Don Nadie el Deseado (II)

Seguimos la historia de Paco. Capítulo II. Espero que os guste.

II

Como siempre… Paco ha hecho lo contrario de lo que se proponía, y ha acabado muy lejos de donde pretendía llegar. Haciendo honor a su pasado, ni siquiera se lo reprocha a sí mismo; procurando no caer en la cuenta de lo que hace, abandona el autobús, cargado con una maleta más vacía que llena, desordenada y hambrienta, vestido como casi nunca: con vaqueros, camiseta, y con unas zapatillas marca adidas, o naik, o ribuk, o nisu, que también las hay, enfundando unos pies poco acostumbrados a andar, que ya al poco rato de salir del autocar se están quejando. Hace frío, a pesar de ser verano. El viento huele a sal y trae el aliento húmedo del mar. Ha terminado en algún pueblo de la costa norte de España, absolutamente desconocido para él. Este servidor lo ha visto alguna vez, aunque no recuerda dónde; y no tiene ni idea de cómo se llama. Es pequeño y solitario. Parece que lo hubieran lanzado al mundo el día siguiente de la creación en un rincón que sobraba, después de ocupar todos los demás rincones. Es antiguo. Verde, pero rancio. Hay niebla. Llueve un poco, casi con vergüenza de estar lloviendo. ¡Menuda suerte para un hombre en camiseta!

Lo primero que sintió fue la brisa gélida en el rostro y la humedad en el pecho. Se estremeció, al verse solo, junto a la carretera, una vez que el autobús se hubo marchado, como un gusano gigantesco y parsimonioso. Por un instante, le inundó el deseo de regresar… Pero, “¿adónde?” se dijo. Al fin, cogió sus bártulos y arrancó a caminar.

La diminuta aldea, somnolienta, lo recibió con el mismo silencio, con la misma indiferencia con que lo despidió la gran ciudad. Con más, si cabe, porque casi nadie vive en ella, apenas unas pocas familias dedicadas a la pesca y un añejo hostal al que suelen ir a pasar las vacaciones cinco o seis nostálgicos turistas, surfistas con pocos cuartos y varios buscavidas con necesidad de retiro temporal. El hotelucho permanece cerrado casi todo el año, debido a que su dueña no tiene más ayuda que un perro moribundo que nunca se termina de morir, y que por eso mismo se pasa los días tirado en la alfombra del recibidor, y la anciana antes prefiere cultivar el huerto que atender clientes. Pero es verano, y hay que desempolvar los sillones y quitar las telarañas, como dicen por allí; las puertas se hallan entreabiertas, aunque sea bastante temprano, quién sabe por qué razón, y en él se hospedan unos cuantos jóvenes que han ido a disfrutar de unas jornadas de viento y olas, y que están casi todo el día y la noche entera fuera.

Paco lo vio a lo lejos, inconfundible con sus grandes luces que se apagaban y se encendían con desgana, diciendo “ost”, pues la primera letra estaba muda, y alguna de las demás le tenía envidia; y tras caminar bajo la fina lluvia por la pista cubierta de aun más fina grava, se introdujo en la quejumbrosa penumbra del local, dispuesto a pedir cobijo, siquiera por un día.

No sabe el dinero que le costará ni por cuánto tiempo se quedará, poco importa. Se ha acostumbrado a no pensar en nada. Su mente, hace unas horas febrilmente inquieta, es ahora un mar rendido, sometido, esclavo de una indolente resignación, convertida en hábito y ley. Sucede para su alma lo mismo que para algunas zonas del planeta cercanas al Ecuador: se pasa de un momento a otro de la tormenta a la ausencia total de brisa y corrientes; los barcos que marchaban presurosos, de pronto, se convierten en meras estatuas de sal flotando sobre el cristal.

La antipática anciana lo recibe en el portal, vestida de paño azul, con una falda larga y una chaqueta del mismo color. Tiene el pelo blanco, ralo; y la boca desdentada. Al verla, Paco ha tenido la sensación de estar viendo a una de esas malvadas brujas de los cuentos infantiles… Por eso ha retirado inconscientemente la mirada, temeroso de ser hechizado. Al hacerlo, se ha visto aun más estúpido.

La vieja camina encorvada, pero se mueve deprisa a todos lados. Sus ojos siguen inmisericordes al viajero, ya que no le gusta de dar la bienvenida a extraños. Prefiere que los visitantes sean conocidos, que sean siempre los mismos o vengan bien acompañados. “Pasa como con los maridos viejos: ya sabes de qué lado de la cama les gusta dormir”, es su lema respecto a sus huéspedes. Paco se muestra impaciente, lo que desagrada aún más a la portera, quien no lo despacha, pero apenas le dirige la palabra.

– Habitación número dos –le espetó la bruja mientras le tendía la llave con desagradable tono.

Paco le dio las gracias lo más amablemente que pudo y subió por unas escaleras gastadas de madera que amenazaban con dar con sus tristes huesos en el suelo. El piso superior apenas tenía luz. Casi a tientas buscó su habitación, y tras instalarse en ella (apenas una silla, un pequeño armario y una cama muy usada) se tendió boca arriba sin saber qué hacer. Se miró las manos: eran tan nuevas, tan suaves, con unos dedos tan delgados… “La verdad es que no sé muy bien qué pinto aquí”, pensó. “No soy de este lugar… aunque en realidad no soy de ningún otro lugar; no tengo amigos ni a nadie que me quiera de verdad. Y en aquella ciudad ya no podía seguir. Todo me recordaba a ella, a mi antiguo trabajo, a mis estúpidos compañeros, a mi dolor…”.

