El (casi) oficio de escritor

Tú que lees estas líneas… para ti, ¿qué es ser escritor? Hoy te habla uno que escribe.

¿Es así la vida de un escritor? ¿Qué pensáis?

Hoy comienzo una serie de reflexiones, de número indeterminado, sobre mi experiencia como escritor, si bien he de advertir desde el comienzo que escribir no es para mí, todavía, un oficio, en el más positivo sentido de la palabra, sino que me encuentro más bien en trance de lograr que esta vocación se transforme en una dedicación plena. Hecha esta advertencia, entremos en materia.

Desde muy pequeño sentí la llamada de la escritura. Mis primeros recuerdos incluyen un cuaderno de rayas e historias de extraterrestres llegados en platillos volantes para aterrorizar a la raza humana. No sé por qué pero siempre los imaginaba con el aspecto de Predator, la mítica película de Arnold Schwarzenegger, con esas rastas y esa boca con extrañas garras, como una araña, con esos ojos pequeños pero de mirada amenazante, aguerridos, armados hasta los dientes, rápidos, invisibles… Está claro que me afectó el filme del musculado austríaco, pero no creáis que tuve pesadillas, sino que la visión de aquella historia me inspiró y despertó en mí el ansia por estremecer la inquietud y la sensibilidad de los demás, igual que había estremecido la mía. Curiosamente, desde entonces, siendo tan pequeño, no he vuelto a ver jamás aquella película entera. Nunca, os lo podéis creer. Creo que ni siquiera está entre mis favoritas. Pero fue como el aldabonazo que despertó en mí la Llamada, como la inyección que me inoculó el Veneno… Porque todo esto es la Literatura: una Llamada, un Veneno, así con mayúsculas. Es, ante todo y sobre todo, una Vocación, un Descubrimiento, una Semilla que está plantada en el alma, no sé desde cuándo ni por quién, y que en cierto momento se abre y germina. Aquella película fue el movimiento sísmico, la gota de agua, el rayo de sol, que hizo abrirse la Semilla en mi corazón. Y comencé a escribir…

Al principio solo fueron historias fraccionarias, perdidas en los más profundos sueños de la mente de un niño. Pero con el tiempo se desarrollaron y crecieron, y se transformaron en temáticas y motivos que se repetían una y otra vez, bajo formas cambiantes; en líneas narrativas que surgían de decenas de orígenes, al unísono o en disonancia, pero que terminaban confluyendo en las mismas marismas obsesivas, en los mismos amplios y arenosos deltas, o en idénticas bahías profundas de oscuros secretos. Cómo se forma la mente de un escritor y por qué siempre, lo quiera o no, acaba escribiendo sobre los mismos temas una y otra vez (amor, desamor, locura, miedo, muerte, odio, violencia, esperanza, grandeza, ira, fracaso…), yo no lo sé, pero sí sé que desde muy joven hubo una larga lista de historias, causas, desenlaces, personajes y situaciones que, fuera cual fuera su disfraz, regresaban una y otra vez a mi imaginación, a mi reflexión, a mis ensoñaciones y, por último, a mis manos. Porque un escritor es ante todo sus manos, no os equivoquéis. Es un mero conductor entre un mundo onírico (cuál sea su origen, es un misterio) que, en mezcolanza titánica en la esfera del idioma, con las palabras y sus reglas, termina produciendo una energía irrefrenable que mueve mil veces, un millón, sus manos, sus dedos, que transfieren en frenesí al papel o al ordenador un mundo que antes no existía. Y de pronto, ¡voilà!, la Creación. Donde antes no había nada, ni siquiera imaginado en sí mismo, ni siquiera prediseñado, como sí lo están los edificios en los planos que dibujan los arquitectos, se le otorga al ser a una idea, a una historia, a seres que son misteriosamente en sí mismos, dentro de su mundo, señores y soberanos de su propia vida, aunque sea una vida impostada, teatral y sombría: los personajes. Ellos son lo único importante de la Literatura. Amigos, enemigos, víctimas o verdugos, protagonistas o invitados de piedra… todos conviven conmigo desde el principio de mi existencia, conversan conmigo durante un instante o un mes o un año, y luego, no sé cómo, siguen con su propia vida fuera de mí, como si siempre hubieran sido libres, como ya nunca más pudiera contenerlos en mi alma.

