Todos los lunes de mayo

Todos los lunes de mayo, ella iba a verlo.

Todos los lunes de mayo, él la esperaba, tras la noche pasada, calado por las leves lágrimas de la aurora efímera, anhelante, mudo.

Todos los lunes de mayo, se encontraban.

Aquel callado coloquio que se entablaba entre ambos, aquel tiempo discurrido entre ayes y miradas, aquel estruendo del alma que palpitaba a trotes entre las nubes del pensamiento… Los elementos eran tan sólo sombras que no importunaban los veloces pies de las palabras del espíritu.

Y allí se quedaba ella, la mañana entera, los siglos que pasaban enseguida, los minutos eternos que parecían no haber existido una vez gastados, y allí con él parlaba en jadeante y agudo reclamo de amores…

Él nunca dejó de aguardarla cada día. Y ella acudió sin falta durante un tiempo…

Pero se fue mayo. Y vinieron otras semanas, y otros meses, atados a la cansada cantinela de los días, ¡y he aquí que ella olvidó que él la esperaba…!

Mayo regresó, y con él todas las efímeras flores, todas las tardes rosadas, todas las brisas pobladas de mensajes, y todos los amores enterrados. Todos, salvo uno: ella no volvió adonde él estaba. Mas él hubiera ido hasta ella, arrumbando montañas, bebiendo océanos, estrechando galaxias, si hubiera podido. Desgraciadamente no pudo. ¡No podía! ¡No podría!

Era su sino no tornar a contemplar su rostro.

Desde su tumba, añoraría los tristes y breves momentos en que ella iba a confesarle lo mucho que lo recordaba. Empero, él comprendió que su corazón había ya volado a otros recuerdos, a otras promesas, a praderas que hollaban otras plantas, a ríos que nadaban otras ninfas, a bosques que poblaban otros faunos. Comprendió y lloró.

Sabía, para su desgracia, que los muertos no viven en los vivos, y que los vivos no pueden vivir en los muertos.

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