, al unísono o en disonancia, pero que terminaban confluyendo en las mismas marismas obsesivas, en los mismos amplios y arenosos deltas, o en idénticas bahías profundas de oscuros secretos. Cómo se forma la mente de un escritor y por qué siempre, lo quiera o no, acaba escribiendo sobre los mismos temas una y otra vez (amor, desamor, locura, miedo, muerte, odio, violencia, esperanza, grandeza, ira, fracaso…), yo no lo sé, pero sí sé que desde muy joven hubo una larga lista de historias, causas, desenlaces, personajes y situaciones que, fuera cual fuera su disfraz, regresaban una y otra vez a mi imaginación, a mi reflexión, a mis ensoñaciones y, por último, a mis manos. Porque un escritor es ante todo sus manos, no os equivoquéis. Es un mero conductor entre un mundo onírico (cuál sea su origen, es un misterio) que, en mezcolanza titánica en la esfera del idioma, con las palabras y sus reglas, termina produciendo una energía irrefrenable que mueve mil veces, un millón, sus manos, sus dedos, que transfieren en frenesí al papel o al ordenador un mundo que antes no existía. Y de pronto, ¡voilà!, la Creación. Donde antes no había nada, ni siquiera imaginado en sí mismo, ni siquiera prediseñado, como sí lo están los edificios en los planos que dibujan los arquitectos, se le otorga al ser a una idea, a una historia, a seres que son misteriosamente en sí mismos, dentro de su mundo, señores y soberanos de su propia vida, aunque sea una vida impostada, teatral y sombría: los personajes. Ellos son lo único importante de la Literatura. Amigos, enemigos, víctimas o verdugos, protagonistas o invitados de piedra… todos conviven conmigo desde el principio de mi existencia, conversan conmigo durante un instante o un mes o un año, y luego, no sé cómo, siguen con su propia vida fuera de mí, como si siempre hubieran sido libres, como ya nunca más pudiera contenerlos en mi alma.

Porque os voy a confesar algo: yo no escribo con un plan preconcebido. ¡Ojo! No os confundáis. Esto no quiere decir que no piense en lo que voy a escribir, que no prevea por dónde puede transcurrir una narración, que no imagine al os personajes antes de darles vida o sus destinos o sus grandes decisiones… Es inevitable pensar en todo eso, pero no porque me siente y me diga: «Voy a diseñar una novela». En realidad, ellos están ahí todos los días a todas horas, y mi mente en constante ebullición se pasa las horas en íntima convivencia con ellos. Los sueño cuando despierto y cuando me voy a dormir. Los imagino cuando camino en silencio y también cuando me hallo, ignoto y exótico, en medio de una multitud que no me importa. Ellos, ese mundo inmenso que compone mis creaciones pasadas y futuras, ellos… ellos me hacen escritor, porque me exigen cada día que les enfoque con la luz de mi palabra, porque me impetran cada noche que no los olvide, porque me impelen a rescatarlos de la efímera levedad de mi existencia corpórea y les otorgue el don de la inmortalidad escrita. Esto nadie puede entenderlo plenamente, sino el que lo siente dentro de sí. En ese mundo interior plagado de seres, de monstruos, de lugares, de nudos, de desenlaces, de misterios, de maravillas, de dolores, de extraños encapuchados, de sangre derramada, de abrazos en la noche más tenebrosa, de motivos para la fe y para el ateísmo… conviven, en una eterna fiesta silenciosa, millones de caras a las que quizá nunca pondré nombre, millones de mundos a los que quizá nunca daré vida. Pero están ahí… Y me llaman. Me gritan. No puedo permanecer impasible. Ellos… He aquí por qué soy escritor. Por ellos. Para que, al menos algunos, no sean olvidados para siempre cuando mi cuerpo repose en una fría tumba. Ellos tienen derecho a vivir su propia vida. Y la Humanidad tiene derecho a conocerlos.