Porque os voy a confesar algo: yo no escribo con un plan preconcebido. ¡Ojo! No os confundáis. Esto no quiere decir que no piense en lo que voy a escribir, que no prevea por dónde puede transcurrir una narración, que no imagine al os personajes antes de darles vida o sus destinos o sus grandes decisiones… Es inevitable pensar en todo eso, pero no porque me siente y me diga: “Voy a diseñar una novela”. En realidad, ellos están ahí todos los días a todas horas, y mi mente en constante ebullición se pasa las horas en íntima convivencia con ellos. Los sueño cuando despierto y cuando me voy a dormir. Los imagino cuando camino en silencio y también cuando me hallo, ignoto y exótico, en medio de una multitud que no me importa. Ellos, ese mundo inmenso que compone mis creaciones pasadas y futuras, ellos… ellos me hacen escritor, porque me exigen cada día que les enfoque con la luz de mi palabra, porque me impetran cada noche que no los olvide, porque me impelen a rescatarlos de la efímera levedad de mi existencia corpórea y les otorgue el don de la inmortalidad escrita. Esto nadie puede entenderlo plenamente, sino el que lo siente dentro de sí. En ese mundo interior plagado de seres, de monstruos, de lugares, de nudos, de desenlaces, de misterios, de maravillas, de dolores, de extraños encapuchados, de sangre derramada, de abrazos en la noche más tenebrosa, de motivos para la fe y para el ateísmo… conviven, en una eterna fiesta silenciosa, millones de caras a las que quizá nunca pondré nombre, millones de mundos a los que quizá nunca daré vida. Pero están ahí… Y me llaman. Me gritan. No puedo permanecer impasible. Ellos… He aquí por qué soy escritor. Por ellos. Para que, al menos algunos, no sean olvidados para siempre cuando mi cuerpo repose en una fría tumba. Ellos tienen derecho a vivir su propia vida. Y la Humanidad tiene derecho a conocerlos.

Como os decía, nunca tengo un plan preconcebido con todos sus detalles prediseñados. Dispongo de una prefiguración general, de una visión profética o mistérica de una parte de la historia y de los personajes principales. Pero cuando me pongo a escribir… todo puede cambiar. ¿Por qué? Porque ellos son quienes “eligen” cómo quieren ser, ellos toman sus propias decisiones y dan sus propios pasos. Muy pocas veces yo los corrijo y rectifico sus actos. En cierta forma, me siento identificado con lo que decía el gran George R. R. Martin sobre su forma de escribir: se autodefinía como un jardinero, no como un arquitecto. ¿Comprendéis? El jardinero planta la semilla y la riega, pero la planta crece por sí misma, y su grosor, su altura, su hechura concreta, solo depende de ella, y no del jardinero, que lo mucho que puede hacer es podarla si las ramas crecen en demasía, para que el exceso de sarmientos no agote la savia del tronco; pero que no la construye en sí misma. El arquitecto, en cambio, diseña hasta el más mínimo detalle de su obra, y todo se ha de construir de acuerdo con ese diseño, incluso su final, su destrucción. No hay nada al azar, no hay nada que quede al arbitrio del constructor, no hay nada que quede fuera de su planificación. El arquitecto lo sabe todo; la obra es parte de él, hija y fruto de su frío intelecto. El jardinero apenas puede contemplar cómo se va desarrollando algo ajeno a él y vivo, algo que puede morir antes de tiempo, algo que puede enfermar o torcerse. Pues así me siento yo: soy un jardinero de este mundo de sombras que se van a haciendo sueños antes de convertirse en plantas vivas, unas coloridas y alegres, otras mortecinas y tortuosas. Por eso amo mi obra, porque vive en sí misma y fuera de mí, aunque primero lata en mi alma como un volcán que va a estallar. Y esto es lo que muchos no entienden: soy escritor para que ese volcán me deje vivir. No tengo más remedio que escribir… o morir.

Por cierto, desde hace muchos años he puesto un nombre al mundo gigantesco que pulula dentro de mí y que lucha por salir: Somnia.

Bienvenidos a mi mundo. Continuaremos otro día.

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