Textos fallidos 2

Regreso con esta serie de escritos que aún no han visto la luz, o que simplemente jamás la verán. No diría que el texto de hoy sea un texto abandonado, pero tendrá que esperar por un tiempo, pues estoy enfrascado en otras labores acuciantes. Mientras tanto, os ofrezco sus tres primeras páginas como testimonio de mi trabajo secreto y a veces dubitativo. Se trata de mi propia versión del mito de la Atlántida, vista desde los ojos de una muchacha vendida como esclava. Os lo traigo hasta con sus errores ortográficos, para que veáis que un escritor también se equivoca…

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Tierras irredentas que se solazan al sol del mediodía y las fuentes secretas de la vida, que subyacen en las médulas que recorren, serpentinas, el casco hundido de su quebradizo armazón, ardientes al contacto con el fuego prohibido en que se sumergen y vuelven a surgir las pesadillas, en eterno sello contraerán matrimonio violento, bajo el sol y sobre el sol, con los rugientes muros del océano, primero asustadizo, luego conquistador, al compás de los truenos que nacen de las fraguas rocosas de Ximuat, que con su maza golpea los cimientos del mundo, alegre de tomarse la venganza.

¡Oh Ximuat, tú que braceas de rabia en lo profundoy el mundo se sacude de terror! ¡Oh dios diamantino que te sientas sobre un trono de magma! No olvides que un día fuimos tus esclavos y te servimos bien. Si te abandonamos, al menos no te olvidamos, y aún se te siguen ofreciendo víctimas en Mentunma, al ocaso de cada luna creciente. No permitas que nuestra historia caiga en el olvido. Que uno de nosotros al menos sea salvado (Profecía de Subinmo, Canto Final).

¿Quién recordará ahora a los hombres del pasado? Éstos llegan y se van como el viento de una tarde de otoño, efímera, mortecina. Ya nadie lee los textos antiguos. Los nombres se olvidan, caen en la oscuridad. Sin embargo, el pasado existió, y un día fue lo único importante, lo único real. Aunque nadie ya lo recuerde.

Hace mucho que las tierras cambiaron y la faz del mundo quedó trastornada. Los montes se hundieron, los mares se secaron y los bosques se convirtieron en desiertos. Del tiempo anterior a aquellas convulsiones, hay mucho que contar, mas lo que ha llegado hasta nosotros está distorsionado por los milenios y el caos. Tan sólo sombras, retales de lo que fue una gran historia, han llegado hasta nosotros, como relámpagos que a lo lejos anunciaran una tormenta o fósiles de gigantes que sólo creíamos posibles en los cuentos. Y, sin duda, de todos esos relatos que, como pequeñas semillas esparidas por el viento, han acabado en el jardín de nuestras bibliotecas, hay uno que ha de ser destacado como una flor pura y prístina de tiempos olvidados, un tesoro cuyo verdadero significado tan sólo el tiempo y la sabiduría de otros podrá desvelar, pero cuyas profunda tristeza e íntima belleza han conturbado los ánimos de seres de todos las épocas.

En un humilde pueblo marinero, lejos en el sur, vivía una joven. Todos la llamaban Sira. Su madre había muerto al dar a luz. Su padre se había vuelto a casar con una mujer más joven, pagando por ella el «precio de la tierra», según la costumbre de la época. Los hombres viudos con hijos que contraían nuevas nupcias debían entregar a su pareja un terrón de tierra sin trabajar y vender aquellas otras tierras sembradas u ocupadas que tuvieran en su patrimonio, símbolo de que la prole habida con su mujer muerta perdería la condición de legitima, convirtiéndose por esta entrega en simples «acogidos», al nivel de un mendigo que acudiera a su puerta y al que se dieran las sobras de la noche; y promesa de que sólo los hijos del nuevo matrimonio adquirirían los derechos de la legitimidad. De aquella unión, habían nacido otros cuatro hijos, dos niños y dos niñas. Sira creció con sus hermanastros, pero apartada de ellos. Su madrastra no era especialmente cruel; al contrario, se compadecía de la joven en su interior, aunque no se atrevía a manifestar hacia ella sus sentimientos. Depués de todo, la tradición debía cumplirse. «¿Qué dirán de mí mis parientes si acojo al fruto de otro vientre en mi casa como a mi propia hija? Me señalarán en las calles, me tildarán de pusilánime y endeble. Me acusarán de transgredir las costumbres de nuestros antepasados. Y mis hijos… mis hijos me despreciarán», pensaba la madrastra. De modo que, incapaz su padre de permanecer sin compañera y debiendo cumplirse la ley de los atlantes, Sira no fue expulsada, sino que se le permitió dormir cada noche en una caseta para perros que había junto a la casa, comer de las sobras de la mesa de sus hermanastros, vestirse con sus ropas viejas y raídas y permanecer junto a ellos como una extraña cuya verdadera familia estuviera muy lejos, en otro lugar, en otro país, en otro mundo.

Debía ganarse el pan con su trabajo, aunque comía poco, mucho menos de lo que ganaba con su esfuerzo. Su padre, pescador, había encontrado un hueco para ella en su barco. Cada madrugada, mientras la luna aún batía las olas con sus brazos invisibles, salía a faenar con él y con sus compañeros, como un hombre más, pero sin nombre. Largas eran las jornadas en que la sal agrietaba sus labios y el sol maceraba su cuerpo. Con sus pequeñas manos desenredaba las redes o salaba los peces. Sus dedas estaban repletos de heridas y cortes. Su cuerpo estaba sembrado de espasmos y moratones. Incluso en ocasiones la ordenaban que se echara al agua para cortar un sedal enganchado, y buceaba entre tiburones sedientos de la carne fácil de los peces atrapados o desorientados; bajaba rápidamente, con una agilidad asombrosa, y liberaba el sedal o el anzuelo del obstáculo que lo mantenía en el fondo; o simplemente lo cortaba, si no era posible liberarlo, antes de convertirse ella también en menú de depredadores. Llevaba en tales casos un pequeño cuchillo en la mano, con el que se defendía de los escualos que venía hacia ella, curiosos, incluso de las morenas que surgían de entre las rocas, a cinco o diez metros de profundidad, entre las profundidades cristalinas. Sus pequeños pulmones soportaban bajo la superficie más que los de cualquier curtido pescador, y sus músculos acostumbrados al ejercicio físico le daban el aspecto y la velocidad de una sirena o, más concretamente, de una serpiente marina escurridiza y astuta.

Otras veces, cuando no se podian salir al mar o cuando el barquito iba cargado de hombres más de la cuenta, la mandaban a los pueblos cercanos a vender pescado con un pesado fardo colgado al hombro y un par de sacos que arrastraba a duras penas mientras intentaba llegar a tiempo al mercado, antes de que los compradores se marcharan a su casa. Estas tareas eran, si cabe, más duras que la pesca, pues debía caminar muchos kilómetros, discutir con otros vendedores por los mejores puestos, negociar incansablemente con los compradores, para los cuales una compra sin regateo era poco menos que un vaso de vino vacío, vigilar para que los pilluelos o los maleantes no la arrebataran la mercancía o pellizcaran los peces y se los fueran comiendo poco a poco, y en fin regresar a casa a tiempo para entregarle las ganancias a su padre, engullir las pocas sobras que le hubieran dejado en su cuenco y dormir mientras la noche gobernara el cielo. Sola, asustada, cansada. Siempre había sido así.»

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