Las bibliotecas ocultas

¿Sabéis? Justo al lado de mi trabajo tengo una biblioteca.

Hace unos días, entré. Quizás debería haberlo hecho antes, pero no lo hice. Entré cuando entré, y punto.

¿Y qué vi? El corazón se me encogió. Porque no hallé un lugar dedicado a la lectura y al aprendizaje, a la imaginación y la creatividad, sino un pobre niño arrinconado y olvidado tras un círculo ruidoso de adultos ocupados en cosas muy importantes y serias, como la ideología, la política y el dinero.

La biblioteca era la postrera puerta al final de las escaleras. El espacio más alejado de la entrada principal. El lugar más inaccesible. El más difícil de alcanzar.

Pero antes, uno se encontraba con el centro cívico, con la atención a los inmigrantes, con la oficina del ciudadano, con el buzón de quejas, con el salón de actos, con los panfletos, pósteres y pancartas del partido en el gobierno, con los baños, con los pasillos, con las oficinas de los trabajadores del centro, con puertas cerradas que nadie sabía para qué servían, con rincones oscuros y hasta con telarañas.

Y al final, como un niño castigado y oculto en su habitación, la biblioteca.

¡Extraña forma de promocionar la lectura!

Así ha quedado opacada y olvidada la cultura en nuestro mundo de hoy por los intereses políticos, por la carencia de medios de las administraciones (carencia porque hay ignorancia y malicia, no por escasez monetaria), y por la pérdida de visibilidad. Así hemos sido los ratones de biblioteca enviados al inframundo de la sociedad.

¿Queréis cambiar el mundo? Empezad por callar, en un silencio majestuoso y humilde, y por leer bibliotecas enteras, con el corazón abierto. No escondáis lo que debe estar a la vista de todos. ¡Basta de bibliotecas ocultas!

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