Como os decía, nunca tengo un plan preconcebido con todos sus detalles prediseñados. Dispongo de una prefiguración general, de una visión profética o mistérica de una parte de la historia y de los personajes principales. Pero cuando me pongo a escribir… todo puede cambiar. ¿Por qué? Porque ellos son quienes «eligen» cómo quieren ser, ellos toman sus propias decisiones y dan sus propios pasos. Muy pocas veces yo los corrijo y rectifico sus actos. En cierta forma, me siento identificado con lo que decía el gran George R. R. Martin sobre su forma de escribir: se autodefinía como un jardinero, no como un arquitecto. ¿Comprendéis? El jardinero planta la semilla y la riega, pero la planta crece por sí misma, y su grosor, su altura, su hechura concreta, solo depende de ella, y no del jardinero, que lo mucho que puede hacer es podarla si las ramas crecen en demasía, para que el exceso de sarmientos no agote la savia del tronco; pero que no la construye en sí misma. El arquitecto, en cambio, diseña hasta el más mínimo detalle de su obra, y todo se ha de construir de acuerdo con ese diseño, incluso su final, su destrucción. No hay nada al azar, no hay nada que quede al arbitrio del constructor, no hay nada que quede fuera de su planificación. El arquitecto lo sabe todo; la obra es parte de él, hija y fruto de su frío intelecto. El jardinero apenas puede contemplar cómo se va desarrollando algo ajeno a él y vivo, algo que puede morir antes de tiempo, algo que puede enfermar o torcerse. Pues así me siento yo: soy un jardinero de este mundo de sombras que se van a haciendo sueños antes de convertirse en plantas vivas, unas coloridas y alegres, otras mortecinas y tortuosas. Por eso amo mi obra, porque vive en sí misma y fuera de mí, aunque primero lata en mi alma como un volcán que va a estallar. Y esto es lo que muchos no entienden: soy escritor para que ese volcán me deje vivir. No tengo más remedio que escribir… o morir.

Por cierto, desde hace muchos años he puesto un nombre al mundo gigantesco que pulula dentro de mí y que lucha por salir: Somnia.

Bienvenidos a mi mundo. Continuaremos otro día.

La voz del desierto

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¿Habéis oído la voz del desierto?

Yo la oigo ahora,

rotunda, clara, monstruosa.

Y no sé qué decirle,

ni cómo rebatirla,

ni qué razones oponer

a su poder inconmovible.

Con su voz apaga la mía,

antaño cantarina.

Con su tormenta inunda mis ojos,

otrora luminosos.

Y hasta mi corazón sucumbe

ante su agresiva grandeza.

¿Dónde encontraré

las palabras-oasis

de este desierto de mi alma?

Don Nadie el Deseado

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Comenzamos hoy con la publicación del primer capítulo de mi manuscrito no publicado «Don Nadie el Deseado», para románticos y soñadores. Es gratis. Espero vuestros comentarios y vuestros likes. Por supuesto, se puede citar pero ruego que no plagiéis: la obra está registrada. Aunque renuncio a cualquier beneficio directo por ella. Os la regalo. Espero que os guste. Iré poniendo todas las semanas un capítulo.

Sic Parvis Magna

PREFACIO

En la vida de todo ser humano hay tres cosas que tienen su “importancia capital”. De esas tres, se suele decir que una es la salud; y otra, el dinero. Siempre se ponen en primer lugar. Pero la tercera es, sin duda, la más buscada. No sólo por quienes tienen las dos restantes, sino incluso por quienes carecen de todo. Sin ella, tanto el más poderoso como el más insignificante de los hombres sienten que su tiempo y mera existencia, por decirlo de alguna manera, carecen del interés suficiente.

Lo problemático es que, más a menudo de lo que nos parece, esa tercera joya es rara y se halla perdida; y los pocos que la han podido asir y conservar durante al menos un minuto pueden llamarse dichosos. Aunque sean, acaso, los más insignificantes de todos los hombres.

Este relato trata precisamente sobre uno de ellos…

I

Su nombre es Paco. Es un hombre cualquiera que vive en una ciudad cualquiera, que trabaja en una empresa cualquiera, y criado en una familia cualquiera; como las tuyas, como las mías. Tiene una vida tranquila, pequeños proyectos, ilusiones moderadas, aficiones pausadas, y una historia muy poco digna de contar… No es nadie, con toda la relativa paz que eso conlleva y la indiferencia que eso despierta.

¿He dicho trabaja? Rectifico: trabajaba, pues ayer mismo lo despidieron. Le explicaron que, por razones económicas, debían acortar la plantilla; que “la crisis está teniendo importantes consecuencias que derivan en una evolución negativa de los resultados económicos”; y que “la actual coyuntura económica, así como las perspectivas sobre su evolución más inmediata, hacen preciso adoptar medidas económicas de carácter excepcional, de todo punto lamentables pero necesarias”, al haberse “alterado de manera importante y significativa,  el nivel de ingresos, como consecuencia de una demanda agregada aminorada”. Ya se sabe. “Reordenación de recursos con el fin de garantizar y hacer viable el mantenimiento del empleo del resto del personal”, lo han llamado.

