Don Nadie el Deseado

Comenzamos hoy con la publicación del primer capítulo de mi manuscrito no publicado «Don Nadie el Deseado», para románticos y soñadores. Es gratis. Espero vuestros comentarios y vuestros likes. Por supuesto, se puede citar pero ruego que no plagiéis: la obra está registrada. Aunque renuncio a cualquier beneficio directo por ella. Os la regalo. Espero que os guste. Iré poniendo todas las semanas un capítulo.

Sic Parvis Magna

PREFACIO

En la vida de todo ser humano hay tres cosas que tienen su “importancia capital”. De esas tres, se suele decir que una es la salud; y otra, el dinero. Siempre se ponen en primer lugar. Pero la tercera es, sin duda, la más buscada. No sólo por quienes tienen las dos restantes, sino incluso por quienes carecen de todo. Sin ella, tanto el más poderoso como el más insignificante de los hombres sienten que su tiempo y mera existencia, por decirlo de alguna manera, carecen del interés suficiente.

Lo problemático es que, más a menudo de lo que nos parece, esa tercera joya es rara y se halla perdida; y los pocos que la han podido asir y conservar durante al menos un minuto pueden llamarse dichosos. Aunque sean, acaso, los más insignificantes de todos los hombres.

Este relato trata precisamente sobre uno de ellos…

I

Su nombre es Paco. Es un hombre cualquiera que vive en una ciudad cualquiera, que trabaja en una empresa cualquiera, y criado en una familia cualquiera; como las tuyas, como las mías. Tiene una vida tranquila, pequeños proyectos, ilusiones moderadas, aficiones pausadas, y una historia muy poco digna de contar… No es nadie, con toda la relativa paz que eso conlleva y la indiferencia que eso despierta.

¿He dicho trabaja? Rectifico: trabajaba, pues ayer mismo lo despidieron. Le explicaron que, por razones económicas, debían acortar la plantilla; que “la crisis está teniendo importantes consecuencias que derivan en una evolución negativa de los resultados económicos”; y que “la actual coyuntura económica, así como las perspectivas sobre su evolución más inmediata, hacen preciso adoptar medidas económicas de carácter excepcional, de todo punto lamentables pero necesarias”, al haberse “alterado de manera importante y significativa,  el nivel de ingresos, como consecuencia de una demanda agregada aminorada”. Ya se sabe. “Reordenación de recursos con el fin de garantizar y hacer viable el mantenimiento del empleo del resto del personal”, lo han llamado.

Pero Paco sospecha que no hay nada de esto, y que su puesto estaba adjudicado desde hace tiempo al hijo del Director del Departamento Financiero, puesto que la lamentable pero necesaria reordenación sólo le ha afectado a él. Además, cree habérselo escuchado a la secretaria del Director, mientras hablaba por teléfono con otra compañera.

En una de esas raras ocasiones de su vida, Paco está en lo cierto…

Pero hay más.

Tiene una novia con la que se va a casar muy pronto. Bueno… ¡vaya! Rectifico de nuevo. ¡He querido decir “tenía”! Él no lo ha sabido hasta ayer mismo, pero durante algunos meses ella le ha estado adornando el cénit, ya casi desnudo, de sus lóbulos frontales con unas bonitas astas. Otros más curiosos y menos dolidos han cuchicheado a sus espaldas sobre el tamaño, color, rugoridad y dureza de sus excrecencias taurinas, pero han tenido la misericordia o la vergüenza de hacerlo sin ser oídos por el pobre animalito astado, que no vio venir el golpe hasta que ya fue tarde. Fue muy duro enterarse, podéis estar seguros. Especialmente, porque nunca imaginó su cama ocupada por ningún hombre que no fuera él. Pero no bastó con esto… ¡vaya día, Paco, vaya día! Porque si fue duro ser burlado, y saberlo, resultó más tremendo descubrir que ella lo engañaba… ¡nada menos que con el hijo del Director del Departamento Financiero! El de la lamentable pero necesaria reordenación…

Beatriz se llama, la artista.

Paco se preguntó en ese instante, en que ella se lo confesó todo, pues ya no podía seguir ocultándolo, cuánto tiempo hacía que le habían “reordenado” y por qué habría tenido que levantarse esa mañana… Era posible que, aun acostado, todo hubiera sido igual de triste, pero al menos estaría cómodo al recibir la noticia.