De pronto sonaron unos golpes quedos en la puerta. Se levantó nervioso y abrió la puerta. Pero allí estaba la vieja del paño azul, la de la chaqueta arrugada y la falda interminable, menuda y agitada, hosca e inquieta, como siempre. Con su cara de bruja y sus ojos inquisitoriales. Le preguntó a bocajarro:

– ¿A qué ha venido usted a nuestro pequeño pueblo? ¿No será un periodista? O peor aún: ¿no será un delincuente?

– No, señora –respondió Paco sorprendido-; ni lo uno ni lo otro. Sólo un hombre desesperado que busca soledad. Aunque, la verdad, no sé lo que he venido a hacer aquí. He cogido el autobús sin pensar a dónde me dirigía, y tras pasar varias horas dormido, me han echado fuera y me he visto en el camino, dirigiéndome hacia aquí sin conocer ni siquiera el nombre de este pueblo. Pero prefiero no saberlo. Y estoy convencido de que usted tampoco quiere saber nada de mí, así que no se preocupe, estaré aquí unos días y luego me iré.

La vieja se tomó un momento para reflexionar. Su rostro parecía suavizarse por momentos. Al fin, con más amabilidad, terminó espetando al joven:

– ¿Desesperado, dice? Seguramente le han roto el corazón, muchacho. Pero no se agobie: a mí me lo rompieron todos los días, y no sólo el corazón, sino también algún hueso; y sin embargo, aquí sigo, hablando con usted, mirando el sol y las estrellas cuando mi vieja espalda me lo permite, respirando. No deje de respirar… Siempre hay mañana, jovencito. Búsquese un trabajo. Eso le ayudará y pagará mis facturas. No le diré el nombre de este pueblo, pero le diré algo mejor: me parece que el viejo Tomás Mencía necesita a alguien que le ayude con la pesca… Pero ándese con cuidado, porque no le gustan los forasteros –aquí hizo una extraña pausa, mirándole detenidamente de arriba abajo-, y menos si son hombres jóvenes y… desesperados, como usted dice. ¡Ésos son los que menos le gustan! En cuanto a mí, me basta con que me pague y deje mi mobiliario como lo encontró. ¿Me ha oído? Ándese con cuidado. No se lo repetiré dos veces. ¡Ah, y por las noches no hay calefacción, así que tome esta manta y procure usarla bien!

Dicho esto, le entregó la gruesa manta que traía en sus menudos brazos, metió las manos en los bolsillos de su raída chaqueta, miró cansada el suelo, se dio vuelta marcialmente y dejó a Paco allí, de pie en el vano de la puerta abierta. Paco esperó ver cómo se elevaba por el aire con su escoba… Y cuando la vio sencillamente bajar a duras penas las escaleras, sujetándose en la barandilla torcida anclada a la pared, cerró decepcionado la puerta, y algo aliviado también.

¡Cuántas cosas pasan en nuestras vidas de las que no somos conscientes y cuántas cosas pasarán que no podemos prever! Impávido, mirando estúpidamente la descolorida madera de su puerta, el alma desengañada, la mente vacía para no pensar y no sufrir, Paco comenzó a vislumbrar a lo lejos (quizás aún muy pequeña) una luz, un puntito de esperanza aún débil y puede que irreal… pero un puntito al fin y al cabo, algo hacia lo que caminar sin rendirse todavía.

Depositó la cálida manta sobre la cama, borrando con delicadeza sus arrugas con la palma de su mano, y se sentó en la desvencijada silla, cara a la ventana, pensando en ella, y no queriendo pensar, al mismo tiempo. Se concentró en ella para olvidarla, y trató de ver a través de ella, y más allá, y en torno a sí, aunque no pudiera ver nada… Pero sabía o intuía que debía seguir respirando, que había vida y universo fuera de los estrechos límites de su pena; y que sólo dejándose llevar por el río de la fe y de la existencia llegaría a nuevos territorios inexplorados para él. “Sin mapas”, se dijo. “Sin mapas ni guías… así es la vida. Tengo miedo. Pero continuaré. No cederé. No me rendiré. No aún…”.

No supo cuánto tiempo había permanecido absorto en sus cavilaciones. Cuando despertó de este estado, el sol ya bajaba hacia el horizonte. Se aprestó deprisa y dio un breve paseo por los alrededores, bebiendo la brisa del mar, tan extraña para él, sin alejarse mucho, por temor a que se hiciera de noche y no saber regresar. Finalmente, cuando estuvo de nuevo en el hostal, la vieja le preparó un plato de caldo y unos torreznos bien fritos, y cenó como hace mucho que no había cenado. Cuando se tumbó en su cama, no tardó en dormirse, sintiendo cómo su respiración se convertía en vaho nada más salir de su boca, y oliendo el frío húmedo que inundaba lentamente la estancia.

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