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Novela de ciencia-ficción. Editorial Tandaia. Autor: Jaime Arias

«El otoño en Castilla era delicioso. Siempre había sentido
una especie de dolor agradable, si puede existir,
ante las hojas cayendo, las nubes grises de vuelo bajo,
la lluvia tenaz de noches perdidas, las tardes mortecinas
y el sol en retirada a tierras lejanas, esas de las
que hablan las historias de aventuras, donde siempre
brilla el astro sobre un desierto interminable. El
otoño en Castilla siempre era delicioso.
A veces llegaban vientos huracanados desde el
norte y revolvían las hojas de los árboles, y
desvestían de luz los amaneceres, y cerraban las
calles, y cubrían los montes, y dejaban el mundo
sórdido y forastero… Pero cuando no era así, y las
ninfas del verano se bañaban aún en los estanques y
arroyos, somnolientas, y los vientos del sur se
quedaban todavía unas semanas retozando con las
atónitas tierras del oeste, secas pero acogedoras,
entonces el otoño era un cariñoso hijo del estío, con
su misma mirada llena de afecto pero con la piel más
blanca y el timbre de voz más romántico.
Estos eran los días que más le gustaban. Los
parques estaban repletos de paseantes, unos con
niños, otros con mascotas, y muchos con ambos. La
ciudad, que se extendía hasta donde la vista alcanzaba,
se volvía lánguida y soñadora, casi como una
madre que adorara a sus hijos tiernamente, mirándolos
con esos ojillos enamorados que tienen el brillo
y la intensidad de lo novedoso. El aire aún cálido
corría ya en brisas inquietas por avenidas que flanqueaban grandes árboles que se mezclaban, según
artísticos algoritmos, dejando que los de hoja caduca
y los de hoja perenne convivieran en hermosas
figuras geométricas, componiendo intrincados sistemas
selvícolas.
Los edificios circundantes, casi todos de aquel
cristal de mil colores tan duradero y al mismo
tiempo tan liviano que los arquitectos llamaban
«cunt58h» y que la gente de la calle había bautizado
como «plumistal», o simplemente «plum», reverberaban
al atardecer, dando al cielo un intenso color
carmesí, con todas las tonalidades del naranja y del
rojo, hasta morir en un amarillo flamígero, a la
distancia, que hacía que uno creyera estar caminando
por un sueño, o la escena de una película.
En aquellos primeros días de octubre, daba gusto
vivir.
De hecho, el número de suicidios había descendido
paulatinamente en los años anteriores, hasta
hacerse casi insignificante, en una época en la que la
medicina había logrado grandes avances contra
enfermedades tradicionalmente terribles, como el
cáncer de hígado, el cerebral o el estomacal, las enfermedades
cardiovasculares, e incluso los trastornos
psicológicos asociados a los estados de debilidad o a
los traumas, que habían sido casi erradicados de la
diagnosis clínica cotidiana. Aquella era una sociedad
indudablemente más feliz. Quizás menos libre, pero
mucho más feliz. Y la gente había ido acostumbrándose
tan insensiblemente a la creciente estrechez
de su libertad, adormecida por las píldoras que la
tenían postrada, que no había notado la diferencia entre la autonomía y la dependencia, entre la
aventura dolorosa y a veces traumática de vivir, y el
estado de placentero y pacífico control en que ahora
se movía. Cierto que de vez en cuando llamaba la
atención algún arrebato autohomicida, que era tratado
casi siempre como un síntoma de locura o
enajenación culpable, como aquella ocasión en que
un hombre que había perdido a su hijo pequeño se
había subido a lo alto de un edificio de oficinas y
había saltado sobre el tejado de cristal de una famosa
cadena de comida rápida, con tal desgracia para los
comensales que el cuerpo, ya sin vida, había terminado
sobre a la freidora donde las patatas
tomaban ese extraño color amarillo febril, estallando
y salpicando de aceite hirviendo (o lo que usaran que
se le pareciera) y sangre fresca a los cocineros, a los
camareros y toda comida. Desconocemos si se
sirvieron las hamburguesas inopinadamente pintadas
de rojo. El hecho fue silenciado. El restaurante
fue clausurado. Aquel hombre estaba loco, con la
peor locura posible.»

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