Un cruel golpe para Paco. ¿A quién no le dolería algo así? Estoy convencido de que comprendéis que se le ha venido el mundo encima. Está sufriendo. En apenas unas horas, su vida normal se ha trastocado. Su orden se ha perdido. Sus seguridades han desaparecido. Ha sido como ir a dar un paso y descubrir que el suelo se ha hundido bajo tus pies, y que no puedes evitar hundirte tú también.

Pero no importa. En realidad, a nadie le importa… Ni una palmada en la espalda, ni un abrazo de un amigo, ni una mirada de compasión. Tras esa fatídica media hora que ha durado la conversación con su jefe y posteriormente con su ex, ha salido de su despacho y todos los compañeros le han dado la espalda. Quizás alguno no del todo; acaso un par de ellos sólo han bajado la cabeza y han disimulado que tenían un trabajo muy urgente y complicado que hacer para no ver aquel espectáculo. Pero nada más. Sólo compañeros; ninguno amigo. Esto es lo que más le ha dolido.

Desgraciadamente, Paco se lo ha tomado por la tremenda, como hace con todo. Ha tenido que hacer grandes esfuerzos para no lanzar algo contundente a la cara de su jefe de sección, cuando éste le ha explicado la decisión de la empresa. Pero al final ha pensado que, después de todo, su jefe de sección no tiene la culpa, que muy probablemente no podría entenderlo, si veía venir de pronto hacia sus ojos un objeto contundente que antes estaba felizmente depositado sobre la mesa contigua; y que nadie disculparía un comportamiento tan inapropiado. Finalmente, ya despedido, Paco sale del edificio donde ha trabajado los últimos cuatros años de su vida, el finiquito guardado en un sobre junto al pecho, dentro de su americana; traspasa la puerta, se adentra en la multitud y por unos segundos huye con paso decidido. De pronto se para, ensimismado, porque no sabe adónde ir. ¿A casa, al parque, al bar…? La verdad es que no le esperan en ninguna parte. Y el suelo vuelve a abrirse ante su vista… ¡Qué triste es sentirse inesperado, desconocido!

Mas el alma humana está tan hecha al sufrimiento que suele reaccionar ante él de maneras muy distintas a la que sugeriría la pura razón. Pues, si ésta, en la relación de sus argumentos, tuviera que predecir lo correcto cuando uno es injustamente agraviado, a ciencia cierta no elegiría sentarse a lamerse las heridas. Centrarse en las soluciones, no en los problemas, decía un consejo que escuché o leí alguna vez no se dónde. Sin embargo, Paco no es hombre de mucha filosofía ni de mucha clarividencia. Bastante que se tiene de pie… Quiere correr pero teme caerse. Quiere escapar pero no ha pensado adónde irá. Quiere desaparecer pero le da miedo lo desconocido. Y sin embargo se siente frustrado por no ofrecer ninguna respuesta.

Lentamente, con el paso vacilante de un muerto andante, se da un breve paseo tratando de no pensar en nada. Le gustaría gritar, llorar, romper cosas, pero se reprime sin saber por qué. Ni una lágrima sale de sus ojos; ni un gemido de su boca.

Continúa andando, cavilando sobre lo que le acaba de suceder: repasa cada recuerdo, examina cada palabra, y medita si ha hecho algo mal, qué pecado ha cometido para sufrir como está sufriendo. Pero no encuentra respuesta, más bien se cree víctima de una terrible burla. Se ve muy desdichado, después de caer en la cuenta de todo el amor que había dado, de todo el tiempo que había pasado junto a Beatriz, y de todos los esfuerzos e ilusiones depositados en su trabajo. Ahora todo se ha derrumbado, sin dar señales de aviso, con un solo golpe, como cae el árbol podrido ante el hacha del leñador.

Divisa, al fin, una parada de autobús a la sombra, vacío el asiento, y se deja caer en él. Espera simplemente a que pasen los minutos. Cuando ha transcurrido una media hora, el autobús se acerca, pero no se detiene. Parece que tiene mucha prisa, o que no lo ha visto, aunque para Paco está muy claro, y un oscuro pensamiento cruza veloz su mente:

– ¡Joder, ni el autobús me hace caso! Es como si no existiese…

En efecto, nadie le presta la más mínima atención. Nadie ha mirado atrás para esperarlo. Nadie se ha extrañado de verlo ahí sentado con la cabeza gacha.