Pero Paco sospecha que no hay nada de esto, y que su puesto estaba adjudicado desde hace tiempo al hijo del Director del Departamento Financiero, puesto que la lamentable pero necesaria reordenación sólo le ha afectado a él. Además, cree habérselo escuchado a la secretaria del Director, mientras hablaba por teléfono con otra compañera.

En una de esas raras ocasiones de su vida, Paco está en lo cierto…

Pero hay más.

Tiene una novia con la que se va a casar muy pronto. Bueno… ¡vaya! Rectifico de nuevo. ¡He querido decir “tenía”! Él no lo ha sabido hasta ayer mismo, pero durante algunos meses ella le ha estado adornando el cénit, ya casi desnudo, de sus lóbulos frontales con unas bonitas astas. Otros más curiosos y menos dolidos han cuchicheado a sus espaldas sobre el tamaño, color, rugoridad y dureza de sus excrecencias taurinas, pero han tenido la misericordia o la vergüenza de hacerlo sin ser oídos por el pobre animalito astado, que no vio venir el golpe hasta que ya fue tarde. Fue muy duro enterarse, podéis estar seguros. Especialmente, porque nunca imaginó su cama ocupada por ningún hombre que no fuera él. Pero no bastó con esto… ¡vaya día, Paco, vaya día! Porque si fue duro ser burlado, y saberlo, resultó más tremendo descubrir que ella lo engañaba… ¡nada menos que con el hijo del Director del Departamento Financiero! El de la lamentable pero necesaria reordenación…

Beatriz se llama, la artista.

Paco se preguntó en ese instante, en que ella se lo confesó todo, pues ya no podía seguir ocultándolo, cuánto tiempo hacía que le habían “reordenado” y por qué habría tenido que levantarse esa mañana… Era posible que, aun acostado, todo hubiera sido igual de triste, pero al menos estaría cómodo al recibir la noticia.

Un cruel golpe para Paco. ¿A quién no le dolería algo así? Estoy convencido de que comprendéis que se le ha venido el mundo encima. Está sufriendo. En apenas unas horas, su vida normal se ha trastocado. Su orden se ha perdido. Sus seguridades han desaparecido. Ha sido como ir a dar un paso y descubrir que el suelo se ha hundido bajo tus pies, y que no puedes evitar hundirte tú también.

Pero no importa. En realidad, a nadie le importa… Ni una palmada en la espalda, ni un abrazo de un amigo, ni una mirada de compasión. Tras esa fatídica media hora que ha durado la conversación con su jefe y posteriormente con su ex, ha salido de su despacho y todos los compañeros le han dado la espalda. Quizás alguno no del todo; acaso un par de ellos sólo han bajado la cabeza y han disimulado que tenían un trabajo muy urgente y complicado que hacer para no ver aquel espectáculo. Pero nada más. Sólo compañeros; ninguno amigo. Esto es lo que más le ha dolido.

Desgraciadamente, Paco se lo ha tomado por la tremenda, como hace con todo. Ha tenido que hacer grandes esfuerzos para no lanzar algo contundente a la cara de su jefe de sección, cuando éste le ha explicado la decisión de la empresa. Pero al final ha pensado que, después de todo, su jefe de sección no tiene la culpa, que muy probablemente no podría entenderlo, si veía venir de pronto hacia sus ojos un objeto contundente que antes estaba felizmente depositado sobre la mesa contigua; y que nadie disculparía un comportamiento tan inapropiado. Finalmente, ya despedido, Paco sale del edificio donde ha trabajado los últimos cuatros años de su vida, el finiquito guardado en un sobre junto al pecho, dentro de su americana; traspasa la puerta, se adentra en la multitud y por unos segundos huye con paso decidido. De pronto se para, ensimismado, porque no sabe adónde ir. ¿A casa, al parque, al bar…? La verdad es que no le esperan en ninguna parte. Y el suelo vuelve a abrirse ante su vista… ¡Qué triste es sentirse inesperado, desconocido!

Mas el alma humana está tan hecha al sufrimiento que suele reaccionar ante él de maneras muy distintas a la que sugeriría la pura razón. Pues, si ésta, en la relación de sus argumentos, tuviera que predecir lo correcto cuando uno es injustamente agraviado, a ciencia cierta no elegiría sentarse a lamerse las heridas. Centrarse en las soluciones, no en los problemas, decía un consejo que escuché o leí alguna vez no se dónde. Sin embargo, Paco no es hombre de mucha filosofía ni de mucha clarividencia. Bastante que se tiene de pie… Quiere correr pero teme caerse. Quiere escapar pero no ha pensado adónde irá. Quiere desaparecer pero le da miedo lo desconocido. Y sin embargo se siente frustrado por no ofrecer ninguna respuesta.