He aquí un hombre abatido, triturado por un dolor repentino que no le deja respirar, cegado por un resplandor que lo ha sacado de una vida de penumbra. Hasta ahora caminaba por la vida seguro y tranquilo; no tenía más que seguir un camino trazado por el que sus pies pisaban sin temor. Mas de pronto ha tropezado, se ha herido, y ha caído en la cuenta de que está desnudo, y de que el camino que imaginaba recto y fácil no existe, que es una senda llena de obstáculos, repleta de temores sin nombre. Entonces ha sentido un miedo enorme, y el mundo se ha vuelto de repente un lugar sórdido. Percibe el peligro de una existencia rutinaria, su tremenda amenaza de estar pasando por la existencia sin dejar rastro, como una paja que se lleva el viento, que estuvo pero nadie conoció.

Quizá fuera necesario, después de todo, ser engañado. Quizá fuera necesario este ruido repentino, para despertar del letargo en el que desde hace años se halla adormecido. O quizá no. Quizá la vida entera ha perdido su color de pronto, y su propio ser sea un ser sin sentido, sin destino, sin misión, sin significado. En todo caso, ahora se siente más en contacto con la realidad de sí mismo. Como si hasta entonces hubiera sido un niño… Como si hubiera madurado más en un día que en todos sus años anteriores.

De repente, iluminado por el resplandor de una rabia que brota de Dios sabe dónde, Paco se dice a sí mismo con una determinación que jamás imaginó:

– ¡Pues si el mundo no me hace caso, yo tampoco a él!

¿Qué significa esto? Nadie puede saberlo. Son palabras dichas desde las tripas. Posiblemente él tampoco lo sepa. Pero sabe que está decidido. Algo muy dentro de él se ha rebelado y ha hablado por primera vez.

Está decidido. Aunque las decisiones de un hombre insignificante suelen traer malas consecuencias…

– Pero, ¿qué haré…? –Se detiene a pensar. Parece que sólo ha sido un acto reflejo. Quizá no esté todo tan zanjado…- ¡Me iré de aquí! –añade sin mucha convicción-. No puedo regresar a mi vida de ayer. Me marcharé adonde pueda empezar una nueva. No queda más remedio –Se detiene otra vez. Otra vez esa voz que grita dentro de él…- ¡A la montaña! ¡A la montaña! –concluye, sintiendo de nuevo esa energía.

Se levanta, llama un taxi (esta vez parece que sí le han visto) y se va… Retorna a su casa, recoge algo de ropa. No tiene mucha, ni está muy limpia, pues vive solo. También algunos recuerdos, y todo el dinero que le queda. Llama a su casero, le devuelve las llaves, le dice que puede quedarse con la fianza (por las molestias y eso…), y que tire el resto o haga lo que quiera con ello. Y con paso decidido, prohibiéndose a sí mismo pensar, toma el camino de la estación de autobuses. Escoge una ventanilla al azar. Ni siquiera se fija en los destinos.

– Un billete para el próximo autobús, por favor.

– ¿Adónde? –le pregunta la mujer obesa que está sentada al otro lado de esa horrible ventanilla redonda con refuerzo de metal.

– ¿Qué más da? –replica Paco. Por primera vez, se ve seguro de sí mismo, capaz de oponer su voluntad a la de los otros, con una personalidad que no se arredra y que va de frente-. Usted déme lo que le he pedido y déjeme lo demás a mí. Y le he pedido un billete para el próximo autobús. El que salga antes, por favor.

Con el billete en el bolsillo, Paco se siente el hombre más libre del mundo. Él no lo sabe, pero un miedo oculto viaja atado a la espalda de su férrea decisión. Quizá por eso sigue prohibiéndose pensar. Cuando el autobús se detiene, Paco sube y se acomoda. Está cansado, y aunque su mente lucha frenéticamente por planificar, por contabilizar, por organizarlo todo, como siempre ha hecho con los números, con las declaraciones, con los informes y escritos, él sigue resuelto a no pensar. Agotado del esfuerzo, antes de darse cuenta ha cerrado los ojos y se ha dormido, acunado por el traqueteo y bamboleo del autobús.

* * * *

Acaba largándose a la costa…

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