Lentamente, con el paso vacilante de un muerto andante, se da un breve paseo tratando de no pensar en nada. Le gustaría gritar, llorar, romper cosas, pero se reprime sin saber por qué. Ni una lágrima sale de sus ojos; ni un gemido de su boca.

Continúa andando, cavilando sobre lo que le acaba de suceder: repasa cada recuerdo, examina cada palabra, y medita si ha hecho algo mal, qué pecado ha cometido para sufrir como está sufriendo. Pero no encuentra respuesta, más bien se cree víctima de una terrible burla. Se ve muy desdichado, después de caer en la cuenta de todo el amor que había dado, de todo el tiempo que había pasado junto a Beatriz, y de todos los esfuerzos e ilusiones depositados en su trabajo. Ahora todo se ha derrumbado, sin dar señales de aviso, con un solo golpe, como cae el árbol podrido ante el hacha del leñador.

Divisa, al fin, una parada de autobús a la sombra, vacío el asiento, y se deja caer en él. Espera simplemente a que pasen los minutos. Cuando ha transcurrido una media hora, el autobús se acerca, pero no se detiene. Parece que tiene mucha prisa, o que no lo ha visto, aunque para Paco está muy claro, y un oscuro pensamiento cruza veloz su mente:

– ¡Joder, ni el autobús me hace caso! Es como si no existiese…

En efecto, nadie le presta la más mínima atención. Nadie ha mirado atrás para esperarlo. Nadie se ha extrañado de verlo ahí sentado con la cabeza gacha.

He aquí un hombre abatido, triturado por un dolor repentino que no le deja respirar, cegado por un resplandor que lo ha sacado de una vida de penumbra. Hasta ahora caminaba por la vida seguro y tranquilo; no tenía más que seguir un camino trazado por el que sus pies pisaban sin temor. Mas de pronto ha tropezado, se ha herido, y ha caído en la cuenta de que está desnudo, y de que el camino que imaginaba recto y fácil no existe, que es una senda llena de obstáculos, repleta de temores sin nombre. Entonces ha sentido un miedo enorme, y el mundo se ha vuelto de repente un lugar sórdido. Percibe el peligro de una existencia rutinaria, su tremenda amenaza de estar pasando por la existencia sin dejar rastro, como una paja que se lleva el viento, que estuvo pero nadie conoció.

Quizá fuera necesario, después de todo, ser engañado. Quizá fuera necesario este ruido repentino, para despertar del letargo en el que desde hace años se halla adormecido. O quizá no. Quizá la vida entera ha perdido su color de pronto, y su propio ser sea un ser sin sentido, sin destino, sin misión, sin significado. En todo caso, ahora se siente más en contacto con la realidad de sí mismo. Como si hasta entonces hubiera sido un niño… Como si hubiera madurado más en un día que en todos sus años anteriores.

De repente, iluminado por el resplandor de una rabia que brota de Dios sabe dónde, Paco se dice a sí mismo con una determinación que jamás imaginó:

– ¡Pues si el mundo no me hace caso, yo tampoco a él!

¿Qué significa esto? Nadie puede saberlo. Son palabras dichas desde las tripas. Posiblemente él tampoco lo sepa. Pero sabe que está decidido. Algo muy dentro de él se ha rebelado y ha hablado por primera vez.

Está decidido. Aunque las decisiones de un hombre insignificante suelen traer malas consecuencias…

– Pero, ¿qué haré…? –Se detiene a pensar. Parece que sólo ha sido un acto reflejo. Quizá no esté todo tan zanjado…- ¡Me iré de aquí! –añade sin mucha convicción-. No puedo regresar a mi vida de ayer. Me marcharé adonde pueda empezar una nueva. No queda más remedio –Se detiene otra vez. Otra vez esa voz que grita dentro de él…- ¡A la montaña! ¡A la montaña! –concluye, sintiendo de nuevo esa energía.

Se levanta, llama un taxi (esta vez parece que sí le han visto) y se va… Retorna a su casa, recoge algo de ropa. No tiene mucha, ni está muy limpia, pues vive solo. También algunos recuerdos, y todo el dinero que le queda. Llama a su casero, le devuelve las llaves, le dice que puede quedarse con la fianza (por las molestias y eso…), y que tire el resto o haga lo que quiera con ello. Y con paso decidido, prohibiéndose a sí mismo pensar, toma el camino de la estación de autobuses. Escoge una ventanilla al azar. Ni siquiera se fija en los destinos.

– Un billete para el próximo autobús, por favor.

– ¿Adónde? –le pregunta la mujer obesa que está sentada al otro lado de esa horrible ventanilla redonda con refuerzo de metal.

– ¿Qué más da? –replica Paco. Por primera vez, se ve seguro de sí mismo, capaz de oponer su voluntad a la de los otros, con una personalidad que no se arredra y que va de frente-. Usted déme lo que le he pedido y déjeme lo demás a mí. Y le he pedido un billete para el próximo autobús. El que salga antes, por favor.

Con el billete en el bolsillo, Paco se siente el hombre más libre del mundo. Él no lo sabe, pero un miedo oculto viaja atado a la espalda de su férrea decisión. Quizá por eso sigue prohibiéndose pensar. Cuando el autobús se detiene, Paco sube y se acomoda. Está cansado, y aunque su mente lucha frenéticamente por planificar, por contabilizar, por organizarlo todo, como siempre ha hecho con los números, con las declaraciones, con los informes y escritos, él sigue resuelto a no pensar. Agotado del esfuerzo, antes de darse cuenta ha cerrado los ojos y se ha dormido, acunado por el traqueteo y bamboleo del autobús.

* * * *

Acaba largándose a la costa…

Primicia de la Primavera

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Los árboles verdean con una savia viva.

El Sol brilla juguetón entre las hojas.

Sabemos que la Primavera ha llegado

porque la luz que se anunciaba

ya no necesita heraldos ni promesas.

Ya está aquí la vida nueva.

Ya la alegría se queda

a vivir entre las comisuras de la mañana que ríe.

¡Feliz Primavera, hermanos!

Nunca digáis, en las noches de tormenta,

que no saldrá el Sol de nuevo,

ni perdáis la fe en la estrella que camina

bajo los límites del mundo.

El secreto está en ser inconmovible.

Las bibliotecas ocultas

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¿Sabéis? Justo al lado de mi trabajo tengo una biblioteca.

Hace unos días, entré. Quizás debería haberlo hecho antes, pero no lo hice. Entré cuando entré, y punto.

¿Y qué vi? El corazón se me encogió. Porque no hallé un lugar dedicado a la lectura y al aprendizaje, a la imaginación y la creatividad, sino un pobre niño arrinconado y olvidado tras un círculo ruidoso de adultos ocupados en cosas muy importantes y serias, como la ideología, la política y el dinero.

La biblioteca era la postrera puerta al final de las escaleras. El espacio más alejado de la entrada principal. El lugar más inaccesible. El más difícil de alcanzar.

Pero antes, uno se encontraba con el centro cívico, con la atención a los inmigrantes, con la oficina del ciudadano, con el buzón de quejas, con el salón de actos, con los panfletos, pósteres y pancartas del partido en el gobierno, con los baños, con los pasillos, con las oficinas de los trabajadores del centro, con puertas cerradas que nadie sabía para qué servían, con rincones oscuros y hasta con telarañas.

Y al final, como un niño castigado y oculto en su habitación, la biblioteca.

¡Extraña forma de promocionar la lectura!

Así ha quedado opacada y olvidada la cultura en nuestro mundo de hoy por los intereses políticos, por la carencia de medios de las administraciones (carencia porque hay ignorancia y malicia, no por escasez monetaria), y por la pérdida de visibilidad. Así hemos sido los ratones de biblioteca enviados al inframundo de la sociedad.

¿Queréis cambiar el mundo? Empezad por callar, en un silencio majestuoso y humilde, y por leer bibliotecas enteras, con el corazón abierto. No escondáis lo que debe estar a la vista de todos. ¡Basta de bibliotecas ocultas!

Te estás yendo

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– Te estás yendo… Partes hacia el país de los recuerdos apagados, el reino de los abismos donde se sofoca el alma, se corta la respiración, se detiene el corazón; el pozo de las sombras… Te estas marchando, y mejor que así sea, pues no quiero que vuelvas nunca. ¡Permanece para siempre en el olvido, sepultado por la muerte justiciera!

Esto dijo la víctima vengada, el cuerpo de su enemigo, tantas veces despreciado, tendido a sus pies. Tomó su sombrero, tiró el arma ensangrentada, se levantó, apretando muy fuertemente los dedos de sus pies, y se fue.

A lo lejos, se oía la música de una canción de amor, de un viejo y rayado tocadiscos.